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SED DE SANGRE (CUENTO FANTÁSTICO)


Pero, mamá, si nos vamos para siempre... ya no veré más a mis amigas. ¿Por qué tenemos que irnos de la ciudad?
Helena suspiró y le dijo a su hija, con voz tranquila pero firme:
Ya te lo he dicho, Ana. Me han destinado al colegio de ese pueblo y es mi trabajo, así que debemos irnos a vivir allí. Está demasiado lejos para ir en coche todos los días y, además, ya he alquilado una casita en las afueras, cerca del bosque. Ya verás cómo te gusta.
Ante el tono terminante de su madre, la pequeña Ana optó por callarse, más resignada que convencida. No podía saber que su madre le había contado una mentira (por su propio bien, en realidad): la maestra Helena Vázquez hubiera podido solicitar un destino en cualquier colegio de la ciudad donde vivían, pero había considerado más seguro irse a vivir al campo. El lugar donde se establecerían cuando comenzara el próximo curso había sido cuidadosamente seleccionado: era un pueblo alejado de los grandes núcleos de población y rodeado por espesos bosques, pero tampoco tan pequeño como esas aldeas donde todo el mundo se conoce y los vecinos se fijan excesivamente en los recién llegados. Helena sabía que, si sus temores se hacían realidad, Ana no estaría segura en la ciudad. Y todo parecía indicar que no tardarían en hacerse realidad, pues hasta los gestos más insignificantes de la niña recordaban cada vez más a los de su padre. Helena no quería reavivar recuerdos tristes, pero no pudo dejar de pensar en Víctor, el padre que Ana no había llegado a conocer.
Una década antes, cuando Helena era poco más que una adolescente, tenía que trabajar de camarera para poder pagarse sus estudios, pues sus padres eran muy pobres. Una noche, el dueño del bar donde trabajaba le había ordenado expulsar a un joven con aspecto de vagabundo, que llevaba varias horas ocupando una mesa, aparentemente ensimismado en su mundo interior y sin pedir ninguna consumición. Se trataba de un muchacho mugriento y desaliñado, aunque había algo en él (quizás fuera su mirada triste) que revelaba la presencia de un alma superior, oculta tras sus andrajos y su barba de dos días. Como no podía desobedecer a su jefe, Helena, muy amablemente, le pidió al joven que abandonara el local, poniendo como excusa que se acercaba la hora del cierre. Y de paso, la muchacha introdujo, sin que nadie la viera, un billete en el bolsillo del vagabundo, quien, por su parte, se marchó sin proferir ninguna queja. Poco después, terminó el turno de Helena y esta se fue a su casa por las oscuras calles de la ciudad. Ella solía coger un taxi, pero no tenía dinero, pues le había dado todo lo que llevaba encima a aquel desconocido, de modo que se vio obligada a caminar. Hallándose en uno de los puntos más oscuros y solitarios de su trayecto, la muchacha fue asaltada por un atracador que, a falta de dinero, intentó robarle el móvil. Pero entonces apareció el vagabundo del local, que llevaba tiempo siguiéndola para devolverle su billete. Salvo por un detalle, todo fue como en un cuento de hadas: el caballero andante apareció en el momento oportuno para rescatar a la dama en apuros. Víctor, que así se llamaba el vagabundo, espantó al atracador, pero se llevó un buen navajazo. Helena lo atendió, agradecida, y así fue como surgió el amor entre ambos. Durante el poco tiempo que estuvieron juntos, Víctor y Helena se amaron con pasión y de su unión, nunca oficializada como matrimonio, nació Ana, una hermosa niña que prometía ser tan noble como su padre y tan dulce como su madre. Pero, pocos días después, Víctor murió durante un altercado con la policía. Al saberlo, Helena lloró con amargura, pero nunca sintió el menor odio hacia los responsables de su muerte. Dadas las circunstancias, no habían hecho otra cosa que cumplir con su deber, que era proteger a los habitantes de la ciudad. Y Víctor, con toda su bondad, a veces se volvía… peligroso.
