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CLARA (CUENTO FANTÁSTICO)

 

TEXTO: F. J. FONTENLA. IMAGEN: GENERADA POR JAVIER FONTENLA CON CANVA.

Clara María Mendoza Hoffmann tuvo una infancia muy feliz. Vivía en el sur de México con sus padres, que eran dueños de una importante hacienda, y era una niña de buen corazón, muy cariñosa y alegre, además de singularmente hermosa. Tenía una nutrida colección de mascotas, formada mayoritariamente por animales salvajes que los campesinos le traían de la selva, siendo su favorito un joven tigrillo, al que llamaba Yellow porque tenía una bella piel dorada.

Pero, cuando Clara tenía doce años, sus padres murieron en un extraño accidente automovilístico. Entonces su tío Eduardo Manuel, hermano menor de su padre, se hizo con el control de la hacienda y la vida de la niña se convirtió en un infierno. Su tío y tutor, que antes solía mostrarse muy amable con ella, pronto empezó a maltratarla cruelmente y, solo para atormentarla, hizo matar a todas sus mascotas, salvándose únicamente Yellow, que consiguió escapar a la selva. Así pues, Clara se convirtió en una niña triste, cuyo único placer en la vida era pasear por la selva, buscando en la soledad un alivio temporal para su tristeza.

Durante uno de sus paseos se acercó a la cabaña de la vieja doña Isaura, una anciana mestiza que apenas se relacionaba con sus vecinos y a la que muchos consideraban una loca o una bruja. Sin embargo, la anciana se mostró muy amable con Clara y, aunque al principio esta le tenía un poco de miedo, no tardaron en hacerse buenas amigas. Siempre que podía, Clara iba a visitar a la anciana, que parecía una mujer muy sabia y a la que le gustaba compartir sus conocimientos con su joven amiga.

Fue por aquella época cuando en distintos puntos de la selva empezaron a aparecer cuerpos desangrados de personas y animales. La policía atribuía aquellas muertes a un psicópata o a un feroz felino salvaje, pero doña Isaura tenía otra teoría, de la cual hizo partícipe a Clara:

Estoy segura de que hay un demonio entre nosotros. Hubo un tiempo en el que había muchos vampiros en este lugar y parece que al menos uno ha regresado.

Clara, que creía ciegamente en todo lo que le decía doña Isaura, le preguntó, sin disimular su miedo:

¿Y hay alguna forma de defenderse de esos seres?

De eso precisamente quería hablarte. En lo más profundo de la selva hay un viejo templo, en cuyo interior se encuentra un cuchillo de plata, labrado por un sacerdote indígena en tiempos inmemoriales. Según las enseñanzas de mis antepasados, las heridas de los vampiros se curan rápidamente, pero ese cuchillo puede matarlos.

¡Entonces deberíamos hacernos con él!

Sí, querida, pero yo estoy demasiado vieja y débil para atravesar la selva. En cambio, tú eres una niña animosa y valiente. Si quisieras, podrías llegar al templo y volver con el cuchillo en pocas horas. Además, en sus alrededores estarás a salvo de los vampiros, pues hay una magia poderosa que les impide acercarse a ese lugar.

Clara sintió un escalofrío, pero era, en efecto, una chica valiente y acabó accediendo a la sugerencia de doña Isaura. Tras equiparse con algo de comida y una buena linterna, por si no conseguía volver a la cabaña antes del anochecer, le preguntó a la anciana dónde se hallaba exactamente el templo. Esta sacudió la cabeza y le dijo:

Nadie ha visto ese lugar desde hace muchas generaciones. Solo los animales de la selva podrían decirte dónde se encuentra.

¡Vaya! ¡Pues no creo que ellos vayan a decírmelo!

Lo harán si llevas esto contigo.

Doña Isaura sacó de sus harapos un viejo colgante y le dijo a Clara que se lo pusiera en el cuello. Luego le dijo:

Este colgante también es mágico. Quien lo lleve puesto podrá leer las mentes de los animales y compartir todos sus recuerdos. Puedes hacer una prueba ahora mismo.

Doña Isaura había capturado vivo uno de los grandes murciélagos de la selva y lo mantenía enjaulado en su gallinero. Se lo enseñó a Clara y entonces esta, de un modo indescriptible, “vio” en su mente todos los recuerdos almacenados en la memoria del animal. Resulta que este, al igual que muchos de sus congéneres, solía dormir precisamente en las ruinas del templo perdido, así que recordaba perfectamente su ubicación. Clara se había quedado tan sorprendida por la efectividad del colgante mágico que incluso se olvidó de su miedo y partió en busca del templo, sin más guía que los recuerdos transmitidos por la mente del murciélago.

Tras una larga y ardua caminata, la valerosa muchacha llegó al templo poco antes del anochecer. Una vez dentro, se ayudó de su linterna para encontrar lo que buscaba y, tras un breve registro, abandonó las ruinas, con el cuchillo en el bolsillo y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Mientras tanto, la noche había caído sobre la selva, haciéndola aún más lóbrega y siniestra, pero Clara, envalentonada por su triunfo y por la posesión del cuchillo mágico, apenas le prestó atención al entorno hostil que la rodeaba.

Ya estaba cerca de la cabaña de doña Isaura cuando una sombra de forma humana surgió de los arbustos y se arrojó rápidamente sobre ella, arrojándola al suelo antes de que pudiera sacar el cuchillo para defenderse. La muchacha se sintió perdida y emitió instintivamente un chillido de horror, aunque sabía que allí no había nadie que pudiera prestarle ayuda. O quizás sí, porque entonces apareció una segunda sombra, más pequeña y de forma felina, que se arrojó sobre el misterioso atacante de Clara y lo espantó tras desgarrarle el rostro con sus garras.

Clara había asistido impotente a la refriega y aún no había tenido tiempo de comprender lo que había sucedido cuando su salvador se acercó a ella, ronroneando amistosamente. Pese a estar aún pálida a causa del susto, la muchacha sonrió y dijo, realmente feliz:

¡Yellow, eres tú!

A la mañana siguiente, cuando doña Isaura salió de su casa para darles de comer a sus gallinas, se encontró con la punta de un cuchillo sobre la piel de su garganta. Clara (todavía pálida, pero ya no de miedo, sino de ira) era quien empuñaba el arma y quien le dijo a la aterrorizada vieja con voz dura:

Dame una razón para que no te mate ahora mismo, ¡vieja bruja!

