—Mamá, ¿no podrías darme… un vasito de agua? La sangre es como los batidos de fresa… sabe muy bien, pero no te quita las ganas de seguir bebiendo.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
—Mamá, ¿no podrías darme… un vasito de agua? La sangre es como los batidos de fresa… sabe muy bien, pero no te quita las ganas de seguir bebiendo.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Nos hallamos en un bosque japonés, a finales del siglo XIX. El ronin (samurái sin amo) Yosuke Takeda permanecía tendido bajo la sombra de un cerezo, esperando tranquilamente la llegada del anochecer. Aquella noche habría luna llena y durante los últimos meses el plenilunio no era bien recibido en aquella región, pues su llegada coincidía con la aparición de un extraño monstruo. Al principio aquel ser se había limitado a vagar por los bosques, asustando a los cazadores y matando solo animales salvajes, pero últimamente parecía haberse vuelto más peligroso, pues algunos lugareños habían aparecido asesinados y les faltaban partes del cuerpo, como si estas hubieran sido devoradas. La policía imperial rara vez visitaba aquella apartada provincia, así que los asustados campesinos habían reunido dinero para contratar a Takeda, hombre capaz de enfrentarse al mismísimo dios del Infierno por un puñado de monedas. El ronin aceptó la misión de matar al monstruo, aunque en el fondo creía que el asesino era un hombre. Y ya tenía un sospechoso en mente: la aparición del monstruo había coincidido con la llegada de un misterioso extranjero a un monasterio cercano. Nadie sabía quién era aquel desconocido ni qué buscaba allí, pues desde entonces no había salido del templo, al menos bajo una forma humana. Los aldeanos no querían creer que los venerables monjes del templo estuvieran dando cobijo a un demonio, pero Takeda veneraba muy pocas cosas y tenía por norma desconfiar de todo el mundo, incluso de sus propios clientes.
Cuando vio que el sol empezaba a declinar, se levantó, tomó su espada y se dirigió hacia las inmediaciones del monasterio. Mientras tanto, Ulf Pedersen, el extranjero, paseaba por los jardines del santuario, acompañado por un anciano monje al que le dijo en voz baja:
Hace muchos años,
cuando terminé la carrera de Magisterio, fui destinado a la escuela de una
pequeña villa gallega, perdida en medio de las montañas. Una vez allí, me
hospedé en la mansión de doña Socorro, una viuda de buena familia que vivía con
su hija Elvira y con una criada ya vieja, Eudoxia. Debo confesar que yo estaba
muy enamorado de la hermosa Elvira, si bien ella apenas parecía consciente de
mi humilde existencia. Poco después de mi llegada, en los aledaños de la villa
empezaron a aparecer animales muertos, con la garganta destrozada a mordiscos y
sin una gota de sangre en el cuerpo. Al parecer, había lobos en el bosque y
doña Socorro, asustada, le mandó a su hija llevar puesto un crucifijo de plata,
que supuestamente tenía el poder de espantar a las cosas malas, tanto las de
este mundo como las del Más Allá. La muchacha acató su mandato, que, por otra
parte, no parecía agradarle demasiado, como si se avergonzara de tener una
madre tan supersticiosa. Durante algunos días dejaron de aparecer animales
muertos. Parecía que los lobos se habían marchado, pero una noche, mientras
cenábamos, escuchamos un ruido procedente del patio. Abrimos la ventana y la
luz lunar nos mostró un lobo muy grande, que acababa de matar al perro de doña
Socorro. Yo me ofrecí a matarlo y agarré una escopeta que había pertenecido al
difunto padre de Elvira. Esta, con el permiso de su madre, me prestó su crucifijo
para que me diera suerte. Cuando salí al patio, el lobo ya había marchado. Me
planteé ir en su persecución, pero entonces oí gritar a doña Socorro y a
Eudoxia. Entré en la casa a toda prisa y hallé a ambas mujeres lívidas como
muertas, mirando la ventana abierta con ojos desencajados. Les pregunté qué
había pasado, pero apenas fueron capaces de murmurar incoherencias. Elvira
había desaparecido y nunca más volví a saber de ella. Al día siguiente
volvieron a aparecer animales muertos en el bosque, pero creo que nada de eso
fue obra de los lobos.
Una
vez, hace muchos años, una niña llamada Caperucita Roja caminaba por el bosque
entonando una cancioncilla popular, mientras se dirigía hacia un viejo castillo
situado en la cumbre de una colina. Aunque Caperucita pasaba por ser una niña
más simpática y alegre que inteligente, poseía, al igual que otros habitantes
de aquel país encantado, el don de hablar con los animales. Un pajarillo se
acercó a ella y le preguntó:
—¿Adónde
vas, Caperucita? Este camino no lleva al pueblo ni a la casa de tu abuelita.
—Voy
al castillo. He oído rumores de que esta noche el conde va a celebrar una
fiesta y, aunque yo no soy de sangre noble, seguro que no le negará la
invitación a una chica tan linda y simpática como yo.
