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LA SOMBRA DEL MAL (cuento)

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay-Kimut.

Aunque Nerea no es la protagonista de esta historia, conviene que digamos un par de cosas sobre ella: cuando sucedieron los hechos vamos a relatar, era una atractiva adolescente que soñaba con ser actriz de cine. Un día, poco después de que hubiera cumplido los dieciocho años, su amiga Vera la abordó al salir del instituto donde ambas estudiaban bachillerato y le dijo en tono confidencial:

Le he hablado de ti a un amigo mío, que es fotógrafo profesional y trabaja para una revista de moda muy conocida. Me dijo que le gustaría hacerte algunas fotos y, si queda contento con el resultado, podría recomendarte para trabajar como modelo.

Suena bien, pero ya sabes que a mí lo que me gusta es actuar.

Sí, lo sé. Pero eso te ayudaría a saltar al cine. Hoy en día casi todas las actrices jóvenes proceden del mundo de la moda, más aún que del teatro.

A Nerea se le encendieron los ojos al oír estas palabras, pero luego suspiró y dijo con voz triste:

Estaría genial, pero no creo que mis padres me dejen. Nunca han tenido muy clara la diferencia entre una agencia de modelos y una red de trata de blancas.

Ahora eres mayor de edad, así que ya no necesitas su permiso.

Da igual. Para ellos seré menor de edad hasta que gane mi propio dinero.

Precisamente de eso se trata, de que empieces a ganar dinero. Si te parece bien, el próximo sábado te llevo con mi amigo. Y a tus padres no les digas nada, ¿vale?

Vale, Vera. Muchas gracias por todo.

Aquel sábado Nerea salió de su casa a primera hora de la mañana, tras decirles a sus padres que había quedado con una amiga para practicar footing, aunque debajo del chándal llevaba puesto su bikini más atrevido.

Vera la aguardaba cerca y, tras una breve caminata, ambas llegaron a su destino. Se trataba de un edificio bastante moderno, perteneciente a la compañía de la poderosa familia Vázquez, la cual había instalado unas oficinas en la primera planta. Sin embargo, los fines de semana aquellas oficinas estaban cerradas y a simple vista el resto del edificio parecía deshabitado, pues no había ninguna ventana abierta. Vera, que tenía las llaves, le dijo a Nerea:

Mi amigo le alquiló su piso a la Compañía Vázquez y casi siempre tiene las ventanas cerradas, porque dice que trabaja mejor con luz artificial.

Yo pensaba que haríamos las fotos en las oficinas de la revista.

Bueno, esa era la idea original. Pero anoche él me envió un mensaje, para decirme que prefería hacerte las fotos en su propio estudio... por el fondo y cosas así.

Cuando entraron en el piso del fotógrafo, Nerea descubrió, sorprendida, que allí la oscuridad era casi absoluta, salvo por el lúgubre resplandor de unos viejos candelabros. No solo estaban cerradas todas las ventanas, sino que la luz eléctrica estaba apagada. La muchacha, vagamente asustada, miró hacia atrás, solo para descubrir que Vera había cerrado la puerta con llave.

Entonces una sombra siniestra, en cuyo oscuro rostro solo se distinguían dos pupilas brillantes como las de una fiera salvaje, surgió de las tinieblas y se encaminó, lenta pero inexorablemente, hacia la aterrorizada Nerea. Cuando la muchacha comprendió que había caído en una trampa, intentó gritar, pero Vera le tapó la boca y le susurró con voz maliciosa:

Tranquila, guapa, él solo quiere tu sangre. Ser mordida por un vampiro es más romántico que enseñarle tu cuerpo a un fotógrafo pervertido, ¿no te parece?

Pero entonces la puerta del piso se abrió estrepitosamente, derribada por una fuerza incontenible, e hizo su aparición un muchacho pálido y desarrapado, que agarró a Vera y la separó de Nerea sin muchos miramientos. Luego le dijo a esta última con tono imperioso:

¡Vete de aquí deprisa!

Nerea no necesitó que le repitieran la orden de marcharse y bajó corriendo las escaleras, saliendo rápidamente del edificio y de esta historia, mientras su misterioso salvador se quedaba en el piso, atrapado entre el monstruo de la oscuridad y Vera, que había sacado una pistola del bolsillo y le bloqueaba la salida. Pese a estar atrapado, el muchacho no mostró ningún temor y dijo tranquilamente:

Ni siquiera habéis intentado retener a la chica. Ella solo era un cebo para atraerme, ¿verdad? Supongo que esto es cosa de mi madre. A nadie más se le ocurriría resucitar a un vampiro para atraparme. Ni tampoco convertir a una adolescente como tú en una sicaria.

Vera sonrió y dijo:

Eso es cierto, Ruy. Sabemos que tu sexto sentido te dice dónde hay una persona inocente en apuros y que, siendo un estúpido romántico, siempre acudes al rescate de los necesitados. Pero en esta ocasión eres tú quien necesita ayuda. Ni siquiera tu fuerza puede dañar al vampiro, pues su única debilidad es la luz solar. La luz eléctrica le causa algunas molestias y por eso la mantiene apagada, pero eso no tiene mucha importancia.

Entonces fue Ruy el que sonrió y dijo:

Deberías saber que este edificio tiene paneles solares en la azotea. Toda su energía eléctrica procede del Sol y, por tanto, puede hacerle tanto daño a un vampiro como la misma luz solar.

