EL DESCONOCIDO (CUENTO)

Sara tenía quince años y vivía con Rosa, su madre viuda, en las afueras de una pequeña ciudad gallega. Un día, al volver del instituto, le dijo a su madre que un desconocido la había seguido por las calles. Se trataba de un hombre joven, de rostro pálido, pelo castaño y barba de dos días. Rosa se sintió preocupada al oír esto, pero intentó tranquilizar a la muchacha:
-Tranquila, Sara, seguro que ese chico solo era un pobre que quería pedirte dinero. Pero, de todas formas, será mejor que no salgas sola durante algún tiempo, ¿vale?
-Vale, mami. Además, hoy tengo que quedarme en casa para estudiar.
Después de comer, Rosa salió de su casa para ir al trabajo y entonces la abordó un joven desconocido, cuyo aspecto coincidía con el descrito por Sara. Aquel individuo se dirigió a ella con mucha educación:
-Disculpe las molestias, pero le ruego que me permita hablar con su hija. Se trata de algo muy importante.
-¡De eso nada! Déjanos en paz a mi hija y a mí o llamaré a la policía, ¿entendido?
El desconocido no dijo nada, pero, cuando Rosa se hubo alejado, murmuró para sí mismo:
Pues no, guapa, no voy a dejarte en paz. Ni a tu hija tampoco.
Aquella tarde Sara se quedó en su cuarto, intentando repasar apuntes de Historia. Digo “intentando” porque en alguna calle cercana había un perro vagabundo, cuyos largos aullidos le impedían concentrarse. Harta y aburrida, Sara murmuró:
¡Jolín, tío! ¡A ver si alguien te echa un hueso y te atragantas!
Tras proferir aquel deseo tan poco caritativo, abrió la ventana para ver dónde estaba el dichoso perro. Sin embargo, lo que vio fue otra cosa más inquietante: un hombre enmascarado había entrado en el jardín de su casa, con la aparente intención de forzar la puerta y entrar. Sara, asustada, empezó a gritar pidiendo ayuda, pero el intruso consiguió huir antes de que llegaran los vecinos. Aunque Sara no pudo verle la cara, pensó que se trataba del mismo hombre que la había seguido al salir del instituto. La policía no pudo localizarlo, pese a que varios vecinos aseguraron haberlo visto caminando por el barrio poco después del incidente.
Al día siguiente Sara recibió un mensaje de su amiga Nerea, que la invitaba a pasar la tarde en su casa de campo. Rosa la llevó en coche, pero cuando llegaron a su destino no había nadie para recibirlas. Rosa, sorprendida, le dijo a su hija:
Vete a dar una vuelta por ahí, a ver si los encuentras. Yo me quedaré aquí y te llamo al móvil si veo a Nerea, ¿vale?
Vale, mami.
Sara se internó en el bosque, pero no encontró el menor rastro de su amiga ni de sus padres. Decidió volver a la casa, pues le pareció que algo o alguien la vigilaba desde los arbustos. Mientras pasaba enfrente del garaje, creyó oír un gemido ahogado. Entró para echar un vistazo y encontró a su madre, que estaba atada y amordazada, al igual que Nerea y sus padres. Sara intentó liberar a Rosa y a los demás rehenes, pero entonces apareció el enmascarado, que se arrojó sobre ella y le tapó la boca con la mano. Sin embargo, la muchacha consiguió desasirse y, comprendiendo que allí nadie oiría sus gritos de socorro, intentó huir atravesando el bosque.
Primero cobró ventaja sobre su perseguidor, pero luego resbaló y cayó al suelo, haciéndose daño en una rodilla. Al verla indefensa y aterrorizada, el enmascarado sonrió cruelmente y le dijo:
Ahora no tienes escapatoria. ¡Voy a disfrutar como si este fuera el último día de mi vida!
Sí. De hecho, este será el último día de tu vida.
Sara se quedó pasmada cuando vio que quien acababa de hablar era el joven de pelo castaño, que había surgido de la maleza para enfrentarse a su agresor. Ella siempre había dado por hecho que aquel joven desconocido y el enmascarado eran la misma persona, pero estaba equivocada. El criminal sacó una navaja, pero el recién llegado no se asustó, sino que sonrió con tristeza y dijo:
¡Ojalá pudiera evitar esto! Pero no me dejas otra opción. ¡Que Dios nos perdone a ambos!
Entonces se produjo una monstruosa metamorfosis: el muchacho de pelo castaño se transformó rápidamente en un enorme lobo de ojos ardientes. Una vez consumada la transformación, profirió un aullido largo y terrorífico, cuyo tono Sara reconoció, pues ya lo había escuchado anteriormente. Aunque estaba completamente aterrorizada, tuvo una súbita intuición: de la verdad: aquel extraño ser la había seguido hasta allí, pero no para hacerle daño, sino para protegerla.
Aun así, se desvaneció de puro terror cuando vio cómo el lobo mataba al enmascarado.
Ya era casi de noche cuando se despertó. El lobo había desaparecido y de nuevo estaba allí el joven de pelo castaño. Sara, aún asustada, le suplicó:
¡Por favor, no me hagas daño!
El joven sonrió y le dijo:
Tranquila, yo nunca he querido hacerte daño.
¿Quién eres tú?
Depende del momento. Algunas veces soy un hombre solitario y otras un lobo… pero siempre un amigo de quienes se hallan en peligro. Ayer sentí que te seguía una sombra maligna e intenté advertirte para que tuvieras cuidado, pero tu madre y tú misma malinterpretasteis mis intenciones. Ahora esa sombra ya ha desaparecido y debo marcharme.
Dicho esto, el joven se levantó y se dirigió hacia el bosque. Sara le dijo:
¡Espera, por favor! Me has salvado la vida y ni siquiera sé cómo te llamas.
El joven se volvió, la miró sonriente y le dijo:
—Un lobo no tiene nombre.
Dicho esto, desapareció entre las sombras del bosque.
Poco después, Sara llegó cojeando al garaje y liberó a los prisioneros, empezando por su madre. Rosa, llorando de emoción, abrazó a su hija y le preguntó:
¿Y qué fue de aquel hombre, del enmascarado?
Sara no sabía mentir, pero tampoco tenía por qué hacerlo:
Lo mató un lobo.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

