Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Laura Cid era, a sus catorce años, una chica muy normal: vivía con sus padres en una sencilla pero acogedora casita en las afueras de Ourense, estudiaba 3º de ESO en un instituto público, se llevaba bien con todo el mundo y estaba secretamente enamorada de un compañero de clase llamado Brais Vázquez. Sin embargo, había un pequeño detalle que la apartaba de la normalidad absoluta: por las noches, después de dormirse, su mente se sumergía en extraños e intrincados sueños, normalmente triviales y a veces singularmente dramáticos, pero siempre mucho más complejos y realistas que los sueños de otras personas. Cuando se despertaba, Laura se sentía tan confusa que le costaba diferenciar sus recuerdos oníricos de los reales y a menudo sorprendía a sus padres durante el desayuno, al hablar con toda naturalidad de cosas que nunca habían sucedido salvo en su propia imaginación. La madre de Laura, que era una mujer muy práctica y racionalista, se sentía disgustada por esa tendencia de la niña a confundir la fantasía con la realidad e incluso hablaba de llevarla al psicólogo. En cambio, su padre, que era (sin llegar a los extremos de su hija) un hombre imaginativo y soñador, le quitaba hierro al asunto y decía que no se deberían menospreciar los sueños, pues estos pueden influir sobre la realidad. A continuación, como era un hombre culto, hablaba del arte surrealista, del “Kubla Khan” Coleridge y de “La antigua raza” de H. P. Lovecraft. Y su esposa, que quería que Laura fuera ingeniera de telecomunicaciones y no pintora surrealista, fruncía el ceño y mandaba a paseo al bueno del señor Cid.
Una noche, Laura tuvo el sueño más
extraño, dramático, complejo y realista de toda su vida. Se soñó a sí misma
siendo “mayor” (pero no demasiado, con unos veinte años o pocos más), caminando
por un lugar desconocido al lado de un atractivo muchacho rubio, que solo podía
ser una versión adulta de su adorado Brais Vázquez.
Laura nunca había querido ser ingeniera,
como deseaba su madre, ni mucho menos pintora o poeta, como auguraba su padre,
sino bióloga, para así poder viajar a lugares lejanos a estudiar la vida de los
animales salvajes. Al parecer, en aquel sueño se había cumplido su deseo: tanto
ella como Brais eran dos jóvenes zoólogos destinados por la universidad a un
remoto lugar de la selva amazónica para realizar investigaciones científicas.
Habían pasado el día fotografiando pájaros exóticos en las profundidades de la
selva y caminaban por un angosto sendero entre árboles sombríos, de vuelta al
lugar donde se hallaba instalado su campamento base. Aunque el ambiente era
salvaje y un tanto sobrecogedor, sonreían y charlaban tranquilamente, como si
estuvieran paseando por un parque urbano y no por aquella selva primordial
donde, sin duda, acechaban numerosos peligros. Y así hasta que tuvieron que
atravesar un río, no muy profundo, pero sí bastante ancho. Mientras Laura
caminaba cautelosamente sobre el lecho fluvial, procurando no resbalar, oyó a
su izquierda un chapoteo que llamó su atención. Torció el cuello para mirar y
se quedó pálida como una muerta cuando distinguió a escasos metros de ella la
cabeza de una gran anaconda. En un acto reflejo, Brais tomó su rifle y disparó
varias veces contra el reptil, que, herido de muerte, se hundió en las
ensangrentadas aguas del río. Entonces, ambos jóvenes vieron flotar sobre el
agua el cadáver de un enorme caimán, al que la anaconda, antes de morir, había
atrapado y asfixiado entre sus anillos. Laura, aún pálida de miedo y muy
sorprendida, le dijo a su amigo:
—¡Es extraño! La anaconda no solo no
quería atacarnos, sino que, de hecho, nos ha salvado la vida. De no ser por
ella, ese caimán hubiera podido hacernos trizas.
Brais no dijo nada e instó a Laura a
apresurarse mediante un gesto imperioso. Estaba visto que aquel río era
peligroso y a él ya no le quedaban balas.
