Texto: Robert Ervin Howard. Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Texto: Robert Ervin Howard. Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Siempre he sido lo que se suele llamar una buena persona, aunque hoy, a causa de una serie de infaustas casualidades, he tenido un día más ajetreado de lo normal.
Esta mañana visité una tienda de libros viejos, donde tuve la suerte de encontrar un valioso manual de magia negra. El librero, que debía de ser un auténtico ignorante, me permitió llevármelo por un precio irrisorio.
Desgraciadamente, mi suerte no tardó en torcerse. Apenas había llegado a mi casa cuando alguien llamó al timbre. El inoportuno visitante era un completo desconocido, que, una vez abierta la puerta, me soltó estas palabras sin más preámbulos:
—Me consta que usted acaba de adquirir cierto libro que yo llevaba años buscando. Quiso mi mala suerte que usted se me adelantase, pero, como suele decirse, todo tiene remedio salvo la muerte. Si me entrega ahora mismo el libro, le entregaré el triple de lo que ha pagado por él.
—¿Y si no quiero vendérselo?
—Puedo aumentar la oferta. Por otra parte, debería saber que hay otras personas dispuestas a obtener ese libro... y no todas son tan razonables como yo.
—No se trata de dinero. Y le aseguro que sé cómo tratar a entrometidos como usted o esos señores de los que habla.
—Bien, me temo que tendré que emplear métodos más convincentes.
El desconocido extrajo una pequeña pistola de su bolsillo y me apuntó con ella, pero en ese preciso instante llegó del colegio mi hija Raquel, quien, sin percatarse del peligro que corríamos, me saludó alegremente. Su saludo hizo que mi adversario bajara la guardia durante un instante y yo aproveché su distracción para arrebatarle el arma. Esta se disparó durante la refriega, provocando la muerte inmediata del intruso. Pero su eliminación no mejoró demasiado mi situación, pues ante los ojos de vecinos y viandantes (que habían oído el disparo y visto morir al desconocido, pero ignoraban que él me había amenazado previamente), yo parecía un asesino que acababa de matar a un pobre hombre a sangre fría.
Sabiendo que pronto vendría la policía, entré rápidamente en casa con Raquel y, tras darle ciertas instrucciones, le dije que bajase al sótano con el dichoso libro en sus manos.
Pocos minutos después la policía acordonó la casa y me amenazó con entrar por la fuerza si no me entregaba. Pero yo no podía abandonar la casa y, por otra parte, debía ganar tiempo para que Raquel pudiera cumplir su misión. No me quedó más remedio que disparar desde la ventana del ático contra los agentes, causándoles serias heridas a algunos de ellos.
Los demás policías, viendo que yo no estaba dispuesto a rendirme, se prepararon para un asalto más contundente, que sin duda hubiera supuesto mi arresto o quizás mi muerte, de no ser porque entonces la tierra empezó a temblar como si un seísmo azotara la ciudad. El suelo se quebró, formándose profundas grietas de las que surgieron tentáculos inmensos, más semejantes a serpientes gigantes que a los brazos de un pulpo. Aquellas monstruosidades aplastaron los vehículos de los policías, destrozaron los edificios del vecindario y provocaron numerosas muertes, pero ni siquiera se acercaron a mi casa, pues yo, en previsión de semejantes eventualidades, había protegido mi hogar con una estrella protectora de cinco puntas (motivo por el cual no podía permitir que los policías me llevasen a comisaría).
Mientras el monstruo proseguía su masacre por otros barrios de la ciudad, bajé al sótano, donde felicité a Raquel por el éxito de su misión, que consistía en usar un ensalmo del libro para invocar a aquella abominación lovecraftiana, mientras yo entretenía a los policías con mis disparos. Ahora solo nos quedaba buscar otro hechizo, lo cual nos llevó bastante tiempo, durante el cual aquella cosa sin duda tuvo tiempo de provocar cientos o quizás miles de muertes. Pero finalmente conseguimos nuestro objetivo: con un nuevo ensalmo le dimos marcha atrás al tiempo, hasta el momento en el cual el intruso llamó al timbre de mi puerta. En esta ocasión no quise discutir con él y le conté un embuste sobre un ladrón con el rostro encapuchado, que supuestamente me había robado el libro al salir de la librería. El muy tonto se lo creyó y se fue con el rostro compungido, con lo cual el resto del día transcurrió sin nuevos (ni viejos) incidentes.