Cuando pudo encontrar su voz, doña Isaura gimió:

¡Pero, Clara, mi niña querida! ¿A qué viene esto?

¡No te hagas la tonta! Esta noche intentaste matarme en la selva. Estaba oscuro y no te reconocí cuando me atacaste, pero Yellow sí pudo verte con sus ojos de felino. Y, gracias al colgante que tú misma me diste, pude leer sus recuerdos.

¡Estás loca! ¿Quién es ese Yellow?

El tigrillo que te desgarró la cara.

¿Acaso tengo la cara desgarrada? Mírame bien, no tengo ninguna cicatriz.

¡Claro que no! Tus heridas se curaron pronto… ¡porque tú eres el vampiro!

¿Yo? No…

¡Sí, tú! Ahora lo entiendo todo. Querías apoderarte del cuchillo antes de que alguien pudiera usarlo contra ti, pero la magia del templo te impedía ir allí en persona, así que me engañaste para que te lo trajera. Y luego me habrías matado, como a tantas otras personas, ¿verdad?

Doña Isaura, sabiéndose perdida, suplicó desesperada:

¡Por favor, Clara! Es cierto, soy un vampiro, te engañé y quería matarte… pero te ruego que me dejes vivir. Me iré a lo más profundo de la selva y nunca más volverás a verme, te lo juro por todos los espíritus del cielo y de la tierra.

Clara miró fríamente a la anciana y, tras un instante de tenso silencio, le dijo:

Te dejaré vivir si te vas de aquí para siempre… y si antes haces algo por mí.

Aquella misma tarde don Eduardo Manuel Mendoza apareció desangrado en su propio cuarto. Mientras la policía registraba la hacienda en una vana búsqueda del asesino, Clara acariciaba a Yellow junto a la cabaña que había pertenecido a doña Isaura. La muchacha murmuró para sí misma:

Adiós, tío Eduardo. Hubiera podido perdonarte todo el daño que me hiciste… pero, gracias al colgante mágico, sé que aquel día, cuando murieron mis padres, Yellow te vio manipulando los frenos del coche. Tú los mataste para hacerte con sus propiedades. Y si me dejaste vivir a mí fue solo porque demasiados “accidentes” hubieran sido sospechosos. En fin, doña Isaura ya te ha dado tu merecido. Sé que no he actuado bien, pero, en fin… ¡no siempre es bueno ser buena!


ANTES DE STOKER (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Texto: Javier Fontenla. Idea original: B. Stoker. Imagen: Creada por Javier Fontenla usando Canvas.

A mediados del siglo XIX el señor Robert Van Heil trabajaba como diplomático al servicio del gobierno holandés. Tras ejercer su labor en los Estados Unidos, fue destinado a Viena, donde se estableció con su esposa y con dos hijas adolescentes, ambas nacidas en América. Mary y Elsa Van Heil (así se llamaban las hijas del embajador) eran sumamente hermosas, aunque tenían unas personalidades muy diferentes. Mary era una muchacha de carácter apacible, tenía un gran corazón y estaba platónicamente enamorada de su profesor particular. Este era un joven húngaro llamado Arminius, muy amable y bondadoso, pero también algo excéntrico (gastaba buena parte de su sueldo coleccionando objetos extraños, como la bala que había usado el escritor Jan Potocki para suicidarse). Elsa, aunque tenía un rostro muy dulce, no compartía el buen carácter de su hermana. Era una muchacha egoísta, presuntuosa y algo desvergonzada, que sentía una fogosa pasión por Hans, un muchacho al mismo tiempo rudo y atractivo que ayudaba al jardinero en sus labores. Por supuesto, los padres de Elsa jamás le hubieran permitido relacionarse con un simple jardinero, por muy guapo que fuera, pero la muchacha, que sabía disimular sus intenciones, se cuidó mucho de decirles nada. Una tarde, aprovechando que su familia y el resto de los criados estaban ocupados, se acercó a Hans y le preguntó en voz baja:
-¿Te gustaría que lo hiciéramos de nuevo?
El muchacho dudó durante unos segundos y luego respondió:
-Sí, pero no aquí ni ahora. No podemos correr tantos riesgos como la otra vez, cuando tu padre estuvo a punto de pillarnos.
-¿Y qué alternativa propones?
-Escúchame bien, preciosa: cerca de aquí hay una mansión que está casi todo el tiempo desocupada, porque su dueño vive en Transilvania. Ayer le mandaron a mi primo Joseph, el carretero, que llevara a esa mansión una caja de madera, para lo cual tuvieron que darle la llave. Pues bien, ahora esa llave está dentro de mi bolsillo. Si esta noche te las arreglas para salir de casa sin que nadie se entere, vete a la mansión. Yo te estaré esperando allí, donde podremos hacer todo lo que queramos sin que nadie nos moleste.
Aquella noche Elsa abandonó su lecho mientras los demás dormían y se dirigió a la casa desocupada. Hans le dijo que la esperaría dentro del edificio, pues no era conveniente que alguien los viera caminando juntos por la calle. Cuando Elsa llegó a su destino, encontró la puerta abierta, entró alumbrándose con un candil y subió las crujientes escaleras, pues su amante le había dicho que la esperaría en la alcoba principal. Hans, efectivamente, la esperaba tendido sobre la cama, pero estaba muerto. Tenía la garganta ensangrentada y el rostro terriblemente pálido, como si le hubieran sorbido la sangre. Elsa, al verlo, intentó emitir un grito de terror, pero entonces una mano fría como el hielo la agarró por el cuello, asfixiándola, y la arrastró hacia la oscuridad.
Horas después, Mary, que dormía tranquilamente en su alcoba completamente ajena al terrible destino de Elsa, se despertó a causa de un extraño olor (entonces ella ignoraba que se trataba del aroma de la sangre). Cuando abrió los ojos la luz lunar que se colaba a través de las cortinas le mostró la figura de un hombre pálido y siniestro, que la observaba con ojos brillantes como rubíes. La muchacha, asustada, le preguntó:
-¿Quién es usted y qué está haciendo en nuestra casa?
Él le respondió con una voz tan lúgubre como su aspecto:
-Me llamo Drácula. Hace poco tu hermana ha allanado mi mansión. Es justo que ahora sea yo quien invada vuestra casa.
Mary, cada vez más aterrorizada, empezó a gritar, pero nadie respondió a sus llamadas de auxilio. Drácula sonrió y le dijo:
No malgastes tu voz, querida. Ya no pueden oírte, pues los he matado a todos. Pero tú eres muy hermosa, así que te he reservado otro destino más placentero.
Dicho esto, el vampiro se arrojó sobre la indefensa Mary, la agarró y rasgó sus ropas hasta desnudarla. Entonces Arminius volvió a la casa, tras haber pasado buena parte de la noche en un concierto. Adivinó que algo iba mal cuando oyó los gritos de Mary y agarró la única arma que encontró, una vieja pistola que colgaba de la pared a modo de adorno. Como aquella arma estaba descargada, la cebó con la bala que había usado Potocki para suicidarse. Corrió hacia la alcoba de Mary y, cuando hizo su entrada, Drácula soltó a la muchacha para enfrentarse al recién llegado. Arminius disparó sobre el monstruo, que gritó de dolor al recibir el impacto, pues aquella bala estaba hecha de plata: el propio Potocki la había hecho limando el asa de un azucarero (auténtico). El vampiro optó por huir saltando por la ventana y perdiéndose entre las tinieblas de la noche. Arminius no intentó detenerlo, pues consideró más urgente atender a Mary, que había perdido la conciencia después de haber sido violada y desangrada por el intruso. Tardó varios días en recuperarse y cuando lo hizo descubrió que la semilla de Drácula había fructificado en su vientre. Arminius la ayudó a marcharse lejos de Viena, para que tanto ella misma como el niño que llevaba en sus entrañas pudieran vivir a salvo de Drácula.
Medio siglo después el profesor Abraham Van Helsing (tal era el nombre adoptado por el hijo de Drácula y de Mary) contribuyó decisivamente a acabar para siempre con su maléfico padre y con sus diabólicas concubinas (una de las cuales se había llamado en otros tiempos Elsa Van Heil).

