UN SECUESTRO Y ALGO MÁS (RELATO FANTÁSTICO)

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Aquella tormentosa tarde otoñal, una adolescente madrileña de buena familia llamada Paula Blanco abandonó su casa, para dirigirse al gimnasio donde recibía clases de taekwondo todos los martes. Pero aquel martes Paula no llegaría al gimnasio. Ni tampoco volvería a casa para la cena. Sus padres ya estaban empezando a preocuparse cuando recibieron la llamada de un desconocido. Este les dijo que la muchacha había sido secuestrada y que, si deseaban volver a verla, deberían pagar una importante cantidad de dinero antes del amanecer del día siguiente.
A las once de la noche, en el desván de una casa perdida entre los pinares de la sierra madrileña y situada a varios kilómetros de la localidad más cercana, dos hombres jóvenes y fornidos charlaban animadamente mientras bebían licores fuertes. Mejor dicho, era uno de ellos, un muchacho de pelo rubio y piel pálida, el que hablaba por los codos, en tanto que el otro, un hombretón de piel morena y rostro taciturno, se dedicaba a vaciar su botella sin decir una palabra. Su gesto era serio y ensimismado, como si una intensa preocupación turbase su ánimo, impidiéndole compartir la jovialidad de su camarada. Cerca de ellos, tumbada sobre un catre, se hallaba Paula, atada y amordazada. Sus raptores no le habían prestado la menor atención desde que la habían sacado de la furgoneta para introducirla en la casa.
Al fin, el rubio se cansó de hablar para las paredes y le dijo a su compañero:
¡A ver, Mauro! ¿Se puede saber qué te pasa? Aquí estamos a salvo de la poli y mañana por la mañana todo habrá acabado.
No es la policía lo que me preocupa… esta noche.
¿Y entonces de qué tienes miedo? Porque tú tienes miedo de algo, no lo niegues.
Es que… Verás, Jorge, si te lo dijese… Bueno, me temo que reirías de mí.
No te preocupes por eso, hombre, que total, con la cara de tonto que tienes esta noche, pienso reírme de ti igual. ¡Venga, anímate y enróllate, Maurito! Habla sin miedo, que estás entre amigos. Seguro que a la nena también le apetece conocer tus intimidades. A lo mejor luego ella se compadece de tus penas y te ofrece su cariño para consolarte. ¿No has oído hablar del síndrome de Estocolmo?
Tras algunos titubeos, el tal Mauro se decidió a hablar:
Ya sabes que el año pasado yo estaba metido en el negocio de la droga y trabajaba para unos narcos gallegos. Formaba parte de la tripulación de un barco que los gallegos habían comprado para llevar la coca desde Sudamérica hasta la costa gallega. Pues bien, otro de los tripulantes era un mulato brasileño que se llamaba Ayrton. Puedes imaginarte cómo éramos los tíos que formábamos la tripulación de aquel barco, pero el tal Ayrton era el peor de todos, un tipo que daba miedo solo por su forma de mirarte, como si fuera una fiera examinando a su presa antes de matarla. Algunos decían que era medio brujo, porque a veces se ponía a rezar en una lengua desconocida y porque llevaba siempre un montón de amuletos: unos amuletos que también daban bastante miedo, con aquellas imágenes horribles de su dios, una especie de bicho asqueroso que se llamaba Chulu, Tulu o algo así. Pues resulta que una noche, hace hoy exactamente un año, estábamos en el Atlántico, muy cerca de las islas Canarias, y, como nos aburríamos, decidimos organizar una partida de cartas. Luego, entre que las apuestas eran fuertes y que algunos estábamos medio borrachos, se armó una pelea de las buenas y yo, sin saber muy bien lo que hacía, más por la borrachera que por otra cosa, saqué mi pistola y disparé a ciegas, con tan mala suerte que le di a Ayrton en el pecho, muy cerca del corazón. El mulato se murió poco después, pero antes de espichar me miró con unos ojos llenos de odio y me dijo: “Dentro de un año, a esta misma hora, ajustaremos cuentas.” Luego, se puso a vomitar sangre y, cuando supusimos que ya se habría desangrado del todo, lo tiramos al mar. ¡Pues resulta que el maldito Ayrton murió exactamente a las once de la noche!