Aun así, me pesa en el alma haber tenido que mentir, pues a fin de cuentas soy una buena persona, por si ya estabas empezando a dudarlo.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay-Kimut.
Aunque Nerea no es la protagonista de esta historia, conviene que digamos un par de cosas sobre ella: cuando sucedieron los hechos vamos a relatar, era una atractiva adolescente que soñaba con ser actriz de cine. Un día, poco después de que hubiera cumplido los dieciocho años, su amiga Vera la abordó al salir del instituto donde ambas estudiaban bachillerato y le dijo en tono confidencial:
—Le he hablado de ti a un amigo mío, que es fotógrafo profesional y trabaja para una revista de moda muy conocida. Me dijo que le gustaría hacerte algunas fotos y, si queda contento con el resultado, podría recomendarte para trabajar como modelo.
—Suena bien, pero ya sabes que a mí lo que me gusta es actuar.
—Sí, lo sé. Pero eso te ayudaría a saltar al cine. Hoy en día casi todas las actrices jóvenes proceden del mundo de la moda, más aún que del teatro.
A Nerea se le encendieron los ojos al oír estas palabras, pero luego suspiró y dijo con voz triste:
—Estaría genial, pero no creo que mis padres me dejen. Nunca han tenido muy clara la diferencia entre una agencia de modelos y una red de trata de blancas.
—Ahora eres mayor de edad, así que ya no necesitas su permiso.
—Da igual. Para ellos seré menor de edad hasta que gane mi propio dinero.
—Precisamente de eso se trata, de que empieces a ganar dinero. Si te parece bien, el próximo sábado te llevo con mi amigo. Y a tus padres no les digas nada, ¿vale?
—Vale, Vera. Muchas gracias por todo.
Aquel sábado Nerea salió de su casa a primera hora de la mañana, tras decirles a sus padres que había quedado con una amiga para practicar footing, aunque debajo del chándal llevaba puesto su bikini más atrevido.
Vera la aguardaba cerca y, tras una breve caminata, ambas llegaron a su destino. Se trataba de un edificio bastante moderno, perteneciente a la compañía de la poderosa familia Vázquez, la cual había instalado unas oficinas en la primera planta. Sin embargo, los fines de semana aquellas oficinas estaban cerradas y a simple vista el resto del edificio parecía deshabitado, pues no había ninguna ventana abierta. Vera, que tenía las llaves, le dijo a Nerea:
—Mi amigo le alquiló su piso a la Compañía Vázquez y casi siempre tiene las ventanas cerradas, porque dice que trabaja mejor con luz artificial.
—Yo pensaba que haríamos las fotos en las oficinas de la revista.
—Bueno, esa era la idea original. Pero anoche él me envió un mensaje, para decirme que prefería hacerte las fotos en su propio estudio... por el fondo y cosas así.
Cuando entraron en el piso del fotógrafo, Nerea descubrió, sorprendida, que allí la oscuridad era casi absoluta, salvo por el lúgubre resplandor de unos viejos candelabros. No solo estaban cerradas todas las ventanas, sino que la luz eléctrica estaba apagada. La muchacha, vagamente asustada, miró hacia atrás, solo para descubrir que Vera había cerrado la puerta con llave.
Entonces una sombra siniestra, en cuyo oscuro rostro solo se distinguían dos pupilas brillantes como las de una fiera salvaje, surgió de las tinieblas y se encaminó, lenta pero inexorablemente, hacia la aterrorizada Nerea. Cuando la muchacha comprendió que había caído en una trampa, intentó gritar, pero Vera le tapó la boca y le susurró con voz maliciosa:
—Tranquila, guapa, él solo quiere tu sangre. Ser mordida por un vampiro es más romántico que enseñarle tu cuerpo a un fotógrafo pervertido, ¿no te parece?
Pero entonces la puerta del piso se abrió estrepitosamente, derribada por una fuerza incontenible, e hizo su aparición un muchacho pálido y desarrapado, que agarró a Vera y la separó de Nerea sin muchos miramientos. Luego le dijo a esta última con tono imperioso:
—¡Vete de aquí deprisa!
