LOS KRULL (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Una fría tarde de un futuro remoto, un padre y su hijo bajaron de las montañas, para visitar aquella ciudad muerta donde el primero había nacido y que al pequeño le resultaba completamente desconocida. Nada vivo quedaba allí, aparte de alguna vieja rata demasiado débil o enferma para buscar mejores cazaderos, y los mismos edificios empezaban a sufrir los efectos del abandono y del paso del tiempo. En cambio, aún se distinguían numerosos cadáveres, desparramados a lo largo y ancho de las calles o caóticamente amontonados en algún patio yermo. Pero eran cadáveres viejos, que ya no desprendían el hedor de la putrefacción y cuyos huesos blanqueados ya no presentaban la menor brizna de carne. El hijo sintió un estremecimiento al advertir las extrañas formas de los esqueletos: nunca hasta entonces, ni siquiera en sus pesadillas, había visto unos seres semejantes, ni vivos ni muertos.
Papá, ¿por qué hemos venido aquí? ¡Este sitio es terrorífico, quiero volver a casa!
El padre le dedicó una dulce mirada a su vástago, pero cuando habló su tono era de firmeza, e incluso de cierta severidad:
Pronto nos marcharemos, pero primero debes conocer nuestro pasado. No quiero que vayas por ahí diciendo que lo que te contamos tu madre y yo son cuentos de miedo para asustar a los críos. Y, si este sitio te da miedo, ahora que los krull están muertos y ya no pueden hacerte ningún daño, imagínate cuando estaban vivos y disponían de nuestras vidas según sus perversos caprichos.
Pero, ¿quiénes eran exactamente los krull y por qué les teníais tanto miedo?
Es una larga historia, pero intentaré abreviarla lo más posible. Todo empezó hace muchísimo tiempo, cuando hicieron su aparición unos seres terribles, quizás procedentes del espacio exterior, que conquistaron la Tierra e instauraron un imperio de terror sobre ella.
¿Te refieres a los krull?
No, los krull vendrían después. Los invasores eran de origen alienígena, mientras que los krull fueron creados por ellos a partir de criaturas terrestres que habían esclavizado. Afortunadamente, los extraterrestres no tardaron en morir, pues, aunque eran muy poderosos e inteligentes, sus cuerpos no estaban inmunizados contra los gérmenes de este planeta. Pero dejaron tras ellos una herencia envenenada: sus antiguos siervos se convirtieron en los nuevos amos del planeta y pronto demostraron ser tan crueles como sus antiguos amos, si bien no tan inteligentes. Nosotros los llamábamos los krull (no sé por qué, acaso por su crueldad), pero ellos se autodenominaban de otra manera, que ahora mismo no consigo recordar. Al principio los krull eran pocos y relativamente débiles, pero se hicieron cada vez más poderosos, hasta que todo el planeta se convirtió en su feudo. Pese a ser inteligentes, hacían cosas muy extrañas, quizás porque, a fin de cuentas, no eran verdaderos hijos de la Naturaleza, sino criaturas aberrantes creadas en un laboratorio. Eran lo suficientemente listos como para comprender y dominar las fuerzas más misteriosas del universo, pero al mismo tiempo las usaban de una forma totalmente absurda: destruían alegremente sus propias fuentes de alimento y a veces se masacraban entre ellos, por motivos completamente incomprensibles. En realidad, fue un milagro que no se hubieran extinguido antes.
—¿Pero qué les pasó? Una vez dijiste que tú mismo habías provocado su destrucción.
