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RAPTADA (CUENTO FANTÁSTICO)

 

TEXTO: JAVIER FONTENLA. IMAGEN: PIXABAY.

Abner Grey llevaba una vida apacible en un pequeño pueblo canadiense, hasta que empezó a obsesionarse con la hija de sus vecinos, una hermosa adolescente llamada Amanda Collins. El rapto se llevó a cabo fácilmente. Una tarde, cuando Amanda salió del instituto, Abner se ofreció a llevarla a casa en su coche y ella aceptó encantada su oferta, pues estaba lloviendo a mares. No hubo testigos.

Un par de horas después, Amanda se hallaba encerrada en el sótano de una casa situada en medio del bosque, a gran distancia del pueblo más próximo. Cuando Abner abrió la puerta del sótano para llevarle la cena a su prisionera, esta consiguió zafarse de él y huir al bosque. Pero a la mañana siguiente, mientras la muchacha vagaba sin rumbo por las colinas, su captor, que llevaba horas buscándola, la encontró y volvió a capturarla, sin que la muchacha se atreviera a oponer resistencia. Abner la llevó de vuelta a la cabaña, pero esta vez no la encerró en el sótano, sino que la obligó a tumbarse sobre el sofá de la sala y la ató concienzudamente. Pero, mientras le amarraba las manos, tocó un objeto duro y frío que la chica llevaba en uno de sus bolsillos. Su sorpresa fue enorme al comprobar que se trataba de un diamante finamente tallado, cuyo valor debía de ser inmenso. Él había sido dependiente en una joyería y sabía reconocer un diamante legítimo cuando lo veía. Le preguntó a su prisionera dónde había encontrado aquella joya y Amanda, tras un instante de duda, balbuceó:

Lo encontré en la cueva donde pasé la noche. Había muchos más, pero yo solo me llevé este.

¿Y dónde está esa cueva? Dímelo y te juro que no te haré daño, ni ahora ni nunca.

En lo alto de una colina cubierta de nieve. Cerca de la entrada hay un árbol seco.

Entonces Abner recordó haber pasado varias veces cerca de aquella cueva durante sus expediciones cinegéticas por las colinas, aunque nunca había penetrado en ella. De hecho, por lo que él sabía, nadie entraba nunca en aquella cueva, pues se decía que estaba maldita. Abner ignoraba cómo habían llegado allí aquellos diamantes, pero estaba decidido a apoderarse de todos ellos lo antes posible, así que se fue a la cueva, dejando a Amanda atada sobre el sofá de la sala. Tan absorto estaba con la idea de su inminente riqueza que ni se percató de que había dejado abierta la puerta del vestíbulo.

Una vez sola, Amanda comenzó a forcejear para liberarse de sus ligaduras. Las cuerdas eran fuertes, pero el nudo no estaba bien hecho, así que solo era cuestión de tiempo que consiguiera desatarse. Ya casi lo había conseguido cuando escuchó unos pasos furtivos procedentes del vestíbulo. Luego se oyó un gruñido y Amanda palideció. Un lobo solitario había entrado en la cabaña a través de la puerta que Abner había dejado abierta y estaba explorando el interior de la cabaña, en busca de una presa fácil: por ejemplo, una pobre chica indefensa.

Amanda se sintió aterrorizada al saber que se hallaba a merced de un predador hambriento, pero pronto tuvo una idea. Aunque aún no había logrado desatarse completamente, tenía el mando de la televisión al alcance de la mano. Lo agarró, encendió el aparato, le bajó el volumen todo lo que pudo y empezó a cambiar de canal rápidamente hasta que encontró el programa que deseaba: una película de acción cuyos personajes parecían vivir inmersos en un continuo tiroteo. Un instante después, el lobo entró en la sala y durante unos segundos examinó a Amanda con sus fríos ojos de predador, hasta asegurarse de que la muchacha se hallaba completamente indefensa. Pero esta, aunque no podía defenderse, sí podía engañar. Mientras el lobo se preparaba para abalanzarse sobre su presa, Amanda subió al máximo el volumen del televisor, precisamente cuando el tiroteo de la película alcanzaba su punto álgido. Asustado por las súbitas y ruidosas detonaciones, el lobo huyó corriendo de la sala, tal como la muchacha había planeado que haría.

Poco después, tras varios forcejeos, Amanda logró desatarse completamente. Subió al dormitorio de Abner y empezó a registrar los cajones de la mesilla en busca de su teléfono móvil. No tardó en hallarlo y ya estaba a punto de llamar a su casa cuando un gruñido procedente del pasillo la dejó helada de terror. ¡El lobo había vuelto! Amanda había cometido un grave error apagando la televisión antes de abandonar la sala. Pero entonces se le ocurrió otra idea. Frente al dormitorio, al otro lado del pasillo, había un pequeño cuarto, donde se hallaba el teléfono fijo de Abner. Amanda tenía su número registrado en el móvil y sabía que aquel teléfono tenía contestador automático. Marcó rápidamente el número en su móvil, el teléfono dio señal varias veces y luego se oyó la voz, entre mecánica y femenina, del contestador. El lobo, sobresaltado primero y atraído después por aquella voz humana, entró en el cuarto del teléfono y, desconcertado por la inexplicable invisibilidad de la persona que hablaba, empezó a olisquear los rincones en un registro tan minucioso como inútil. Cuando el animal hubo penetrado en aquel cuartucho, Amanda se acercó cautelosamente a la puerta y la cerró de golpe. Una vez que se hubo percatado del nuevo engaño, el lobo se abalanzó contra la puerta, pero estaba bien cerrada y el frustrado animal solo pudo huir de su prisión saltando por la ventana. Cuando intentó volver a la cabaña, se encontró con que Amanda había cerrado también la puerta del vestíbulo, de modo que tuvo que renunciar definitivamente a su almuerzo y volver al bosque, con el rabo entre las piernas.

Una Amanda palidísima pudo por fin respirar aliviada, cuando vio desde la ventana de la sala cómo el lobo volvía al bosque. Después, un poco más tranquila, usó su móvil para llamar a sus padres y decirles dónde se encontraba. Al final, todo había acabado bastante bien para ella. Cumplir la promesa que había hecho la noche anterior le había costado no pocos problemas, pero Amanda sabía perfectamente que hubiera sido mucho peor para ella no cumplirla.