Nerea no necesitó que le repitieran la orden de marcharse y bajó corriendo las escaleras, saliendo rápidamente del edificio y de esta historia, mientras su misterioso salvador se quedaba en el piso, atrapado entre el monstruo de la oscuridad y Vera, que había sacado una pistola del bolsillo y le bloqueaba la salida. Pese a estar atrapado, el muchacho no mostró ningún temor y dijo tranquilamente:
—Ni siquiera habéis intentado retener a la chica. Ella solo era un cebo para atraerme, ¿verdad? Supongo que esto es cosa de mi madre. A nadie más se le ocurriría resucitar a un vampiro para atraparme. Ni tampoco convertir a una adolescente como tú en una sicaria.
Vera sonrió y dijo:
—Eso es cierto, Ruy. Sabemos que tu sexto sentido te dice dónde hay una persona inocente en apuros y que, siendo un estúpido romántico, siempre acudes al rescate de los necesitados. Pero en esta ocasión eres tú quien necesita ayuda. Ni siquiera tu fuerza puede dañar al vampiro, pues su única debilidad es la luz solar. La luz eléctrica le causa algunas molestias y por eso la mantiene apagada, pero eso no tiene mucha importancia.
Entonces fue Ruy el que sonrió y dijo:
—Deberías saber que este edificio tiene paneles solares en la azotea. Toda su energía eléctrica procede del Sol y, por tanto, puede hacerle tanto daño a un vampiro como la misma luz solar.
Durante un instante Vera pareció turbada, pero luego recobró el aplomo y dijo:
—¡Quieres engañarme! Siendo tu madre la dueña de media ciudad, no iba a mandarnos venir precisamente a un edificio donde el vampiro es vulnerable.
Mientras Vera seguía hablando, Ruy, con un movimiento tan rápido que ni siquiera el vampiro pudo detenerlo, golpeó el interruptor de la luz. Cuando aquella energía procedente del Sol se derramó sobre la piel del monstruo, este empezó a arder y las llamas se extendieron rápidamente por todo el piso, amenazando con incinerar el edificio entero. Vera disparó sobre Ruy, pero, cegada por el rápido tránsito de una oscuridad casi absoluta al intenso resplandor de las llamas, falló todos los disparos. El muchacho, que había cerrado los ojos, la localizó por el palpitar de su corazón, le arrebató su arma y la golpeó en el rostro, dejándola sin sentido. Luego la agarró y huyó con ella del edificio, segundos antes de que este se convirtiera en una enorme hoguera.
Cuando los dos estuvieron a salvo, Ruy depositó a Vera sobre el césped del jardín y esperó a que recobrase el sentido. Reanimada por la brisa fresca de la mañana, la joven abrió los ojos y le dijo a su salvador:
—Veo que me has salvado la vida, a pesar de que te había tendido una emboscada. No me gusta dar las gracias, pero supongo que debería hacerlo.
—No hace falta. Me conformo con que desde ahora me dejes en paz.
—¡Qué remedio! Tu madre no volverá a confiarme ninguna misión. Aunque en realidad fue culpa suya, por ordenarme que te tendiera la emboscada precisamente aquí, donde el vampiro podía ser destruido.
—Eso no fue culpa suya, sino mía.
Ruy sacó del bolsillo un teléfono móvil de última generación y se lo mostró a Vera, quien dijo sorprendida:
—¡Ese es el móvil de tu madre! Tú se lo quitaste y lo usaste para convocarnos aquí al vampiro y a mí. O sea, que en realidad fuimos nosotros los que caímos en tu trampa.
—En efecto. Mi madre siempre ha subestimado mi sexto sentido. Por eso no se le ocurrió pensar en algo obvio: esa extraña facultad a la que llamo “la sombra del mal” no solo me avisa cuando otras personas corren peligro, sino también cuando soy yo mismo el amenazado. Supe a tiempo que mi madre estaba tramado algo para atraparme, así que esta madrugada volví a casa, entré en su cuarto y le robé el móvil. El mensaje que recibiste con las instrucciones de la emboscada te lo envié yo mismo.
—¿Y cómo sabías con quién debías contactar? Maite no te lo habrá dicho voluntariamente. Y supongo que alguien como tú nunca sería capaz de torturar a su propia madre, por muy malvada que sea.