Bueno, esa es una verdad a medias. Deja que te siga explicando: como los extraterrestres, los krull no tenían escrúpulos a la hora de torturar, matar o esclavizar a otras criaturas, como tampoco los tenían cuando se trataba de hacer lo mismo con sus propios hermanos más débiles. Y, al igual que sus antiguos amos, empleaban seres vivos en crueles experimentos y yo mismo tuve que pasar por eso. Algunos krull, todo hay que decirlo, eran relativamente buenos, pero los malvados eran los que predominaban, tanto en número como en autoridad. Durante los primeros años de mi vida me respetaron, pues, aunque nací esclavo, mis primeros amos resultaron ser unos krull bastante bondadosos, dentro de lo que cabe. Pero, por una serie de accidentes que prefiero olvidar, acabé cayendo en manos de unos krull realmente crueles, que pretendían usarme como conejillo de indias en sus diabólicos experimentos. Nunca llegué a saber en qué pretendían convertirme, ni tampoco me importa demasiado. Durante aquella época, yo pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en una jaula, como si fuera una rata de laboratorio, pero un día el krull encargado de vigilarme se olvidó de asegurar la cerradura. Cuando me percaté de su error, tomé la decisión de intentar huir, pues prefería morir en el intento a seguir aguantando los experimentos de los krull. Conseguí salir de la jaula sin problemas, pero, cuando estaba a punto de huir del laboratorio, me topé con un krull que llevaba en la mano un frasco de cristal lleno de un líquido verdoso. El krull intentó atraparme, pero yo me lancé sobre él con todas mis fuerzas y caímos juntos al suelo. También se cayó el frasco y de ese modo se desparramó todo el líquido que contenía. Yo salí corriendo y aparecieron otros krull, que corrieron en mi persecución. Uno de ellos resbaló en el líquido que se había desparramado, cayó al suelo y al caer se cortó la mano con los cristales del frasco. Al verlo, todos los krull se quedaron paralizados de terror y se olvidaron de mí, de modo que pude huir al bosque y refugiarme en una casa abandonada. Yo no entendía por qué aquel pequeño incidente había causado tanto terror en los mis perseguidores, pero luego lo comprendí, cuando sentí que la brisa procedente de la ciudad de los krull traía consigo un horrible olor a muerte. Resulta que, en su inconcebible mezcla de inteligencia y locura, los krull habían creado un virus que resultaba letal para su propia especie, aunque no para las demás, y que en aquel frasco iban varios ejemplares, sumergidos en el líquido verde. Cuando aquel krull se hizo un corte en la mano con un fragmento del frasco, su sangre se infectó y, en breves, todos los demás krull se contagiaron: primero los del laboratorio, luego los de la ciudad, poco después los del mundo entero… Los intentos de contener la epidemia fueron inútiles y en cuestión de días los krull desaparecieron del planeta, exterminados por su propia creación. Lo único que queda de ellos es lo que ahora mismo ven tus ojos: huesos blanqueados y edificios en ruinas, nada más.
Es una historia muy triste, papá. A mí casi me dan pena los pobres krull.
¡Se nota que tú no los conociste cuando estaban vivos! Puedo asegurarte que, con raras excepciones, los krull eran verdaderos monstruos despiadados. ¡Vaya, ahora recuerdo cómo se llamaban a sí mismos! Si no me falla la memoria, se autodenominaban “seres humanos”.
Dicho esto, el viejo perro se encaminó de vuelta hacia las montañas, seguido por su cachorro.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