Durante un instante Vera pareció turbada, pero luego recobró el aplomo y dijo:

¡Quieres engañarme! Siendo tu madre la dueña de media ciudad, no iba a mandarnos venir precisamente a un edificio donde el vampiro es vulnerable.

Mientras Vera seguía hablando, Ruy, con un movimiento tan rápido que ni siquiera el vampiro pudo detenerlo, golpeó el interruptor de la luz. Cuando aquella energía procedente del Sol se derramó sobre la piel del monstruo, este empezó a arder y las llamas se extendieron rápidamente por todo el piso, amenazando con incinerar el edificio entero. Vera disparó sobre Ruy, pero, cegada por el rápido tránsito de una oscuridad casi absoluta al intenso resplandor de las llamas, falló todos los disparos. El muchacho, que había cerrado los ojos, la localizó por el palpitar de su corazón, le arrebató su arma y la golpeó en el rostro, dejándola sin sentido. Luego la agarró y huyó con ella del edificio, segundos antes de que este se convirtiera en una enorme hoguera.

Cuando los dos estuvieron a salvo, Ruy depositó a Vera sobre el césped del jardín y esperó a que recobrase el sentido. Reanimada por la brisa fresca de la mañana, la joven abrió los ojos y le dijo a su salvador:

Veo que me has salvado la vida, a pesar de que te había tendido una emboscada. No me gusta dar las gracias, pero supongo que debería hacerlo.

No hace falta. Me conformo con que desde ahora me dejes en paz.

¡Qué remedio! Tu madre no volverá a confiarme ninguna misión. Aunque en realidad fue culpa suya, por ordenarme que te tendiera la emboscada precisamente aquí, donde el vampiro podía ser destruido.

Eso no fue culpa suya, sino mía.

Ruy sacó del bolsillo un teléfono móvil de última generación y se lo mostró a Vera, quien dijo sorprendida:

¡Ese es el móvil de tu madre! Tú se lo quitaste y lo usaste para convocarnos aquí al vampiro y a mí. O sea, que en realidad fuimos nosotros los que caímos en tu trampa.

En efecto. Mi madre siempre ha subestimado mi sexto sentido. Por eso no se le ocurrió pensar en algo obvio: esa extraña facultad a la que llamo “la sombra del mal” no solo me avisa cuando otras personas corren peligro, sino también cuando soy yo mismo el amenazado. Supe a tiempo que mi madre estaba tramado algo para atraparme, así que esta madrugada volví a casa, entré en su cuarto y le robé el móvil. El mensaje que recibiste con las instrucciones de la emboscada te lo envié yo mismo.

¿Y cómo sabías con quién debías contactar? Maite no te lo habrá dicho voluntariamente. Y supongo que alguien como tú nunca sería capaz de torturar a su propia madre, por muy malvada que sea.

En efecto, yo jamás podría lastimar el cuerpo del que nací. Pero no me importa hacerle chantaje. La amenacé con destruir su preciosa colección de libros de ocultismo si no me decía todo lo que quería saber. Ahora debo irme. Por cierto, yo de ti también me iría de la ciudad antes de que tu examiga te denuncie por agresión, si es que no lo ha hecho ya.

Dicho esto, Ruy se fue antes de que llegaran los bomberos.

Cuando la doncella de Maite Vázquez entró en el cuarto de su señora, para comunicarle que un edificio de su propiedad había sido destruido por un incendio, la encontró atada y amordazada, tal como Ruy la había dejado la noche anterior. Era la primera vez que madre e hijo se veían desde que Ruy había huido de casa varios meses antes, tras descubrir que era hijo de un demonio y que su madre pretendía usar sus poderes con fines perversos. Pero no todos los reencuentros familiares son particularmente cordiales.

 

CLARA (CUENTO FANTÁSTICO)

 

TEXTO: F. J. FONTENLA. IMAGEN: GENERADA POR JAVIER FONTENLA CON CANVA.

Clara María Mendoza Hoffmann tuvo una infancia muy feliz. Vivía en el sur de México con sus padres, que eran dueños de una importante hacienda, y era una niña de buen corazón, muy cariñosa y alegre, además de singularmente hermosa. Tenía una nutrida colección de mascotas, formada mayoritariamente por animales salvajes que los campesinos le traían de la selva, siendo su favorito un joven tigrillo, al que llamaba Yellow porque tenía una bella piel dorada.

Pero, cuando Clara tenía doce años, sus padres murieron en un extraño accidente automovilístico. Entonces su tío Eduardo Manuel, hermano menor de su padre, se hizo con el control de la hacienda y la vida de la niña se convirtió en un infierno. Su tío y tutor, que antes solía mostrarse muy amable con ella, pronto empezó a maltratarla cruelmente y, solo para atormentarla, hizo matar a todas sus mascotas, salvándose únicamente Yellow, que consiguió escapar a la selva. Así pues, Clara se convirtió en una niña triste, cuyo único placer en la vida era pasear por la selva, buscando en la soledad un alivio temporal para su tristeza.