¿Y qué había sido de Abner Grey? Su cuerpo yacía sobre el fangoso suelo de la caverna, medio devorado por las crueles fauces del Morador de la Gruta. Este se sentía satisfecho, pues no había comido tan bien desde 1912, cuando un temerario ladrón había osado refugiarse en su cueva, llevando consigo los diamantes que había robado en una joyería. Conviene aclarar que “el Morador de la Gruta” era el nombre que daban las leyendas de la región al monstruo inmortal, carnívoro e inteligente que la noche anterior le había perdonado la vida a Amanda, a cambio de la promesa que esta le había hecho de entregarle lo antes posible la vida de un hombre adulto, cuyo cuerpo le proporcionaría un banquete más copioso que el de una pobre niña asustada.


RUIDO DE HUESOS (ROBERT ERVIN HOWARD)

 


Texto: Robert Ervin Howard. Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

"¡Dueño, abrid!"
El grito rompió el silencio del lugar y resonó a través del sombrío bosque con ecos siniestros.
"Este sitio tiene un aspecto que asusta."
Dos hombres se habían detenido frente a la taberna del bosque. La puerta estaba cerrada y las ventanas protegidas con barrotes. Sobre la puerta se distinguía el dibujo de un cráneo hendido.
Un hombre de rostro barbudo abrió la puerta e invitó a los recién llegados a entrar, con un gesto poco amigable. Una vela sobre la mesa y el fuego de la chimenea iluminaban el interior.
"¿Vuestros nombres?"
"Solomon Kane," dijo el hombre más alto.
"Gaston l'Armon," dijo el otro, “pero eso no os concierne.”
"Los visitantes no vienen a menudo por este bosque," gruñó el tabernero, "pero los bandidos sí. Siéntense en esa mesa y les traeré algo para cenar."
Los dos hombres se sentaron. Uno de ellos era un individuo alto y de oscuros ropajes, que resaltaban la palidez de su rostro. El otro ofrecía un atuendo mucho más ostentoso y sus ojos no se cansaban de mirar.
El tabernero trajo algo de vino y luego permaneció inmóvil en un rincón sombrío. La barba casi ocultaba enteramente su rostro y sus ojos rojizos no dejaban de vigilar a los huéspedes. El más joven de ambos le preguntó:
"¿Quién sois?"
"Soy el dueño de la Taberna del Cráneo Hendido.”
"¿Tenéis muchos huéspedes?"
"Pocos vienen dos veces.”
Kane miró al tabernero y se preguntó si había algún significado siniestro detrás de aquella respuesta. Luego dijo:
“Voy a acostarme. Mañana debo madrugar para proseguir mi viaje.”
"Y yo," añadió el francés. "Tabernero, mostradnos nuestros dormitorios."
El tabernero los guio hasta una puerta, indicando que debían pasar la noche en aquella alcoba. Luego se fue, tras encender una vela dentro del cuarto. Allí solo había dos camastros, unas sillas y una mesa. Kane dijo:
“Cerremos bien la puerta. No me gusta el aspecto de nuestro tabernero.”
Gaston dijo:
“Pero no tenemos ninguna barra para bloquear la cerradura.”
“Podemos romper una pata de la mesa y usarla como barra.”
"Mon Dieu!," dijo l'Armon, "sois un hombre miedoso, Monsieur."
“No me gustaría que me asesinaran mientras duermo.”
“Eso me recuerda que no nos conocíamos hasta que este atardecer coincidimos en nuestro camino."
Kane contestó:
“Yo creo haberos visto anteriormente, aunque ahora no recuerdo dónde. Por lo demás, creo que todo hombre es honrado hasta que me demuestra lo contrario. Además, tengo el sueño ligero y duermo con una pistola al alcance de la mano.”
El francés se rio.
“Me extraña que seáis capaz de dormir junto a un desconocido. Bueno, busquemos alguna barra para bloquear la puerta.”
Tomaron la vela y salieron al pasillo, entre sombras siniestras.
Solomon Kane murmuró:
“¡Una extraña taberna, sin más huéspedes ni criados! ¿Cuál era su nombre? ¿El Cráneo Hendido? ¡Repulsivo nombre, a fe mía!”
Registraron varias habitaciones sin encontrar lo que buscaban. Cuando llegaron a la última encontraron señales de lucha. Kane dijo sombríamente:
“Aquí ha muerto gente. Intentad arrancar esa barra de la pared.”
Cuando el francés tocó la barra, una parte de la pared se deslizó a un lado, mostrando la entrada a un pequeño cuarto secreto. Gaston emitió una exclamación y ambos hombres vieron lo que había sobre el suelo.
"¡El esqueleto de un hombre!" dijo Gaston. "Y su pierna está encadenada a la pared. Ese hombre estuvo preso ahí hasta la muerte.”
"Esto explica el nombre de esta taberna. Quizás ese hombre fue un viajero que cayó en manos de nuestro tabernero."
Gaston dijo, sin demasiado interés:
"Seguramente, pero no entiendo por qué mantiene el esqueleto encadenado a la pared. Voy a liberaros, Monsieur Esqueleto.”
Dicho esto, el francés cortó la cadena con su espada. Kane protestó:
"¡No es bueno que os moféis de los muertos!"
Gaston se rio:
“¡Que los muertos se defiendan a sí mismos! Si alguien me matara, yo sería capaz de hacer cualquier cosa para vengarme desde la tumba.”
Kane se volvió hacia la puerta del cuarto. Estaba harto de aquella cháchara impía y solo pensaba en pedirle cuentas al tabernero de sus crímenes. Pero entonces sintió el frío del acero en su nuca y adivinó que lo estaban apuntando con el cañón de una pistola.
Gaston le dijo:
“No hagáis locuras, Monsieur, si no queréis que os reviente vuestros escasos sesos.”
Tras arrebatarle sus armas, el francés se alejó de él y entonces le dio permiso para volverse.
Kane lo miró y le dijo:
"¡Sois Gaston el Carnicero! He sido un necio al confiar en vos. Ahora recuerdo haberos visto una vez en Calais con ese mismo sombrero. Habéis llegado muy lejos, bandido."
“No volveremos a encontrarnos. ¿Qué es ese ruido?”
"Las ratas están jugando con los huesos del esqueleto."
“Bien. Sé que lleváis dinero con vos, Monsieur. Mi idea era mataros mientras dormíais, pero ya no es necesario esperar tanto.”
"No pensé que debía desconfiar de un hombre con el cual he compartido el pan.”
El bandido rio de nuevo y dijo:
“No os daré tiempo para defenderos, Monsieur. Así el tabernero tendrá otro cadáver para su colección, si es que no lo mato también a él.”
Mientras hablaba, Gaston le había dado la espalda a la puerta del cuarto. Entonces apareció el tabernero, que mató al francés rápidamente, propinándole un hachazo en la cabeza. Kane intentó reaccionar, pero el tabernero lo encañonó con una larga pistola que sostenía en su mano izquierda. Le ordenó retroceder y el inglés se estremeció cuando distinguió los ojos insanos de aquel hombre, en los cuales parecía haber algo salvaje. Sin duda, suponía una amenaza mayor que el mismo Gaston. Le oyó decir:
“Ahora vuestro oro será mío. Aunque lo que más deseo es la venganza.”
Kane replicó:
“Yo no soy vuestro enemigo.”
"¡Todos los hombres son mis enemigos! Mirad en mí las marcas de las cadenas y del látigo. Pasé muchos años encerrado en una celda por un delito que no había cometido.”
Kane no dijo nada. Había oído hablar de personas enloquecidas por los horrores de las cárceles europeas. El tabernero prosiguió:
“¡Pero conseguí huir! Desde entonces hago la guerra a todos los hombres desde aquí. Oigo resonar los huesos del hechicero. Mientras moría, juró que se vengaría de mí, pero yo descarné su cadáver y lo encadené a la pared. Todas las noches ansía huir de su prisión para vagar por los pasillos de la taberna, como la misma Muerte, y asesinarme mientras duermo.”
Kane se estremeció, pues creyó oír un sonido extraño, como si el esqueleto del cuarto secreto se hubiera movido.
El tabernero siguió hablando de forma incoherente, como corresponde a un maníaco:
"¡Todos los hombres son mis enemigos! ¿Quién me ayudó mientras estuve preso en una celda de la ciudad? Allí algo le pasó a mi cerebro y entonces me convertí en un lobo, como esos que vagan por las soledades de la Selva Negra. Esos hermanos míos se han comido a todas las personas que he matado, salvo a ese mago procedente de Rusia. Todas las noches resucita para vengarse de mí y yo no puedo matar a un muerto. Por eso tuve que encadenarlo. Su magia no lo salvó de mí cuando lo maté, pero es sabido que un hechicero muerto es más peligroso que uno vivo. ¡No te muevas, inglés! Pronto tus huesos le harán compañía.”
El maníaco se había acercado a la puerta de la habitación secreta. Entonces algo lo empujó hacia su interior, mientras una ráfaga de viento apagaba la vela. Kane aprovechó aquella oportunidad para recuperar su pistola. Encendió nuevamente la vela y echó un vistazo al interior de aquel cuarto secreto. Entonces murmuró, mientras un sudor frío recorría su frente:
"¡Dios mío! Lo que estoy viendo sobrepasa lo racional. Esta noche se han cumplido dos venganzas de ultratumba. Gaston fue quien cortó la cadena que sujetaba al esqueleto. Y este también cumplió su venganza."
El tabernero yacía inerte sobre el suelo del cuarto secreto, con su horrible rostro desfigurado por un miedo terrible y el cuello roto por los dedos del esqueleto.