Ya habían olvidado el asunto cuando
llegaron a una aldea india, por la que debían pasar de camino hacia el
campamento. Aquellos indios, aunque primitivos y supersticiosos, eran
normalmente pacíficos e incluso amables, pero en aquella ocasión recibieron a
los muchachos con visibles muestras de hostilidad. Varias mujeres lloraban
desconsoladas en torno al cuerpo lívido e inmóvil de un niño pequeño, que había
muerto envenenado por la mordedura de una víbora. Era la primera vez que pasaba
algo así desde que la tribu se había establecido en aquella selva sagrada, pues
existía un pacto ancestral entre ellos y las serpientes de la selva: los
hombres debían respetar a las serpientes y estas, a su vez, los respetarían a
ellos. Pero alguien había roto el pacto y las serpientes habían iniciado su
venganza. La muerte del niño solo había sido un aviso, pero, si el infractor no
era castigado antes del anochecer, el Dios Yig, padre de todas las serpientes,
lanzaría su implacable maldición sobre el mundo entero, con consecuencias
impredecibles. De alguna manera inexplicable, los indios parecían saber que
Brais había sido el responsable de su desgracia, pues este había ofendido a Yig
matando a una de sus hijas. Por tanto, el muchacho debía morir antes de que
cayera la noche o, de lo contrario, toda la tribu sufriría las iras del dios.
Brais y Laura aún no habían entendido nada cuando varios guerreros de fuertes
músculos se arrojaron sobre ellos como animales enloquecidos y los
inmovilizaron como si fueran dos niños pequeños. Brais intentó defenderse, pero
un guerrero colosal lo dejó sin sentido mediante un brutal mazazo en la frente.
Laura lanzó un grito de terror, pero otro indio la derribó de un manotazo, que
la dejó aturdida. Mientras varios guerreros se llevaban a la selva al
inconsciente Brais, Laura fue encerrada en una cabaña de madera, para que no
pudiera pedir ayuda a los demás miembros de la expedición, que se habían
quedado en el campamento e ignoraban completamente lo que estaba sucediendo.
Tras recuperarse del golpe que había
recibido, Laura pasó un buen rato sumida en la desesperación, aporreando la
puerta de la cabaña y pidiendo auxilio a gritos, sin que nadie le hiciera el
menor caso. Luego, algo más serena o simplemente agotada, decidió que debía confiar
en sí misma para huir de allí y salvar a Brais. Examinó uno por uno los
tablones de las paredes y vio que uno estaba algo flojo, de modo que podría
retirarlo sin demasiado esfuerzo.
El indio que custodiaba la cabaña donde
habían encerrado a Laura advirtió, con su fino oído de habitante de la selva,
unos ruidos extraños procedentes del interior del edificio. Decidió entrar para
echar un vistazo, pero, nada más penetrar en la cabaña, un fuerte golpe en la
cabeza lo dejó sin sentido. En un principio, Laura había pensado retirar el
tablón para huir por el hueco, pero, como este era demasiado estrecho, había
cambiado de idea. Tras llamar la atención del indio y dejarlo inconsciente
golpeándolo con el tablón, le arrebató su cuchillo y lo dejó allí, bien atado y
amordazado. Laura salió de la cabaña sin que nadie la viera, pues los aldeanos,
temerosos de las represalias del Dios Serpiente, se habían encerrado en sus
hogares antes de lo habitual. Aún era de día y Laura dudó entre ir al
campamento a buscar ayuda o buscar a Brais para salvarlo de la suerte que le
hubieran reservado los adoradores de Yig. Finalmente, optó por lo segundo, pues
el campamento estaba lejos y, en cambio, Brais debía de estar cerca, pues aún
no habían pasado quince minutos desde que se lo habían llevado. En cuanto al
camino que debía seguir para encontrarlo, la cosa estaba fácil, pues solo había
uno: la aldea estaba rodeada de maleza impenetrable por doquier, dejando aparte
un angostísimo sendero, donde todavía se distinguían numerosas huellas de pies