Jorge, que había oído el relato de su amigo sin prestarle mucha atención (le gustaba más hablar que escuchar), sonrió y le dio unas palmadas a Mauro en la espalda, mientras le decía con una sonrisa cínica que pretendía parecer amistosa:
¡Pero mira si ahora nos va a salir supersticioso el bueno del Maurito! No te preocupes, hombre, que todas esas historias de venganzas desde el Más Allá son paparruchas. Te lo digo yo, que ya me he cargado a unos cuantos y hasta ahora ninguno ha vuelto del otro barrio para hacerme una visita. Además, ya son las once y cinco, así que la amenaza del mulato no se ha cumplido. Y te aseguro que mi reloj es una máquina perfecta, ¡no adelanta ni medio segundo!
Ya, no es que yo haya llegado a creer realmente en la venganza del tal Ayrton. Pero es que entre el ambiente, la noche, la borrasca, esta casa tan aislada…
¡Bah, ti lo que te pasa es que has bebido demasiado! En fin, mejor nos vamos a la cama, que mañana tenemos que madrugar para recoger el dinero del rescate y largarnos. Felices sueños, Maurito. Y felices sueños a ti también, princesa. Si me animo, a lo mejor aún te hago alguna visita esta noche.
Los dos delincuentes abandonaron el desván donde habían escondido a Paula para dirigirse a sus respectivos dormitorios y la pobre niña se quedó sola. Bueno, totalmente sola no, pues escuchó cómo una o varias ratas correteaban por el suelo en busca de comida. Entonces a Paula se le vino a la memoria una historia que había leído para Inglés, un cuento de un tal Poe donde un hombre, prisionero de la Inquisición, se salvaba de la muerte haciendo que las ratas de la celda royesen sus ligaduras. Unas horas antes, los secuestradores habían cenado en el mismo desván donde estaba ella, y Mauro, que ya entonces parecía bastante ensimismado, había dejado caer media cucharada de salsa al suelo. Paula se dejó caer de su catre (por suerte, había allí una alfombra bastante gruesa que amortiguó tanto el golpe como el ruido de la caída) y se arrastró hacia el sitio donde aún debía de estar la mancha de salsa. Recorrió el suelo con los dedos hasta que sintió en las yemas el tacto pringoso de la salsa, que aún estaba tibia, y frotó las cuerdas que le ataban las muñecas sobre el suelo, para que quedaran impregnadas del apetitoso líquido, cuyo aroma aún era débilmente perceptible. Sin duda, el fino olfato de las ratas podría percibirlo mucho mejor. Hecho esto, Paula se tumbó sobre el polvoriento suelo del desván y se quedó totalmente quieta, haciéndose la dormida y procurando respirar lo más silenciosamente posible. Tuvo suerte. Pronto sintió que las cuerdas se estremecían, roídas por los poderosos incisivos de los famélicos roedores.
Cuando sintió que los dientes de las ratas rozaban la carne de sus muñecas, Paula se enderezó rápidamente y sin hacer ruido, espantando a sus pequeñas liberadoras. Segundos después, ya se había desatado completamente y quitado la mordaza que le cubría la boca. Desgraciadamente, los secuestradores le habían quitado el móvil (de hecho, lo habían usado cuando llamaron a su casa pidiendo el rescate) y no podía llamar a sus padres ni a la policía, por lo que tendría que huir de allí antes de que ellos se despertaran. Miró su reloj digital: eran las doce menos cinco. Les había oído decir que se levantarían a las cuatro para estar a las cinco en el descampado donde el padre de Paula debía dejarles una mochila llena de dinero. Si abandonaba la casa lo antes posible, podría estar en el pueblo antes de que ellos se dieran cuenta. Paula abandonó el desván, abriendo la puerta con sumo cuidado para que las bisagras no hicieran ruido. Antes de bajar la escalera, se quitó los tenis, pues, aunque no le hiciera mucha gracia la idea de caminar descalza por los húmedos y embarrados senderos del monte, tenía miedo de que las suelas del calzado hicieran crujir los peldaños y delataran sus movimientos.