UN ROBO (MICRORRELATO)

La niña chilló al enterarse de que estaba en peligro, pero sus padres no acudieron. Impulsada por el miedo, la niña huyó de su cuarto y empezó a correr por la casa oscura, sin dejar de pedir ayuda con toda la fuerza de sus pulmones. Cuando ya estaba a punto de llegar al vestíbulo, el intruso que había entrado en la casa la atrapó y la amordazó, tal como había hecho anteriormente con sus padres. Luego robó todo el que quiso, mismo una hermosa muñeca que encontró en el cuarto de la niña. Pocos días después, la hija de los hombres que le habían comprado la muñeca al ladrón apareció muerta: al contrario que la primera niña, ella no tuvo la suerte de que un oportuno ladrón la salvara de la muñeca.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Canva.

LA HIJA (RELATO FANTÁSTICO)

 

Narración del inspector Michael W. Legrasse, miembro del Departamento de Policía de Nueva Orleans, Louisiana, USA:

Ante todo, debo decir que el accidente que causó hace trece años la muerte de mi desdichado amigo, el doctor Robert Dee, no tuvo, en sí mismo, absolutamente nada de extraño ni de misterioso. Los hechos, confirmados por las declaraciones de numerosos testigos y por la labor de los peritos policiales, fueron desde el primer momento bastante claros: aquella noche Robert volvía a casa en su coche, tras haber terminado su turno de guardia en el hospital, cuando, tras haberse visto obligado a realizar una brusca maniobra para esquivar a un perro que se cruzó en su camino, se salió de la vía y colisionó contra el surtidor de una estación de servicio, provocando así la explosión que acabaría con su vida. Puestos a buscar algún detalle anormal, sólo hallaríamos el hecho (a mi juicio insignificante) de que, según ciertos testimonios, el perro que provocó el accidente –un animal de gran tamaño y pelo negro, quizás un pastor belga abandonado por sus dueños- habría aparecido en la calzada de repente, “como surgido de la nada”, y que luego se habría desvanecido de la misma manera. Pero era una noche muy oscura, la calle estaba mal iluminada y, por tanto, no considero necesario recurrir a teorías estrambóticas para explicar esos detalles, por lo demás absolutamente circunstanciales.