CLARA (CUENTO FANTÁSTICO)

 

TEXTO: F. J. FONTENLA. IMAGEN: GENERADA POR JAVIER FONTENLA CON CANVA.

Clara María Mendoza Hoffmann tuvo una infancia muy feliz. Vivía en el sur de México con sus padres, que eran dueños de una importante hacienda, y era una niña de buen corazón, muy cariñosa y alegre, además de singularmente hermosa. Tenía una nutrida colección de mascotas, formada mayoritariamente por animales salvajes que los campesinos le traían de la selva, siendo su favorito un joven tigrillo, al que llamaba Yellow porque tenía una bella piel dorada.

Pero, cuando Clara tenía doce años, sus padres murieron en un extraño accidente automovilístico. Entonces su tío Eduardo Manuel, hermano menor de su padre, se hizo con el control de la hacienda y la vida de la niña se convirtió en un infierno. Su tío y tutor, que antes solía mostrarse muy amable con ella, pronto empezó a maltratarla cruelmente y, solo para atormentarla, hizo matar a todas sus mascotas, salvándose únicamente Yellow, que consiguió escapar a la selva. Así pues, Clara se convirtió en una niña triste, cuyo único placer en la vida era pasear por la selva, buscando en la soledad un alivio temporal para su tristeza.

Durante uno de sus paseos se acercó a la cabaña de la vieja doña Isaura, una anciana mestiza que apenas se relacionaba con sus vecinos y a la que muchos consideraban una loca o una bruja. Sin embargo, la anciana se mostró muy amable con Clara y, aunque al principio esta le tenía un poco de miedo, no tardaron en hacerse buenas amigas. Siempre que podía, Clara iba a visitar a la anciana, que parecía una mujer muy sabia y a la que le gustaba compartir sus conocimientos con su joven amiga.

Fue por aquella época cuando en distintos puntos de la selva empezaron a aparecer cuerpos desangrados de personas y animales. La policía atribuía aquellas muertes a un psicópata o a un feroz felino salvaje, pero doña Isaura tenía otra teoría, de la cual hizo partícipe a Clara:

Estoy segura de que hay un demonio entre nosotros. Hubo un tiempo en el que había muchos vampiros en este lugar y parece que al menos uno ha regresado.

Clara, que creía ciegamente en todo lo que le decía doña Isaura, le preguntó, sin disimular su miedo:

¿Y hay alguna forma de defenderse de esos seres?