Durante uno de sus paseos se acercó a la cabaña de la vieja doña Isaura, una anciana mestiza que apenas se relacionaba con sus vecinos y a la que muchos consideraban una loca o una bruja. Sin embargo, la anciana se mostró muy amable con Clara y, aunque al principio esta le tenía un poco de miedo, no tardaron en hacerse buenas amigas. Siempre que podía, Clara iba a visitar a la anciana, que parecía una mujer muy sabia y a la que le gustaba compartir sus conocimientos con su joven amiga.

Fue por aquella época cuando en distintos puntos de la selva empezaron a aparecer cuerpos desangrados de personas y animales. La policía atribuía aquellas muertes a un psicópata o a un feroz felino salvaje, pero doña Isaura tenía otra teoría, de la cual hizo partícipe a Clara:

Estoy segura de que hay un demonio entre nosotros. Hubo un tiempo en el que había muchos vampiros en este lugar y parece que al menos uno ha regresado.

Clara, que creía ciegamente en todo lo que le decía doña Isaura, le preguntó, sin disimular su miedo:

¿Y hay alguna forma de defenderse de esos seres?

De eso precisamente quería hablarte. En lo más profundo de la selva hay un viejo templo, en cuyo interior se encuentra un cuchillo de plata, labrado por un sacerdote indígena en tiempos inmemoriales. Según las enseñanzas de mis antepasados, las heridas de los vampiros se curan rápidamente, pero ese cuchillo puede matarlos.

¡Entonces deberíamos hacernos con él!

Sí, querida, pero yo estoy demasiado vieja y débil para atravesar la selva. En cambio, tú eres una niña animosa y valiente. Si quisieras, podrías llegar al templo y volver con el cuchillo en pocas horas. Además, en sus alrededores estarás a salvo de los vampiros, pues hay una magia poderosa que les impide acercarse a ese lugar.

Clara sintió un escalofrío, pero era, en efecto, una chica valiente y acabó accediendo a la sugerencia de doña Isaura. Tras equiparse con algo de comida y una buena linterna, por si no conseguía volver a la cabaña antes del anochecer, le preguntó a la anciana dónde se hallaba exactamente el templo. Esta sacudió la cabeza y le dijo:

Nadie ha visto ese lugar desde hace muchas generaciones. Solo los animales de la selva podrían decirte dónde se encuentra.

¡Vaya! ¡Pues no creo que ellos vayan a decírmelo!

Lo harán si llevas esto contigo.

Doña Isaura sacó de sus harapos un viejo colgante y le dijo a Clara que se lo pusiera en el cuello. Luego le dijo:

Este colgante también es mágico. Quien lo lleve puesto podrá leer las mentes de los animales y compartir todos sus recuerdos. Puedes hacer una prueba ahora mismo.

Doña Isaura había capturado vivo uno de los grandes murciélagos de la selva y lo mantenía enjaulado en su gallinero. Se lo enseñó a Clara y entonces esta, de un modo indescriptible, “vio” en su mente todos los recuerdos almacenados en la memoria del animal. Resulta que este, al igual que muchos de sus congéneres, solía dormir precisamente en las ruinas del templo perdido, así que recordaba perfectamente su ubicación. Clara se había quedado tan sorprendida por la efectividad del colgante mágico que incluso se olvidó de su miedo y partió en busca del templo, sin más guía que los recuerdos transmitidos por la mente del murciélago.

Tras una larga y ardua caminata, la valerosa muchacha llegó al templo poco antes del anochecer. Una vez dentro, se ayudó de su linterna para encontrar lo que buscaba y, tras un breve registro, abandonó las ruinas, con el cuchillo en el bolsillo y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Mientras tanto, la noche había caído sobre la selva, haciéndola aún más lóbrega y siniestra, pero Clara, envalentonada por su triunfo y por la posesión del cuchillo mágico, apenas le prestó atención al entorno hostil que la rodeaba.

Ya estaba cerca de la cabaña de doña Isaura cuando una sombra de forma humana surgió de los arbustos y se arrojó rápidamente sobre ella, arrojándola al suelo antes de que pudiera sacar el cuchillo para defenderse. La muchacha se sintió perdida y emitió instintivamente un chillido de horror, aunque sabía que allí no había nadie que pudiera prestarle ayuda. O quizás sí, porque entonces apareció una segunda sombra, más pequeña y de forma felina, que se arrojó sobre el misterioso atacante de Clara y lo espantó tras desgarrarle el rostro con sus garras.

Clara había asistido impotente a la refriega y aún no había tenido tiempo de comprender lo que había sucedido cuando su salvador se acercó a ella, ronroneando amistosamente. Pese a estar aún pálida a causa del susto, la muchacha sonrió y dijo, realmente feliz:

¡Yellow, eres tú!

A la mañana siguiente, cuando doña Isaura salió de su casa para darles de comer a sus gallinas, se encontró con la punta de un cuchillo sobre la piel de su garganta. Clara (todavía pálida, pero ya no de miedo, sino de ira) era quien empuñaba el arma y quien le dijo a la aterrorizada vieja con voz dura:

Dame una razón para que no te mate ahora mismo, ¡vieja bruja!

Cuando pudo encontrar su voz, doña Isaura gimió:

¡Pero, Clara, mi niña querida! ¿A qué viene esto?

¡No te hagas la tonta! Esta noche intentaste matarme en la selva. Estaba oscuro y no te reconocí cuando me atacaste, pero Yellow sí pudo verte con sus ojos de felino. Y, gracias al colgante que tú misma me diste, pude leer sus recuerdos.