Yo, como amigo de la víctima desde la infancia, decidí asumir la dura responsabilidad de comunicarle los hechos a Pamela, su esposa, por lo que me dirigí hacia su casa para decírselo en persona y, en la medida de lo posible, intentar consolarla. Recuerdo perfectamente cómo llamé al timbre de la puerta y cómo, tras unos minutos de espera que se me hicieron eternos, la propia Pamela, aún medio adormilada, me abrió la puerta. Cuando le conté lo que le había sucedido a su marido, la pobre Pamela acogió mis palabras con sorpresa e incredulidad. Según sus palabras, tenía que haberse producido un error en la identificación del cadáver, pues Robert estaba dentro de la casa en aquel mismo momento, durmiendo en la misma cama que ella acababa de abandonar para atender mi llamada. Entonces le pedí a Pamela que me dejase entrar y ambos subimos al cuarto donde dormía el matrimonio. Robert no estaba allí. Ni tampoco estaba en ningún otro lugar de la casa. Del mismo modo, su coche tampoco se hallaba en el garaje. Pero Pamela, ya al borde de la histeria, me juró una y otra vez que ella había estado con su marido aquella noche, que él había entrado en el cuarto cuando ella ya estaba en cama, medio dormida, y que luego él, sin encender la luz ni decir una sola palabra, se había tumbado con ella, y la había besado, y acariciado, y… A Pamela se le quebró la voz y sufrió un desmayo. Tardó varios días en recuperarse del trauma y fueron necesarios meses de tratamiento psicológico para que aceptara que ella no había estado con su marido aquella noche, que todo había sido un sueño o una fantasía urdida por su cerebro para huir de la terrible realidad. Pamela quería mucho a Robert.

Nueve meses después, Pamela dio a luz a Daniella, la hija póstuma de Robert. Danny, como la solemos llamar los que la conocemos, no se parece mucho a su padre, pero en cambio es clavadita a su madre. Las dos son bastante guapas y esbeltas, de complexión atlética, tez rosada, pelo rubio y ojos azules. Sin embargo, presentan caracteres distintos. Pamela es una mujer de carácter vitalista y extrovertido, aunque al mismo tiempo sensible y emotivo. Danny, en cambio, es una niña seria, incluso introvertida, y las impresiones del mundo exterior apenas cuentan para ella, que parece vivir permanentemente inmersa en sus propios pensamientos y fantasías. Por lo demás, es una muchacha tranquila y educada, que en el colegio saca notas excelentes y que, según sus profesores, tiene una inteligencia y una imaginación francamente envidiables, casi inusitadas en una chavalita de su edad. Pero no se relaciona demasiado con sus compañeros de clase, ni tampoco con los demás niños de la vecindad. Cuando yo paso por los alrededores del colegio durante el recreo (lo hago siempre que puedo, sobre todo para espantar a los distribuidores de hachís que en ocasiones intentan camelar a los niños), la veo siempre sola, sentada en alguno de los desvencijados bancos del patio, completamente ajena a los juegos y conversaciones de sus alegres condiscípulos. Su ocupación predilecta en esos momentos, cuando no está leyendo o estudiando, es escuchar música con sus auriculares, a la vez que les echa migas de pan a los gorriones, que parecen ser sus únicos amigos.

Un triste día de otoño, mientras miraba desde el otro lado de la verja cómo Danny realizaba su monótona labor de alimentar a los hambrientos pajarillos, me fijé en que no era el único que la estaba observando. Allí estaba también un conocido mío, John Leblanc, que era sacerdote católico en una parroquia cercana. John, de niño, había sido muy amigo de Robert y de Pamela, pero luego habían interrumpido completamente sus relaciones, aunque nadie sabía muy bien por qué. Según algunos, John, antes de haberse hecho sacerdote, se habría enamorado de Pamela y no habría podido soportar su desengaño cuando ella prefirió a Robert. Según otros, John, como fervoroso católico que era, habría acabado por sentirse distanciado de sus amigos, quienes habían abandonado, hacía ya mucho tiempo, toda práctica religiosa. De hecho, Danny estaba sin bautizar.

Cuando yo le pregunté a John qué estaba haciendo allí, este palideció y me contó, en voz baja y a veces trémula, una historia tan absurda que me hizo poner en tela de juicio su salud mental. Sus palabras fueron, aproximadamente, las siguientes:

¿Nunca te has percatado de que hay algo anormal en torno a esa niña? Piensa en lo que te contó su madre aquella noche, cuando murió Robert. Recuerda que ella nació exactamente nueve meses después de aquella noche. ¿Alguna vez has podido ver los rasgos del pobre Robert en su rostro? No, nadie podría verlos, pues, cuando Daniella Dee fue engendrada, su padre ya había sido devorado por las llamas.

¿Quieres insinuar que ella no es hija de Robert, que efectivamente alguien se acostó con Pamela aquella noche y la engendró? ¡Tonterías! Toda aquella historia del hombre que se coló en el cuarto no fue más que un sueño, hoy la propia Pam lo reconoce.

Sí, porque vosotros –la Policía, los psiquiatras- la habéis convencido de eso.

Por lo que tú quieras. En todo caso, yo registré la casa de cabo a rabo y te aseguro que allí no había nadie más que Pamela y yo… ni Robert ni nadie más.

Es que quizás registraste la casa con los ojos de la carne bien abiertos, pero con los ojos del espíritu velados. ¡Escucha lo que te digo! Hace varios días, en la catequesis, les pedí a los niños que se preparan para la Confirmación que me hiciesen un dibujo de una persona especial para ellos. Uno de los folios que recogí había sido ilustrado con un dibujo del rostro de Daniella.

Ignoraba que ella tuviera amigos en tu parroquia.

Y no los tiene. Ningún chaval de mi parroquia la conoce, eso ya lo he comprobado yo.

¿Pero estás seguro de que era Daniella la que aparecía en el dibujo?

Lo estoy. Pero eso no es lo más extraño, ni mucho menos. Mi grupo de catequesis lo forman exactamente doce niños, ni uno más ni uno menos. Y estoy absolutamente seguro de que, cuando recogí sus dibujos, ninguno de ellos me entregó más de un único folio. Pero cuando conté los folios… ¡eran TRECE!

¿Qué me estás contando? ¡Eso que dices no tiene sentido! ¿Quieres decir que uno de los folios (supongo que aquel donde estaba retratada Daniella) surgió de la nada?

Pues sí. Ya sé que es raro, incomprensible… Pero es la pura verdad. Cuando les mostré a los niños el retrato de Daniella, ninguno lo reconoció como obra suya. Por otra parte, era un dibujo artísticamente impecable, la obra de un maestro y no la de un crío.

¿Y no podrías enseñármelo?

Eso no. Lo quemé aquella misma noche. Aquel dibujo me estremeció el alma hasta el punto de que no pude conciliar el sueño hasta que quedó reducido a cenizas.

¿Pero tanto te asusta ver el rostro de una pobre niña?