UN ROBO (MICRORRELATO)

La niña chilló al enterarse de que estaba en peligro, pero sus padres no acudieron. Impulsada por el miedo, la niña huyó de su cuarto y empezó a correr por la casa oscura, sin dejar de pedir ayuda con toda la fuerza de sus pulmones. Cuando ya estaba a punto de llegar al vestíbulo, el intruso que había entrado en la casa la atrapó y la amordazó, tal como había hecho anteriormente con sus padres. Luego robó todo el que quiso, mismo una hermosa muñeca que encontró en el cuarto de la niña. Pocos días después, la hija de los hombres que le habían comprado la muñeca al ladrón apareció muerta: al contrario que la primera niña, ella no tuvo la suerte de que un oportuno ladrón la salvara de la muñeca.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Canva.

LA HIJA (RELATO FANTÁSTICO)

 

Narración del inspector Michael W. Legrasse, miembro del Departamento de Policía de Nueva Orleans, Louisiana, USA:

Ante todo, debo decir que el accidente que causó hace trece años la muerte de mi desdichado amigo, el doctor Robert Dee, no tuvo, en sí mismo, absolutamente nada de extraño ni de misterioso. Los hechos, confirmados por las declaraciones de numerosos testigos y por la labor de los peritos policiales, fueron desde el primer momento bastante claros: aquella noche Robert volvía a casa en su coche, tras haber terminado su turno de guardia en el hospital, cuando, tras haberse visto obligado a realizar una brusca maniobra para esquivar a un perro que se cruzó en su camino, se salió de la vía y colisionó contra el surtidor de una estación de servicio, provocando así la explosión que acabaría con su vida. Puestos a buscar algún detalle anormal, sólo hallaríamos el hecho (a mi juicio insignificante) de que, según ciertos testimonios, el perro que provocó el accidente –un animal de gran tamaño y pelo negro, quizás un pastor belga abandonado por sus dueños- habría aparecido en la calzada de repente, “como surgido de la nada”, y que luego se habría desvanecido de la misma manera. Pero era una noche muy oscura, la calle estaba mal iluminada y, por tanto, no considero necesario recurrir a teorías estrambóticas para explicar esos detalles, por lo demás absolutamente circunstanciales.

Yo, como amigo de la víctima desde la infancia, decidí asumir la dura responsabilidad de comunicarle los hechos a Pamela, su esposa, por lo que me dirigí hacia su casa para decírselo en persona y, en la medida de lo posible, intentar consolarla. Recuerdo perfectamente cómo llamé al timbre de la puerta y cómo, tras unos minutos de espera que se me hicieron eternos, la propia Pamela, aún medio adormilada, me abrió la puerta. Cuando le conté lo que le había sucedido a su marido, la pobre Pamela acogió mis palabras con sorpresa e incredulidad. Según sus palabras, tenía que haberse producido un error en la identificación del cadáver, pues Robert estaba dentro de la casa en aquel mismo momento, durmiendo en la misma cama que ella acababa de abandonar para atender mi llamada. Entonces le pedí a Pamela que me dejase entrar y ambos subimos al cuarto donde dormía el matrimonio. Robert no estaba allí. Ni tampoco estaba en ningún otro lugar de la casa. Del mismo modo, su coche tampoco se hallaba en el garaje. Pero Pamela, ya al borde de la histeria, me juró una y otra vez que ella había estado con su marido aquella noche, que él había entrado en el cuarto cuando ella ya estaba en cama, medio dormida, y que luego él, sin encender la luz ni decir una sola palabra, se había tumbado con ella, y la había besado, y acariciado, y… A Pamela se le quebró la voz y sufrió un desmayo. Tardó varios días en recuperarse del trauma y fueron necesarios meses de tratamiento psicológico para que aceptara que ella no había estado con su marido aquella noche, que todo había sido un sueño o una fantasía urdida por su cerebro para huir de la terrible realidad. Pamela quería mucho a Robert.

Nueve meses después, Pamela dio a luz a Daniella, la hija póstuma de Robert. Danny, como la solemos llamar los que la conocemos, no se parece mucho a su padre, pero en cambio es clavadita a su madre. Las dos son bastante guapas y esbeltas, de complexión atlética, tez rosada, pelo rubio y ojos azules. Sin embargo, presentan caracteres distintos. Pamela es una mujer de carácter vitalista y extrovertido, aunque al mismo tiempo sensible y emotivo. Danny, en cambio, es una niña seria, incluso introvertida, y las impresiones del mundo exterior apenas cuentan para ella, que parece vivir permanentemente inmersa en sus propios pensamientos y fantasías. Por lo demás, es una muchacha tranquila y educada, que en el colegio saca notas excelentes y que, según sus profesores, tiene una inteligencia y una imaginación francamente envidiables, casi inusitadas en una chavalita de su edad. Pero no se relaciona demasiado con sus compañeros de clase, ni tampoco con los demás niños de la vecindad. Cuando yo paso por los alrededores del colegio durante el recreo (lo hago siempre que puedo, sobre todo para espantar a los distribuidores de hachís que en ocasiones intentan camelar a los niños), la veo siempre sola, sentada en alguno de los desvencijados bancos del patio, completamente ajena a los juegos y conversaciones de sus alegres condiscípulos. Su ocupación predilecta en esos momentos, cuando no está leyendo o estudiando, es escuchar música con sus auriculares, a la vez que les echa migas de pan a los gorriones, que parecen ser sus únicos amigos.