De eso precisamente quería hablarte. En lo más profundo de la selva hay un viejo templo, en cuyo interior se encuentra un cuchillo de plata, labrado por un sacerdote indígena en tiempos inmemoriales. Según las enseñanzas de mis antepasados, las heridas de los vampiros se curan rápidamente, pero ese cuchillo puede matarlos.

¡Entonces deberíamos hacernos con él!

Sí, querida, pero yo estoy demasiado vieja y débil para atravesar la selva. En cambio, tú eres una niña animosa y valiente. Si quisieras, podrías llegar al templo y volver con el cuchillo en pocas horas. Además, en sus alrededores estarás a salvo de los vampiros, pues hay una magia poderosa que les impide acercarse a ese lugar.

Clara sintió un escalofrío, pero era, en efecto, una chica valiente y acabó accediendo a la sugerencia de doña Isaura. Tras equiparse con algo de comida y una buena linterna, por si no conseguía volver a la cabaña antes del anochecer, le preguntó a la anciana dónde se hallaba exactamente el templo. Esta sacudió la cabeza y le dijo:

Nadie ha visto ese lugar desde hace muchas generaciones. Solo los animales de la selva podrían decirte dónde se encuentra.

¡Vaya! ¡Pues no creo que ellos vayan a decírmelo!

Lo harán si llevas esto contigo.

Doña Isaura sacó de sus harapos un viejo colgante y le dijo a Clara que se lo pusiera en el cuello. Luego le dijo:

Este colgante también es mágico. Quien lo lleve puesto podrá leer las mentes de los animales y compartir todos sus recuerdos. Puedes hacer una prueba ahora mismo.

Doña Isaura había capturado vivo uno de los grandes murciélagos de la selva y lo mantenía enjaulado en su gallinero. Se lo enseñó a Clara y entonces esta, de un modo indescriptible, “vio” en su mente todos los recuerdos almacenados en la memoria del animal. Resulta que este, al igual que muchos de sus congéneres, solía dormir precisamente en las ruinas del templo perdido, así que recordaba perfectamente su ubicación. Clara se había quedado tan sorprendida por la efectividad del colgante mágico que incluso se olvidó de su miedo y partió en busca del templo, sin más guía que los recuerdos transmitidos por la mente del murciélago.

Tras una larga y ardua caminata, la valerosa muchacha llegó al templo poco antes del anochecer. Una vez dentro, se ayudó de su linterna para encontrar lo que buscaba y, tras un breve registro, abandonó las ruinas, con el cuchillo en el bolsillo y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Mientras tanto, la noche había caído sobre la selva, haciéndola aún más lóbrega y siniestra, pero Clara, envalentonada por su triunfo y por la posesión del cuchillo mágico, apenas le prestó atención al entorno hostil que la rodeaba.

Ya estaba cerca de la cabaña de doña Isaura cuando una sombra de forma humana surgió de los arbustos y se arrojó rápidamente sobre ella, arrojándola al suelo antes de que pudiera sacar el cuchillo para defenderse. La muchacha se sintió perdida y emitió instintivamente un chillido de horror, aunque sabía que allí no había nadie que pudiera prestarle ayuda. O quizás sí, porque entonces apareció una segunda sombra, más pequeña y de forma felina, que se arrojó sobre el misterioso atacante de Clara y lo espantó tras desgarrarle el rostro con sus garras.

Clara había asistido impotente a la refriega y aún no había tenido tiempo de comprender lo que había sucedido cuando su salvador se acercó a ella, ronroneando amistosamente. Pese a estar aún pálida a causa del susto, la muchacha sonrió y dijo, realmente feliz:

¡Yellow, eres tú!

A la mañana siguiente, cuando doña Isaura salió de su casa para darles de comer a sus gallinas, se encontró con la punta de un cuchillo sobre la piel de su garganta. Clara (todavía pálida, pero ya no de miedo, sino de ira) era quien empuñaba el arma y quien le dijo a la aterrorizada vieja con voz dura:

Dame una razón para que no te mate ahora mismo, ¡vieja bruja!

Cuando pudo encontrar su voz, doña Isaura gimió:

¡Pero, Clara, mi niña querida! ¿A qué viene esto?

¡No te hagas la tonta! Esta noche intentaste matarme en la selva. Estaba oscuro y no te reconocí cuando me atacaste, pero Yellow sí pudo verte con sus ojos de felino. Y, gracias al colgante que tú misma me diste, pude leer sus recuerdos.