EL SECUESTRADOR DE CADÁVERES (CUENTO)

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Había una vez un hombre que vivía junto a un cementerio. Ese hombre se llamaba don Diego de Salazar y su historia se sitúa en la España del siglo XVI. Se trataba de un hidalgo ya maduro, sin familia ni amigos íntimos, cuya única ocupación conocida era oír misa en cualquiera de las muchas iglesias de la ciudad. No tenía ningún criado y sus vecinos atribuían esa peculiaridad a la pobreza o a la avaricia, pues no podían imaginarse que un hombre tan devoto tuviera ningún secreto que esconder. Pero en ese punto se equivocaban, pues el señor de Salazar era un necrófilo insaciable, que solo entraba en las iglesias para estar al tanto de los funerales que se celebraban en la ciudad. Cuando se enteraba de que había fallecido una mujer joven y hermosa, asistía discretamente al funeral para enterarse de dónde la enterraban. Por la noche, cuando el cementerio se quedaba desierto, salía de su casa, exhumaba a la difunta y la usaba para satisfacer su lujuria.
Tras varias semanas infructuosas, Salazar sintió un estremecimiento de placer al oír que acababa de fallecer doña Ana de Guzmán, una de las damas más hermosas del vecindario. La muerte de doña Ana se había producido a causa de una extraña y fulgurante enfermedad, que había burlado la pericia de los médicos y que, seguramente, le había sido transmitida por la mordedura de un murciélago. Aparentemente, aquella dolencia la había matado sin restarle ni un ápice de su belleza, pues, dejando aparte la inevitable palidez del rostro, a simple vista parecía más dormida que muerta.
Aquella noche Salazar entró en el cementerio sin ser visto, desenterró a doña Ana y comprobó, satisfecho, que seguía siendo irresistiblemente bella. Sacó una navaja para desgarrar los ropajes de la difunta, pero entonces esta resucitó repentinamente y se arrojó sobre el sorprendido necrófilo, con el ímpetu de un gato montés que acomete a su presa. Cuando intentó clavar sus afilados dientes en el cuello de Salazar, este comprendió, aterrorizado, que doña Ana se había convertido en un vampiro sediento de sangre. Sin embargo, se trataba de un vampiro que aún no había tenido oportunidad de alimentarse, de modo que sus fuerzas no eran superiores a las de una mujer ordinaria. Mediante un duro esfuerzo, don Diego consiguió detener a la mujer vampiro y clavarle su navaja en el corazón. Entonces doña Ana se desplomó y quedó tendida sobre su lápida, completamente inmóvil. Al parecer, había muerto de verdad y para siempre, pues incluso se había apagado el brillo infernal de sus ojos. Salazar suspiró aliviado al comprobar que no solo estaba a salvo, sino que además tenía aquel deseado cuerpo a su merced. De todos modos, tomó precauciones por si se producía una nueva resurrección: ató fuertemente los miembros de doña Ana y le cosió la boca con un hilo muy resistente. A continuación, le rasgó la ropa y la penetró salvajemente, aullando de placer. Pero entonces sintió en su miembro viril un dolor realmente atroz. Nuevamente aterrorizado, se apartó de la mujer vampiro y vio que su órgano sexual había sido roído. Entonces del vientre de doña Ana surgió una grotesca criatura humanoide, no mayor que una rata, pero armada con dientes sumamente afilados.
El feto vampiro de la encinta doña Ana saltó sobre Salazar y mordió con ansia su garganta, hasta desangrarlo y marcharse en busca de nuevas víctimas.