Un triste día de otoño, mientras miraba desde el otro lado de la verja cómo Danny realizaba su monótona labor de alimentar a los hambrientos pajarillos, me fijé en que no era el único que la estaba observando. Allí estaba también un conocido mío, John Leblanc, que era sacerdote católico en una parroquia cercana. John, de niño, había sido muy amigo de Robert y de Pamela, pero luego habían interrumpido completamente sus relaciones, aunque nadie sabía muy bien por qué. Según algunos, John, antes de haberse hecho sacerdote, se habría enamorado de Pamela y no habría podido soportar su desengaño cuando ella prefirió a Robert. Según otros, John, como fervoroso católico que era, habría acabado por sentirse distanciado de sus amigos, quienes habían abandonado, hacía ya mucho tiempo, toda práctica religiosa. De hecho, Danny estaba sin bautizar.

Cuando yo le pregunté a John qué estaba haciendo allí, este palideció y me contó, en voz baja y a veces trémula, una historia tan absurda que me hizo poner en tela de juicio su salud mental. Sus palabras fueron, aproximadamente, las siguientes:

¿Nunca te has percatado de que hay algo anormal en torno a esa niña? Piensa en lo que te contó su madre aquella noche, cuando murió Robert. Recuerda que ella nació exactamente nueve meses después de aquella noche. ¿Alguna vez has podido ver los rasgos del pobre Robert en su rostro? No, nadie podría verlos, pues, cuando Daniella Dee fue engendrada, su padre ya había sido devorado por las llamas.

¿Quieres insinuar que ella no es hija de Robert, que efectivamente alguien se acostó con Pamela aquella noche y la engendró? ¡Tonterías! Toda aquella historia del hombre que se coló en el cuarto no fue más que un sueño, hoy la propia Pam lo reconoce.

Sí, porque vosotros –la Policía, los psiquiatras- la habéis convencido de eso.

Por lo que tú quieras. En todo caso, yo registré la casa de cabo a rabo y te aseguro que allí no había nadie más que Pamela y yo… ni Robert ni nadie más.

Es que quizás registraste la casa con los ojos de la carne bien abiertos, pero con los ojos del espíritu velados. ¡Escucha lo que te digo! Hace varios días, en la catequesis, les pedí a los niños que se preparan para la Confirmación que me hiciesen un dibujo de una persona especial para ellos. Uno de los folios que recogí había sido ilustrado con un dibujo del rostro de Daniella.

Ignoraba que ella tuviera amigos en tu parroquia.

Y no los tiene. Ningún chaval de mi parroquia la conoce, eso ya lo he comprobado yo.

¿Pero estás seguro de que era Daniella la que aparecía en el dibujo?

Lo estoy. Pero eso no es lo más extraño, ni mucho menos. Mi grupo de catequesis lo forman exactamente doce niños, ni uno más ni uno menos. Y estoy absolutamente seguro de que, cuando recogí sus dibujos, ninguno de ellos me entregó más de un único folio. Pero cuando conté los folios… ¡eran TRECE!

¿Qué me estás contando? ¡Eso que dices no tiene sentido! ¿Quieres decir que uno de los folios (supongo que aquel donde estaba retratada Daniella) surgió de la nada?

Pues sí. Ya sé que es raro, incomprensible… Pero es la pura verdad. Cuando les mostré a los niños el retrato de Daniella, ninguno lo reconoció como obra suya. Por otra parte, era un dibujo artísticamente impecable, la obra de un maestro y no la de un crío.

¿Y no podrías enseñármelo?

Eso no. Lo quemé aquella misma noche. Aquel dibujo me estremeció el alma hasta el punto de que no pude conciliar el sueño hasta que quedó reducido a cenizas.

¿Pero tanto te asusta ver el rostro de una pobre niña?

No fue el rostro. El dibujo, por supuesto, no tenía firma. Pero sí presentaba una inscripción, una frase escrita con tinta roja en el ángulo inferior derecho. ¿Sabes lo que ponía? INCUBUS INCARNATE EST. ET HOMO FACTUS EST. Tú sabes algo de latín, conoces las viejas leyendas y has leído, entre otros cuentos de terror, “El gran dios Pan”, de Arthur Machen, así que podrás extraer tus propias conclusiones.