En todo caso, aquello ya no tenía remedio, así que lo importante era evitar que Ana terminara como su padre. Y por eso Helena había decidido abandonar la ciudad y llevársela a un lugar donde estuviera más segura, aunque todavía no hubiera llegado el momento de contarle la verdad. Para no amargarse más con aquellos recuerdos, Helena volvió al presente, sonrió y le dijo a su hija, con la intención de levantarle el ánimo:
Mira, voy a ir a la joyería a comprar unos pendientes para el cumpleaños de la abuela. ¿Por qué no vienes conmigo? Me ayudas a escogerlos y luego te invito a tomar un batido de fresa, ¿vale?
Vale, mami, ¡muchas gracias!
Aquello no fallaba nunca, pues Ana se pirraba por los batidos de fresa.
Poco después, madre e hija entraron en la joyería. Ya se acercaba la hora del cierre y no había más clientes que ellas, así que el dueño no tardó en atenderlas. Pero entonces entraron dos nuevos clientes, un joven elegantemente vestido y una chica bastante guapa, que parecía ser su novia. Sin embargo, los recién llegados no pensaban comprar nada, pues nada más entrar manifestaron sus verdaderas intenciones. Sacaron sendas pistolas de sus bolsillos y, sin alzar la voz, amenazaron con usarlas si no se seguían sus instrucciones al pie de la letra. El muchacho obligó al joyero, a Helena y a Ana a entrar en la trastienda, donde debían permanecer hasta que terminara el atraco. La chica cerró la puerta, puso el cartel de CERRADO, apagó las luces y luego fue a reunirse con los demás, llevando un rollo de cinta adhesiva en la mano. Cuando entró en la trastienda, el joyero hizo un intento desesperado de agarrarla y arrebatarle su arma, pero, pese a su aspecto frágil, aquella muchacha era muy peligrosa. No solo esquivó su acometida, sino que además le propinó varios culatazos en la frente, hasta dejarlo sin sentido. Y, cuando ya estaba indefenso, le cortó el cuello con una navaja. Luego, se dirigió a Helena y a Ana, con una sonrisa cínica en los labios y estas palabras:
Bueno, preciosas, ¿ustedes qué prefieren, que las matemos como a este imbécil o ser buenas chicas y hacer lo que nosotros les mandemos?
Las aludidas, pálidas de miedo, no fueron capaces de responder, pero eligieron la segunda opción.
Poco después, los atracadores ya se habían hecho con las joyas más valiosas del establecimiento, pero no se decidían a irse, pues por la calle aledaña estaban pasando continuamente vehículos policiales. Ella le dijo a su compañero, impaciente y casi furiosa:
Seguro que el cerdo del Navajas le dio un chivatazo a la poli a cambio de dinero para comprar droga. Con amigos como ese, no sé para qué queremos enemigos. Menos mal que él solo sabía que íbamos a actuar en este barrio y no le dijimos el nombre de la joyería.
El muchacho, que parecía más tranquilo, le dijo, con un tono despreocupado:
Tranqui, nena, no hay prisa. Ya se cansarán de pasar por aquí y luego nos largaremos. Mientras tanto, voy a divertirme un poco. Tú puedes mirar, si quieres.