—En efecto, yo jamás podría lastimar el cuerpo del que nací. Pero no me importa hacerle chantaje. La amenacé con destruir su preciosa colección de libros de ocultismo si no me decía todo lo que quería saber. Ahora debo irme. Por cierto, yo de ti también me iría de la ciudad antes de que tu examiga te denuncie por agresión, si es que no lo ha hecho ya.
Dicho esto, Ruy se fue antes de que llegaran los bomberos.
Cuando la doncella de Maite Vázquez entró en el cuarto de su señora, para comunicarle que un edificio de su propiedad había sido destruido por un incendio, la encontró atada y amordazada, tal como Ruy la había dejado la noche anterior. Era la primera vez que madre e hijo se veían desde que Ruy había huido de casa varios meses antes, tras descubrir que era hijo de un demonio y que su madre pretendía usar sus poderes con fines perversos. Pero no todos los reencuentros familiares son particularmente cordiales.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Laura Cid era, a sus catorce años, una chica muy normal: vivía con sus padres en una sencilla pero acogedora casita en las afueras de Ourense, estudiaba 3º de ESO en un instituto público, se llevaba bien con todo el mundo y estaba secretamente enamorada de un compañero de clase llamado Brais Vázquez. Sin embargo, había un pequeño detalle que la apartaba de la normalidad absoluta: por las noches, después de dormirse, su mente se sumergía en extraños e intrincados sueños, normalmente triviales y a veces singularmente dramáticos, pero siempre mucho más complejos y realistas que los sueños de otras personas. Cuando se despertaba, Laura se sentía tan confusa que le costaba diferenciar sus recuerdos oníricos de los reales y a menudo sorprendía a sus padres durante el desayuno, al hablar con toda naturalidad de cosas que nunca habían sucedido salvo en su propia imaginación. La madre de Laura, que era una mujer muy práctica y racionalista, se sentía disgustada por esa tendencia de la niña a confundir la fantasía con la realidad e incluso hablaba de llevarla al psicólogo. En cambio, su padre, que era (sin llegar a los extremos de su hija) un hombre imaginativo y soñador, le quitaba hierro al asunto y decía que no se deberían menospreciar los sueños, pues estos pueden influir sobre la realidad. A continuación, como era un hombre culto, hablaba del arte surrealista, del “Kubla Khan” Coleridge y de “La antigua raza” de H. P. Lovecraft. Y su esposa, que quería que Laura fuera ingeniera de telecomunicaciones y no pintora surrealista, fruncía el ceño y mandaba a paseo al bueno del señor Cid.
Una noche, Laura tuvo el sueño más
extraño, dramático, complejo y realista de toda su vida. Se soñó a sí misma
siendo “mayor” (pero no demasiado, con unos veinte años o pocos más), caminando
por un lugar desconocido al lado de un atractivo muchacho rubio, que solo podía
ser una versión adulta de su adorado Brais Vázquez.
Laura nunca había querido ser ingeniera,
como deseaba su madre, ni mucho menos pintora o poeta, como auguraba su padre,
sino bióloga, para así poder viajar a lugares lejanos a estudiar la vida de los
animales salvajes. Al parecer, en aquel sueño se había cumplido su deseo: tanto
ella como Brais eran dos jóvenes zoólogos destinados por la universidad a un
remoto lugar de la selva amazónica para realizar investigaciones científicas.
Habían pasado el día fotografiando pájaros exóticos en las profundidades de la
selva y caminaban por un angosto sendero entre árboles sombríos, de vuelta al
lugar donde se hallaba instalado su campamento base. Aunque el ambiente era
salvaje y un tanto sobrecogedor, sonreían y charlaban tranquilamente, como si
estuvieran paseando por un parque urbano y no por aquella selva primordial
donde, sin duda, acechaban numerosos peligros. Y así hasta que tuvieron que
atravesar un río, no muy profundo, pero sí bastante ancho. Mientras Laura
caminaba cautelosamente sobre el lecho fluvial, procurando no resbalar, oyó a
su izquierda un chapoteo que llamó su atención. Torció el cuello para mirar y
se quedó pálida como una muerta cuando distinguió a escasos metros de ella la
cabeza de una gran anaconda. En un acto reflejo, Brais tomó su rifle y disparó
varias veces contra el reptil, que, herido de muerte, se hundió en las
ensangrentadas aguas del río. Entonces, ambos jóvenes vieron flotar sobre el
agua el cadáver de un enorme caimán, al que la anaconda, antes de morir, había
atrapado y asfixiado entre sus anillos. Laura, aún pálida de miedo y muy
sorprendida, le dijo a su amigo:
—¡Es extraño! La anaconda no solo no
quería atacarnos, sino que, de hecho, nos ha salvado la vida. De no ser por
ella, ese caimán hubiera podido hacernos trizas.