Dicho esto, John se fue a toda prisa, dejándome anonadado por la revelación. Cuando pude reflexionar, me di cuenta de que aquel hombre estaba en peligro de convertirse (si no se había convertido ya) en un fanático místico de la peor especie. Sus manías supersticiosas, mezcladas con el resentimiento que sin duda aún guardaba en su subconsciente contra los padres de la pobre Daniella, lo habían llevado a urdir aquella rocambolesca fantasía, basada en un dibujo de cuya existencia objetiva ni siquiera había la menor prueba. La cosa estaba terriblemente clara: John consideraba a Daniella la hija de un íncubo, aquellos demonios que, según las leyendas medievales, tomaban forma humana y se introducían en los dormitorios de las mujeres para copular con ellas. Por tanto, Danny sería para el enloquecido sacerdote un ser de origen diabólico. Y, como consecuencia, las intenciones del cura hacia la muchacha podrían ser cualquier cosa menos buenas. Contado así, sé que parece una historia demasiado ridícula para ser tomada en serio, pero no debemos olvidar que entre los siglos XVI y XVIII historias ridículas por el estilo causaron la muerte de muchas personas inocentes (especialmente mujeres y niñas) en las hogueras inquisitoriales. Además, los Legrasse sabemos muy bien qué crímenes pueden llegar a cometer los hombres en nombre de la religión, desde que en 1907 mi tatarabuelo John Raymond, también inspector de Policía, investigó los asesinatos rituales cometidos por los adoradores de un dios de las tinieblas llamado Cthulhu. Mi deber, como policía y como amigo, era poner a Pamela sobre aviso antes de que fuera demasiado tarde.

Varias horas después, acabada mi jornada laboral, decidí acercarme a la casa de Pamela para recomendarle que desconfiara de John. Mientras estuve en la comisaría intenté en varias ocasiones decírselo por teléfono, pero el aparato siempre comunicaba y al final decidí que lo mejor sería hablar con ella directamente.

Cuando llamé a la puerta, Pamela me la abrió casi al instante, como si hubiera estado aguardando mi llegada (creo que ella murmuró algo de que había oído el motor de un coche, lo cual era raro porque yo había llegado caminando y hacía tiempo que ningún coche pasaba por aquella calle). Mi amiga parecía nerviosa y pálida, incluso advertí un temblor en sus manos que no auguraba nada bueno, y llegué a pensar que acaso ya hubiera tenido una mala experiencia con John. Antes de que pudiera preguntarle nada, ella me invitó a entrar con un gesto nervioso, y yo di un paso para acceder al vestíbulo, el cual estaba bastante oscuro. Apenas había dado ese paso hacia el interior de la casa, cuando sentí en la cabeza un golpe terrible, que me sumergió bruscamente en una oscuridad más profunda e impenetrable que la del vestíbulo. Durante un tiempo (nunca llegué a saber cuánto exactamente) dejé de existir.

Cuando me desperté, con la cabeza dolorida y la mente medio congestionada, vi que me hallaba en el salón de la casa de Pamela, que se hallaba en la parte de la casa más alejada de la calle y cuyas ventanas daban al patio trasero. Frente a mí, apuntándome con mi propia pistola, se hallaba John. Y a escasos metros detrás de él, atadas a sendas sillas y con los labios sellados por mordazas de cinta aislante, estaban Pamela y Daniella, con sus bellos rostros desdibujados por el terror de la muerte. John, que, pese a ser el dueño de la situación, no parecía mucho más tranquilo que ellas, me habló con una voz entrecortada por la emoción, tras cuyos acentos temblorosos sentí arder la furia inclemente del inquisidor y del demente:

Sabía que vendrías a frustrar mis planes. Fue un grave error por mi parte haberte revelado mis conocimientos esta mañana, eso me ha obligado a precipitarme y a actuar con una violencia que yo nunca he deseado. Sin duda fue el Diablo quien me impulsó a contártelo todo, del mismo modo que fue Dios o uno de sus ángeles el que me avisó del peligro mediante un papel surgido de la nada. Yo vine aquí antes que tú, y lo hice con la mejor intención del mundo, sin armas en la mano ni odio en mi corazón. Intenté razonar con Pamela, le pedí que me permitiera bautizar a su hija para que las aguas sagradas limpiasen el alma de Daniella del estigma de iniquidad que la mancha desde su blasfema concepción. Pero ella –esta meretriz del Averno, a la que en otros tiempos consideraba mi amiga, y con la cual tuve… digamos, fantasías, antes de escuchar la llamada del Señor- me trató de loco y me dirigió insultos blasfemos. Tuve que usar la fuerza, la obligué a descolgar el teléfono y la amenacé con matar a su hija si no se sometía a mis órdenes. Ahora ya es demasiado tarde para solucionar el asunto de otra manera. Primero derramaré las aguas bautismales sobre la cabeza de ese ser abyecto al que llamáis “niña”, con la esperanza de que aún haya algo en ella que pueda ser salvado. Luego, le haré probar la Sagrada Forma. Si su cuerpo la admite, será que las aguas bautismales han conseguido lavar la impureza de su espíritu. Pero si no la admite, no tendré más remedio que matarla. Luego podréis hacer conmigo lo que vosotros y las leyes del mundo dispongáis en mi perjuicio, pero yo estoy presto a morir en paz si antes consigo erradicar al Maligno de ese cuerpo carnal… de un modo u otro.

Yo estaba aterrorizado, anonadado en cuerpo y alma frente a aquel loco, que sin duda estaba dispuesto a acabar con la vida de Daniella. La pobre niña, por su parte, se hallaba visiblemente aterrorizada, al igual que su madre. Posiblemente, los nervios le impedirían tragar cualquier alimento que se le intentara introducir en la boca. Si John le hacía tragar la Sagrada Hostia y ella a continuación la escupía o vomitaba, como seguramente pasaría, el maldito cura ya tendría una buena razón para matarla sin miramientos. No podía permitirlo.

Aunque todavía estaba medio aturdido por el golpe, me arrojé sobre John, con la vaga esperanza de que él no supiera manejar la pistola. ¡Vaya si sabía! Me atravesó el hombro izquierdo de un balazo, y creo que me hubiera podido atravesar igualmente el corazón si no fuera porque él, un hombre moral aun en medio de su locura, no deseaba matar a nadie si no era estrictamente necesario. Sin duda, él creyó que el impacto me arrojaría al suelo, como sucede en las películas, pero en la vida real no siempre sucede así, y a menudo un hombre herido por una bala puede mantenerse en pie hasta que la hemorragia acabe con sus fuerzas. Así, aunque medio mareado por el dolor y por la visión de la sangre que bañaba mi hombro, conseguí golpear a John y derribarlo, al mismo tiempo que le arrebataba el arma. Pero el cura no se rindió y apenas tardó unos segundos en levantarse, esgrimiendo en su diestra una pequeña pero temible navaja extraída de algún bolsillo oculto. Al parecer, no había sido del todo sincero cuando me había dicho que había venido sin armas. Yo intenté amenazarlo con la pistola, pero entonces sentí que el dolor y el mareo provocado por la hemorragia se aunaban para anular mis fuerzas. Se me nubló la vista y la pistola se deslizó de mis dedos trémulos, cayendo al suelo con un ruido sordo que apenas fui capaz de oír. Tampoco pude ver claramente lo que pasó después y, en buena parte, hube de deducirlo a partir de los resultados y de lo que me contaron ellas.