descalzos sobre el húmedo suelo limoso. Durante interminables minutos de miedo
y angustia, Laura caminó lo más deprisa posible por aquel sendero infernal, con
los pies hundidos en el cieno hasta los tobillos y su piel sudorosa
despiadadamente lacerada por las ramas espinosas de los arbustos. En un momento
dado, creyó oír el eco de unos pasos que se acercaban y apenas tuvo tiempo para
refugiarse entre la maleza, antes de que pasaran por allí varios guerreros
indios. Estos eran los mismos guerreros que se habían llevado a Brais y,
aparentemente, estaban volviendo a la aldea, pero Brais no iba con ellos. Laura
estuvo a punto de gritar de puro horror al pensar que su amigo había sido
asesinado, pero el miedo a ser descubierta y un rayo de esperanza la ayudaron a
contenerse. Vio que los machetes y las lanzas de los indios no tenían manchas
de sangre, por lo cual era probable que Brais siguiera vivo. Pero, en tal caso,
¿qué habrían hecho con él? Si solo quisieran mantenerlo prisionero, lo habrían
encerrado en alguna cabaña de la aldea, como habían hecho con ella, y no se lo
hubieran llevado a la selva. Los indios hablaban entre ellos y, aunque Laura no
entendía su lengua, creyó distinguir una palabra que había oído otras veces,
normalmente susurrada con temor: era el nombre de una charca situada en el
mismo corazón de la selva, donde se decía que acechaban grandes boas. Los
indios temían tanto ese lugar que no solían pronunciar su nombre sin una buena
razón, lo cual hizo pensar a Laura que quizás habían dejado allí a Brais, para
que las boas lo devorasen. Tenía sentido, pues, si Brais había ofendido al dios
de las serpientes, debían ser estas y no los hombres los que le hicieran pagar
por su crimen. Una vez que los indios se marcharon, Laura salió de su escondrijo
y retomó su camino. Pese a estar casi agotada, apuró el paso, pues tenía que
llegar a aquella charca maldita antes de que la noche se extendiera sobre la
selva. Ya se aproximaba el crepúsculo cuando Laura, jadeante y completamente
extenuada, llegó a la orilla de la charca. Brais había sido atado a un árbol
cuyas raíces se sumergían en aquellas aguas limosas y malolientes, preñadas de
sanguijuelas, y los indios lo habían golpeado varias veces, no solo para
aturdirlo, sino para que el olor de la sangre que huía de sus heridas atrajera
a las serpientes del pantano. Pese a estar medio mareada de cansancio y terror,
Laura no lo dudó: cortó las ligaduras del inconsciente Brais y, aunque no pudo
evitar que su cuerpo inerte cayera al agua, lo sacó rápidamente, antes de que
se ahogara, aunque para arrastrarlo hacia la orilla tuvo que invertir todas las
fuerzas que le quedaban. Brais seguía sin sentido y Laura estaba demasiado
cansada para reanimarlo, así que se limitó a sentarse a su lado y a esperar a
que la brisa fresca del atardecer lo ayudara a recuperar el sentido. Pero
entonces la muchacha oyó un sonido sibilante que puso todos sus nervios en
guardia. Pese a su estado de agotamiento, sus últimas reservas de adrenalina le
permitieron reaccionar a tiempo y, casi automáticamente, clavó su cuchillo en
la cabeza de una enorme serpiente, que había salido de las aguas del pantano
con la inequívoca intención de atacarlos. Los últimos coletazos del animal
removieron furiosamente las aguas del pantano, pero pronto se quedó inmóvil
para siempre. Laura no pudo contener un grito de alegría cuando vio morir al
monstruo, aunque no ignoraba que su muerte la había convertido también a ella
en una enemiga del Dios Serpiente. Pero no le importaba: cuando Brais se
recuperase, iniciarían el camino hacia el campamento, sin temor a los indios,
que nunca se alejaban de su aldea tras el anochecer. Sería una caminata larga y
fatigosa, pero el peligro ya había pasado y, al día siguiente, aquella
pesadilla habría terminado definitivamente.