No fue el rostro. El dibujo, por supuesto, no tenía firma. Pero sí presentaba una inscripción, una frase escrita con tinta roja en el ángulo inferior derecho. ¿Sabes lo que ponía? INCUBUS INCARNATE EST. ET HOMO FACTUS EST. Tú sabes algo de latín, conoces las viejas leyendas y has leído, entre otros cuentos de terror, “El gran dios Pan”, de Arthur Machen, así que podrás extraer tus propias conclusiones.

Dicho esto, John se fue a toda prisa, dejándome anonadado por la revelación. Cuando pude reflexionar, me di cuenta de que aquel hombre estaba en peligro de convertirse (si no se había convertido ya) en un fanático místico de la peor especie. Sus manías supersticiosas, mezcladas con el resentimiento que sin duda aún guardaba en su subconsciente contra los padres de la pobre Daniella, lo habían llevado a urdir aquella rocambolesca fantasía, basada en un dibujo de cuya existencia objetiva ni siquiera había la menor prueba. La cosa estaba terriblemente clara: John consideraba a Daniella la hija de un íncubo, aquellos demonios que, según las leyendas medievales, tomaban forma humana y se introducían en los dormitorios de las mujeres para copular con ellas. Por tanto, Danny sería para el enloquecido sacerdote un ser de origen diabólico. Y, como consecuencia, las intenciones del cura hacia la muchacha podrían ser cualquier cosa menos buenas. Contado así, sé que parece una historia demasiado ridícula para ser tomada en serio, pero no debemos olvidar que entre los siglos XVI y XVIII historias ridículas por el estilo causaron la muerte de muchas personas inocentes (especialmente mujeres y niñas) en las hogueras inquisitoriales. Además, los Legrasse sabemos muy bien qué crímenes pueden llegar a cometer los hombres en nombre de la religión, desde que en 1907 mi tatarabuelo John Raymond, también inspector de Policía, investigó los asesinatos rituales cometidos por los adoradores de un dios de las tinieblas llamado Cthulhu. Mi deber, como policía y como amigo, era poner a Pamela sobre aviso antes de que fuera demasiado tarde.

Varias horas después, acabada mi jornada laboral, decidí acercarme a la casa de Pamela para recomendarle que desconfiara de John. Mientras estuve en la comisaría intenté en varias ocasiones decírselo por teléfono, pero el aparato siempre comunicaba y al final decidí que lo mejor sería hablar con ella directamente.

Cuando llamé a la puerta, Pamela me la abrió casi al instante, como si hubiera estado aguardando mi llegada (creo que ella murmuró algo de que había oído el motor de un coche, lo cual era raro porque yo había llegado caminando y hacía tiempo que ningún coche pasaba por aquella calle). Mi amiga parecía nerviosa y pálida, incluso advertí un temblor en sus manos que no auguraba nada bueno, y llegué a pensar que acaso ya hubiera tenido una mala experiencia con John. Antes de que pudiera preguntarle nada, ella me invitó a entrar con un gesto nervioso, y yo di un paso para acceder al vestíbulo, el cual estaba bastante oscuro. Apenas había dado ese paso hacia el interior de la casa, cuando sentí en la cabeza un golpe terrible, que me sumergió bruscamente en una oscuridad más profunda e impenetrable que la del vestíbulo. Durante un tiempo (nunca llegué a saber cuánto exactamente) dejé de existir.

Cuando me desperté, con la cabeza dolorida y la mente medio congestionada, vi que me hallaba en el salón de la casa de Pamela, que se hallaba en la parte de la casa más alejada de la calle y cuyas ventanas daban al patio trasero. Frente a mí, apuntándome con mi propia pistola, se hallaba John. Y a escasos metros detrás de él, atadas a sendas sillas y con los labios sellados por mordazas de cinta aislante, estaban Pamela y Daniella, con sus bellos rostros desdibujados por el terror de la muerte. John, que, pese a ser el dueño de la situación, no parecía mucho más tranquilo que ellas, me habló con una voz entrecortada por la emoción, tras cuyos acentos temblorosos sentí arder la furia inclemente del inquisidor y del demente:

Sabía que vendrías a frustrar mis planes. Fue un grave error por mi parte haberte revelado mis conocimientos esta mañana, eso me ha obligado a precipitarme y a actuar con una violencia que yo nunca he deseado. Sin duda fue el Diablo quien me impulsó a contártelo todo, del mismo modo que fue Dios o uno de sus ángeles el que me avisó del peligro mediante un papel surgido de la nada. Yo vine aquí antes que tú, y lo hice con la mejor intención del mundo, sin armas en la mano ni odio en mi corazón. Intenté razonar con Pamela, le pedí que me permitiera bautizar a su hija para que las aguas sagradas limpiasen el alma de Daniella del estigma de iniquidad que la mancha desde su blasfema concepción. Pero ella –esta meretriz del Averno, a la que en otros tiempos consideraba mi amiga, y con la cual tuve… digamos, fantasías, antes de escuchar la llamada del Señor- me trató de loco y me dirigió insultos blasfemos. Tuve que usar la fuerza, la obligué a descolgar el teléfono y la amenacé con matar a su hija si no se sometía a mis órdenes. Ahora ya es demasiado tarde para solucionar el asunto de otra manera. Primero derramaré las aguas bautismales sobre la cabeza de ese ser abyecto al que llamáis “niña”, con la esperanza de que aún haya algo en ella que pueda ser salvado. Luego, le haré probar la Sagrada Forma. Si su cuerpo la admite, será que las aguas bautismales han conseguido lavar la impureza de su espíritu. Pero si no la admite, no tendré más remedio que matarla. Luego podréis hacer conmigo lo que vosotros y las leyes del mundo dispongáis en mi perjuicio, pero yo estoy presto a morir en paz si antes consigo erradicar al Maligno de ese cuerpo carnal… de un modo u otro.

Yo estaba aterrorizado, anonadado en cuerpo y alma frente a aquel loco, que sin duda estaba dispuesto a acabar con la vida de Daniella. La pobre niña, por su parte, se hallaba visiblemente aterrorizada, al igual que su madre. Posiblemente, los nervios le impedirían tragar cualquier alimento que se le intentara introducir en la boca. Si John le hacía tragar la Sagrada Hostia y ella a continuación la escupía o vomitaba, como seguramente pasaría, el maldito cura ya tendría una buena razón para matarla sin miramientos. No podía permitirlo.

