UN RAPTO (MICRORRELATO)

 

Una niña de diez años había sido raptada por los miembros de cierta secta diabólica. Estos eran adoradores del "Dios Oscuro", el cual, según sus propias palabras, les había reclamado “un sacrificio de carne humana”. Poco después unos agentes de policía fueron alertados por los amigos de la niña, únicos testigos del rapto. Los agentes irrumpieron en la sede de la secta, temerosos de que el sacrificio ya se hubiera consumado, en cuyo caso la pobre niña habría sido asesinada por sus captores... o quizás devorada por algún monstruo atroz, en el caso de que hubiera algo tangible tras ese supuesto "Dios Oscuro". Como no podía ser de otra forma, se sintieron muy satisfechos cuando encontraron a la niña sana y salva, en la cámara secreta donde la habían encerrado los sectarios. Pero un minuto más tarde todos los policías estaban muertos. En realidad, el sacrificio ya se había consumado. Lo que no habían entendido es que el dios no quería carne humana como alimento, sino como vestidura.

Texto. Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

LA PESADILLA (MICRORRELATO)

 

Dormí y soñé. Ahora bien, mis sueños fueron, poco a poco, convirtiéndose en pesadillas.
No tardé mucho en alcanzar el supremo clímax del horror, después del cual mis únicas opciones serían despertarme de inmediato o perder la cordura para siempre. Había soñado que una inmensa horda de abominaciones simiescas pululaba enloquecida sobre la faz de la Tierra, arrasándolo todo en una interminable explosión de crueldad irracional y sin sentido.
Aquellas criaturas sanguinarias y despiadadas, ajenas a todo sentimiento de compasión, incluso entre ellas mismas, no hacían otra cosa que torturar, corromper y destruir, ennegreciendo los mares y los cielos con sus exhalaciones mortíferas, extendiendo la aridez del desierto por las que antaño fueran verdes selvas, preñadas de vida, y transformando los ríos de aguas cristalinas en cenagales hediondos.
Incapaz de soportar durante mucho tiempo tales atrocidades, no tardé en despertarme. Pero entonces me percaté, horrorizado, de que mi pesadilla se había convertido en una terrible realidad, del mismo modo que la vida real a menudo acaba convirtiéndose en una pesadilla.
Sin embargo, no me dejé llevar por el pánico, pues sabía que aquellas bestias sanguinarias, aunque indeciblemente feroces y perversas, también eran débiles y necias. Así pues, pronto abandonaré el silencio y la quietud de mi lecho para iniciar el higiénico exterminio de esos seres abyectos.
Sé muy bien que esa, y no otra, es la misión que me han encomendado los Hados inexorables, a mí, al Gran Cthulhu, único capacitado para salvar al mundo de esas obscenas sabandijas, que, según creo, se autodenominan “hombres”.
TEXTO: JAVIER FONTENLA, BASADO EN LA OBRA DE H. P. LOVECRAFT.
IMAGEN: PIXABAY.

EL DESPERTAR (MICRORRELATO)

Según el veraz testimonio de Lovecraft, Cthulhu era un dios terrible que dormía y soñaba en el fondo del mar, pero que algún día se despertaría para destruir a la Humanidad. Nadie se tomó en serio esta leyenda, hasta que unos científicos dedicados al estudio de la fauna abisal hallaron, por pura casualidad, la ciudad sumergida donde Cthulhu dormía desde los albores del mundo. Las naciones, aterradas, enviaron allí una poderosa flota militar, cuya misión era matar a Cthulhu antes de que este se despertara y destruyera a la raza humana. Cuando los primeros torpedos alcanzaron su cuerpo, Cthulhu se estremeció, como un durmiente acosado por pesadillas, y abrió los ojos. Entonces los torpedos, los barcos, las naciones que los habían enviado y el mundo entero desaparecieron para siempre. Al despertar a Cthulhu habíamos provocado nuestro propio fin. Él nunca había querido destruirnos, el problema es que solo existíamos en sus sueños y, al despertarse, había dejado de soñarnos.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL SUEÑO DE BRAIS