Al parecer, John había retrocedido instintivamente algunos pasos tras ver que lo estaba apuntando con la pistola, aunque siempre había conservado su navaja en la mano. Pero luego, al verme flaquear y perder el arma, se había lanzado contra mí como un lobo hambriento que se arroja sobre un toro herido, con su arma y su corazón dispuestos a bañarse en mi sangre. El inquisidor había dejado su lugar al cruzado y el fanatismo místico del sacerdote, al ver en peligro sus designios, se había convertido en mera furia bestial. Pero entonces la propia Daniella, imponiéndose admirablemente al terror que la atenazaba, había conseguido hacerle la zancadilla, introduciendo una de sus piernas entre las de su raptor. Este perdió el equilibrio y volvió a caer el suelo, pero esta vez para no levantarse nunca más. Quiso la suerte que al caer se le clavara su propia navaja en el corazón. Cuando me hube recuperado un poco de mi mareo, me acerqué, tambaleando, a Pamela y a Daniella, las desaté, y luego los tres nos abrazamos llorando. Habíamos visto la muerte muy de cerca, pero al final, en parte gracias a la suerte y en parte gracias al valor de la niña, habíamos conseguido salir con vida de aquella pesadilla. John se había creído un siervo de Dios, pero Él había estado con nosotros (fin del relato de Legrasse)

EPÍLOGO: Varios días después, Daniella Dee, durante el recreo, se dedicaba a desmigajar el pan para echárselo a los gorriones, aparentemente ensimismada y ajena a los ruidosos juegos de sus jóvenes camaradas. Los pajarillos, como es natural, parecían encantados con el banquete, pero al final hubieron de abandonarlo, mal de su grado, cuando un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, bajó del cielo y los expulsó a todos, amenazándolos con sus lúgubres graznidos. Cuando vio al cuervo, Daniella pareció emerger bruscamente de su ensimismamiento y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa se dibujó en su bello rostro de hada, mientras ella le guiñaba un ojo al cuervo. El guiño fue respondido.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Canva.

SED DE SANGRE (CUENTO FANTÁSTICO)