Aunque todavía estaba medio aturdido por el golpe, me arrojé sobre John, con la vaga esperanza de que él no supiera manejar la pistola. ¡Vaya si sabía! Me atravesó el hombro izquierdo de un balazo, y creo que me hubiera podido atravesar igualmente el corazón si no fuera porque él, un hombre moral aun en medio de su locura, no deseaba matar a nadie si no era estrictamente necesario. Sin duda, él creyó que el impacto me arrojaría al suelo, como sucede en las películas, pero en la vida real no siempre sucede así, y a menudo un hombre herido por una bala puede mantenerse en pie hasta que la hemorragia acabe con sus fuerzas. Así, aunque medio mareado por el dolor y por la visión de la sangre que bañaba mi hombro, conseguí golpear a John y derribarlo, al mismo tiempo que le arrebataba el arma. Pero el cura no se rindió y apenas tardó unos segundos en levantarse, esgrimiendo en su diestra una pequeña pero temible navaja extraída de algún bolsillo oculto. Al parecer, no había sido del todo sincero cuando me había dicho que había venido sin armas. Yo intenté amenazarlo con la pistola, pero entonces sentí que el dolor y el mareo provocado por la hemorragia se aunaban para anular mis fuerzas. Se me nubló la vista y la pistola se deslizó de mis dedos trémulos, cayendo al suelo con un ruido sordo que apenas fui capaz de oír. Tampoco pude ver claramente lo que pasó después y, en buena parte, hube de deducirlo a partir de los resultados y de lo que me contaron ellas.

Al parecer, John había retrocedido instintivamente algunos pasos tras ver que lo estaba apuntando con la pistola, aunque siempre había conservado su navaja en la mano. Pero luego, al verme flaquear y perder el arma, se había lanzado contra mí como un lobo hambriento que se arroja sobre un toro herido, con su arma y su corazón dispuestos a bañarse en mi sangre. El inquisidor había dejado su lugar al cruzado y el fanatismo místico del sacerdote, al ver en peligro sus designios, se había convertido en mera furia bestial. Pero entonces la propia Daniella, imponiéndose admirablemente al terror que la atenazaba, había conseguido hacerle la zancadilla, introduciendo una de sus piernas entre las de su raptor. Este perdió el equilibrio y volvió a caer el suelo, pero esta vez para no levantarse nunca más. Quiso la suerte que al caer se le clavara su propia navaja en el corazón. Cuando me hube recuperado un poco de mi mareo, me acerqué, tambaleando, a Pamela y a Daniella, las desaté, y luego los tres nos abrazamos llorando. Habíamos visto la muerte muy de cerca, pero al final, en parte gracias a la suerte y en parte gracias al valor de la niña, habíamos conseguido salir con vida de aquella pesadilla. John se había creído un siervo de Dios, pero Él había estado con nosotros (fin del relato de Legrasse)

EPÍLOGO: Varios días después, Daniella Dee, durante el recreo, se dedicaba a desmigajar el pan para echárselo a los gorriones, aparentemente ensimismada y ajena a los ruidosos juegos de sus jóvenes camaradas. Los pajarillos, como es natural, parecían encantados con el banquete, pero al final hubieron de abandonarlo, mal de su grado, cuando un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, bajó del cielo y los expulsó a todos, amenazándolos con sus lúgubres graznidos. Cuando vio al cuervo, Daniella pareció emerger bruscamente de su ensimismamiento y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa se dibujó en su bello rostro de hada, mientras ella le guiñaba un ojo al cuervo. El guiño fue respondido.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Canva.

EL DESCONOCIDO (CUENTO)