Brais no dijo nada e instó a Laura a
apresurarse mediante un gesto imperioso. Estaba visto que aquel río era
peligroso y a él ya no le quedaban balas.
Ya habían olvidado el asunto cuando
llegaron a una aldea india, por la que debían pasar de camino hacia el
campamento. Aquellos indios, aunque primitivos y supersticiosos, eran
normalmente pacíficos e incluso amables, pero en aquella ocasión recibieron a
los muchachos con visibles muestras de hostilidad. Varias mujeres lloraban
desconsoladas en torno al cuerpo lívido e inmóvil de un niño pequeño, que había
muerto envenenado por la mordedura de una víbora. Era la primera vez que pasaba
algo así desde que la tribu se había establecido en aquella selva sagrada, pues
existía un pacto ancestral entre ellos y las serpientes de la selva: los
hombres debían respetar a las serpientes y estas, a su vez, los respetarían a
ellos. Pero alguien había roto el pacto y las serpientes habían iniciado su
venganza. La muerte del niño solo había sido un aviso, pero, si el infractor no
era castigado antes del anochecer, el Dios Yig, padre de todas las serpientes,
lanzaría su implacable maldición sobre el mundo entero, con consecuencias
impredecibles. De alguna manera inexplicable, los indios parecían saber que
Brais había sido el responsable de su desgracia, pues este había ofendido a Yig
matando a una de sus hijas. Por tanto, el muchacho debía morir antes de que
cayera la noche o, de lo contrario, toda la tribu sufriría las iras del dios.
Brais y Laura aún no habían entendido nada cuando varios guerreros de fuertes
músculos se arrojaron sobre ellos como animales enloquecidos y los
inmovilizaron como si fueran dos niños pequeños. Brais intentó defenderse, pero
un guerrero colosal lo dejó sin sentido mediante un brutal mazazo en la frente.
Laura lanzó un grito de terror, pero otro indio la derribó de un manotazo, que
la dejó aturdida. Mientras varios guerreros se llevaban a la selva al
inconsciente Brais, Laura fue encerrada en una cabaña de madera, para que no
pudiera pedir ayuda a los demás miembros de la expedición, que se habían
quedado en el campamento e ignoraban completamente lo que estaba sucediendo.
Tras recuperarse del golpe que había
recibido, Laura pasó un buen rato sumida en la desesperación, aporreando la
puerta de la cabaña y pidiendo auxilio a gritos, sin que nadie le hiciera el
menor caso. Luego, algo más serena o simplemente agotada, decidió que debía confiar
en sí misma para huir de allí y salvar a Brais. Examinó uno por uno los
tablones de las paredes y vio que uno estaba algo flojo, de modo que podría
retirarlo sin demasiado esfuerzo.