—Vale,
pero no seas tan confiada como la otra vez, cuando aquel hombre lobo estuvo a
punto de comeros a tu abuelita y a ti.
—¡Qué
tontería! En ningún castillo dejarían entrar a un hombre lobo.
—No,
pero tampoco a leñadores que te salven en el último momento.
—¡Bah,
si pasa algo el señor conde me protegerá!
El
pajarillo, que había oído hablar de Barbazul y de la condesa Báthory, sabía que
no todos los condes protegen a las niñas, pero decidió callar para no asustar a
su amiga y, tras despedirse de ella, se marchó volando a su nido, pues ya
faltaba poco para el anochecer. De hecho, ya volaban los murciélagos cuando
Caperucita llegó a las puertas del castillo. Tal como había previsto, los
guardias (que, por lo demás, no parecían muy simpáticos) le abrieron las
puertas, pero, para su decepción, el interior del castillo le pareció mucho más
lóbrego y sucio de lo que había imaginado. Por otra parte, allí no había nadie,
salvo ratas, arañas y murciélagos… o al menos eso parecía, pues de pronto la
niña sintió una mano dura y fuerte sobre su hombro derecho. Se volvió para ver
quién la había tocado y palideció de miedo cuando reconoció a su viejo enemigo,
el hombre lobo del bosque. Aunque se hallaba bajo su forma humana, ella no podría
olvidar jamás aquella voz engañosamente amable:
—Buenas
noches, querida. Percibí tu aroma mientras deambulaba por el bosque y te he
seguido hasta aquí.
—¿Pero
usted no estaba muerto?
—Una
simple hacha no puede matar definitivamente a un licántropo. Solo la plata y la
decapitación pueden hacerlo. Tú, en cambio, puedes morir muy fácilmente, tienes
una carne muy tierna.
Entonces
hizo su aparición un hombre alto y apuesto, de rostro adusto pero noble, que
iba vestido completamente de negro y blandía un impresionante revólver. El
hombre lobo soltó a Caperucita y se encaró con el recién llegado, mientras
maldecía a la niña para sus adentros:
—La
pequeña zorra había visto a ese tipo antes que yo y se las arregló para hacerme
confesar mis debilidades. Ahora él sabe cómo puede matarme para siempre, pero
no le pondré las cosas fáciles.
Cuando
el combate entre el hombre lobo y el pistolero desconocido parecía inevitable,
surgió de las tinieblas el amo del castillo, el cual no era otro que el conde
Drácula. Este saludó a sus variopintos huéspedes con una sonrisa diabólica y
una voz espectral:
—Bienvenidos
a mi humilde morada, amigos míos. Me temo que los he engañado haciendo correr
los rumores de que esta noche iba a celebrarse aquí una fiesta. Lo que sí habrá
es un festín de sangre para mí y para mis servidores.
Dicho
esto, el conde chasqueó los dedos y los guardias del castillo se convirtieron
en enormes sabuesos, más feroces que los lobos del bosque y más negros que la
misma noche. El hombre lobo se olvidó del pistolero y, tras adoptar rápidamente
su forma de bestia, se arrojó sobre los sabuesos, pero, a pesar de sus afilados
colmillos y de sus poderosas zarpas, no consiguió hacerles el menor daño. En
cambio, los perros lo destrozaron en un santiamén, convirtiéndolo en un montón
de carne ensangrentada. El pistolero hizo ademán de disparar sobre los
sabuesos, pero Caperucita se acercó a él y le dijo en voz baja:
—Esos
no son perros de verdad. Si lo fueran, podría entender su lenguaje, pero sus
ladridos y gruñidos no me dicen nada.
—Entonces
solo pueden ser espíritus infernales, de modo que sería inútil lanzar un ataque
físico contra ellos. Por eso el licántropo no pudo herirlos, pero yo sí sé cómo
detenerlos.
El
pistolero recitó unos pocos versículos de la Biblia, que se sabía de memoria, y
los perros infernales se desvanecieron en la nada como espectros sorprendidos
por la luz del alba. Drácula, sorprendido y asustado por el inesperado giro de
los acontecimientos, huyó del castillo convertido en murciélago. El pistolero
le dijo a Caperucita:
—Llevo
años persiguiendo a ese vampiro y, por lo que veo, nuestra lucha aún no ha
acabado. Puedes volver a tu casa tranquilamente, pues nuestro amigo el
licántropo tardará mucho tiempo en regenerarse. Y muchas gracias por tu ayuda,
de no ser por ti ahora estaría peor que él.
—Muchas
gracias a usted, señor. Por cierto, ¿puedo saber cómo se llama?
—Mi
nombre es Hunter, Daniel Hunter.
Dicho
esto, Daniel Hunter se despidió de Caperucita y se fue montado en un caballo
negro.