Sara tenía quince años y vivía con Rosa, su madre viuda, en las afueras de una pequeña ciudad gallega. Un día, al volver del instituto, le dijo a su madre que un desconocido la había seguido por las calles. Se trataba de un hombre joven, de rostro pálido, pelo castaño y barba de dos días. Rosa se sintió preocupada al oír esto, pero intentó tranquilizar a la muchacha:
-Tranquila, Sara, seguro que ese chico solo era un pobre que quería pedirte dinero. Pero, de todas formas, será mejor que no salgas sola durante algún tiempo, ¿vale?
-Vale, mami. Además, hoy tengo que quedarme en casa para estudiar.
Después de comer, Rosa salió de su casa para ir al trabajo y entonces la abordó un joven desconocido, cuyo aspecto coincidía con el descrito por Sara. Aquel individuo se dirigió a ella con mucha educación:
-Disculpe las molestias, pero le ruego que me permita hablar con su hija. Se trata de algo muy importante.
-¡De eso nada! Déjanos en paz a mi hija y a mí o llamaré a la policía, ¿entendido?
El desconocido no dijo nada, pero, cuando Rosa se hubo alejado, murmuró para sí mismo:
Pues no, guapa, no voy a dejarte en paz. Ni a tu hija tampoco.
Aquella tarde Sara se quedó en su cuarto, intentando repasar apuntes de Historia. Digo “intentando” porque en alguna calle cercana había un perro vagabundo, cuyos largos aullidos le impedían concentrarse. Harta y aburrida, Sara murmuró:
¡Jolín, tío! ¡A ver si alguien te echa un hueso y te atragantas!
Tras proferir aquel deseo tan poco caritativo, abrió la ventana para ver dónde estaba el dichoso perro. Sin embargo, lo que vio fue otra cosa más inquietante: un hombre enmascarado había entrado en el jardín de su casa, con la aparente intención de forzar la puerta y entrar. Sara, asustada, empezó a gritar pidiendo ayuda, pero el intruso consiguió huir antes de que llegaran los vecinos. Aunque Sara no pudo verle la cara, pensó que se trataba del mismo hombre que la había seguido al salir del instituto. La policía no pudo localizarlo, pese a que varios vecinos aseguraron haberlo visto caminando por el barrio poco después del incidente.
Al día siguiente Sara recibió un mensaje de su amiga Nerea, que la invitaba a pasar la tarde en su casa de campo. Rosa la llevó en coche, pero cuando llegaron a su destino no había nadie para recibirlas. Rosa, sorprendida, le dijo a su hija:
Vete a dar una vuelta por ahí, a ver si los encuentras. Yo me quedaré aquí y te llamo al móvil si veo a Nerea, ¿vale?
Vale, mami.
Sara se internó en el bosque, pero no encontró el menor rastro de su amiga ni de sus padres. Decidió volver a la casa, pues le pareció que algo o alguien la vigilaba desde los arbustos. Mientras pasaba enfrente del garaje, creyó oír un gemido ahogado. Entró para echar un vistazo y encontró a su madre, que estaba atada y amordazada, al igual que Nerea y sus padres. Sara intentó liberar a Rosa y a los demás rehenes, pero entonces apareció el enmascarado, que se arrojó sobre ella y le tapó la boca con la mano. Sin embargo, la muchacha consiguió desasirse y, comprendiendo que allí nadie oiría sus gritos de socorro, intentó huir atravesando el bosque.
Primero cobró ventaja sobre su perseguidor, pero luego resbaló y cayó al suelo, haciéndose daño en una rodilla. Al verla indefensa y aterrorizada, el enmascarado sonrió cruelmente y le dijo:
Ahora no tienes escapatoria. ¡Voy a disfrutar como si este fuera el último día de mi vida!
Sí. De hecho, este será el último día de tu vida.
Sara se quedó pasmada cuando vio que quien acababa de hablar era el joven de pelo castaño, que había surgido de la maleza para enfrentarse a su agresor. Ella siempre había dado por hecho que aquel joven desconocido y el enmascarado eran la misma persona, pero estaba equivocada. El criminal sacó una navaja, pero el recién llegado no se asustó, sino que sonrió con tristeza y dijo:
¡Ojalá pudiera evitar esto! Pero no me dejas otra opción. ¡Que Dios nos perdone a ambos!
Entonces se produjo una monstruosa metamorfosis: el muchacho de pelo castaño se transformó rápidamente en un enorme lobo de ojos ardientes. Una vez consumada la transformación, profirió un aullido largo y terrorífico, cuyo tono Sara reconoció, pues ya lo había escuchado anteriormente. Aunque estaba completamente aterrorizada, tuvo una súbita intuición: de la verdad: aquel extraño ser la había seguido hasta allí, pero no para hacerle daño, sino para protegerla.
Aun así, se desvaneció de puro terror cuando vio cómo el lobo mataba al enmascarado.
Ya era casi de noche cuando se despertó. El lobo había desaparecido y de nuevo estaba allí el joven de pelo castaño. Sara, aún asustada, le suplicó:
¡Por favor, no me hagas daño!
El joven sonrió y le dijo:
Tranquila, yo nunca he querido hacerte daño.
¿Quién eres tú?
Depende del momento. Algunas veces soy un hombre solitario y otras un lobo… pero siempre un amigo de quienes se hallan en peligro. Ayer sentí que te seguía una sombra maligna e intenté advertirte para que tuvieras cuidado, pero tu madre y tú misma malinterpretasteis mis intenciones. Ahora esa sombra ya ha desaparecido y debo marcharme.
Dicho esto, el joven se levantó y se dirigió hacia el bosque. Sara le dijo:
¡Espera, por favor! Me has salvado la vida y ni siquiera sé cómo te llamas.
El joven se volvió, la miró sonriente y le dijo:
—Un lobo no tiene nombre.
Dicho esto, desapareció entre las sombras del bosque.
Poco después, Sara llegó cojeando al garaje y liberó a los prisioneros, empezando por su madre. Rosa, llorando de emoción, abrazó a su hija y le preguntó:
¿Y qué fue de aquel hombre, del enmascarado?
Sara no sabía mentir, pero tampoco tenía por qué hacerlo:
Lo mató un lobo.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL BAKENEKO (MICRORRELATO)

 

A mediados del siglo XIX tuvieron lugar en Hokkaido unos misteriosos asesinatos, que las gentes sencillas atribuyeron al Bakeneko, el gato-vampiro de las leyendas japonesas. Los cadáveres de varios hombres habían aparecido tendidos sobre charcos de sangre, con heridas en el cuello semejantes a las que podrían infligir los colmillos de una fiera. También las huellas que se veían cerca de los cadáveres parecían pertenecer a un enorme felino de especie desconocida. Entonces la sacerdotisa del santuario local decidió contratar a un ronin (samurái sin amo) llamado Yosuke Takeda, para que investigara el caso.
Cuando llegó al escenario del último crimen, Takeda examinó las huellas del Bakeneko, aún bien visibles sobre la capa de nieve que cubría el suelo. Examinando la distinta profundidad de algunas pisadas respecto a otras, Takeda dedujo que el Bakeneko no mataba al azar, sino que aguardaba pacientemente a sus víctimas, oculto entre los árboles. El rastro desaparecía súbitamente en la orilla de un río cercano, como si el monstruo se hubiera marchado volando. Pero el ronin tenía otras ideas:
-Toda esa leyenda del Bakeneko no es más que una estúpida superstición. Es evidente que el asesino huyó caminando sobre la superficie helada del río, donde sus huellas no quedaron marcadas. Pero un animal de gran tamaño o un hombre adulto no se atreverían a correr ese riesgo, pues el hielo no aguantaría el peso de un cuerpo voluminoso. Por otra parte, un niño nunca habría podido cometer esos crímenes, que son propios de un asesino experto. Entonces el homicida solo puede ser una mujer. Y, por lo que sé, la única muchacha de la aldea que tiene conocimientos de artes marciales es…
Cuando Takeda llegó al santuario local, no encontró a la sacerdotisa, pero sí una bolsa llena de monedas de oro, debajo de la cual había un mensaje para él:
“Honorable Takeda-sano, si está leyendo estas líneas es que ya sabe que yo soy el Bakeneko. En tal caso, usted merece su paga, igual que todas mis víctimas merecían morir por haber abusado de mí cuando era una niña pobre e indefensa. Enhorabuena y hasta nunca”.
Junto a la bolsa, Takeda vio unos guantes armados con cuchillas y unas botas de suela especial, preparadas para producir, respectivamente, heridas y huellas como las que hubiera dejado un gato gigante. Nunca más volvió a saberse de la sacerdotisa.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

LA GÉNESIS DEL MAL (CUENTO)

Louisiana, 1860: Cuando los excesos alcohólicos extinguieron la vida del acaudalado terrateniente John Marlowe, su hijo Henry se convirtió en el dueño de la plantación y en el tutor legal de su hermana Virginia. Todo pintaba bien para él, pero una conversación informal con el abogado de la familia, previa a la lectura del testamento, le deparó una desagradable sorpresa: según las disposiciones de su padre, Henry debía compartir la hacienda con Jack Dulac, un pariente pobre de la familia, recogido por el difunto señor Marlowe en su primera infancia. Pero el nuevo propietario, que siempre había sentido hacia Jack una profunda (y mutua) antipatía, sobornó al abogado para que falsificase el testamento, reduciendo la herencia de Jack a un modesto legado económico. Por otra parte, Henry le dejó claro a Jack que solo podría quedarse en la mansión familiar como intendente a su servicio, lo cual hirió hondamente su orgullo. El ofendido muchacho abandonó la plantación tras despedirse de Virginia, la única que lloró su marcha. Se estableció en la posada del pueblo cercano y, carente de un objetivo en la vida, no tardó en malgastar su herencia entregándose al juego y al alcohol. 