El indio que custodiaba la cabaña donde
habían encerrado a Laura advirtió, con su fino oído de habitante de la selva,
unos ruidos extraños procedentes del interior del edificio. Decidió entrar para
echar un vistazo, pero, nada más penetrar en la cabaña, un fuerte golpe en la
cabeza lo dejó sin sentido. En un principio, Laura había pensado retirar el
tablón para huir por el hueco, pero, como este era demasiado estrecho, había
cambiado de idea. Tras llamar la atención del indio y dejarlo inconsciente
golpeándolo con el tablón, le arrebató su cuchillo y lo dejó allí, bien atado y
amordazado. Laura salió de la cabaña sin que nadie la viera, pues los aldeanos,
temerosos de las represalias del Dios Serpiente, se habían encerrado en sus
hogares antes de lo habitual. Aún era de día y Laura dudó entre ir al
campamento a buscar ayuda o buscar a Brais para salvarlo de la suerte que le
hubieran reservado los adoradores de Yig. Finalmente, optó por lo segundo, pues
el campamento estaba lejos y, en cambio, Brais debía de estar cerca, pues aún
no habían pasado quince minutos desde que se lo habían llevado. En cuanto al
camino que debía seguir para encontrarlo, la cosa estaba fácil, pues solo había
uno: la aldea estaba rodeada de maleza impenetrable por doquier, dejando aparte
un angostísimo sendero, donde todavía se distinguían numerosas huellas de pies
descalzos sobre el húmedo suelo limoso. Durante interminables minutos de miedo
y angustia, Laura caminó lo más deprisa posible por aquel sendero infernal, con
los pies hundidos en el cieno hasta los tobillos y su piel sudorosa
despiadadamente lacerada por las ramas espinosas de los arbustos. En un momento
dado, creyó oír el eco de unos pasos que se acercaban y apenas tuvo tiempo para
refugiarse entre la maleza, antes de que pasaran por allí varios guerreros
indios. Estos eran los mismos guerreros que se habían llevado a Brais y,
aparentemente, estaban volviendo a la aldea, pero Brais no iba con ellos. Laura
estuvo a punto de gritar de puro horror al pensar que su amigo había sido
asesinado, pero el miedo a ser descubierta y un rayo de esperanza la ayudaron a
contenerse. Vio que los machetes y las lanzas de los indios no tenían manchas
de sangre, por lo cual era probable que Brais siguiera vivo. Pero, en tal caso,
¿qué habrían hecho con él? Si solo quisieran mantenerlo prisionero, lo habrían
encerrado en alguna cabaña de la aldea, como habían hecho con ella, y no se lo
hubieran llevado a la selva. Los indios hablaban entre ellos y, aunque Laura no
entendía su lengua, creyó distinguir una palabra que había oído otras veces,
normalmente susurrada con temor: era el nombre de una charca situada en el
mismo corazón de la selva, donde se decía que acechaban grandes boas. Los
indios temían tanto ese lugar que no solían pronunciar su nombre sin una buena
razón, lo cual hizo pensar a Laura que quizás habían dejado allí a Brais, para
que las boas lo devorasen. Tenía sentido, pues, si Brais había ofendido al dios
de las serpientes, debían ser estas y no los hombres los que le hicieran pagar
por su crimen. Una vez que los indios se marcharon, Laura salió de su escondrijo
y retomó su camino. Pese a estar casi agotada, apuró el paso, pues tenía que
llegar a aquella charca maldita antes de que la noche se extendiera sobre la
selva. Ya se aproximaba el crepúsculo cuando Laura, jadeante y completamente
extenuada, llegó a la orilla de la charca. Brais había sido atado a un árbol
cuyas raíces se sumergían en aquellas aguas limosas y malolientes, preñadas de
sanguijuelas, y los indios lo habían golpeado varias veces, no solo para
aturdirlo, sino para que el olor de la sangre que huía de sus heridas atrajera
a las serpientes del pantano. Pese a estar medio mareada de cansancio y terror,
Laura no lo dudó: cortó las ligaduras del inconsciente Brais y, aunque no pudo
evitar que su cuerpo inerte cayera al agua, lo sacó rápidamente, antes de que
se ahogara, aunque para arrastrarlo hacia la orilla tuvo que invertir todas las
fuerzas que le quedaban. Brais seguía sin sentido y Laura estaba demasiado
cansada para reanimarlo, así que se limitó a sentarse a su lado y a esperar a
que la brisa fresca del atardecer lo ayudara a recuperar el sentido. Pero
entonces la muchacha oyó un sonido sibilante que puso todos sus nervios en
guardia. Pese a su estado de agotamiento, sus últimas reservas de adrenalina le
permitieron reaccionar a tiempo y, casi automáticamente, clavó su cuchillo en
la cabeza de una enorme serpiente, que había salido de las aguas del pantano
con la inequívoca intención de atacarlos. Los últimos coletazos del animal
removieron furiosamente las aguas del pantano, pero pronto se quedó inmóvil
para siempre. Laura no pudo contener un grito de alegría cuando vio morir al
monstruo, aunque no ignoraba que su muerte la había convertido también a ella
en una enemiga del Dios Serpiente. Pero no le importaba: cuando Brais se
recuperase, iniciarían el camino hacia el campamento, sin temor a los indios,
que nunca se alejaban de su aldea tras el anochecer. Sería una caminata larga y
fatigosa, pero el peligro ya había pasado y, al día siguiente, aquella
pesadilla habría terminado definitivamente.