¡Estás loca! ¿Quién es ese Yellow?

El tigrillo que te desgarró la cara.

¿Acaso tengo la cara desgarrada? Mírame bien, no tengo ninguna cicatriz.

¡Claro que no! Tus heridas se curaron pronto… ¡porque tú eres el vampiro!

¿Yo? No…

¡Sí, tú! Ahora lo entiendo todo. Querías apoderarte del cuchillo antes de que alguien pudiera usarlo contra ti, pero la magia del templo te impedía ir allí en persona, así que me engañaste para que te lo trajera. Y luego me habrías matado, como a tantas otras personas, ¿verdad?

Doña Isaura, sabiéndose perdida, suplicó desesperada:

¡Por favor, Clara! Es cierto, soy un vampiro, te engañé y quería matarte… pero te ruego que me dejes vivir. Me iré a lo más profundo de la selva y nunca más volverás a verme, te lo juro por todos los espíritus del cielo y de la tierra.

Clara miró fríamente a la anciana y, tras un instante de tenso silencio, le dijo:

Te dejaré vivir si te vas de aquí para siempre… y si antes haces algo por mí.

Aquella misma tarde don Eduardo Manuel Mendoza apareció desangrado en su propio cuarto. Mientras la policía registraba la hacienda en una vana búsqueda del asesino, Clara acariciaba a Yellow junto a la cabaña que había pertenecido a doña Isaura. La muchacha murmuró para sí misma:

Adiós, tío Eduardo. Hubiera podido perdonarte todo el daño que me hiciste… pero, gracias al colgante mágico, sé que aquel día, cuando murieron mis padres, Yellow te vio manipulando los frenos del coche. Tú los mataste para hacerte con sus propiedades. Y si me dejaste vivir a mí fue solo porque demasiados “accidentes” hubieran sido sospechosos. En fin, doña Isaura ya te ha dado tu merecido. Sé que no he actuado bien, pero, en fin… ¡no siempre es bueno ser buena!


UN HOMBRE CON UNA ESPADA (CUENTO)

 

Nos hallamos en un bosque japonés, a finales del siglo XIX. El ronin (samurái sin amo) Yosuke Takeda permanecía tendido bajo la sombra de un cerezo, esperando tranquilamente la llegada del anochecer. Aquella noche habría luna llena y durante los últimos meses el plenilunio no era bien recibido en aquella región, pues su llegada coincidía con la aparición de un extraño monstruo. Al principio aquel ser se había limitado a vagar por los bosques, asustando a los cazadores y matando solo animales salvajes, pero últimamente parecía haberse vuelto más peligroso, pues algunos lugareños habían aparecido asesinados y les faltaban partes del cuerpo, como si estas hubieran sido devoradas. La policía imperial rara vez visitaba aquella apartada provincia, así que los asustados campesinos habían reunido dinero para contratar a Takeda, hombre capaz de enfrentarse al mismísimo dios del Infierno por un puñado de monedas. El ronin aceptó la misión de matar al monstruo, aunque en el fondo creía que el asesino era un hombre. Y ya tenía un sospechoso en mente: la aparición del monstruo había coincidido con la llegada de un misterioso extranjero a un monasterio cercano. Nadie sabía quién era aquel desconocido ni qué buscaba allí, pues desde entonces no había salido del templo, al menos bajo una forma humana. Los aldeanos no querían creer que los venerables monjes del templo estuvieran dando cobijo a un demonio, pero Takeda veneraba muy pocas cosas y tenía por norma desconfiar de todo el mundo, incluso de sus propios clientes.

Cuando vio que el sol empezaba a declinar, se levantó, tomó su espada y se dirigió hacia las inmediaciones del monasterio. Mientras tanto, Ulf Pedersen, el extranjero, paseaba por los jardines del santuario, acompañado por un anciano monje al que le dijo en voz baja:

Mi venerable sensei (maestro), usted me ha enseñado a dominar al monstruo que vive dentro de mí. Sé que siempre me acompañará, pero ya no le tengo miedo, porque ahora soy más fuerte que él.
No, hijo mío. Debes decirlo al revés: ahora eres más fuerte que él porque ya no le tienes miedo. Dado que ya has encontrado lo que buscabas, debes marcharte hoy mismo, pues en el pueblo se te atribuyen crímenes que no has cometido.
Así es y espero que mi marcha facilite la identificación del verdadero asesino. Pasaré la noche en el bosque y cuando llegue a la ciudad tomaré algún barco que me lleve de vuelta a Europa. Pero sus enseñanzas siempre me acompañarán, maestro.
También lo hará mi bendición. Puedes irte en paz.
Ulf se despidió del monje y se encaminó hacia el bosque, sin más equipaje que su ropa y algo de dinero. No llevaba comida para el viaje, pues esperaba cazar algún animal salvaje en el bosque. Al ponerse el sol se detuvo junto a la orilla de un río, se desnudó completamente y ocultó sus escasas pertenencias entre los helechos. Poco después salió la luna llena y el cuerpo de Ulf, obediente al hechizo que lo dominaba desde hacía muchos años, adoptó el terrorífico aspecto de un licántropo. Como tenía hambre, se internó en la espesura guiado por su fino sentido del olfato. Pero aquella noche le tocaría ser la presa en vez del cazador. Ulf oyó el crujido de una ramita y, pese a ser muy rápido, apenas tuvo tiempo de esquivar la espada de Takeda, que pasó muy cerca de su cuello. Adivinando que su enemigo no cejaría hasta matarlo, el licántropo se preparó para luchar por su vida. Él no deseaba matar a nadie, pero tampoco quería morir, pues, aunque hacía muchos años que la vida había dejado de serle grata, sabía que su alma solo podría descansar en paz si moría a manos de alguien que lo amase. Y, evidentemente, aquel no era el caso de Takeda.
Ulf se abalanzó sobre el ronin, pero este también sabía moverse con rapidez, así que el zarpazo dirigido al pescuezo de Takeda solo sirvió para partir en dos el tronco de un árbol. Takeda hubiera podido contraatacar y decapitar al licántropo, pero en el último momento detuvo su ataque. El sorprendido Ulf, pese a lo mucho que le costaba hablar en su forma de licántropo, le preguntó a su adversario:
¿Por qué no me has atacado?
Takeda respondió serenamente:
Yo nunca mato gratis y tú no eres el asesino que busco. He examinado los cadáveres de sus víctimas y, si hubieran recibido uno de tus zarpazos, sus heridas serían mucho mayores.
Yo no he matado a nadie desde que estoy en Japón. Sí lo hice en otros tiempos, pero fue por culpa de la maldición que me posee.
Te creo, aunque en realidad yo no entiendo nada de monstruos ni de maldiciones. Solo soy un hombre con una espada.
Dicho esto, Takeda hizo ademán de irse, pero entonces Ulf le preguntó:
¿Dónde están los cadáveres que has mencionado?

Al amanecer Takeda se dirigió a una casa del pueblo, donde vivía un joven médico. Este era un hombre muy apreciado por los aldeanos, pues había estudiado en Inglaterra y sabía curar muchas enfermedades con sus conocimientos de medicina moderna. Cuando vio al doctor, Takeda le dijo amablemente:
Un amigo mío con buen olfato ha reconocido un olor muy peculiar en los cadáveres de los asesinados. Según sus propias palabras, se parecía al del cloroformo, una droga usada por los médicos occidentales para dormir a sus pacientes. Doctor, ¿podría usted decirme si en este pueblo hay alguien que maneje esa sustancia?
El médico comprendió la indirecta e intentó asesinar a Takeda con un revólver. Pero el ronin fue más rápido y lo decapitó con un tajo de su espada. Luego se marchó del lugar, dejando en medio del pueblo la cabeza del médico, junto con los órganos que les había extraído a sus víctimas.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: creada por Javier Fontenla mediante Canva.

ANTES DE STOKER (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Texto: Javier Fontenla. Idea original: B. Stoker. Imagen: Creada por Javier Fontenla usando Canvas.