Una noche, mientras salía tambaleándose de una sucia taberna, se encontró con una vieja mulata, que vivía en una choza del pantano y de la cual se decía que era una bruja. Jack apenas la conocía, aunque creía recordar que había sido esclava en la plantación de los Marlowe antes de ser manumitida. Por su parte, la vieja parecía conocer muy bien a Jack, a quien le dijo sin el menor preámbulo:

Sé que has sido víctima de una injusticia, pero, si aceptas mi ayuda, yo te convertiré en el nuevo amo de la plantación.

¡Vaya! ¿Y puede saberse cuál es el precio de tu ayuda? Porque ahora mismo no tengo ni un centavo.

Pronto serás rico, pero esa no es la cuestión. Yo no quiero nada de ti, salvo que me hagas una promesa: cuando seas el dueño de la mansión, debes alejar de ti a Virginia. Envíala a un internado, cásala con alguien, haz lo que quieras con ella… pero no la mantengas cerca de ti bajo ningún concepto.

¿Pero qué tienes tú contra Virginia? Ella siempre ha sido buena con todo el mundo.

No se trata de que sea buena o mala. Mientras viva contigo alguien que se apellide Marlowe, nadie te considerará el verdadero amo.

Jack, medio borracho, asintió y prometió alejar de sí a Virginia, aunque realmente no esperaba gran cosa de aquella vieja charlatana.

Al día siguiente Henry Marlowe murió tras beber una botella de ron que alguien había envenenado. A falta de otros parientes más próximos, y teniendo en cuenta que las leyes de la época no permitían heredar a las mujeres, Jack Dulac se convirtió efectivamente en el nuevo y acaudalado propietario de la plantación. Pero, en vez de cumplir su promesa, no solo mantuvo consigo a Virginia, sino que además la convirtió en su esposa. Cuando se hizo público su compromiso, la bruja del pantano intentó acceder a la mansión para reprocharle su traición, pero los criados le vedaron el paso y la expulsaron sin demasiados miramientos.

Durante algunos meses Jack, ahora rico y respetado, vivió feliz en compañía de Virginia, quien no tardó en quedarse embarazada. Al contrario de lo que había pronosticado la bruja, nadie ponía en duda su autoridad y la relación entre los jóvenes esposos era plenamente armoniosa. Pero, cuando llegó el momento del parto, las cosas se torcieron fatalmente. El niño murió poco después de nacer y Virginia, destrozada por el dolor, sufrió una terrible depresión. Algún tiempo después encontraron su cadáver flotando en el estanque del jardín. Para poder enterrarla en tierra sagrada, se certificó que su muerte había sido accidental, pero la verdad era evidente para todos.

Jack, que ya había sufrido mucho con la pérdida de su hijo, no pudo resistir el dolor y se planteó imitar a su esposa. Pero antes de morir quería ajustar cuentas con la bruja del pantano, a la que acusaba de haberlo maldecido como castigo por su traición.

Un día se adentró en el pantano con un cuchillo en la mano. No tardó en localizar la cabaña de la bruja, que en aquel momento estaba preparando un guiso para la cena. El intruso entró discretamente en la choza y mató a la anciana, destripándola a cuchilladas antes de que ella pudiera gritar o defenderse.

Jack iba a marcharse de la cabaña cuando llamó su atención una Biblia protestante, único libro que la bruja poseía. Era una posesión bastante llamativa, pues los negros generalmente no sabían leer. Jack pensó que quizás ella la había robado y la tomó, para devolvérsela a su legítimo dueño si encontraba su nombre en alguna parte. Resulta que aquella Biblia había pertenecido al mismísimo John Marlowe, cuya firma figuraba en la primera página bajo las siguientes palabras:

“Querida Marie, ahora que eres libre ya no volveremos a vernos, pero yo nunca te olvidaré. Te prometo que cuidaré de nuestro hijo, el pequeño Jack, y, para evitarle problemas, les diré a todos que es un huérfano recogido por caridad. Por suerte, su piel, aunque morena, puede pasar por la de un hombre blanco que se ha tostado bajo el fuerte sol de Louisiana, así que nadie tiene por qué sospechar la verdad. Solo te pido que, si alguna vez te encuentras con él, no le reveles su verdadero origen”.

Jack comprendió: aquella bruja, su verdadera madre, nunca lo había maldecido. Su hijo había muerto porque, siendo el fruto de un incesto, del pecado que ella había intentado evitar sin incumplir la petición de John Marlowe, carecía de defensas naturales frente a una enfermedad de transmisión genética.

Sabiéndose reo de matricidio e incesto, quizás los dos peores pecados que puede cometer un hombre, Jack perdió el juicio y abandonó para siempre su tierra natal, enrolándose en Nueva Orleans como simple marinero. Ahora sí que estaba maldito y tendría que arrastrar su condena durante toda la eternidad, tanto en esta vida como en muchas otras.

Londres, 1888: Un mercante procedente del Caribe atracó en el puerto de East London y el cirujano, un anciano misterioso y taciturno llamado Jack (todos ignoraban o habían olvidado su apellido), le dijo al capitán que deseaba abandonar el barco para establecerse en tierra firme. Nadie lo echaría de menos, pues, aunque era un buen profesional, su mal carácter y su afición a destripar animales vivos le habían ganado la hostilidad de todos sus compañeros. Tras desembarcar, Jack se encaminó hacia el barrio de Whitechapel y no tardó en perderse entre la niebla.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

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