¡Estás loca! ¿Quién es ese Yellow?

El tigrillo que te desgarró la cara.

¿Acaso tengo la cara desgarrada? Mírame bien, no tengo ninguna cicatriz.

¡Claro que no! Tus heridas se curaron pronto… ¡porque tú eres el vampiro!

¿Yo? No…

¡Sí, tú! Ahora lo entiendo todo. Querías apoderarte del cuchillo antes de que alguien pudiera usarlo contra ti, pero la magia del templo te impedía ir allí en persona, así que me engañaste para que te lo trajera. Y luego me habrías matado, como a tantas otras personas, ¿verdad?

Doña Isaura, sabiéndose perdida, suplicó desesperada:

¡Por favor, Clara! Es cierto, soy un vampiro, te engañé y quería matarte… pero te ruego que me dejes vivir. Me iré a lo más profundo de la selva y nunca más volverás a verme, te lo juro por todos los espíritus del cielo y de la tierra.

Clara miró fríamente a la anciana y, tras un instante de tenso silencio, le dijo:

Te dejaré vivir si te vas de aquí para siempre… y si antes haces algo por mí.

Aquella misma tarde don Eduardo Manuel Mendoza apareció desangrado en su propio cuarto. Mientras la policía registraba la hacienda en una vana búsqueda del asesino, Clara acariciaba a Yellow junto a la cabaña que había pertenecido a doña Isaura. La muchacha murmuró para sí misma:

Adiós, tío Eduardo. Hubiera podido perdonarte todo el daño que me hiciste… pero, gracias al colgante mágico, sé que aquel día, cuando murieron mis padres, Yellow te vio manipulando los frenos del coche. Tú los mataste para hacerte con sus propiedades. Y si me dejaste vivir a mí fue solo porque demasiados “accidentes” hubieran sido sospechosos. En fin, doña Isaura ya te ha dado tu merecido. Sé que no he actuado bien, pero, en fin… ¡no siempre es bueno ser buena!


ANTES DE STOKER (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Texto: Javier Fontenla. Idea original: B. Stoker. Imagen: Creada por Javier Fontenla usando Canvas.

A mediados del siglo XIX el señor Robert Van Heil trabajaba como diplomático al servicio del gobierno holandés. Tras ejercer su labor en los Estados Unidos, fue destinado a Viena, donde se estableció con su esposa y con dos hijas adolescentes, ambas nacidas en América. Mary y Elsa Van Heil (así se llamaban las hijas del embajador) eran sumamente hermosas, aunque tenían unas personalidades muy diferentes. Mary era una muchacha de carácter apacible, tenía un gran corazón y estaba platónicamente enamorada de su profesor particular. Este era un joven húngaro llamado Arminius, muy amable y bondadoso, pero también algo excéntrico (gastaba buena parte de su sueldo coleccionando objetos extraños, como la bala que había usado el escritor Jan Potocki para suicidarse). Elsa, aunque tenía un rostro muy dulce, no compartía el buen carácter de su hermana. Era una muchacha egoísta, presuntuosa y algo desvergonzada, que sentía una fogosa pasión por Hans, un muchacho al mismo tiempo rudo y atractivo que ayudaba al jardinero en sus labores. Por supuesto, los padres de Elsa jamás le hubieran permitido relacionarse con un simple jardinero, por muy guapo que fuera, pero la muchacha, que sabía disimular sus intenciones, se cuidó mucho de decirles nada. Una tarde, aprovechando que su familia y el resto de los criados estaban ocupados, se acercó a Hans y le preguntó en voz baja:
-¿Te gustaría que lo hiciéramos de nuevo?
El muchacho dudó durante unos segundos y luego respondió:
-Sí, pero no aquí ni ahora. No podemos correr tantos riesgos como la otra vez, cuando tu padre estuvo a punto de pillarnos.
-¿Y qué alternativa propones?
-Escúchame bien, preciosa: cerca de aquí hay una mansión que está casi todo el tiempo desocupada, porque su dueño vive en Transilvania. Ayer le mandaron a mi primo Joseph, el carretero, que llevara a esa mansión una caja de madera, para lo cual tuvieron que darle la llave. Pues bien, ahora esa llave está dentro de mi bolsillo. Si esta noche te las arreglas para salir de casa sin que nadie se entere, vete a la mansión. Yo te estaré esperando allí, donde podremos hacer todo lo que queramos sin que nadie nos moleste.
Aquella noche Elsa abandonó su lecho mientras los demás dormían y se dirigió a la casa desocupada. Hans le dijo que la esperaría dentro del edificio, pues no era conveniente que alguien los viera caminando juntos por la calle. Cuando Elsa llegó a su destino, encontró la puerta abierta, entró alumbrándose con un candil y subió las crujientes escaleras, pues su amante le había dicho que la esperaría en la alcoba principal. Hans, efectivamente, la esperaba tendido sobre la cama, pero estaba muerto. Tenía la garganta ensangrentada y el rostro terriblemente pálido, como si le hubieran sorbido la sangre. Elsa, al verlo, intentó emitir un grito de terror, pero entonces una mano fría como el hielo la agarró por el cuello, asfixiándola, y la arrastró hacia la oscuridad.
Horas después, Mary, que dormía tranquilamente en su alcoba completamente ajena al terrible destino de Elsa, se despertó a causa de un extraño olor (entonces ella ignoraba que se trataba del aroma de la sangre). Cuando abrió los ojos la luz lunar que se colaba a través de las cortinas le mostró la figura de un hombre pálido y siniestro, que la observaba con ojos brillantes como rubíes. La muchacha, asustada, le preguntó:
-¿Quién es usted y qué está haciendo en nuestra casa?
Él le respondió con una voz tan lúgubre como su aspecto:
-Me llamo Drácula. Hace poco tu hermana ha allanado mi mansión. Es justo que ahora sea yo quien invada vuestra casa.
Mary, cada vez más aterrorizada, empezó a gritar, pero nadie respondió a sus llamadas de auxilio. Drácula sonrió y le dijo:
No malgastes tu voz, querida. Ya no pueden oírte, pues los he matado a todos. Pero tú eres muy hermosa, así que te he reservado otro destino más placentero.
Dicho esto, el vampiro se arrojó sobre la indefensa Mary, la agarró y rasgó sus ropas hasta desnudarla. Entonces Arminius volvió a la casa, tras haber pasado buena parte de la noche en un concierto. Adivinó que algo iba mal cuando oyó los gritos de Mary y agarró la única arma que encontró, una vieja pistola que colgaba de la pared a modo de adorno. Como aquella arma estaba descargada, la cebó con la bala que había usado Potocki para suicidarse. Corrió hacia la alcoba de Mary y, cuando hizo su entrada, Drácula soltó a la muchacha para enfrentarse al recién llegado. Arminius disparó sobre el monstruo, que gritó de dolor al recibir el impacto, pues aquella bala estaba hecha de plata: el propio Potocki la había hecho limando el asa de un azucarero (auténtico). El vampiro optó por huir saltando por la ventana y perdiéndose entre las tinieblas de la noche. Arminius no intentó detenerlo, pues consideró más urgente atender a Mary, que había perdido la conciencia después de haber sido violada y desangrada por el intruso. Tardó varios días en recuperarse y cuando lo hizo descubrió que la semilla de Drácula había fructificado en su vientre. Arminius la ayudó a marcharse lejos de Viena, para que tanto ella misma como el niño que llevaba en sus entrañas pudieran vivir a salvo de Drácula.
Medio siglo después el profesor Abraham Van Helsing (tal era el nombre adoptado por el hijo de Drácula y de Mary) contribuyó decisivamente a acabar para siempre con su maléfico padre y con sus diabólicas concubinas (una de las cuales se había llamado en otros tiempos Elsa Van Heil).

