
El
profesor Oliver Nash era, para todos los que lo conocían, un hombre
sabio y, sobre todo, un hombre bueno. Aún joven, ya había tenido
tiempo de alcanzar un inmenso prestigio académico, no solo como
historiador especializado en antiguas civilizaciones orientales, sino
también, y sobre todo, como divulgador de viejas sabidurías. Aunque
durante la mayor parte del año impartía clases de Historia de las
Religiones en una conocida universidad estadounidense, aprovechaba
sus vacaciones para realizar expediciones arqueológicas por los más
remotos lugares del Lejano Oriente. El gran sueño de su vida era dar
con el Templo de la Sabiduría, un legendario santuario que, según
antiquísimas tradiciones, se erguía desde tiempos inmemoriales en
lo más recóndito de la jungla hindú. La importancia de dicho
templo no era únicamente arqueológica, pues se decía que en su
interior se hallaba un altar de piedra, sobre el cual una mano
desconocida había grabado profecías relativas al futuro de la
Humanidad. Aunque la mayor parte de los estudiosos consideraban que
el Templo de la Sabiduría no era más que una leyenda, Oliver tenía
buenas razones para creer en su existencia. Sería prolijo e
innecesario explicar aquí cuáles eran sus motivos para creer en la
leyenda, pero lo cierto es que, cuando pudo reunir suficiente dinero
para organizar una expedición por su cuenta, pidió la excedencia en
la universidad y viajó a la India, dispuesto a no retornar a su
patria hasta haber encontrado el templo y leído las proféticas
inscripciones del altar (Oliver conocía perfectamente el idioma
sánscrito).
Tras
varios meses de ardua búsqueda por las selvas bengalíes, Nash
penetró, acompañado por un guía hindú, en cierta jungla recóndita
y tenebrosa, donde muy pocos osaban entrar. El guía murió devorado
por algo que
surgió del bosque y Oliver se vio obligado a seguir adelante
completamente solo, pero dispuesto a dar con el templo o a morir en
el intento. Varios días después, medio muerto de hambre y
extenuación, consiguió llegar a una aldea situada cerca de la
jungla maldita. Los solícitos cuidados de los nativos le permitieron
recobrar sus fuerzas, pero desde entonces pasó a ser un hombre
completamente distinto. Su espíritu valiente y animoso parecía
haberse resquebrajado durante su terrible periplo por la jungla,
acaso destruido por horrores innombrables de los que él nunca quiso
hablar. Cuando volvió a casa, era apenas una sombra lívida y
macilenta del hombre que había sido anteriormente. Ya no mostraba el
menor interés por la arqueología ni por la docencia, renegaba con
rabia de sus viejas creencias espiritualistas y se mostraba mucho más
melancólico e irritable que antes. Uno de sus amigos le preguntó
por la causa de sus sufrimientos y Oliver le contestó, con la voz
trémula y lágrimas en los ojos:
—¡El
maldito Templo de la Sabiduría no era más que una leyenda!
Encontrarlo se había convertido en el gran sueño de mi vida y por
su culpa he renunciado a todo lo demás, incluso a mi carrera, por no
hablar de que he sacrificado la vida de un hombre. Y al final la
única sabiduría que he adquirido durante mi viaje al infierno ha
sido esta: que es un error soñar.