EL BAKENEKO (MICRORRELATO)

 

A mediados del siglo XIX tuvieron lugar en Hokkaido unos misteriosos asesinatos, que las gentes sencillas atribuyeron al Bakeneko, el gato-vampiro de las leyendas japonesas. Los cadáveres de varios hombres habían aparecido tendidos sobre charcos de sangre, con heridas en el cuello semejantes a las que podrían infligir los colmillos de una fiera. También las huellas que se veían cerca de los cadáveres parecían pertenecer a un enorme felino de especie desconocida. Entonces la sacerdotisa del santuario local decidió contratar a un ronin (samurái sin amo) llamado Yosuke Takeda, para que investigara el caso.
Cuando llegó al escenario del último crimen, Takeda examinó las huellas del Bakeneko, aún bien visibles sobre la capa de nieve que cubría el suelo. Examinando la distinta profundidad de algunas pisadas respecto a otras, Takeda dedujo que el Bakeneko no mataba al azar, sino que aguardaba pacientemente a sus víctimas, oculto entre los árboles. El rastro desaparecía súbitamente en la orilla de un río cercano, como si el monstruo se hubiera marchado volando. Pero el ronin tenía otras ideas:
-Toda esa leyenda del Bakeneko no es más que una estúpida superstición. Es evidente que el asesino huyó caminando sobre la superficie helada del río, donde sus huellas no quedaron marcadas. Pero un animal de gran tamaño o un hombre adulto no se atreverían a correr ese riesgo, pues el hielo no aguantaría el peso de un cuerpo voluminoso. Por otra parte, un niño nunca habría podido cometer esos crímenes, que son propios de un asesino experto. Entonces el homicida solo puede ser una mujer. Y, por lo que sé, la única muchacha de la aldea que tiene conocimientos de artes marciales es…
Cuando Takeda llegó al santuario local, no encontró a la sacerdotisa, pero sí una bolsa llena de monedas de oro, debajo de la cual había un mensaje para él:
“Honorable Takeda-sano, si está leyendo estas líneas es que ya sabe que yo soy el Bakeneko. En tal caso, usted merece su paga, igual que todas mis víctimas merecían morir por haber abusado de mí cuando era una niña pobre e indefensa. Enhorabuena y hasta nunca”.
Junto a la bolsa, Takeda vio unos guantes armados con cuchillas y unas botas de suela especial, preparadas para producir, respectivamente, heridas y huellas como las que hubiera dejado un gato gigante. Nunca más volvió a saberse de la sacerdotisa.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL LOBO

 

Hace muchos años, cuando terminé la carrera de Magisterio, fui destinado a la escuela de una pequeña villa gallega, perdida en medio de las montañas. Una vez allí, me hospedé en la mansión de doña Socorro, una viuda de buena familia que vivía con su hija Elvira y con una criada ya vieja, Eudoxia. Debo confesar que yo estaba muy enamorado de la hermosa Elvira, si bien ella apenas parecía consciente de mi humilde existencia. Poco después de mi llegada, en los aledaños de la villa empezaron a aparecer animales muertos, con la garganta destrozada a mordiscos y sin una gota de sangre en el cuerpo. Al parecer, había lobos en el bosque y doña Socorro, asustada, le mandó a su hija llevar puesto un crucifijo de plata, que supuestamente tenía el poder de espantar a las cosas malas, tanto las de este mundo como las del Más Allá. La muchacha acató su mandato, que, por otra parte, no parecía agradarle demasiado, como si se avergonzara de tener una madre tan supersticiosa. Durante algunos días dejaron de aparecer animales muertos. Parecía que los lobos se habían marchado, pero una noche, mientras cenábamos, escuchamos un ruido procedente del patio. Abrimos la ventana y la luz lunar nos mostró un lobo muy grande, que acababa de matar al perro de doña Socorro. Yo me ofrecí a matarlo y agarré una escopeta que había pertenecido al difunto padre de Elvira. Esta, con el permiso de su madre, me prestó su crucifijo para que me diera suerte. Cuando salí al patio, el lobo ya había marchado. Me planteé ir en su persecución, pero entonces oí gritar a doña Socorro y a Eudoxia. Entré en la casa a toda prisa y hallé a ambas mujeres lívidas como muertas, mirando la ventana abierta con ojos desencajados. Les pregunté qué había pasado, pero apenas fueron capaces de murmurar incoherencias. Elvira había desaparecido y nunca más volví a saber de ella. Al día siguiente volvieron a aparecer animales muertos en el bosque, pero creo que nada de eso fue obra de los lobos.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

ÉRASE UNA VEZ (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Una vez, hace muchos años, una niña llamada Caperucita Roja caminaba por el bosque entonando una cancioncilla popular, mientras se dirigía hacia un viejo castillo situado en la cumbre de una colina. Aunque Caperucita pasaba por ser una niña más simpática y alegre que inteligente, poseía, al igual que otros habitantes de aquel país encantado, el don de hablar con los animales. Un pajarillo se acercó a ella y le preguntó:

¿Adónde vas, Caperucita? Este camino no lleva al pueblo ni a la casa de tu abuelita.

Voy al castillo. He oído rumores de que esta noche el conde va a celebrar una fiesta y, aunque yo no soy de sangre noble, seguro que no le negará la invitación a una chica tan linda y simpática como yo.

Vale, pero no seas tan confiada como la otra vez, cuando aquel hombre lobo estuvo a punto de comeros a tu abuelita y a ti.

¡Qué tontería! En ningún castillo dejarían entrar a un hombre lobo.

No, pero tampoco a leñadores que te salven en el último momento.

¡Bah, si pasa algo el señor conde me protegerá!

El pajarillo, que había oído hablar de Barbazul y de la condesa Báthory, sabía que no todos los condes protegen a las niñas, pero decidió callar para no asustar a su amiga y, tras despedirse de ella, se marchó volando a su nido, pues ya faltaba poco para el anochecer. De hecho, ya volaban los murciélagos cuando Caperucita llegó a las puertas del castillo. Tal como había previsto, los guardias (que, por lo demás, no parecían muy simpáticos) le abrieron las puertas, pero, para su decepción, el interior del castillo le pareció mucho más lóbrego y sucio de lo que había imaginado. Por otra parte, allí no había nadie, salvo ratas, arañas y murciélagos… o al menos eso parecía, pues de pronto la niña sintió una mano dura y fuerte sobre su hombro derecho. Se volvió para ver quién la había tocado y palideció de miedo cuando reconoció a su viejo enemigo, el hombre lobo del bosque. Aunque se hallaba bajo su forma humana, ella no podría olvidar jamás aquella voz engañosamente amable:

Buenas noches, querida. Percibí tu aroma mientras deambulaba por el bosque y te he seguido hasta aquí.

¿Pero usted no estaba muerto?

Una simple hacha no puede matar definitivamente a un licántropo. Solo la plata y la decapitación pueden hacerlo. Tú, en cambio, puedes morir muy fácilmente, tienes una carne muy tierna.