Ya estaba a punto de iniciar su descenso hacia el vestíbulo cuando Jorge salió de su cuarto. El secuestrador, quizás a causa del mismo nerviosismo que lo impulsaba a hablar como una cotorra, padecía problemas de insomnio, y, como se aburría en la cama, había decidido cumplir su promesa de hacerle una visita a Paula “para divertirse con ella”. Hay que decir que Paula, aunque solo tenía catorce años, era una chica muy guapa, y Jorge no le hacía ascos a violar muchachitas cuando no tenía a mano mujeres más desarrolladas. Cuando vio que el pájaro estaba a punto de abandonar la jaula, Jorge se abalanzó sobre su presa e intentó agarrarla. Pero Paula, aprovechando sus conocimientos de taekwondo y la semiborrachera de su adversario, consiguió zafarse y hacerle la zancadilla. Jorge perdió el equilibrio y cayó rodando escaleras abajo. Al final, se dio un fuerte golpe contra el suelo y se quedó sin sentido, con la cabeza ensangrentada. Al parecer, había quedado fuera de combate por un buen rato. Pero el ruido de la refriega había despertado a Mauro.
Paula bajó corriendo las escaleras, seguida de cerca por Mauro, quien, pese a haber bebido más que su compañero, parecía menos afectado por el alcohol y, por tanto, más peligroso. Cuando ya estaba a punto de sacarle ventaja, Paula tropezó con el cuerpo inerte de Jorge, dio un traspié y Mauro se arrojó sobre ella. Por suerte, la niña pudo reaccionar a tiempo (era una excelente atleta) y, tras recuperar el control de su cuerpo, le propinó una patada a Mauro en los testículos. Mientras el hombretón daba gritos de dolor, paralizado por el sufrimiento, Paula logró alcanzar la puerta del vestíbulo y salir al exterior.
Ya solo tenía que subir una pequeña cuesta para alcanzar el camino que bajaba hacia el pueblo, cuando resbaló en el barro que cubría el terraplén a causa de los últimos aguaceros y se cayó al suelo, torciéndose un tobillo. Hizo lo posible y casi lo imposible para levantarse y reemprender la huida, pero no pudo.
Entonces, Mauro, ya medio recuperado del golpe y temblando de rabia, salió de la casa, con la pistola en la mano. El resplandor de un relámpago le permitió ver a la indefensa Paula y se acercó a ella, mirándola con un odio irracional, mezcla de embriaguez y sed de venganza, mientras se preparaba para disparar. De todas formas, pensaban deshacerse de Paula después de cobrar el rescate, por eso de no dejar testigos, y adelantar algunas horas la muerte de la niña no afectaría demasiado a sus planes. Mauro gritó iracundo, coreado por los truenos de la tempestad:
¡Muere, zorra, muere!
Paula, aterrada, casi más asustada por la demoníaca furia que destilaba la mirada de Mauro que por la pistola, cerró los ojos y se preparó para morir.
Se oyeron, casi simultáneamente, un disparo y un grito de dolor y agonía. Pero el disparo no alcanzó el cuerpo de Paula, y el grito tampoco procedió de su garganta. Cuando se atrevió a abrir los ojos, Paula observó, a la intermitente luz de los relámpagos, una escena que la dejó atónita. Mauro yacía sobre un barrizal teñido de sangre, de su propia sangre. Se veía una herida de bala en su pecho, muy cerca del corazón, y una expresión de absoluto terror había sucedido a la ira en su rostro. Parecía que se había suicidado (ese sería, a la postre, y a falta de alternativas verosímiles, el dictamen de los forenses), salvo que alguien hubiera torcido su brazo con fuerza sobrehumana para forzarlo a disparar contra su propio pecho. ¿Pero quién, si allí no había nadie, además de Paula (Jorge permanecía sin sentido dentro de la casa y no se despertó hasta que, horas después, fue reanimado por los mismos agentes que lo detuvieron)? En aquel preciso instante, mientras la muchacha contemplaba el cadáver del delincuente, oyó cómo sonaba la alarma de su reloj, señalando que ya eran las doce en punto. Las doce en punto… una hora menos en Canarias, según los husos horarios vigentes.