Dicho esto, el joven, seguido por su compañera, entró en la trastienda. El cadáver del joyero yacía sobre un charco escarlata, mientras que Helena y Ana , atadas, amordazadas e indefensas, observaban a sus captores con sus pupilas dilatadas por la angustia. El atracador se acercó a Helena, la agarró por un brazo y la separó de su hija, para hacer con ella lo que él había llamado “divertirse”. Indiferente a los gemidos y a los patéticos forcejeos de la maestra, o más bien excitado por ellos, empezó a desabrocharle con parsimoniosa sensualidad los botones de la blusa. Aunque ya no era una chiquilla, Helena seguía siendo muy guapa y su esbelto cuerpo había despertado la lujuria del atracador. Ana, que, pese a ser una niña, intuía lo que pretendía hacerle a su madre, se olvidó del miedo y miró con odio a aquel miserable. La chica se burló de la niña e hizo ademán de acariciarla con falsa ternura, mientras le decía:
Mira bien cómo se hace, guapita, porque luego, si no podemos irnos, a lo mejor te toca a ti. No sería la primera vez que mi amigo lo hace con una cría.
Dicho esto, la muchacha posó su mano sobre la pálida y sudorosa frente de Ana, pero la retiró inmediatamente, mientras profería un grito de sorpresa y dolor. El atracador, furioso, se apartó de Helena y le dijo:
¿Estás loca? Amordazamos a estas para que no griten y ahora gritas tú. ¿Qué te pasa?
La aludida respondió, con voz temblorosa:
Es que… la piel de esta niña… está ardiendo como el fuego. Esto… no es natural.
¡Vaya cosa, los nervios le habrán producido fiebre! Y, como vuelvas a gritar, te…
El hombre no pudo seguir hablando. Él y su compañera solo habían apartado la mirada de Ana durante unos segundos, pero en ese pequeño intervalo había tenido lugar una monstruosa transformación: donde antes había una niña pequeña, atada y amordazada, ahora se hallaba una criatura monstruosa, semejante a un lobo en su forma y tamaño, pero su pelaje negro como una noche sin luna y sus ojos rojos como el fuego del Averno le otorgaban un aspecto más bien diabólico que simplemente bestial. El monstruo abrió sus fauces, mostrando unos colmillos blanquecinos como el rostro de la Muerte, se lanzó sobre el atracador, con los belfos inundados de espuma, y le propinó una atroz dentellada, que le dejó el brazo derecho bañado en sangre y le hizo tirar su pistola. Víctimas de un horror irresistible, los atracadores huyeron de la joyería, dando gritos de angustia y dejando a su paso un reguero de sangre. Tan ciega era su huida que, tras recorrer varias calles a toda prisa y empujar a no pocos viandantes, intentaron atravesar una carretera, precisamente cuando pasaba por allí un camión a bastante velocidad. El chófer, cogido por sorpresa, no pudo detener su vehículo a tiempo y los arrolló a ambos con trágicas consecuencias.
Mientras tanto, en la joyería el lobo había desaparecido tan súbitamente como había aparecido, dejando en su lugar a una niña completamente desnuda e intensamente pálida, que lloraba desconsolada, agachada en un rincón de la trastienda. Helena consiguió liberarse de sus ligaduras y la abrazó con fuerza, mientras le decía con una voz trémula de emoción:
Tranquila, cariño, nos iremos a vivir al pueblo y allí estarás segura. Te juro que no te abandonaré nunca y que no dejaré que nadie te haga daño por ser… como papá.
Sí, de un modo parecido la había salvado Víctor diez años atrás. Todo como en un cuento de hadas, salvo por un detalle más propio de los cuentos de miedo: Víctor era un licántropo, al igual que su hija. Sin dejar de llorar, Ana fue capaz de decir:

Mamá, ¿no podrías darme… un vasito de agua? La sangre es como los batidos de fresa… sabe muy bien, pero no te quita las ganas de seguir bebiendo. 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.



EL DESCONOCIDO (CUENTO)

Sara tenía quince años y vivía con Rosa, su madre viuda, en las afueras de una pequeña ciudad gallega. Un día, al volver del instituto, le dijo a su madre que un desconocido la había seguido por las calles. Se trataba de un hombre joven, de rostro pálido, pelo castaño y barba de dos días. Rosa se sintió preocupada al oír esto, pero intentó tranquilizar a la muchacha:
-Tranquila, Sara, seguro que ese chico solo era un pobre que quería pedirte dinero. Pero, de todas formas, será mejor que no salgas sola durante algún tiempo, ¿vale?
-Vale, mami. Además, hoy tengo que quedarme en casa para estudiar.
Después de comer, Rosa salió de su casa para ir al trabajo y entonces la abordó un joven desconocido, cuyo aspecto coincidía con el descrito por Sara. Aquel individuo se dirigió a ella con mucha educación:
-Disculpe las molestias, pero le ruego que me permita hablar con su hija. Se trata de algo muy importante.
-¡De eso nada! Déjanos en paz a mi hija y a mí o llamaré a la policía, ¿entendido?
El desconocido no dijo nada, pero, cuando Rosa se hubo alejado, murmuró para sí mismo:
Pues no, guapa, no voy a dejarte en paz. Ni a tu hija tampoco.
Aquella tarde Sara se quedó en su cuarto, intentando repasar apuntes de Historia. Digo “intentando” porque en alguna calle cercana había un perro vagabundo, cuyos largos aullidos le impedían concentrarse. Harta y aburrida, Sara murmuró:
¡Jolín, tío! ¡A ver si alguien te echa un hueso y te atragantas!
Tras proferir aquel deseo tan poco caritativo, abrió la ventana para ver dónde estaba el dichoso perro. Sin embargo, lo que vio fue otra cosa más inquietante: un hombre enmascarado había entrado en el jardín de su casa, con la aparente intención de forzar la puerta y entrar. Sara, asustada, empezó a gritar pidiendo ayuda, pero el intruso consiguió huir antes de que llegaran los vecinos. Aunque Sara no pudo verle la cara, pensó que se trataba del mismo hombre que la había seguido al salir del instituto. La policía no pudo localizarlo, pese a que varios vecinos aseguraron haberlo visto caminando por el barrio poco después del incidente.
Al día siguiente Sara recibió un mensaje de su amiga Nerea, que la invitaba a pasar la tarde en su casa de campo. Rosa la llevó en coche, pero cuando llegaron a su destino no había nadie para recibirlas. Rosa, sorprendida, le dijo a su hija:
Vete a dar una vuelta por ahí, a ver si los encuentras. Yo me quedaré aquí y te llamo al móvil si veo a Nerea, ¿vale?
Vale, mami.
Sara se internó en el bosque, pero no encontró el menor rastro de su amiga ni de sus padres. Decidió volver a la casa, pues le pareció que algo o alguien la vigilaba desde los arbustos. Mientras pasaba enfrente del garaje, creyó oír un gemido ahogado. Entró para echar un vistazo y encontró a su madre, que estaba atada y amordazada, al igual que Nerea y sus padres. Sara intentó liberar a Rosa y a los demás rehenes, pero entonces apareció el enmascarado, que se arrojó sobre ella y le tapó la boca con la mano. Sin embargo, la muchacha consiguió desasirse y, comprendiendo que allí nadie oiría sus gritos de socorro, intentó huir atravesando el bosque.
Primero cobró ventaja sobre su perseguidor, pero luego resbaló y cayó al suelo, haciéndose daño en una rodilla. Al verla indefensa y aterrorizada, el enmascarado sonrió cruelmente y le dijo:
Ahora no tienes escapatoria. ¡Voy a disfrutar como si este fuera el último día de mi vida!
Sí. De hecho, este será el último día de tu vida.
Sara se quedó pasmada cuando vio que quien acababa de hablar era el joven de pelo castaño, que había surgido de la maleza para enfrentarse a su agresor. Ella siempre había dado por hecho que aquel joven desconocido y el enmascarado eran la misma persona, pero estaba equivocada. El criminal sacó una navaja, pero el recién llegado no se asustó, sino que sonrió con tristeza y dijo:
¡Ojalá pudiera evitar esto! Pero no me dejas otra opción. ¡Que Dios nos perdone a ambos!
Entonces se produjo una monstruosa metamorfosis: el muchacho de pelo castaño se transformó rápidamente en un enorme lobo de ojos ardientes. Una vez consumada la transformación, profirió un aullido largo y terrorífico, cuyo tono Sara reconoció, pues ya lo había escuchado anteriormente. Aunque estaba completamente aterrorizada, tuvo una súbita intuición: de la verdad: aquel extraño ser la había seguido hasta allí, pero no para hacerle daño, sino para protegerla.
Aun así, se desvaneció de puro terror cuando vio cómo el lobo mataba al enmascarado.
Ya era casi de noche cuando se despertó. El lobo había desaparecido y de nuevo estaba allí el joven de pelo castaño. Sara, aún asustada, le suplicó:
¡Por favor, no me hagas daño!
El joven sonrió y le dijo:
Tranquila, yo nunca he querido hacerte daño.
¿Quién eres tú?
Depende del momento. Algunas veces soy un hombre solitario y otras un lobo… pero siempre un amigo de quienes se hallan en peligro. Ayer sentí que te seguía una sombra maligna e intenté advertirte para que tuvieras cuidado, pero tu madre y tú misma malinterpretasteis mis intenciones. Ahora esa sombra ya ha desaparecido y debo marcharme.
Dicho esto, el joven se levantó y se dirigió hacia el bosque. Sara le dijo:
¡Espera, por favor! Me has salvado la vida y ni siquiera sé cómo te llamas.
El joven se volvió, la miró sonriente y le dijo:
—Un lobo no tiene nombre.
Dicho esto, desapareció entre las sombras del bosque.
Poco después, Sara llegó cojeando al garaje y liberó a los prisioneros, empezando por su madre. Rosa, llorando de emoción, abrazó a su hija y le preguntó:
¿Y qué fue de aquel hombre, del enmascarado?
Sara no sabía mentir, pero tampoco tenía por qué hacerlo:
Lo mató un lobo.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

UN HOMBRE CON UNA ESPADA (CUENTO)

 