Pero aquella pesadilla estaba destinada
a terminar antes de lo que pensaba Laura: aún no se había puesto el sol cuando
una espesa sombra, que no era la de la noche, cayó sobre la selva, haciendo
enmudecer a los pájaros y a los monos. Laura, sorprendida por aquella brusca
oscuridad, alzó sus ojos hacia el cielo y entonces no pudo contener un
desgarrador grito de horror: un enorme monstruo, semejante a una serpiente
gigante de miembros horrendamente antropomorfos, había surgido de la nada y la
observaba con sus despiadados ojos negros, desde una altura superior a la de
los más soberbios árboles de la selva…
Laura se despertó gritando, pero sus
padres, acostumbrados a sus pesadillas, no le hicieron caso. Una vez que la
muchacha se tranquilizó, suspiró y retomó el sueño, agradeciendo a un Dios más
benévolo que Yig que todo hubiera sido una fantasía. Al día siguiente, a la
hora de comer, Laura les contó a sus padres lo que había soñado y, como de
costumbre, su madre puso mala cara, mientras que su padre escuchó su historia
con un interés algo morboso. Tras finalizar la relación de los hechos, Laura
dudó y dijo:
—Durante el sueño siempre pensé que el
chico que estaba conmigo era Brais, el de mi clase, pero ahora no estoy segura.
Brais tiene los ojos castaños, mientras que aquel chico los tenía grises. Y ni
siquiera estoy segura de que en mi sueño yo fuera realmente yo. Soy zurda y,
sin embargo, estoy segura de que el cuchillo lo llevaba en la mano derecha.
¡Esto es muy raro!
El padre de Laura meditó en silencio durante
unos segundos y luego dijo, con aparente seriedad:
—Creo que tu sueño no fue un verdadero
sueño, sino que, mientras dormías, tu mente penetró, de algún modo
inexplicable, en los pensamientos de otra persona. Así, lo que sucedió en tu
“sueño” fue algo que pasó en el mundo real, pero no te pasó a ti, sino a
alguien que ni siquiera conoces. Mientras aquí era de noche, en Sudamérica aún
era de día, por eso…
La madre de Laura interrumpió a su
marido con su grito:
—¡Cállate, Ramón! Era lo que faltaba, ya
es bastante fantasiosa esta niña para que tú, encima, le metas ideas raras en
la cabeza. No quiero oír nada más de sueños ni de tonterías por el estilo. Y
tú, Laura, si estudiaras más y vieras menos películas de terror, seguro que no
tendrías tantas pesadillas,
Aún enfadada, la madre de Laura encendió
la televisión, para ver si las noticias del telediario introducían algo de
normalidad y realismo en la conversación. Pero sucedió justo lo contrario.
La joven periodista María Dapía,
presentadora del telediario de las tres, contó, con voz tensa, una noticia de
última hora que estaba aterrorizando al mundo entero: en la selva amazónica
había aparecido un enorme monstruo semejante a un hombre-serpiente, que se
estaba acercando a la ciudad de Manaos sin que ni nadie pudiera detenerlo.
Pocas horas antes, había destruido completamente una aldea india, matando a
todos sus habitantes, y también se le atribuía la misteriosa desaparición de
dos universitarios estadounidenses, un muchacho de veintidós años llamado Brian
Baker y una chica de veinte, llamada Laura Dyck. Según sus compañeros, ambos
habían salido de su campamento para fotografiar pájaros y no habían regresado.
Para colmo de males, todas las serpientes del mundo parecían haberse vuelto
locas y se estaban produciendo ataques de víboras en todas partes, incluso en
España, donde las urgencias hospitalarias se hallaban colapsadas por ese
motivo.
Mientras Laura y su madre oían
estupefactas aquellas aterradoras noticias, el señor Cid murmuró para sí mismo:
—Pues sí, los sueños pueden influir
sobre la realidad… y viceversa.

Mi nombre es Sara Lena, nací un día de primavera en la ciudad de México, soy autora de dos libros que forman una saga que, aunque ya está p...