EL SECUESTRADOR DE CADÁVERES (CUENTO)

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Había una vez un hombre que vivía junto a un cementerio. Ese hombre se llamaba don Diego de Salazar y su historia se sitúa en la España del siglo XVI. Se trataba de un hidalgo ya maduro, sin familia ni amigos íntimos, cuya única ocupación conocida era oír misa en cualquiera de las muchas iglesias de la ciudad. No tenía ningún criado y sus vecinos atribuían esa peculiaridad a la pobreza o a la avaricia, pues no podían imaginarse que un hombre tan devoto tuviera ningún secreto que esconder. Pero en ese punto se equivocaban, pues el señor de Salazar era un necrófilo insaciable, que solo entraba en las iglesias para estar al tanto de los funerales que se celebraban en la ciudad. Cuando se enteraba de que había fallecido una mujer joven y hermosa, asistía discretamente al funeral para enterarse de dónde la enterraban. Por la noche, cuando el cementerio se quedaba desierto, salía de su casa, exhumaba a la difunta y la usaba para satisfacer su lujuria.
Tras varias semanas infructuosas, Salazar sintió un estremecimiento de placer al oír que acababa de fallecer doña Ana de Guzmán, una de las damas más hermosas del vecindario. La muerte de doña Ana se había producido a causa de una extraña y fulgurante enfermedad, que había burlado la pericia de los médicos y que, seguramente, le había sido transmitida por la mordedura de un murciélago. Aparentemente, aquella dolencia la había matado sin restarle ni un ápice de su belleza, pues, dejando aparte la inevitable palidez del rostro, a simple vista parecía más dormida que muerta.
Aquella noche Salazar entró en el cementerio sin ser visto, desenterró a doña Ana y comprobó, satisfecho, que seguía siendo irresistiblemente bella. Sacó una navaja para desgarrar los ropajes de la difunta, pero entonces esta resucitó repentinamente y se arrojó sobre el sorprendido necrófilo, con el ímpetu de un gato montés que acomete a su presa. Cuando intentó clavar sus afilados dientes en el cuello de Salazar, este comprendió, aterrorizado, que doña Ana se había convertido en un vampiro sediento de sangre. Sin embargo, se trataba de un vampiro que aún no había tenido oportunidad de alimentarse, de modo que sus fuerzas no eran superiores a las de una mujer ordinaria. Mediante un duro esfuerzo, don Diego consiguió detener a la mujer vampiro y clavarle su navaja en el corazón. Entonces doña Ana se desplomó y quedó tendida sobre su lápida, completamente inmóvil. Al parecer, había muerto de verdad y para siempre, pues incluso se había apagado el brillo infernal de sus ojos. Salazar suspiró aliviado al comprobar que no solo estaba a salvo, sino que además tenía aquel deseado cuerpo a su merced. De todos modos, tomó precauciones por si se producía una nueva resurrección: ató fuertemente los miembros de doña Ana y le cosió la boca con un hilo muy resistente. A continuación, le rasgó la ropa y la penetró salvajemente, aullando de placer. Pero entonces sintió en su miembro viril un dolor realmente atroz. Nuevamente aterrorizado, se apartó de la mujer vampiro y vio que su órgano sexual había sido roído. Entonces del vientre de doña Ana surgió una grotesca criatura humanoide, no mayor que una rata, pero armada con dientes sumamente afilados.
El feto vampiro de la encinta doña Ana saltó sobre Salazar y mordió con ansia su garganta, hasta desangrarlo y marcharse en busca de nuevas víctimas.