Nos hallamos en un bosque japonés, a finales del siglo XIX. El ronin (samurái sin amo) Yosuke Takeda permanecía tendido bajo la sombra de un cerezo, esperando tranquilamente la llegada del anochecer. Aquella noche habría luna llena y durante los últimos meses el plenilunio no era bien recibido en aquella región, pues su llegada coincidía con la aparición de un extraño monstruo. Al principio aquel ser se había limitado a vagar por los bosques, asustando a los cazadores y matando solo animales salvajes, pero últimamente parecía haberse vuelto más peligroso, pues algunos lugareños habían aparecido asesinados y les faltaban partes del cuerpo, como si estas hubieran sido devoradas. La policía imperial rara vez visitaba aquella apartada provincia, así que los asustados campesinos habían reunido dinero para contratar a Takeda, hombre capaz de enfrentarse al mismísimo dios del Infierno por un puñado de monedas. El ronin aceptó la misión de matar al monstruo, aunque en el fondo creía que el asesino era un hombre. Y ya tenía un sospechoso en mente: la aparición del monstruo había coincidido con la llegada de un misterioso extranjero a un monasterio cercano. Nadie sabía quién era aquel desconocido ni qué buscaba allí, pues desde entonces no había salido del templo, al menos bajo una forma humana. Los aldeanos no querían creer que los venerables monjes del templo estuvieran dando cobijo a un demonio, pero Takeda veneraba muy pocas cosas y tenía por norma desconfiar de todo el mundo, incluso de sus propios clientes.

Cuando vio que el sol empezaba a declinar, se levantó, tomó su espada y se dirigió hacia las inmediaciones del monasterio. Mientras tanto, Ulf Pedersen, el extranjero, paseaba por los jardines del santuario, acompañado por un anciano monje al que le dijo en voz baja:

Mi venerable sensei (maestro), usted me ha enseñado a dominar al monstruo que vive dentro de mí. Sé que siempre me acompañará, pero ya no le tengo miedo, porque ahora soy más fuerte que él.
No, hijo mío. Debes decirlo al revés: ahora eres más fuerte que él porque ya no le tienes miedo. Dado que ya has encontrado lo que buscabas, debes marcharte hoy mismo, pues en el pueblo se te atribuyen crímenes que no has cometido.
Así es y espero que mi marcha facilite la identificación del verdadero asesino. Pasaré la noche en el bosque y cuando llegue a la ciudad tomaré algún barco que me lleve de vuelta a Europa. Pero sus enseñanzas siempre me acompañarán, maestro.
También lo hará mi bendición. Puedes irte en paz.
Ulf se despidió del monje y se encaminó hacia el bosque, sin más equipaje que su ropa y algo de dinero. No llevaba comida para el viaje, pues esperaba cazar algún animal salvaje en el bosque. Al ponerse el sol se detuvo junto a la orilla de un río, se desnudó completamente y ocultó sus escasas pertenencias entre los helechos. Poco después salió la luna llena y el cuerpo de Ulf, obediente al hechizo que lo dominaba desde hacía muchos años, adoptó el terrorífico aspecto de un licántropo. Como tenía hambre, se internó en la espesura guiado por su fino sentido del olfato. Pero aquella noche le tocaría ser la presa en vez del cazador. Ulf oyó el crujido de una ramita y, pese a ser muy rápido, apenas tuvo tiempo de esquivar la espada de Takeda, que pasó muy cerca de su cuello. Adivinando que su enemigo no cejaría hasta matarlo, el licántropo se preparó para luchar por su vida. Él no deseaba matar a nadie, pero tampoco quería morir, pues, aunque hacía muchos años que la vida había dejado de serle grata, sabía que su alma solo podría descansar en paz si moría a manos de alguien que lo amase. Y, evidentemente, aquel no era el caso de Takeda.
Ulf se abalanzó sobre el ronin, pero este también sabía moverse con rapidez, así que el zarpazo dirigido al pescuezo de Takeda solo sirvió para partir en dos el tronco de un árbol. Takeda hubiera podido contraatacar y decapitar al licántropo, pero en el último momento detuvo su ataque. El sorprendido Ulf, pese a lo mucho que le costaba hablar en su forma de licántropo, le preguntó a su adversario:
¿Por qué no me has atacado?
Takeda respondió serenamente:
Yo nunca mato gratis y tú no eres el asesino que busco. He examinado los cadáveres de sus víctimas y, si hubieran recibido uno de tus zarpazos, sus heridas serían mucho mayores.
Yo no he matado a nadie desde que estoy en Japón. Sí lo hice en otros tiempos, pero fue por culpa de la maldición que me posee.
Te creo, aunque en realidad yo no entiendo nada de monstruos ni de maldiciones. Solo soy un hombre con una espada.
Dicho esto, Takeda hizo ademán de irse, pero entonces Ulf le preguntó:
¿Dónde están los cadáveres que has mencionado?