Entonces hizo su aparición un hombre alto y apuesto, de rostro adusto pero noble, que iba vestido completamente de negro y blandía un impresionante revólver. El hombre lobo soltó a Caperucita y se encaró con el recién llegado, mientras maldecía a la niña para sus adentros:

La pequeña zorra había visto a ese tipo antes que yo y se las arregló para hacerme confesar mis debilidades. Ahora él sabe cómo puede matarme para siempre, pero no le pondré las cosas fáciles.

Cuando el combate entre el hombre lobo y el pistolero desconocido parecía inevitable, surgió de las tinieblas el amo del castillo, el cual no era otro que el conde Drácula. Este saludó a sus variopintos huéspedes con una sonrisa diabólica y una voz espectral:

Bienvenidos a mi humilde morada, amigos míos. Me temo que los he engañado haciendo correr los rumores de que esta noche iba a celebrarse aquí una fiesta. Lo que sí habrá es un festín de sangre para mí y para mis servidores.

Dicho esto, el conde chasqueó los dedos y los guardias del castillo se convirtieron en enormes sabuesos, más feroces que los lobos del bosque y más negros que la misma noche. El hombre lobo se olvidó del pistolero y, tras adoptar rápidamente su forma de bestia, se arrojó sobre los sabuesos, pero, a pesar de sus afilados colmillos y de sus poderosas zarpas, no consiguió hacerles el menor daño. En cambio, los perros lo destrozaron en un santiamén, convirtiéndolo en un montón de carne ensangrentada. El pistolero hizo ademán de disparar sobre los sabuesos, pero Caperucita se acercó a él y le dijo en voz baja:

Esos no son perros de verdad. Si lo fueran, podría entender su lenguaje, pero sus ladridos y gruñidos no me dicen nada.

Entonces solo pueden ser espíritus infernales, de modo que sería inútil lanzar un ataque físico contra ellos. Por eso el licántropo no pudo herirlos, pero yo sí sé cómo detenerlos.

El pistolero recitó unos pocos versículos de la Biblia, que se sabía de memoria, y los perros infernales se desvanecieron en la nada como espectros sorprendidos por la luz del alba. Drácula, sorprendido y asustado por el inesperado giro de los acontecimientos, huyó del castillo convertido en murciélago. El pistolero le dijo a Caperucita:

Llevo años persiguiendo a ese vampiro y, por lo que veo, nuestra lucha aún no ha acabado. Puedes volver a tu casa tranquilamente, pues nuestro amigo el licántropo tardará mucho tiempo en regenerarse. Y muchas gracias por tu ayuda, de no ser por ti ahora estaría peor que él.

Muchas gracias a usted, señor. Por cierto, ¿puedo saber cómo se llama?

Mi nombre es Hunter, Daniel Hunter.

Dicho esto, Daniel Hunter se despidió de Caperucita y se fue montado en un caballo negro.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Diseñada por Freepik (www.freepik.es).


UN VAMPIRO ORIENTAL (SABINE BARING-GOULD)

 

Texto: Leyenda oriental recogida por Sabine Baring-Gould. Traducción: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

A principios del siglo XV vivía en Bagdad un anciano mercader, cuyos negocios le habían producido una gran fortuna y que tenía un único hijo, al cual amaba tiernamente. Resolvió casar a su vástago con la hija de otro mercader: una muchacha de considerable fortuna, pero carente de todo atractivo personal. Abul-Hassan, el hijo del mercader, vio un retrato de la dama y le pidió a su padre que aplazara la boda, pues necesitaba tiempo para hacerse a la idea. Pero lo que hizo fue enamorarse de otra muchacha, que era hija de un erudito, y no dejó en paz a su padre hasta que este le permitió casarse con su amada. El viejo mercader se resistió todo lo que pudo, pero, viendo que su hijo estaba resuelto a casarse con la hermosa Nadilla y que había rechazado completamente a la fea hija del mercader, hizo lo que suelen hacer los padres en semejantes circunstancias: dio su brazo a torcer.

La boda se celebró con gran esplendor y después vino una feliz luna de miel, que hubiera sido aún más dichosa de no ser por un pequeño detalle, que acabaría teniendo graves consecuencias. Abul-Hassan se percató de que su esposa abandonaba el lecho nupcial cuando pensaba que su esposo estaba dormido y no volvía hasta una hora antes del alba. Impelido por la curiosidad, una noche Hassan se hizo el dormido y vio cómo su esposa se levantaba para salir de la habitación, como hacía habitualmente. La siguió discretamente y vio cómo entraba en un cementerio. La luz lunar le mostró cómo se introducía en un sepulcro y decidió seguirla. Una vez dentro, se encontró con una escena espeluznante. Una horda de vampiros se había reunido con los despojos de las tumbas que habían violado y se estaban dando un festín con la carne de cadáveres largo tiempo enterrados*. Su propia esposa, que nunca cenaba en casa, estaba participando en el horrible banquete. Cuando pudo huir sin llamar la atención, Abul-Hassan volvió a su habitación.

No le dijo nada a su esposa hasta que a la noche siguiente llegó la hora de la cena. Ella se resistió a probarla y entonces él exclamó lleno de ira:

¡Claro, reservas tu apetito para tus banquetes con los vampiros!

Nadilla se quedó callada, palideció y tembló. Luego se dirigió a su alcoba sin pronunciar una sola palabra. A medianoche se levantó para atacar a su esposo con uñas y dientes. Lo hirió en la garganta y, tras abrirle una vena, intentó sorber su sangre, pero Abul-Hassan se levantó de un salto, la derribó y la mató de un golpe. La enterraron al día siguiente, pero tres días después, a medianoche, reapareció y atacó nuevamente a su esposo, en un segundo intento de chuparle la sangre. Él consiguió zafarse de ella y a la mañana siguiente abrió su tumba, quemó su cadáver y arrojó las cenizas al río Tigris**.

*El ghoul o vampiro de las leyendas árabes, además de beber sangre, es aficionado a comer restos de cadáveres humanos.

**Ecos de esta leyenda pueden apreciarse en el cuento "Vampirismus" del célebre autor alemán E. T. A. Hoffmann, quien en su versión elimina o reduce los elementos más fantásticos de la historia.

VAMPIRO (DELMIRA AGUSTINI)

En el regazo de la tarde triste
Yo invoqué tu dolor... Sentirlo era
Sentirte el corazón! Palideciste
Hasta la voz, tus párpados de cera,

Bajaron...y callaste... Pareciste
Oír pasar la Muerte... Yo que abriera
Tu herida mordí en ella -¿me sentiste?-
Como en el oro de un panal mordiera!