EL BAKENEKO (MICRORRELATO)

 

A mediados del siglo XIX tuvieron lugar en Hokkaido unos misteriosos asesinatos, que las gentes sencillas atribuyeron al Bakeneko, el gato-vampiro de las leyendas japonesas. Los cadáveres de varios hombres habían aparecido tendidos sobre charcos de sangre, con heridas en el cuello semejantes a las que podrían infligir los colmillos de una fiera. También las huellas que se veían cerca de los cadáveres parecían pertenecer a un enorme felino de especie desconocida. Entonces la sacerdotisa del santuario local decidió contratar a un ronin (samurái sin amo) llamado Yosuke Takeda, para que investigara el caso.
Cuando llegó al escenario del último crimen, Takeda examinó las huellas del Bakeneko, aún bien visibles sobre la capa de nieve que cubría el suelo. Examinando la distinta profundidad de algunas pisadas respecto a otras, Takeda dedujo que el Bakeneko no mataba al azar, sino que aguardaba pacientemente a sus víctimas, oculto entre los árboles. El rastro desaparecía súbitamente en la orilla de un río cercano, como si el monstruo se hubiera marchado volando. Pero el ronin tenía otras ideas:
-Toda esa leyenda del Bakeneko no es más que una estúpida superstición. Es evidente que el asesino huyó caminando sobre la superficie helada del río, donde sus huellas no quedaron marcadas. Pero un animal de gran tamaño o un hombre adulto no se atreverían a correr ese riesgo, pues el hielo no aguantaría el peso de un cuerpo voluminoso. Por otra parte, un niño nunca habría podido cometer esos crímenes, que son propios de un asesino experto. Entonces el homicida solo puede ser una mujer. Y, por lo que sé, la única muchacha de la aldea que tiene conocimientos de artes marciales es…
Cuando Takeda llegó al santuario local, no encontró a la sacerdotisa, pero sí una bolsa llena de monedas de oro, debajo de la cual había un mensaje para él:
“Honorable Takeda-sano, si está leyendo estas líneas es que ya sabe que yo soy el Bakeneko. En tal caso, usted merece su paga, igual que todas mis víctimas merecían morir por haber abusado de mí cuando era una niña pobre e indefensa. Enhorabuena y hasta nunca”.
Junto a la bolsa, Takeda vio unos guantes armados con cuchillas y unas botas de suela especial, preparadas para producir, respectivamente, heridas y huellas como las que hubiera dejado un gato gigante. Nunca más volvió a saberse de la sacerdotisa.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL LOBO

 

Hace muchos años, cuando terminé la carrera de Magisterio, fui destinado a la escuela de una pequeña villa gallega, perdida en medio de las montañas. Una vez allí, me hospedé en la mansión de doña Socorro, una viuda de buena familia que vivía con su hija Elvira y con una criada ya vieja, Eudoxia. Debo confesar que yo estaba muy enamorado de la hermosa Elvira, si bien ella apenas parecía consciente de mi humilde existencia. Poco después de mi llegada, en los aledaños de la villa empezaron a aparecer animales muertos, con la garganta destrozada a mordiscos y sin una gota de sangre en el cuerpo. Al parecer, había lobos en el bosque y doña Socorro, asustada, le mandó a su hija llevar puesto un crucifijo de plata, que supuestamente tenía el poder de espantar a las cosas malas, tanto las de este mundo como las del Más Allá. La muchacha acató su mandato, que, por otra parte, no parecía agradarle demasiado, como si se avergonzara de tener una madre tan supersticiosa. Durante algunos días dejaron de aparecer animales muertos. Parecía que los lobos se habían marchado, pero una noche, mientras cenábamos, escuchamos un ruido procedente del patio. Abrimos la ventana y la luz lunar nos mostró un lobo muy grande, que acababa de matar al perro de doña Socorro. Yo me ofrecí a matarlo y agarré una escopeta que había pertenecido al difunto padre de Elvira. Esta, con el permiso de su madre, me prestó su crucifijo para que me diera suerte. Cuando salí al patio, el lobo ya había marchado. Me planteé ir en su persecución, pero entonces oí gritar a doña Socorro y a Eudoxia. Entré en la casa a toda prisa y hallé a ambas mujeres lívidas como muertas, mirando la ventana abierta con ojos desencajados. Les pregunté qué había pasado, pero apenas fueron capaces de murmurar incoherencias. Elvira había desaparecido y nunca más volví a saber de ella. Al día siguiente volvieron a aparecer animales muertos en el bosque, pero creo que nada de eso fue obra de los lobos.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

ÉRASE UNA VEZ (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Una vez, hace muchos años, una niña llamada Caperucita Roja caminaba por el bosque entonando una cancioncilla popular, mientras se dirigía hacia un viejo castillo situado en la cumbre de una colina. Aunque Caperucita pasaba por ser una niña más simpática y alegre que inteligente, poseía, al igual que otros habitantes de aquel país encantado, el don de hablar con los animales. Un pajarillo se acercó a ella y le preguntó:

¿Adónde vas, Caperucita? Este camino no lleva al pueblo ni a la casa de tu abuelita.