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Una noche el pequeño Brais soñó que era un explorador y que encontraba en medio de la selva un enorme dinosaurio carnívoro, que empezó a perseguirlo con malas intenciones. Pronto se despertó en su cuarto, pero al abrir los ojos se llevó una desagradable sorpresa: como en el cuento de Augusto Monterroso, el dinosaurio “todavía estaba allí”, al lado de su cama. Por suerte, debía de ser uno de esos dinosaurios que solo pueden ver a sus presas mientras se mueven, gracias a lo cual el niño consiguió despistarlo permaneciendo completamente inmóvil en su cama. Claro que no podía seguir así toda la vida, porque antes o después tendría que levantarse para ir al colegio. Y entonces…

A pesar de estar aterrorizado, Brais tuvo suficiente ánimo para pensar que aquello no podía estar sucediendo de verdad, pues era imposible que hubiera un dinosaurio vivo en su ciudad. Y tampoco era verosímil que un animal tan grande hubiera conseguido colarse en su cuarto, siendo la puerta y las ventanas demasiado estrechas para un cuerpo como el suyo. Brais llegó a la conclusión de que al salir de su sueño anterior no había vuelto a la realidad, sino que había caído en otro sueño distinto. Así que cerró los ojos y se dijo muchas veces “quiero despertar de verdad, no quiero seguir soñando”, hasta que por fin dejó de sentir la amenzante proximidad del dinosaurio. Entonces, considerándose completamente despierto, se atrevió a abrir los ojos y vio que, efectivamente, el dinosaurio ya no estaba allí. Pero lo malo es que tampoco estaban ni su cuarto, ni su casa, ni su familia, ni su ciudad, ni apenas él mismo... A su alrededor todo era un vacío absoluto, una nada oscura y desoladora en la cual él solo era una fantasma sin cuerpo ni nombre. Entonces comprendió que toda su vida anterior, su mundo y su “realidad” nunca habían sido nada más que otros tantos sueños. Asustado por aquella terrible revelación, optó por cerrar los ojos de nuevo y recuperar aquellos sueños consoladores en los cuales él era un niño de carne y hueso. Esa ilusión le parecía preferible a saberse un espíritu perdido en medio de la nada, aunque en sus sueños tuviese que aguantar los caprichos de su hermana imaginaria y, de vez en cuando, algún dinosaurio consiguiera colarse en su cuarto.


LOS RECUERDOS DE CIMERIA

 


Texto: Robert Ervin Howard y Javier Fontenla (adaptación). Imagen: Pixabay.

Una brumosa mañana de otoño, mientras caminaba por los montes de Mende entre pinos de oscuros troncos y rocas teñidas de musgo, oí cantar esta canción a los espíritus del bosque.

Recuerda los oscuros pinos que crecían en las laderas de las colinas, las grisáceas neblinas que siempre cubrían el cielo, los melancólicos ríos que fluían silenciosos, el viento que silbaba entre las colinas... Aquella era nuestra triste tierra, donde los árboles sin hojas se estremecían agitados por el cierzo, donde los negros bosques extendían sus sombras hasta el fin del mundo. Hemos olvidado nuestros nombres, mas aún recordamos, como sombras de un sueño, la vieja hacha y las armas de piedra, las cacerías y las batallas. También recordamos el silencio de nuestra tierra oscura, las nubes que cubrían las colinas, las sombras de los bosques sin fin. Así era Cimeria, la tierra de las tinieblas y de la noche eterna. ¿Cuántas veces más tendremos que morir para olvidar estos recuerdos, que hacen de nosotros fantasmas de tiempos olvidados? Pues en nuestros corazones siempre encontraremos los sueños de Cimeria, la tierra de las tinieblas y de la noche eterna”.

Entonces cantó un pájaro, los espíritus callaron y yo seguí caminando.

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Mi nombre es Sara Lena, nací un día de primavera en la ciudad de México, soy autora de dos libros que forman una saga que, aunque ya está p...