Texto:
Javier Fontenla. Imagen: Diseñada por Freepik (www.freepik.es).
Texto: Fontenla.
Imagen: portadas de la novela en Europa, diseño de Vault.
Mientras que la
licantropía (es decir, la transformación mágica de una persona en lobo u otro
animal semejante) es, sin duda, uno de los mitos más recurrentes dentro del
género fantástico, son muy pocas las obras que tratan el fenómeno opuesto: el
animal que se transforma en hombre y vive como tal, llegando a mantener
relaciones amorosas -e incluso a tener hijos- con mujeres de nuestra especie. Y
no es que falten fuentes folclóricas de semejante fenómeno: por ejemplo, las
leyendas de los indios norteamericanos atribuyen el origen de ciertas tribus a
la unión entre un ser humano y un animal, que tan bien podía ser un lobo como
un perro o un castor. En China y Japón también se creía que algunos animales,
especialmente los zorros y los tanukis, podían adoptar forma humana para
gastarles bromas pesadas a los incautos. Sin embargo, dentro de la ficción
moderna hay pocas obras que traten el tema: un cuento del escritor francés
Boris Vian titulado El lobo hombre (que,
por cierto, serviría de inspiración a cierta canción clásica del rock español),
la hermosísima película anime de Mamoru Hosoda titulada The Wolf Children… y finalmente la nueva novela de Sara Lena
Jiménez, que se titula La estirpe maldita
y a la cual, gracias a la generosidad de Sara, he tenido el honor de aportar
algunos granitos de arena.
Esta novela comparte
muchos elementos con Un legado para
Selene, incluyendo algunos personajes, la mezcla de distintos géneros (que
van desde la novela histórica hasta el terror gótico, pasando por el thriller) y una forma magistral de
fusionar lo real con lo fantástico, tal como no se había hecho desde que
Guillermo del Toro estrenó El laberinto
del fauno. La principal diferencia entre ambas novelas es que esta pone el
foco en la licantropía, mientras que la historia de Selene giraba en torno al
vampirismo. Otra diferencia notable es que La
estirpe maldita se basa en la mitología ancestral de las culturas indígenas
americanas, concretamente en la leyenda mexicana del Nahual (hechicero que
adopta la forma de un animal mediante el consumo de pócimas mágicas). Por el
contrario, Un legado para Selene se
inspiraba en las leyendas macabras centroeuropeas, así como en la tradición
gótica canonizada por Bram Stoker, aunque el legado espiritual de los pueblos
prehispánicos también estuviera muy presente.
Yo creo ver otra
diferencia de carácter más estructural. Mientras que Un legado para Selene se sustentaba sobre tres planos diferentes
(los villanos, los héroes y los sabios), La
estirpe maldita presenta una serie de dualidades, al mismo tiempo opuestas
y complementarias. Entre ellas podemos destacar estas cuatro:
1-El ser humano (o
aparentemente humano) frente al ser no-humano (de carácter bestial o
sobrenatural).
2-La Historia (centrada
en la guerra de la independencia mexicana y encarnada por los Villagrán) frente
al Mito (los hechiceros y los Nahuales). La historia de los antiguos chichimecas
se sitúa entre ambos polos.
3-El presente (Alberto)
frente al pasado (Rodolfo).
4-Y, por supuesto, la
dualidad esencial en todas las grandes aventuras: el Bien (lo que podríamos
llamar humorísticamente el team-Alberto)
frente al Mal (el team-Romualda).
A estas cuatro
dualidades esenciales podemos añadir otras de carácter más abstracto, como la
ignorancia (situación inicial de Alberto) frente al conocimiento
(descubrimiento progresivo de la verdad) o la soledad (situación inicial de
Rodolfo) frente a la difícil -pero no imposible- integración en un determinado
colectivo (la pareja, la familia, el círculo de amigos o incluso el grupo de
combate). En este sentido La estirpe
maldita, al igual que Un legado para
Selene, puede considerarse no solo una emocionante historia de aventuras
fantásticas, sino también una novela de formación, a través de la cual el héroe
descubre y desarrolla su verdadera personalidad. Esto no debe extrañarnos,
pues, como dice la profesora de Peter Parker en cierta película de Spiderman,
todas las historias tienen un único argumento: descubrir quién soy. Y en esta novela dicha premisa se cumple
perfectamente… pero, eso sí, cambiando el quién
por un qué.
En el este enlace podrás ver el booktrailer
Puedes leerla en este enlace:
Entrevista de los coautores, en el siguiente enlace: 👉 Sara Lena y Javier Fontenla.
Este libro está disponible en Amazon.
En México y el resto de Hispanoamérica (en este enlace).
En España y en resto de Europa (en este otro enlace).
Y si quieres más información, visita este 👉 enlace.
Puedes
Mi nombre es Sara Lena, nací un día de primavera en la ciudad de México, soy autora de dos libros que forman una saga que, aunque ya está p...