A mediados del siglo XIX el señor Robert Van Heil trabajaba como diplomático al servicio del gobierno holandés. Tras ejercer su labor en los Estados Unidos, fue destinado a Viena, donde se estableció con su esposa y con dos hijas adolescentes, ambas nacidas en América. Mary y Elsa Van Heil (así se llamaban las hijas del embajador) eran sumamente hermosas, aunque tenían unas personalidades muy diferentes. Mary era una muchacha de carácter apacible, tenía un gran corazón y estaba platónicamente enamorada de su profesor particular. Este era un joven húngaro llamado Arminius, muy amable y bondadoso, pero también algo excéntrico (gastaba buena parte de su sueldo coleccionando objetos extraños, como la bala que había usado el escritor Jan Potocki para suicidarse). Elsa, aunque tenía un rostro muy dulce, no compartía el buen carácter de su hermana. Era una muchacha egoísta, presuntuosa y algo desvergonzada, que sentía una fogosa pasión por Hans, un muchacho al mismo tiempo rudo y atractivo que ayudaba al jardinero en sus labores. Por supuesto, los padres de Elsa jamás le hubieran permitido relacionarse con un simple jardinero, por muy guapo que fuera, pero la muchacha, que sabía disimular sus intenciones, se cuidó mucho de decirles nada. Una tarde, aprovechando que su familia y el resto de los criados estaban ocupados, se acercó a Hans y le preguntó en voz baja:
-¿Te gustaría que lo hiciéramos de nuevo?
El muchacho dudó durante unos segundos y luego respondió:
-Sí, pero no aquí ni ahora. No podemos correr tantos riesgos como la otra vez, cuando tu padre estuvo a punto de pillarnos.
-¿Y qué alternativa propones?
-Escúchame bien, preciosa: cerca de aquí hay una mansión que está casi todo el tiempo desocupada, porque su dueño vive en Transilvania. Ayer le mandaron a mi primo Joseph, el carretero, que llevara a esa mansión una caja de madera, para lo cual tuvieron que darle la llave. Pues bien, ahora esa llave está dentro de mi bolsillo. Si esta noche te las arreglas para salir de casa sin que nadie se entere, vete a la mansión. Yo te estaré esperando allí, donde podremos hacer todo lo que queramos sin que nadie nos moleste.
Aquella noche Elsa abandonó su lecho mientras los demás dormían y se dirigió a la casa desocupada. Hans le dijo que la esperaría dentro del edificio, pues no era conveniente que alguien los viera caminando juntos por la calle. Cuando Elsa llegó a su destino, encontró la puerta abierta, entró alumbrándose con un candil y subió las crujientes escaleras, pues su amante le había dicho que la esperaría en la alcoba principal. Hans, efectivamente, la esperaba tendido sobre la cama, pero estaba muerto. Tenía la garganta ensangrentada y el rostro terriblemente pálido, como si le hubieran sorbido la sangre. Elsa, al verlo, intentó emitir un grito de terror, pero entonces una mano fría como el hielo la agarró por el cuello, asfixiándola, y la arrastró hacia la oscuridad.
Horas después, Mary, que dormía tranquilamente en su alcoba completamente ajena al terrible destino de Elsa, se despertó a causa de un extraño olor (entonces ella ignoraba que se trataba del aroma de la sangre). Cuando abrió los ojos la luz lunar que se colaba a través de las cortinas le mostró la figura de un hombre pálido y siniestro, que la observaba con ojos brillantes como rubíes. La muchacha, asustada, le preguntó:
-¿Quién es usted y qué está haciendo en nuestra casa?
Él le respondió con una voz tan lúgubre como su aspecto:
-Me llamo Drácula. Hace poco tu hermana ha allanado mi mansión. Es justo que ahora sea yo quien invada vuestra casa.
Mary, cada vez más aterrorizada, empezó a gritar, pero nadie respondió a sus llamadas de auxilio. Drácula sonrió y le dijo:
No malgastes tu voz, querida. Ya no pueden oírte, pues los he matado a todos. Pero tú eres muy hermosa, así que te he reservado otro destino más placentero.
Dicho esto, el vampiro se arrojó sobre la indefensa Mary, la agarró y rasgó sus ropas hasta desnudarla. Entonces Arminius volvió a la casa, tras haber pasado buena parte de la noche en un concierto. Adivinó que algo iba mal cuando oyó los gritos de Mary y agarró la única arma que encontró, una vieja pistola que colgaba de la pared a modo de adorno. Como aquella arma estaba descargada, la cebó con la bala que había usado Potocki para suicidarse. Corrió hacia la alcoba de Mary y, cuando hizo su entrada, Drácula soltó a la muchacha para enfrentarse al recién llegado. Arminius disparó sobre el monstruo, que gritó de dolor al recibir el impacto, pues aquella bala estaba hecha de plata: el propio Potocki la había hecho limando el asa de un azucarero (auténtico). El vampiro optó por huir saltando por la ventana y perdiéndose entre las tinieblas de la noche. Arminius no intentó detenerlo, pues consideró más urgente atender a Mary, que había perdido la conciencia después de haber sido violada y desangrada por el intruso. Tardó varios días en recuperarse y cuando lo hizo descubrió que la semilla de Drácula había fructificado en su vientre. Arminius la ayudó a marcharse lejos de Viena, para que tanto ella misma como el niño que llevaba en sus entrañas pudieran vivir a salvo de Drácula.
Medio siglo después el profesor Abraham Van Helsing (tal era el nombre adoptado por el hijo de Drácula y de Mary) contribuyó decisivamente a acabar para siempre con su maléfico padre y con sus diabólicas concubinas (una de las cuales se había llamado en otros tiempos Elsa Van Heil).