A
los conocidos de Nash les extrañó que el fracaso de su expedición
lo hubiera afectado tanto, pues ni era la primera vez que se
enfrentaba a decepciones parecidas ni nadie, hasta entonces, hubiera
pensado que su alma fuera tan frágil como para venirse abajo por un
motivo semejante. Pero lo cierto es que Oliver no volvió a ser el
que era: renunció definitivamente a su cátedra, dejó de escribir y
se fue a vivir a su pueblo natal, donde pasó a vivir como un
sencillo bibliotecario, lejos del mundo académico y cerca de la
única familia que le quedaba en el mundo: su hermano Robert, la
esposa de esta, llamada Mary, y Rose, la hija de ambos, que a la
sazón tenía dieciséis años y a la cual Oliver apenas había visto
desde que era pequeña (en realidad, Rose no era hija carnal de
Robert, sino del primer marido de Mary, pero vivía con él desde su
primera infancia). Oliver procuraba pasar el mayor tiempo posible con
su hermano, como si quisiera recuperar el tiempo perdido que sus
estudios y expediciones le habían arrebatado, y solo cuando se
hallaba con él y con su familia aparentaba una cierta alegría. Un
día, Robert lo invitó a comer en su casa y, cuando ya se hallaba
allí, Oliver recordó que debía terminar de redactar un registro
para la biblioteca. Como aún faltaba algún tiempo para que la
comida estuviera preparada, Oliver le pidió a su hermano que le
prestara su ordenador portátil, con el cual podría terminar su
trabajo en pocos minutos. Robert dudó durante unos instantes, como
si no le gustara del todo la petición de su hermano, pero finalmente
sonrió y dijo:
—Por
supuesto, puedes usarlo. Pero te ruego que no te demores mucho con
él… Bueno, es que no me gustaría que llegaras tarde a la mesa. Ya
sabes cómo es Mary.
—Vale,
no te preocupes, Bob. Será cosa de un minuto.
Efectivamente,
Oliver terminó rápidamente su trabajo, guardó el documento en una
unidad USB que siempre llevaba consigo y, como aún no estaba puesta
la mesa, aprovechó para echarles un vistazo a las fotos que guardaba
Robert en el archivo, sin más motivación para ello que la simple
curiosidad. Llamó su atención una foto de Rose, que aparecía
luciendo bikini en la playa. Entonces, como si hubiera visto a su
sobrina por primera vez, Oliver se dio cuenta de que se había
convertido en una adolescente realmente atractiva. Guiado por un
impulso que ni él mismo comprendía del todo, empezó a examinar
otras fotos donde la muchacha aparecía ligera de ropa y entonces,
como un virus, entró en su mente una idea obsesiva, que muchos
habrían considerado completamente perversa.
...
Las
relaciones entre Oliver y la familia de su hermano no tardaron en
deteriorarse, después de que Rose se quejara ante sus padres de que
su tío “la miraba demasiado”. Y era cierto: donde estuviera la
muchacha, sola o con sus amigos, ahí aparecía, de pronto y “por
pura casualidad”, el tío Oliver, quien no se limitaba a saludarla
y largarse, como hubiera sido el deseo de la niña, sino que además
le hacía preguntas extrañas, le dirigía miradas que ella
consideraba inquietantes y aprovechaba cualquier excusa para pegarse
a ella como una lapa a una roca. Mary habló seriamente con Robert y
le pidió que, sin faltarle al respeto, le dijera a su hermano que
aquello no podía seguir así. No era imposible que las intenciones
de Oliver fueran honestas, pero era mejor no correr riesgos, sobre
todo teniendo en cuenta que, desde su dichoso viaje a la India, el
arqueólogo parecía sufrir una especie de trastorno. Robert se quedó
pensativo. Siendo niño, Oliver había estado muy enamorado (aunque
de una forma bastante platónica) de su amiga Annabel, quedando
destrozado tras la muerte de esta a causa de una fulminante
enfermedad. Pero desde entonces, que él supiera, no había vuelto a
mostrar ningún interés amoroso por nadie, por lo que le parecía
cuanto menos extraño que de pronto, ya próximo a la madurez, se
hubiera encaprichado con Rose. Pero lo cierto es que Robert concertó
una entrevista con Oliver, para darle a entender que ya no era
bienvenido en su casa y que, sobre todo, debía dejar en paz a Rose.
Oliver miró a su hermano con una mezcla de incredulidad y enfado,
pero prometió que no volvería a molestar a Rose.
...
Pocos
días después, Rose salió de su casa para hacer unas compras que le
había encargado su madre y, varias horas después, aún no había
vuelto. Mary, preocupada, la llamó al móvil sin obtener respuesta.
También llamó a todas sus amigas, pero nadie pudo decirle nada
sobre el paradero de su hija.