Voy al castillo. He oído rumores de que esta noche el conde va a celebrar una fiesta y, aunque yo no soy de sangre noble, seguro que no le negará la invitación a una chica tan linda y simpática como yo.

Vale, pero no seas tan confiada como la otra vez, cuando aquel hombre lobo estuvo a punto de comeros a tu abuelita y a ti.

¡Qué tontería! En ningún castillo dejarían entrar a un hombre lobo.

No, pero tampoco a leñadores que te salven en el último momento.

¡Bah, si pasa algo el señor conde me protegerá!

El pajarillo, que había oído hablar de Barbazul y de la condesa Báthory, sabía que no todos los condes protegen a las niñas, pero decidió callar para no asustar a su amiga y, tras despedirse de ella, se marchó volando a su nido, pues ya faltaba poco para el anochecer. De hecho, ya volaban los murciélagos cuando Caperucita llegó a las puertas del castillo. Tal como había previsto, los guardias (que, por lo demás, no parecían muy simpáticos) le abrieron las puertas, pero, para su decepción, el interior del castillo le pareció mucho más lóbrego y sucio de lo que había imaginado. Por otra parte, allí no había nadie, salvo ratas, arañas y murciélagos… o al menos eso parecía, pues de pronto la niña sintió una mano dura y fuerte sobre su hombro derecho. Se volvió para ver quién la había tocado y palideció de miedo cuando reconoció a su viejo enemigo, el hombre lobo del bosque. Aunque se hallaba bajo su forma humana, ella no podría olvidar jamás aquella voz engañosamente amable:

Buenas noches, querida. Percibí tu aroma mientras deambulaba por el bosque y te he seguido hasta aquí.

¿Pero usted no estaba muerto?

Una simple hacha no puede matar definitivamente a un licántropo. Solo la plata y la decapitación pueden hacerlo. Tú, en cambio, puedes morir muy fácilmente, tienes una carne muy tierna.

Entonces hizo su aparición un hombre alto y apuesto, de rostro adusto pero noble, que iba vestido completamente de negro y blandía un impresionante revólver. El hombre lobo soltó a Caperucita y se encaró con el recién llegado, mientras maldecía a la niña para sus adentros:

La pequeña zorra había visto a ese tipo antes que yo y se las arregló para hacerme confesar mis debilidades. Ahora él sabe cómo puede matarme para siempre, pero no le pondré las cosas fáciles.

Cuando el combate entre el hombre lobo y el pistolero desconocido parecía inevitable, surgió de las tinieblas el amo del castillo, el cual no era otro que el conde Drácula. Este saludó a sus variopintos huéspedes con una sonrisa diabólica y una voz espectral:

Bienvenidos a mi humilde morada, amigos míos. Me temo que los he engañado haciendo correr los rumores de que esta noche iba a celebrarse aquí una fiesta. Lo que sí habrá es un festín de sangre para mí y para mis servidores.

Dicho esto, el conde chasqueó los dedos y los guardias del castillo se convirtieron en enormes sabuesos, más feroces que los lobos del bosque y más negros que la misma noche. El hombre lobo se olvidó del pistolero y, tras adoptar rápidamente su forma de bestia, se arrojó sobre los sabuesos, pero, a pesar de sus afilados colmillos y de sus poderosas zarpas, no consiguió hacerles el menor daño. En cambio, los perros lo destrozaron en un santiamén, convirtiéndolo en un montón de carne ensangrentada. El pistolero hizo ademán de disparar sobre los sabuesos, pero Caperucita se acercó a él y le dijo en voz baja:

Esos no son perros de verdad. Si lo fueran, podría entender su lenguaje, pero sus ladridos y gruñidos no me dicen nada.

Entonces solo pueden ser espíritus infernales, de modo que sería inútil lanzar un ataque físico contra ellos. Por eso el licántropo no pudo herirlos, pero yo sí sé cómo detenerlos.

El pistolero recitó unos pocos versículos de la Biblia, que se sabía de memoria, y los perros infernales se desvanecieron en la nada como espectros sorprendidos por la luz del alba. Drácula, sorprendido y asustado por el inesperado giro de los acontecimientos, huyó del castillo convertido en murciélago. El pistolero le dijo a Caperucita:

Llevo años persiguiendo a ese vampiro y, por lo que veo, nuestra lucha aún no ha acabado. Puedes volver a tu casa tranquilamente, pues nuestro amigo el licántropo tardará mucho tiempo en regenerarse. Y muchas gracias por tu ayuda, de no ser por ti ahora estaría peor que él.

Muchas gracias a usted, señor. Por cierto, ¿puedo saber cómo se llama?

Mi nombre es Hunter, Daniel Hunter.

Dicho esto, Daniel Hunter se despidió de Caperucita y se fue montado en un caballo negro.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Diseñada por Freepik (www.freepik.es).