EL SECUESTRADOR DE CADÁVERES (CUENTO)

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Había una vez un hombre que vivía junto a un cementerio. Ese hombre se llamaba don Diego de Salazar y su historia se sitúa en la España del siglo XVI. Se trataba de un hidalgo ya maduro, sin familia ni amigos íntimos, cuya única ocupación conocida era oír misa en cualquiera de las muchas iglesias de la ciudad. No tenía ningún criado y sus vecinos atribuían esa peculiaridad a la pobreza o a la avaricia, pues no podían imaginarse que un hombre tan devoto tuviera ningún secreto que esconder. Pero en ese punto se equivocaban, pues el señor de Salazar era un necrófilo insaciable, que solo entraba en las iglesias para estar al tanto de los funerales que se celebraban en la ciudad. Cuando se enteraba de que había fallecido una mujer joven y hermosa, asistía discretamente al funeral para enterarse de dónde la enterraban. Por la noche, cuando el cementerio se quedaba desierto, salía de su casa, exhumaba a la difunta y la usaba para satisfacer su lujuria.
Tras varias semanas infructuosas, Salazar sintió un estremecimiento de placer al oír que acababa de fallecer doña Ana de Guzmán, una de las damas más hermosas del vecindario. La muerte de doña Ana se había producido a causa de una extraña y fulgurante enfermedad, que había burlado la pericia de los médicos y que, seguramente, le había sido transmitida por la mordedura de un murciélago. Aparentemente, aquella dolencia la había matado sin restarle ni un ápice de su belleza, pues, dejando aparte la inevitable palidez del rostro, a simple vista parecía más dormida que muerta.
Aquella noche Salazar entró en el cementerio sin ser visto, desenterró a doña Ana y comprobó, satisfecho, que seguía siendo irresistiblemente bella. Sacó una navaja para desgarrar los ropajes de la difunta, pero entonces esta resucitó repentinamente y se arrojó sobre el sorprendido necrófilo, con el ímpetu de un gato montés que acomete a su presa. Cuando intentó clavar sus afilados dientes en el cuello de Salazar, este comprendió, aterrorizado, que doña Ana se había convertido en un vampiro sediento de sangre. Sin embargo, se trataba de un vampiro que aún no había tenido oportunidad de alimentarse, de modo que sus fuerzas no eran superiores a las de una mujer ordinaria. Mediante un duro esfuerzo, don Diego consiguió detener a la mujer vampiro y clavarle su navaja en el corazón. Entonces doña Ana se desplomó y quedó tendida sobre su lápida, completamente inmóvil. Al parecer, había muerto de verdad y para siempre, pues incluso se había apagado el brillo infernal de sus ojos. Salazar suspiró aliviado al comprobar que no solo estaba a salvo, sino que además tenía aquel deseado cuerpo a su merced. De todos modos, tomó precauciones por si se producía una nueva resurrección: ató fuertemente los miembros de doña Ana y le cosió la boca con un hilo muy resistente. A continuación, le rasgó la ropa y la penetró salvajemente, aullando de placer. Pero entonces sintió en su miembro viril un dolor realmente atroz. Nuevamente aterrorizado, se apartó de la mujer vampiro y vio que su órgano sexual había sido roído. Entonces del vientre de doña Ana surgió una grotesca criatura humanoide, no mayor que una rata, pero armada con dientes sumamente afilados.
El feto vampiro de la encinta doña Ana saltó sobre Salazar y mordió con ansia su garganta, hasta desangrarlo y marcharse en busca de nuevas víctimas.


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