Y exprimí más, traidora, dulcemente
Tu corazón herido mortalmente,
Por la cruel daga rara y exquisita
De un mal sin nombre, hasta sangrarlo en llanto!
Y las mil bocas de mi sed maldita
Tendí a esa fuente abierta en tu quebranto.

¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
Que come llagas y que bebe el llanto?

Fuente de imagen: Pixabay.

LA LAMIA (LEYENDA GRIEGA)

 

Texto: Robert Burton, adaptado por Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Cuenta Filóstrato en su libro Vida de Apolonio que un joven de veinticinco años, llamado Menipio Licio, conoció en el camino de Corinto a una hermosa dama, la cual dijo ser de origen fenicio. Esta llevó al joven a su suntuoso palacio, donde se ofreció a cantar y danzar solo para él, mientras ambos gozaban de todos los placeres que pueden proporcionar el vino y el amor. Menipio era un filósofo y había aprendido a controlar sus pasiones, pero no pudo resistir los embates del amor y decidió contraer matrimonio con la fenicia. Entre los invitados a la boda estaba el sabio Apolonio de Tiana, quien no se dejó engañar por las apariencias y vio que aquella mujer era, en realidad, una lamia (vampiro de la mitología griega, que adoptaba hermosas apariencias para seducir a los incautos y beber su sangre). Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara su secreto, pero el sabio, indiferente a sus lágrimas, le dijo a Menipio  que estaba "abrazando a una serpiente"; entonces tanto ella como su palacio ilusorio se desvanecieron para siempre. 


EL CONDE MAGNUS (M. R. JAMES)

El señor Wraxall fue un viajero inglés de mediados del siglo XIX, que llegó a Suecia en busca de materiales para escribir un libro. Una vez allí, se interesó por una vieja familia de la ciudad de Raback, los señores De La Gardie. Decidió estudiar sus crónicas y no tardó en interesarse por uno de sus antepasados, el conde Magnus, que había mandado edificar la mansión familiar y sobre quien circulaban rumores tan extraños como inquietantes. El conde, que había vivido durante el siglo XVII, era famoso por su severidad con los cazadores furtivos. La crueldad de sus castigos llegó a ser legendaria y se decía que aún acechaba desde su tumba en el mausoleo de la iglesia. Más concretamente, se hablaba de dos campesinos que habían osado cazar en sus propiedades un siglo después de su muerte. Entonces se oyeron terribles gritos en el bosque y una risa diabólica procedente de la tumba del conde, así como el sonido de una puerta. A la mañana siguiente el párroco encontró a los dos furtivos. Uno de ellos se había vuelto loco y el otro estaba muerto. A este último le habían arrancado toda la carne del rostro, dejando sus huesos a la vista.

El señor Wraxall no tardó en conocer las leyendas que circulaban sobre el conde, incluyendo el rumor de que había efectuado la Peregrinación Negra, es decir, un viaje a la ciudad palestina de Chorazin, sobre la cual Dios había arrojado su maldición, tal como puede leerse en las Escrituras. Pero resultaba difícil explicar lo que dicha Peregrinación significaba exactamente. Y tampoco estaba claro qué compañero se había traído el conde en su viaje de vuelta. Por otra parte, el señor Wraxall se sentía cada vez más interesado por el mausoleo donde reposaba el conde y finalmente obtuvo permiso para entrar en él, acompañado por el diácono. Allí encontró varios monumentos y tres sarcófagos de cobre, uno de los cuales pertenecía al conde. En los laterales de dicho sarcófago vio varias escenas grabadas. En una de ellas, particularmente terrorífica, se veía cómo un hombre huía frenéticamente a través del bosque. Sus perseguidores eran un ser más bien pequeño, de cuyo cuerpo se desprendía un tentáculo semejante al de una medusa, y un hombre alto cubierto por una capa. El sarcófago estaba sellado por tres grandes clavos de acero, uno de los cuales se había caído al suelo. El señor Wraxall recordó que había oído un sonido metálico el día anterior, mientras paseaba cerca del mausoleo. Entonces había pensado, de una forma algo morbosa, que le hubiera gustado conocer al conde Magnus.

La fascinación del viajero se incrementó y se hizo con la llave del mausoleo, al cual le dedicó una segunda visita (en esta ocasión entró él solo). Llamó su atención que otro clavo estuviera a punto de desprenderse del sarcófago. Al día siguiente decidió irse de Raback, no sin antes hacerle una última visita a la tumba del conde, a modo de despedida. Una vez más volvió a sentir el absurdo deseo de conocer al conde. Vio, asustado, que solo quedaba un clavo en el sarcófago y que este se caía al suelo haciendo un ruido metálico. Luego oyó algo más, un sonido semejante a un crujido de bisagras. Le pareció que la tapa del sarcófago empezaba a elevarse lentamente, así que huyó aterrorizado, sin acordarse de cerrar la puerta del mausoleo.

Durante su retorno a Inglaterra Wraxall empezó a sentir una extraña inquietud hacia los demás pasajeros del barco. Lo ponían especialmente nervioso dos personas que siempre iban cubiertas por sendas capas. Tenía la sensación de que lo seguían y lo vigilaban. De los veintiocho pasajeros del barco solo veintiséis acudían al comedor. Los dos ausentes eran, precisamente, aquellos dos individuos, uno de los cuales era un hombre alto, mientras que su compañero era más bien bajo. Cuando desembarcó en Harwich, el señor Wraxall tomó un carruaje, desde el cual vio dos figuras encapuchadas en un cruce del camino. Finalmente se alojó en una pequeña casa rural y empezó a escribir sus notas de forma frenética. Dos días después fue encontrado muerto. Durante la investigación siete miembros del jurado se desmayaron tras ver lo que quedaba de su cuerpo. La casa donde murió permaneció deshabitada durante medio siglo. Después fue demolida y entonces se encontró el manuscrito del difunto señor Wraxall en una alacena olvidada.

Fuentes del texto: Montague Rhodes James (Cuentos de fantasmas de un anticuario) y H. P. Lovecraft (El horror sobrenatural en la literatura). Traducción: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

LA PRUEBA

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Nos encontramos en una mansión húngara a finales del siglo XIX. Aquella casa pertenecía al señor Nagasdy, un hombre rico de origen desconocido, que llevaba poco tiempo viviendo en la región. Nadie sabía cómo había hecho su fortuna, pero era un hombre demasiado poderoso para preocuparse por los rumores de sus vecinos.