Mientras
la atribulada madre intentaba localizar a la muchacha, esta se
despertaba lentamente del sueño inducido por el cloroformo que
alguien le había obligado a aspirar. Sus recuerdos eran muy
confusos: apenas recordaba que un hombre encapuchado se había
arrojado de pronto sobre ella y le había puesto un paño húmedo
sobre el rostro. Y ahora se hallaba atada de pies y manos en el
interior de una especie de choza, húmeda, lóbrega y de paredes
desvencijadas. Además, su desconocido raptor le había sellado los
labios con cinta adhesiva para que no pudiera pedir auxilio. Durante
varias horas interminables de terror y angustia, Rose permaneció
indefensa en las tinieblas de aquel antro maloliente, hasta que
alguien entró en el cuarto y le quitó la mordaza de la boca para
darle de beber algo de agua. Rose, que se moría de sed, bebió con
avidez y a continuación reconoció, gracias a la luz mortecina de
una linterna, que quien estaba con ella no era otro que su tío
Oliver. Al principio, se sintió exultante de alegría, pensando que
había venido a salvarla, y le pidió que la desatara cuanto antes.
Por toda respuesta, Oliver volvió a ponerle la mordaza, sonrió
malévolamente y respondió a la muda pregunta que le dirigían los
aterrados ojos de Rose con estas palabras:
—No,
preciosa, tú te quedas aquí, que para eso te he traído. Ahora voy
a dejarte sola, porque tengo que ir al pueblo por un poco de comida.
Pero no te preocupes, que pronto volveré y entonces vamos a
pasárnoslo muy bien los dos juntos.
Dicho
esto, Oliver se fue de la cabaña, dejando a su sobrina totalmente
aterrada. Esta se revolvió con todas sus fuerzas intentando
desatarse, pero no tuvo éxito. Sin embargo, gracias a sus forcejeos
sus dedos entraron en contacto con un objeto metálico, que se
hallaba tirado sobre el suelo de la cabaña. Sintió un
estremecimiento de esperanza cuando se dio cuenta de que era una
navaja, con la cual podría cortar sus ligaduras con facilidad.
Quizás aquella navaja se le había caído a su tío o quizás
llevaba allí muchos años, pero eso no importaba. Rose se desató
gracias a ella y huyó de la cabaña antes de que volviera su tío.
Aquella choza se encontraba en medio del bosque, lejos del pueblo,
pero cerca pasaba una carretera bastante transitada. Rose pidió
auxilio a un automovilista, un honrado viajante de comercio que se
dirigía al pueblo, y este llamó a la policía con su móvil. Poco
después, Rose, aún muy afectada, pero sana y salva, se reunía con
sus padres en su casa del pueblo. Poco antes, Oliver había sido
arrestado en el supermercado local por el rapto de su sobrina. No
opuso resistencia ni negó los hechos, pero se negó a declarar
mientras no se le permitiera entrevistarse a solas con su hermano
Robert, el padre de su víctima.
...
Finalmente
la entrevista tuvo lugar pocos días después, en una sala de la
comisaría. Robert llegó a la sala, guiado por dos agentes que se
quedaron haciendo guardia en el pasillo, y entró en la sala, donde
lo esperaba su hermano sentado en una silla. No estaba esposado,
pero, para evitar agresiones, una reja metálica dividía la sala en
dos partes iguales, separando a los hermanos. Una videocámara
permitiría a los guardias ver lo que sucedería dentro de la sala,
pero no escuchar nada de lo que se dijera. Cuando Robert entró, se
quedó de pie, pese a que tenía una silla donde sentarte, mientras
que Oliver no se levantó de su asiento ni le dirigió ningún
saludo, sino que se limitó a clavar en él una mirada francamente
hostil. Robert rompió el silencio y le dirigió a su hermano
reproches en voz alta (fueron las únicas palabras de la conversación
que llegaron a oídos de los guardias):
—¡Miserable!
¿Cómo has podido hacerle eso a mi niña? ¡Estás realmente loco!
Oliver
sonrió sin alegría y le dijo a su hermano en voz baja:
—Venga,
Bob, los guardias del pasillo ya te habrán oído, así que no tienes
que seguir haciendo tu papel de padre indignado. Tú y yo conocemos
la verdad.