Al amanecer Takeda se dirigió a una casa del pueblo, donde vivía un joven médico. Este era un hombre muy apreciado por los aldeanos, pues había estudiado en Inglaterra y sabía curar muchas enfermedades con sus conocimientos de medicina moderna. Cuando vio al doctor, Takeda le dijo amablemente:
Un amigo mío con buen olfato ha reconocido un olor muy peculiar en los cadáveres de los asesinados. Según sus propias palabras, se parecía al del cloroformo, una droga usada por los médicos occidentales para dormir a sus pacientes. Doctor, ¿podría usted decirme si en este pueblo hay alguien que maneje esa sustancia?
El médico comprendió la indirecta e intentó asesinar a Takeda con un revólver. Pero el ronin fue más rápido y lo decapitó con un tajo de su espada. Luego se marchó del lugar, dejando en medio del pueblo la cabeza del médico, junto con los órganos que les había extraído a sus víctimas.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: creada por Javier Fontenla mediante Canva.

EL LOBO

 

Hace muchos años, cuando terminé la carrera de Magisterio, fui destinado a la escuela de una pequeña villa gallega, perdida en medio de las montañas. Una vez allí, me hospedé en la mansión de doña Socorro, una viuda de buena familia que vivía con su hija Elvira y con una criada ya vieja, Eudoxia. Debo confesar que yo estaba muy enamorado de la hermosa Elvira, si bien ella apenas parecía consciente de mi humilde existencia. Poco después de mi llegada, en los aledaños de la villa empezaron a aparecer animales muertos, con la garganta destrozada a mordiscos y sin una gota de sangre en el cuerpo. Al parecer, había lobos en el bosque y doña Socorro, asustada, le mandó a su hija llevar puesto un crucifijo de plata, que supuestamente tenía el poder de espantar a las cosas malas, tanto las de este mundo como las del Más Allá. La muchacha acató su mandato, que, por otra parte, no parecía agradarle demasiado, como si se avergonzara de tener una madre tan supersticiosa. Durante algunos días dejaron de aparecer animales muertos. Parecía que los lobos se habían marchado, pero una noche, mientras cenábamos, escuchamos un ruido procedente del patio. Abrimos la ventana y la luz lunar nos mostró un lobo muy grande, que acababa de matar al perro de doña Socorro. Yo me ofrecí a matarlo y agarré una escopeta que había pertenecido al difunto padre de Elvira. Esta, con el permiso de su madre, me prestó su crucifijo para que me diera suerte. Cuando salí al patio, el lobo ya había marchado. Me planteé ir en su persecución, pero entonces oí gritar a doña Socorro y a Eudoxia. Entré en la casa a toda prisa y hallé a ambas mujeres lívidas como muertas, mirando la ventana abierta con ojos desencajados. Les pregunté qué había pasado, pero apenas fueron capaces de murmurar incoherencias. Elvira había desaparecido y nunca más volví a saber de ella. Al día siguiente volvieron a aparecer animales muertos en el bosque, pero creo que nada de eso fue obra de los lobos.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

ÉRASE UNA VEZ (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Una vez, hace muchos años, una niña llamada Caperucita Roja caminaba por el bosque entonando una cancioncilla popular, mientras se dirigía hacia un viejo castillo situado en la cumbre de una colina. Aunque Caperucita pasaba por ser una niña más simpática y alegre que inteligente, poseía, al igual que otros habitantes de aquel país encantado, el don de hablar con los animales. Un pajarillo se acercó a ella y le preguntó:

¿Adónde vas, Caperucita? Este camino no lleva al pueblo ni a la casa de tu abuelita.

Voy al castillo. He oído rumores de que esta noche el conde va a celebrar una fiesta y, aunque yo no soy de sangre noble, seguro que no le negará la invitación a una chica tan linda y simpática como yo.

Vale, pero no seas tan confiada como la otra vez, cuando aquel hombre lobo estuvo a punto de comeros a tu abuelita y a ti.

¡Qué tontería! En ningún castillo dejarían entrar a un hombre lobo.