Uno de sus criados era un niño de catorce años llamado Férenc, que trabajaba en las fincas y dormía en un rincón de la cocina. Aquella noche Férenc se levantó de su lecho poco antes de la medianoche, robó las llaves del guardia, que dormía como un bendito, y le abrió las puertas de la casa a una muchachita de su edad, que era muy hermosa y tenía la piel tan blanca como las nieves de los Cárpatos. Aquella niña le dio las gracias y una moneda de oro. Luego le preguntó dónde podía encontrar un buen cuchillo. Férenc respondió:

Hay muchos cuchillos en la cocina. Pero no sé para qué necesitas uno. Yo pensaba que solo querías pasar la noche con el señor Gábor (el tal Gábor era un criado muy guapo, que fornicaba por las noches con las chicas de la comarca).

Ni siquiera sé quién es ese hombre. Yo estoy aquí para matar al señor Nagasdy.

¿A mi amo? ¿Acaso estás loca?

Debería estarlo después de todo el daño que me hizo. Hace tres años él y sus hombres entraron en mi casa, abusaron de mí y asesinaron a mi padre. Pero esta noche voy vengarme degollándolo mientras duerme.

Entonces aparecieron varios hombres armados, dirigidos por el dueño de la casa. Nagasdy había recibido aquella noche un mensaje anónimo, que lo advirtió del peligro que corría. Dijo:

Así que estás aquí, señorita Anna Lugosi. No has cambiado nada desde la visita que te hice hace tres años.

Anna dijo con voz fría:

Ciertamente nada ha cambiado desde entonces, Anton Nagasdy. Aquel día te juré que vengaría a mi padre y aquí estoy.

Lástima que no puedas hacerlo. ¡Venga, chicos! Atrapad a esa pequeña zorra y también a ese traidor de Férenc. Luego haced con ellos lo que hacemos con todos los espías.

Uno de los hombres de Nagasdy intentó agarrar a Anna, pero esta, que era muy rápida, consiguió huir y desapareció entre las tinieblas de la noche. Por el contrario, Férenc fue atrapado sin remedio. Uno de sus captores hizo ademán de degollarlo allí mismo, pero Nagasdy le ordenó llevarlo al monte, donde sería fácil hacer desaparecer su cadáver. Entonces el muchacho, bien atado y amordazado, fue subido a un carro y trasladado al lugar más oscuro del bosque. Pero de pronto aparecieron varios lobos, que asustaron a los caballos. El cochero no pudo contenerlos y el carro acabó en las frías aguas del río.

Cuando Férenc recobró la conciencia, Anna estaba a su lado y sus ojos brillaban como dos llamas de fuego helado. El muchacho apenas tuvo fuerzas para decir:

Tú... no eres humana.

Ya no. Hace tres años le ofrecí mi alma a Satanás a cambio de que me convirtiera en un vampiro, pues de otro modo nunca podría vengar a mi padre. Juré que no descansaría hasta beber la sangre de todos sus asesinos, empezando por Nagasdy. Pero no puedo matar a ningún hombre bueno, pues si lo hiciera me iría al Infierno de inmediato. Como existía la pequeña posibilidad de que Nagasdy se hubiera reformado durante los últimos años, decidí ponerlo a prueba. Yo misma lo avisé del peligro que corría, para ver cómo reaccionaba, pero, evidentemente, no superó el examen, ya que sigue siendo un asesino. Perdona el chapuzón, no podía rescatarte de otro modo. El carro había sido utilizado para transportar productos de la huerta y aún olía a ajo, lo cual me impedía aproximarme. Tuve que llamar a los lobos, para que espantaran a los caballos y el carro quedara bien lavado en el río. Ahora ya no te necesito para entrar en la casa de Nagasdy, de modo que aquí se separan nuestros caminos. Pero antes de nada un beso para que me perdones.

Anna besó la boca de Férenc con sus labios fríos y se marchó. Él no volvió a ver a la niña vampiro, pero recordó aquel beso durante toda su vida.


SANGRE EN LOS ANDES

 

Hace algunos años, cuando aún éramos estudiantes universitarios, mi prima Ángela y yo aprovechamos la festividad de Todos los Santos para hacerle una visita a nuestro tío abuelo don Faustino, que era misionero franciscano en una aldea de los Andes. Con nosotros llegó Eva Mourelos, una chica muy guapa y simpática que, según nos contó ella misma, había sido enviada a la misión por una prestigiosa ONG médica de inspiración católica. Se decidió que los hombres dormiríamos en la casa parroquial, mientras que las chicas lo harían en un viejo almacén, donde se habían instalado dos camas para ellas. Ángela y Eva estuvieron de acuerdo, pues habían hecho buenas migas y estaban encantadas de compartir habitación. 

Los indios del lugar temían a una hechicera de las montañas llamada María Humala, que según la leyenda salía de su cueva durante la Noche de Difuntos en busca de sangre humana, pero a nosotros las supersticiones locales no nos quitaban el sueño. Sin embargo, la mañana del dos de noviembre advertí que Ángela estaba muy pálida y que habían aparecido unas extrañas marcas violáceas en su cuello. Ella no recordaba nada, pero era posible que algún murciélago hematófago le hubiera chupado la sangre mientras dormía. Eva, al verme preocupado, me prometió que en lo sucesivo cerraría a cal y canto las ventanas del almacén, para que no se repitieran incidentes semejantes.

A la medianoche siguiente me despertó un ruido procedente del exterior. Entonces me levanté procurando no despertar a don Faustino, que dormía como un bendito, cogí mi linterna y salí a echar un vistazo. El causante del ruido había sido un tigrillo o gato montés sudamericano, que huyó a la selva nada más verme. Respiré aliviado y antes de volver a mi lecho decidí acercarme al almacén, para comprobar si Eva había cumplido su promesa de cerrar las ventanas. Cuando llegué allí, vi que la puerta estaba abierta de par en par. Ángela yacía inconsciente sobre su cama, pálida como una muerta y con el cuello ensangrentado, mientras que Eva había desaparecido sin dejar rastro. Mi prima se recuperó gracias a los cuidados que le prodigó don Faustino, pero todos sus recuerdos de aquella noche se habían desvanecido para siempre. En cuanto a Eva, nunca más volvimos a saber de ella. Los indios creen que la bruja María Humala entró en el almacén, desangró a Ángela mientras dormía y raptó a Eva para devorarla en su gruta, pero yo tengo otra teoría aún más inquietante. He dicho que no volvimos a saber de Eva, pero en realidad nunca habíamos sabido de ella nada más que lo que había querido contarnos.