Robert
suspiró, bajó los ojos y dijo con una voz trémula apenas audible:
—Bueno,
supongo que a ti no puedo mentirte. Pero no comprendo nada.
—Pues
precisamente para eso estás aquí, para que yo te lo explique todo.
Cuando aquel día manejé tu ordenador me llamaron la atención
tantas fotos de Rose ligerita de ropa… Sin duda, no es raro que un
padre guarde fotos de su hija en los archivos de su PC, pero me fijé
en que habías ampliado únicamente aquellas donde ella aparecía
vestida de una forma... digamos, provocativa. Entonces
recordé
algunas cosas que me había contado Annabel antes de morir… Me dijo
que, siendo apenas un crío, una vez la sorprendiste sola en la playa
y tuvo que golpearte para que la dejaras en paz, porque intentaste
pasarte con ella. Solo me lo dijo a mí y me pidió que no se lo
contara a nadie, porque ella
era buena... demasiado buena para este mundo.
Como
sospechaba de ti,
intenté vigilar a Rose, pero ella malinterpretó mis intenciones.
Reconozco que quizás actué con cierta torpeza. Finalmente, cuando
se supo que ella había desaparecido en extrañas circunstancias,
sospeché que tú mismo la habías raptado y fui a buscarla a la
vieja cabaña del bosque, donde solíamos jugar con Annabel cuando
éramos pequeños. Sin duda, de todos los lugares que conocías era
el más adecuado para esconderla. Tú no estabas cuando llegué.
Habías tenido que volver al pueblo con tu mujer, para hacer el papel
de padre atribulado delante de la policía y los medios de
comunicación. Fui allí con la idea de rescatarla, pero en el último
momento lo pensé mejor. Me dije que sería demasiado cruel para Rose
que se acabara sabiendo la verdad: que su propio padre la había
raptado con fines inconfesables. Así que actué como si yo fuera el
secuestrador. Al mismo tiempo, dejé a su alcance una navaja para que
pudiera liberarse ella misma antes de que volvieras, cosa que no
podrías hacer mientras tuvieras a la policía en tu casa. Así, al
asumir las culpas conseguí ahorrarle a Rose el horror de saberse
víctima de su propio padre. Pero lo hice por ella, no por ti. Para
mí eres un perfecto miserable y quiero que lo sepas.
Dicho
esto, Oliver se calló, se levantó de la silla y empezó a dar
vueltas por el cuarto, sin mirar a su hermano. Este permaneció en
silencio durante unos minutos y luego dijo:
—Supongo
que tienes razón. Soy una basura, siempre lo fui y siempre lo seré.
Nunca he podido resistirme a… esos impulsos… y, mientras Rose fue
pequeña, no hubo ningún problema, pero cuando creció y se
convirtió en una hermosa mujercita… bueno, me olvidé de que era
mi hija y… ya conoces el resto. Pero ahora serás tú quien vaya a
la cárcel. Lo siento, pero no me siento capaz de confesar la verdad.
—No
te pido que lo hagas. Sería terrible para Rose.
—¿Y
no tienes miedo de que vuelva a las andadas, cuando tú ya no estés
para impedirlo?
—¡Oh,
eso no me importa nada! Si esto fuera a durar, la cosa sería
distinta. Pero no es el caso. No tendrás tiempo de hacerle daño a
tu hija.
—¿Cómo?
No entiendo.
—El
Templo de la Sabiduría, ¿te acuerdas? Dije que no existía. Mentí:
sí existía. Yo lo encontré, leí la inscripción del altar… y
luego lo volé con dinamita para que nadie más volviera a
encontrarlo. Sería demasiado terrible para el mundo saber la verdad.
Pero ahora ya da igual. Mañana mismo…
Oliver
se calló, se asomó a la única ventana del cuarto, miró con
melancolía las calles de la ciudad, tenuemente iluminadas por los
últimos rayos del sol, y dijo en voz muy baja, demasiado baja para
que la oyera su hermano:
—Mañana
despertará Cthulhu y el mundo morirá.
Texto: Francisco Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.