No, pero tampoco a leñadores que te salven en el último momento.

¡Bah, si pasa algo el señor conde me protegerá!

El pajarillo, que había oído hablar de Barbazul y de la condesa Báthory, sabía que no todos los condes protegen a las niñas, pero decidió callar para no asustar a su amiga y, tras despedirse de ella, se marchó volando a su nido, pues ya faltaba poco para el anochecer. De hecho, ya volaban los murciélagos cuando Caperucita llegó a las puertas del castillo. Tal como había previsto, los guardias (que, por lo demás, no parecían muy simpáticos) le abrieron las puertas, pero, para su decepción, el interior del castillo le pareció mucho más lóbrego y sucio de lo que había imaginado. Por otra parte, allí no había nadie, salvo ratas, arañas y murciélagos… o al menos eso parecía, pues de pronto la niña sintió una mano dura y fuerte sobre su hombro derecho. Se volvió para ver quién la había tocado y palideció de miedo cuando reconoció a su viejo enemigo, el hombre lobo del bosque. Aunque se hallaba bajo su forma humana, ella no podría olvidar jamás aquella voz engañosamente amable:

Buenas noches, querida. Percibí tu aroma mientras deambulaba por el bosque y te he seguido hasta aquí.

¿Pero usted no estaba muerto?

Una simple hacha no puede matar definitivamente a un licántropo. Solo la plata y la decapitación pueden hacerlo. Tú, en cambio, puedes morir muy fácilmente, tienes una carne muy tierna.

Entonces hizo su aparición un hombre alto y apuesto, de rostro adusto pero noble, que iba vestido completamente de negro y blandía un impresionante revólver. El hombre lobo soltó a Caperucita y se encaró con el recién llegado, mientras maldecía a la niña para sus adentros:

La pequeña zorra había visto a ese tipo antes que yo y se las arregló para hacerme confesar mis debilidades. Ahora él sabe cómo puede matarme para siempre, pero no le pondré las cosas fáciles.

Cuando el combate entre el hombre lobo y el pistolero desconocido parecía inevitable, surgió de las tinieblas el amo del castillo, el cual no era otro que el conde Drácula. Este saludó a sus variopintos huéspedes con una sonrisa diabólica y una voz espectral:

Bienvenidos a mi humilde morada, amigos míos. Me temo que los he engañado haciendo correr los rumores de que esta noche iba a celebrarse aquí una fiesta. Lo que sí habrá es un festín de sangre para mí y para mis servidores.

Dicho esto, el conde chasqueó los dedos y los guardias del castillo se convirtieron en enormes sabuesos, más feroces que los lobos del bosque y más negros que la misma noche. El hombre lobo se olvidó del pistolero y, tras adoptar rápidamente su forma de bestia, se arrojó sobre los sabuesos, pero, a pesar de sus afilados colmillos y de sus poderosas zarpas, no consiguió hacerles el menor daño. En cambio, los perros lo destrozaron en un santiamén, convirtiéndolo en un montón de carne ensangrentada. El pistolero hizo ademán de disparar sobre los sabuesos, pero Caperucita se acercó a él y le dijo en voz baja:

Esos no son perros de verdad. Si lo fueran, podría entender su lenguaje, pero sus ladridos y gruñidos no me dicen nada.

Entonces solo pueden ser espíritus infernales, de modo que sería inútil lanzar un ataque físico contra ellos. Por eso el licántropo no pudo herirlos, pero yo sí sé cómo detenerlos.

El pistolero recitó unos pocos versículos de la Biblia, que se sabía de memoria, y los perros infernales se desvanecieron en la nada como espectros sorprendidos por la luz del alba. Drácula, sorprendido y asustado por el inesperado giro de los acontecimientos, huyó del castillo convertido en murciélago. El pistolero le dijo a Caperucita:

Llevo años persiguiendo a ese vampiro y, por lo que veo, nuestra lucha aún no ha acabado. Puedes volver a tu casa tranquilamente, pues nuestro amigo el licántropo tardará mucho tiempo en regenerarse. Y muchas gracias por tu ayuda, de no ser por ti ahora estaría peor que él.

Muchas gracias a usted, señor. Por cierto, ¿puedo saber cómo se llama?

Mi nombre es Hunter, Daniel Hunter.

Dicho esto, Daniel Hunter se despidió de Caperucita y se fue montado en un caballo negro.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Diseñada por Freepik (www.freepik.es).