Texto: Francisco Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL PACTO (CUENTO)

Texto: Javier Fontenla, basado en la novela Drácula de Bram Stoker. Imagen: Pixabay.

Aquella noche Marlene, una hermosa niña de catorce años, se acercó a un viejo cementerio, abandonado desde hacía muchos años. Allí se encontró con un hombre de aspecto aterrador, cuya palidez espectral contrastaba con la fúnebre negrura de sus ropajes y con el fuego infernal de sus pupilas. Pese a ser una niña valiente, Marlene no pudo reprimir un estremecimiento al comprender que se hallaba ante Drácula, el príncipe de los vampiros. Aunque Drácula había sido destruido a finales del siglo XIX, tal como lo contó Bram Stoker en su famosa novela, una vez cada cien años podía volver de la tumba durante la Noche de Walpurgis. El vampiro estaba sediento de sangre tras un siglo de ayuno, pero no se atrevió a atacar a Marlene, pues esta llevaba en la mano un crucifijo de plata. Entonces la miró con rabia y le dijo:

¿Qué buscas aquí, niña?

Quiero ofrecerte un pacto. Te dejaré beber mi sangre si antes haces algo por mí.

¿A qué te refieres?

Hace cosa de un año el general Oleg Bazarov se hizo con el poder en toda Rusia y le declaró la guerra a Occidente. Sus misiles arrasaron nuestras ciudades y mataron a toda mi familia. Ahora sus tropas están terminando el trabajo y destruirán el mundo si nadie las detiene. Pero solo tú podrías hacerlo.

Drácula examinó a Marlene con ojos inquisitivos y dijo:

Creo que aceptaré tu propuesta, pues deseo beber tu sangre y, por otra parte, no me interesa que los mortales se destruyan entre ellos. Esta misma noche mataré a ese Bazarov, pero luego volveré por ti. Te advierto que, si intentas huir de mí incumpliendo tu promesa, te convertirás en una perjura y tu crucifijo ya no podrá protegerte. En ese caso, te buscaré y luego no solo beberé tu sangre, sino que además te daré la peor de las muertes imaginables.

No te preocupes, te prometo que estaré esperándote aquí mismo. De todas formas, prefiero morir desangrada antes que ser torturada y violada por los soldados de Bazarov.

Drácula le dedicó una fría sonrisa a Marlene y, tras convertirse en murciélago, se marchó volando hacia el este.

Cerca de Odesa se hallaba la base militar desde la cual el general Bazarov tiranizaba a su pueblo y coordinaba la destrucción de Occidente. Allí se sentía a salvo, mientras sus enemigos y sus propios hombres morían en los campos de batalla de toda Europa, pues las medidas de seguridad de aquella base eran virtualmente perfectas.

Los centinelas vieron, aterrorizados, cómo una nube negra que vagaba por el cielo nocturno se convertía en un ejército de murciélagos. No tardó en cundir el pánico en toda la base, mientras aquellos murciélagos atacaban a los guardias con una saña infernal. Se ordenó cerrar las puertas del búnker antes de que entraran los murciélagos, aunque ello supusiera abandonar a los soldados que se hallaban en el exterior. Unos guardias estaban intentando cerrar la puerta trasera cuando apareció ante ellos un hombre demacrado, que llevaba uniforme de coronel. El recién llegado les dijo con un tono al mismo tiempo autoritario y suplicante:

¡Maldita sea, déjenme entrar! Ustedes no pueden impedirle la entrada a alguien de mi rango.

Los soldados dejaron entrar al caporal y luego cerraron la puerta, justo a tiempo para impedir que los murciélagos penetraran en el búnker. Entonces Drácula se quitó el uniforme que le había arrebatado a una víctima de los murciélagos y se encaminó hacia el corazón del búnker, dejando atrás los cadáveres desangrados de unos cuantos soldados. No tardó mucho en atrapar al general Bazarov, que se quedó paralizado de terror cuando el vampiro clavó en él su mirada hipnótica y le dijo:

Ahora usted se halla bajo mi poder, así que va a hacer todo lo que yo le mande: primero va a ordenar una retirada general de sus tropas, que esta misma noche deberán volver a Rusia sin causar más daños en los países invadidos. Y luego se pegará un tiro en la cabeza.

Tras asegurarse de que Bazarov había cumplido sus órdenes, Drácula volvió al cementerio y se presentó ante Marlene. Entonces esta le dijo:

Pronto podrás beber mi sangre, pero te ruego que antes me permitas devolver esta cruz a la iglesia donde la encontré. No está lejos de aquí y te juro que habré vuelto antes del alba.

Drácula asintió y dijo:

Está bien. Después de todo, no me gustaría que esa maldita cruz se quedara tirada cerca de mi tumba. Puedes irte, pero no tardes en volver o iré a buscarte.

Marlene no tardó en volver, ya sin el crucifijo. Cuando la vio a su merced, Drácula hizo ademán de hincar sus colmillos en el cuello de la indefensa niña. Pero se detuvo en el último momento, tras percibir un olor desagradable, y gritó furioso:

¡Te has untado el cuello con agua bendita! ¿Por eso querías ir a la iglesia, pequeña tramposa?

Marlene se mantuvo serena y respondió:

No soy una tramposa. Yo le ofrezco mi sangre, tal como le había prometido. No es culpa mía si ahora usted decide rechazarla.

Esto solo atrasa tu destino. Cuando se seque el agua…

Para entonces ya será de día.

Drácula advirtió que se acercaba el amanecer y, sabiéndose vencido, dejó que Marlene se marchara sin hacerle daño. Luego volvió a su tumba con una sonrisa en los labios. En realidad, él siempre había sabido cuál era el plan de Marlene, pero un caballero no puede exigirle nada a una dama en apuros. Lo que pasa es que, cuando el caballero es un vampiro, debe disimular para no manchar su diabólica reputación.


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