UN RAPTO (MICRORRELATO)

 

Una niña de diez años había sido raptada por los miembros de cierta secta diabólica. Estos eran adoradores del "Dios Oscuro", el cual, según sus propias palabras, les había reclamado “un sacrificio de carne humana”. Poco después unos agentes de policía fueron alertados por los amigos de la niña, únicos testigos del rapto. Los agentes irrumpieron en la sede de la secta, temerosos de que el sacrificio ya se hubiera consumado, en cuyo caso la pobre niña habría sido asesinada por sus captores... o quizás devorada por algún monstruo atroz, en el caso de que hubiera algo tangible tras ese supuesto "Dios Oscuro". Como no podía ser de otra forma, se sintieron muy satisfechos cuando encontraron a la niña sana y salva, en la cámara secreta donde la habían encerrado los sectarios. Pero un minuto más tarde todos los policías estaban muertos. En realidad, el sacrificio ya se había consumado. Lo que no habían entendido es que el dios no quería carne humana como alimento, sino como vestidura.

Texto. Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

LA PESADILLA (MICRORRELATO)

 

Dormí y soñé. Ahora bien, mis sueños fueron, poco a poco, convirtiéndose en pesadillas.
No tardé mucho en alcanzar el supremo clímax del horror, después del cual mis únicas opciones serían despertarme de inmediato o perder la cordura para siempre. Había soñado que una inmensa horda de abominaciones simiescas pululaba enloquecida sobre la faz de la Tierra, arrasándolo todo en una interminable explosión de crueldad irracional y sin sentido.
Aquellas criaturas sanguinarias y despiadadas, ajenas a todo sentimiento de compasión, incluso entre ellas mismas, no hacían otra cosa que torturar, corromper y destruir, ennegreciendo los mares y los cielos con sus exhalaciones mortíferas, extendiendo la aridez del desierto por las que antaño fueran verdes selvas, preñadas de vida, y transformando los ríos de aguas cristalinas en cenagales hediondos.
Incapaz de soportar durante mucho tiempo tales atrocidades, no tardé en despertarme. Pero entonces me percaté, horrorizado, de que mi pesadilla se había convertido en una terrible realidad, del mismo modo que la vida real a menudo acaba convirtiéndose en una pesadilla.
Sin embargo, no me dejé llevar por el pánico, pues sabía que aquellas bestias sanguinarias, aunque indeciblemente feroces y perversas, también eran débiles y necias. Así pues, pronto abandonaré el silencio y la quietud de mi lecho para iniciar el higiénico exterminio de esos seres abyectos.
Sé muy bien que esa, y no otra, es la misión que me han encomendado los Hados inexorables, a mí, al Gran Cthulhu, único capacitado para salvar al mundo de esas obscenas sabandijas, que, según creo, se autodenominan “hombres”.
TEXTO: JAVIER FONTENLA, BASADO EN LA OBRA DE H. P. LOVECRAFT.
IMAGEN: PIXABAY.

EL DESPERTAR (MICRORRELATO)

Según el veraz testimonio de Lovecraft, Cthulhu era un dios terrible que dormía y soñaba en el fondo del mar, pero que algún día se despertaría para destruir a la Humanidad. Nadie se tomó en serio esta leyenda, hasta que unos científicos dedicados al estudio de la fauna abisal hallaron, por pura casualidad, la ciudad sumergida donde Cthulhu dormía desde los albores del mundo. Las naciones, aterradas, enviaron allí una poderosa flota militar, cuya misión era matar a Cthulhu antes de que este se despertara y destruyera a la raza humana. Cuando los primeros torpedos alcanzaron su cuerpo, Cthulhu se estremeció, como un durmiente acosado por pesadillas, y abrió los ojos. Entonces los torpedos, los barcos, las naciones que los habían enviado y el mundo entero desaparecieron para siempre. Al despertar a Cthulhu habíamos provocado nuestro propio fin. Él nunca había querido destruirnos, el problema es que solo existíamos en sus sueños y, al despertarse, había dejado de soñarnos.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL SUEÑO DE BRAIS

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Una noche el pequeño Brais soñó que era un explorador y que encontraba en medio de la selva un enorme dinosaurio carnívoro, que empezó a perseguirlo con malas intenciones. Pronto se despertó en su cuarto, pero al abrir los ojos se llevó una desagradable sorpresa: como en el cuento de Augusto Monterroso, el dinosaurio “todavía estaba allí”, al lado de su cama. Por suerte, debía de ser uno de esos dinosaurios que solo pueden ver a sus presas mientras se mueven, gracias a lo cual el niño consiguió despistarlo permaneciendo completamente inmóvil en su cama. Claro que no podía seguir así toda la vida, porque antes o después tendría que levantarse para ir al colegio. Y entonces…

A pesar de estar aterrorizado, Brais tuvo suficiente ánimo para pensar que aquello no podía estar sucediendo de verdad, pues era imposible que hubiera un dinosaurio vivo en su ciudad. Y tampoco era verosímil que un animal tan grande hubiera conseguido colarse en su cuarto, siendo la puerta y las ventanas demasiado estrechas para un cuerpo como el suyo. Brais llegó a la conclusión de que al salir de su sueño anterior no había vuelto a la realidad, sino que había caído en otro sueño distinto. Así que cerró los ojos y se dijo muchas veces “quiero despertar de verdad, no quiero seguir soñando”, hasta que por fin dejó de sentir la amenzante proximidad del dinosaurio. Entonces, considerándose completamente despierto, se atrevió a abrir los ojos y vio que, efectivamente, el dinosaurio ya no estaba allí. Pero lo malo es que tampoco estaban ni su cuarto, ni su casa, ni su familia, ni su ciudad, ni apenas él mismo... A su alrededor todo era un vacío absoluto, una nada oscura y desoladora en la cual él solo era una fantasma sin cuerpo ni nombre. Entonces comprendió que toda su vida anterior, su mundo y su “realidad” nunca habían sido nada más que otros tantos sueños. Asustado por aquella terrible revelación, optó por cerrar los ojos de nuevo y recuperar aquellos sueños consoladores en los cuales él era un niño de carne y hueso. Esa ilusión le parecía preferible a saberse un espíritu perdido en medio de la nada, aunque en sus sueños tuviese que aguantar los caprichos de su hermana imaginaria y, de vez en cuando, algún dinosaurio consiguiera colarse en su cuarto.


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