LA ESTIRPE MALDITA (RESEÑA PERSONAL DE FONTENLA)

 



Texto: Fontenla. Imagen: portadas de la novela en Europa, diseño de Vault.

Mientras que la licantropía (es decir, la transformación mágica de una persona en lobo u otro animal semejante) es, sin duda, uno de los mitos más recurrentes dentro del género fantástico, son muy pocas las obras que tratan el fenómeno opuesto: el animal que se transforma en hombre y vive como tal, llegando a mantener relaciones amorosas -e incluso a tener hijos- con mujeres de nuestra especie. Y no es que falten fuentes folclóricas de semejante fenómeno: por ejemplo, las leyendas de los indios norteamericanos atribuyen el origen de ciertas tribus a la unión entre un ser humano y un animal, que tan bien podía ser un lobo como un perro o un castor. En China y Japón también se creía que algunos animales, especialmente los zorros y los tanukis, podían adoptar forma humana para gastarles bromas pesadas a los incautos. Sin embargo, dentro de la ficción moderna hay pocas obras que traten el tema: un cuento del escritor francés Boris Vian titulado El lobo hombre (que, por cierto, serviría de inspiración a cierta canción clásica del rock español), la hermosísima película anime de Mamoru Hosoda titulada The Wolf Children… y finalmente la nueva novela de Sara Lena Jiménez, que se titula La estirpe maldita y a la cual, gracias a la generosidad de Sara, he tenido el honor de aportar algunos granitos de arena.

Esta novela comparte muchos elementos con Un legado para Selene, incluyendo algunos personajes, la mezcla de distintos géneros (que van desde la novela histórica hasta el terror gótico, pasando por el thriller) y una forma magistral de fusionar lo real con lo fantástico, tal como no se había hecho desde que Guillermo del Toro estrenó El laberinto del fauno. La principal diferencia entre ambas novelas es que esta pone el foco en la licantropía, mientras que la historia de Selene giraba en torno al vampirismo. Otra diferencia notable es que La estirpe maldita se basa en la mitología ancestral de las culturas indígenas americanas, concretamente en la leyenda mexicana del Nahual (hechicero que adopta la forma de un animal mediante el consumo de pócimas mágicas). Por el contrario, Un legado para Selene se inspiraba en las leyendas macabras centroeuropeas, así como en la tradición gótica canonizada por Bram Stoker, aunque el legado espiritual de los pueblos prehispánicos también estuviera muy presente.

Yo creo ver otra diferencia de carácter más estructural. Mientras que Un legado para Selene se sustentaba sobre tres planos diferentes (los villanos, los héroes y los sabios), La estirpe maldita presenta una serie de dualidades, al mismo tiempo opuestas y complementarias. Entre ellas podemos destacar estas cuatro:

1-El ser humano (o aparentemente humano) frente al ser no-humano (de carácter bestial o sobrenatural).

2-La Historia (centrada en la guerra de la independencia mexicana y encarnada por los Villagrán) frente al Mito (los hechiceros y los Nahuales). La historia de los antiguos chichimecas se sitúa entre ambos polos.

3-El presente (Alberto) frente al pasado (Rodolfo).

4-Y, por supuesto, la dualidad esencial en todas las grandes aventuras: el Bien (lo que podríamos llamar humorísticamente el team-Alberto) frente al Mal (el team-Romualda).

A estas cuatro dualidades esenciales podemos añadir otras de carácter más abstracto, como la ignorancia (situación inicial de Alberto) frente al conocimiento (descubrimiento progresivo de la verdad) o la soledad (situación inicial de Rodolfo) frente a la difícil -pero no imposible- integración en un determinado colectivo (la pareja, la familia, el círculo de amigos o incluso el grupo de combate). En este sentido La estirpe maldita, al igual que Un legado para Selene, puede considerarse no solo una emocionante historia de aventuras fantásticas, sino también una novela de formación, a través de la cual el héroe descubre y desarrolla su verdadera personalidad. Esto no debe extrañarnos, pues, como dice la profesora de Peter Parker en cierta película de Spiderman, todas las historias tienen un único argumento: descubrir quién soy. Y en esta novela dicha premisa se cumple perfectamente… pero, eso sí, cambiando el quién por un qué.

En el este enlace podrás ver el booktrailer

Puedes leerla en este enlace:

Entrevista de los coautores, en el siguiente enlace: 👉 Sara Lena y Javier Fontenla.

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