Pero aquella pesadilla estaba destinada
a terminar antes de lo que pensaba Laura: aún no se había puesto el sol cuando
una espesa sombra, que no era la de la noche, cayó sobre la selva, haciendo
enmudecer a los pájaros y a los monos. Laura, sorprendida por aquella brusca
oscuridad, alzó sus ojos hacia el cielo y entonces no pudo contener un
desgarrador grito de horror: un enorme monstruo, semejante a una serpiente
gigante de miembros horrendamente antropomorfos, había surgido de la nada y la
observaba con sus despiadados ojos negros, desde una altura superior a la de
los más soberbios árboles de la selva…
Laura se despertó gritando, pero sus
padres, acostumbrados a sus pesadillas, no le hicieron caso. Una vez que la
muchacha se tranquilizó, suspiró y retomó el sueño, agradeciendo a un Dios más
benévolo que Yig que todo hubiera sido una fantasía. Al día siguiente, a la
hora de comer, Laura les contó a sus padres lo que había soñado y, como de
costumbre, su madre puso mala cara, mientras que su padre escuchó su historia
con un interés algo morboso. Tras finalizar la relación de los hechos, Laura
dudó y dijo:
—Durante el sueño siempre pensé que el
chico que estaba conmigo era Brais, el de mi clase, pero ahora no estoy segura.
Brais tiene los ojos castaños, mientras que aquel chico los tenía grises. Y ni
siquiera estoy segura de que en mi sueño yo fuera realmente yo. Soy zurda y,
sin embargo, estoy segura de que el cuchillo lo llevaba en la mano derecha.
¡Esto es muy raro!
El padre de Laura meditó en silencio durante
unos segundos y luego dijo, con aparente seriedad:
—Creo que tu sueño no fue un verdadero
sueño, sino que, mientras dormías, tu mente penetró, de algún modo
inexplicable, en los pensamientos de otra persona. Así, lo que sucedió en tu
“sueño” fue algo que pasó en el mundo real, pero no te pasó a ti, sino a
alguien que ni siquiera conoces. Mientras aquí era de noche, en Sudamérica aún
era de día, por eso…
La madre de Laura interrumpió a su
marido con su grito:
—¡Cállate, Ramón! Era lo que faltaba, ya
es bastante fantasiosa esta niña para que tú, encima, le metas ideas raras en
la cabeza. No quiero oír nada más de sueños ni de tonterías por el estilo. Y
tú, Laura, si estudiaras más y vieras menos películas de terror, seguro que no
tendrías tantas pesadillas,
Aún enfadada, la madre de Laura encendió
la televisión, para ver si las noticias del telediario introducían algo de
normalidad y realismo en la conversación. Pero sucedió justo lo contrario.
La joven periodista María Dapía,
presentadora del telediario de las tres, contó, con voz tensa, una noticia de
última hora que estaba aterrorizando al mundo entero: en la selva amazónica
había aparecido un enorme monstruo semejante a un hombre-serpiente, que se
estaba acercando a la ciudad de Manaos sin que ni nadie pudiera detenerlo.
Pocas horas antes, había destruido completamente una aldea india, matando a
todos sus habitantes, y también se le atribuía la misteriosa desaparición de
dos universitarios estadounidenses, un muchacho de veintidós años llamado Brian
Baker y una chica de veinte, llamada Laura Dyck. Según sus compañeros, ambos
habían salido de su campamento para fotografiar pájaros y no habían regresado.
Para colmo de males, todas las serpientes del mundo parecían haberse vuelto
locas y se estaban produciendo ataques de víboras en todas partes, incluso en
España, donde las urgencias hospitalarias se hallaban colapsadas por ese
motivo.
Mientras Laura y su madre oían
estupefactas aquellas aterradoras noticias, el señor Cid murmuró para sí mismo:
—Pues sí, los sueños pueden influir
sobre la realidad… y viceversa.