UN VAMPIRO ORIENTAL (SABINE BARING-GOULD)

 

Texto: Leyenda oriental recogida por Sabine Baring-Gould. Traducción: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

A principios del siglo XV vivía en Bagdad un anciano mercader, cuyos negocios le habían producido una gran fortuna y que tenía un único hijo, al cual amaba tiernamente. Resolvió casar a su vástago con la hija de otro mercader: una muchacha de considerable fortuna, pero carente de todo atractivo personal. Abul-Hassan, el hijo del mercader, vio un retrato de la dama y le pidió a su padre que aplazara la boda, pues necesitaba tiempo para hacerse a la idea. Pero lo que hizo fue enamorarse de otra muchacha, que era hija de un erudito, y no dejó en paz a su padre hasta que este le permitió casarse con su amada. El viejo mercader se resistió todo lo que pudo, pero, viendo que su hijo estaba resuelto a casarse con la hermosa Nadilla y que había rechazado completamente a la fea hija del mercader, hizo lo que suelen hacer los padres en semejantes circunstancias: dio su brazo a torcer.

La boda se celebró con gran esplendor y después vino una feliz luna de miel, que hubiera sido aún más dichosa de no ser por un pequeño detalle, que acabaría teniendo graves consecuencias. Abul-Hassan se percató de que su esposa abandonaba el lecho nupcial cuando pensaba que su esposo estaba dormido y no volvía hasta una hora antes del alba. Impelido por la curiosidad, una noche Hassan se hizo el dormido y vio cómo su esposa se levantaba para salir de la habitación, como hacía habitualmente. La siguió discretamente y vio cómo entraba en un cementerio. La luz lunar le mostró cómo se introducía en un sepulcro y decidió seguirla. Una vez dentro, se encontró con una escena espeluznante. Una horda de vampiros se había reunido con los despojos de las tumbas que habían violado y se estaban dando un festín con la carne de cadáveres largo tiempo enterrados*. Su propia esposa, que nunca cenaba en casa, estaba participando en el horrible banquete. Cuando pudo huir sin llamar la atención, Abul-Hassan volvió a su habitación.

No le dijo nada a su esposa hasta que a la noche siguiente llegó la hora de la cena. Ella se resistió a probarla y entonces él exclamó lleno de ira:

¡Claro, reservas tu apetito para tus banquetes con los vampiros!

Nadilla se quedó callada, palideció y tembló. Luego se dirigió a su alcoba sin pronunciar una sola palabra. A medianoche se levantó para atacar a su esposo con uñas y dientes. Lo hirió en la garganta y, tras abrirle una vena, intentó sorber su sangre, pero Abul-Hassan se levantó de un salto, la derribó y la mató de un golpe. La enterraron al día siguiente, pero tres días después, a medianoche, reapareció y atacó nuevamente a su esposo, en un segundo intento de chuparle la sangre. Él consiguió zafarse de ella y a la mañana siguiente abrió su tumba, quemó su cadáver y arrojó las cenizas al río Tigris**.

*El ghoul o vampiro de las leyendas árabes, además de beber sangre, es aficionado a comer restos de cadáveres humanos.

**Ecos de esta leyenda pueden apreciarse en el cuento "Vampirismus" del célebre autor alemán E. T. A. Hoffmann, quien en su versión elimina o reduce los elementos más fantásticos de la historia.

VAMPIRO (DELMIRA AGUSTINI)

En el regazo de la tarde triste
Yo invoqué tu dolor... Sentirlo era
Sentirte el corazón! Palideciste
Hasta la voz, tus párpados de cera,

Bajaron...y callaste... Pareciste
Oír pasar la Muerte... Yo que abriera
Tu herida mordí en ella -¿me sentiste?-
Como en el oro de un panal mordiera!

Y exprimí más, traidora, dulcemente
Tu corazón herido mortalmente,
Por la cruel daga rara y exquisita
De un mal sin nombre, hasta sangrarlo en llanto!
Y las mil bocas de mi sed maldita
Tendí a esa fuente abierta en tu quebranto.

¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
Que come llagas y que bebe el llanto?

Fuente de imagen: Pixabay.

LA LAMIA (LEYENDA GRIEGA)

 

Texto: Robert Burton, adaptado por Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Cuenta Filóstrato en su libro Vida de Apolonio que un joven de veinticinco años, llamado Menipio Licio, conoció en el camino de Corinto a una hermosa dama, la cual dijo ser de origen fenicio. Esta llevó al joven a su suntuoso palacio, donde se ofreció a cantar y danzar solo para él, mientras ambos gozaban de todos los placeres que pueden proporcionar el vino y el amor. Menipio era un filósofo y había aprendido a controlar sus pasiones, pero no pudo resistir los embates del amor y decidió contraer matrimonio con la fenicia. Entre los invitados a la boda estaba el sabio Apolonio de Tiana, quien no se dejó engañar por las apariencias y vio que aquella mujer era, en realidad, una lamia (vampiro de la mitología griega, que adoptaba hermosas apariencias para seducir a los incautos y beber su sangre). Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara su secreto, pero el sabio, indiferente a sus lágrimas, le dijo a Menipio  que estaba "abrazando a una serpiente"; entonces tanto ella como su palacio ilusorio se desvanecieron para siempre. 


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