Pero, mamá, si nos vamos para siempre... ya no veré más a mis amigas. ¿Por qué tenemos que irnos de la ciudad?
Helena suspiró y le dijo a su hija, con voz tranquila pero firme:
Ya te lo he dicho, Ana. Me han destinado al colegio de ese pueblo y es mi trabajo, así que debemos irnos a vivir allí. Está demasiado lejos para ir en coche todos los días y, además, ya he alquilado una casita en las afueras, cerca del bosque. Ya verás cómo te gusta.
Ante el tono terminante de su madre, la pequeña Ana optó por callarse, más resignada que convencida. No podía saber que su madre le había contado una mentira (por su propio bien, en realidad): la maestra Helena Vázquez hubiera podido solicitar un destino en cualquier colegio de la ciudad donde vivían, pero había considerado más seguro irse a vivir al campo. El lugar donde se establecerían cuando comenzara el próximo curso había sido cuidadosamente seleccionado: era un pueblo alejado de los grandes núcleos de población y rodeado por espesos bosques, pero tampoco tan pequeño como esas aldeas donde todo el mundo se conoce y los vecinos se fijan excesivamente en los recién llegados. Helena sabía que, si sus temores se hacían realidad, Ana no estaría segura en la ciudad. Y todo parecía indicar que no tardarían en hacerse realidad, pues hasta los gestos más insignificantes de la niña recordaban cada vez más a los de su padre. Helena no quería reavivar recuerdos tristes, pero no pudo dejar de pensar en Víctor, el padre que Ana no había llegado a conocer.
Una década antes, cuando Helena era poco más que una adolescente, tenía que trabajar de camarera para poder pagarse sus estudios, pues sus padres eran muy pobres. Una noche, el dueño del bar donde trabajaba le había ordenado expulsar a un joven con aspecto de vagabundo, que llevaba varias horas ocupando una mesa, aparentemente ensimismado en su mundo interior y sin pedir ninguna consumición. Se trataba de un muchacho mugriento y desaliñado, aunque había algo en él (quizás fuera su mirada triste) que revelaba la presencia de un alma superior, oculta tras sus andrajos y su barba de dos días. Como no podía desobedecer a su jefe, Helena, muy amablemente, le pidió al joven que abandonara el local, poniendo como excusa que se acercaba la hora del cierre. Y de paso, la muchacha introdujo, sin que nadie la viera, un billete en el bolsillo del vagabundo, quien, por su parte, se marchó sin proferir ninguna queja. Poco después, terminó el turno de Helena y esta se fue a su casa por las oscuras calles de la ciudad. Ella solía coger un taxi, pero no tenía dinero, pues le había dado todo lo que llevaba encima a aquel desconocido, de modo que se vio obligada a caminar. Hallándose en uno de los puntos más oscuros y solitarios de su trayecto, la muchacha fue asaltada por un atracador que, a falta de dinero, intentó robarle el móvil. Pero entonces apareció el vagabundo del local, que llevaba tiempo siguiéndola para devolverle su billete. Salvo por un detalle, todo fue como en un cuento de hadas: el caballero andante apareció en el momento oportuno para rescatar a la dama en apuros. Víctor, que así se llamaba el vagabundo, espantó al atracador, pero se llevó un buen navajazo. Helena lo atendió, agradecida, y así fue como surgió el amor entre ambos. Durante el poco tiempo que estuvieron juntos, Víctor y Helena se amaron con pasión y de su unión, nunca oficializada como matrimonio, nació Ana, una hermosa niña que prometía ser tan noble como su padre y tan dulce como su madre. Pero, pocos días después, Víctor murió durante un altercado con la policía. Al saberlo, Helena lloró con amargura, pero nunca sintió el menor odio hacia los responsables de su muerte. Dadas las circunstancias, no habían hecho otra cosa que cumplir con su deber, que era proteger a los habitantes de la ciudad. Y Víctor, con toda su bondad, a veces se volvía… peligroso.
En todo caso, aquello ya no tenía remedio, así que lo importante era evitar que Ana terminara como su padre. Y por eso Helena había decidido abandonar la ciudad y llevársela a un lugar donde estuviera más segura, aunque todavía no hubiera llegado el momento de contarle la verdad. Para no amargarse más con aquellos recuerdos, Helena volvió al presente, sonrió y le dijo a su hija, con la intención de levantarle el ánimo:
Mira, voy a ir a la joyería a comprar unos pendientes para el cumpleaños de la abuela. ¿Por qué no vienes conmigo? Me ayudas a escogerlos y luego te invito a tomar un batido de fresa, ¿vale?
Vale, mami, ¡muchas gracias!
Aquello no fallaba nunca, pues Ana se pirraba por los batidos de fresa.
Poco después, madre e hija entraron en la joyería. Ya se acercaba la hora del cierre y no había más clientes que ellas, así que el dueño no tardó en atenderlas. Pero entonces entraron dos nuevos clientes, un joven elegantemente vestido y una chica bastante guapa, que parecía ser su novia. Sin embargo, los recién llegados no pensaban comprar nada, pues nada más entrar manifestaron sus verdaderas intenciones. Sacaron sendas pistolas de sus bolsillos y, sin alzar la voz, amenazaron con usarlas si no se seguían sus instrucciones al pie de la letra. El muchacho obligó al joyero, a Helena y a Ana a entrar en la trastienda, donde debían permanecer hasta que terminara el atraco. La chica cerró la puerta, puso el cartel de CERRADO, apagó las luces y luego fue a reunirse con los demás, llevando un rollo de cinta adhesiva en la mano. Cuando entró en la trastienda, el joyero hizo un intento desesperado de agarrarla y arrebatarle su arma, pero, pese a su aspecto frágil, aquella muchacha era muy peligrosa. No solo esquivó su acometida, sino que además le propinó varios culatazos en la frente, hasta dejarlo sin sentido. Y, cuando ya estaba indefenso, le cortó el cuello con una navaja. Luego, se dirigió a Helena y a Ana, con una sonrisa cínica en los labios y estas palabras:
Bueno, preciosas, ¿ustedes qué prefieren, que las matemos como a este imbécil o ser buenas chicas y hacer lo que nosotros les mandemos?
Las aludidas, pálidas de miedo, no fueron capaces de responder, pero eligieron la segunda opción.
Poco después, los atracadores ya se habían hecho con las joyas más valiosas del establecimiento, pero no se decidían a irse, pues por la calle aledaña estaban pasando continuamente vehículos policiales. Ella le dijo a su compañero, impaciente y casi furiosa:
Seguro que el cerdo del Navajas le dio un chivatazo a la poli a cambio de dinero para comprar droga. Con amigos como ese, no sé para qué queremos enemigos. Menos mal que él solo sabía que íbamos a actuar en este barrio y no le dijimos el nombre de la joyería.
El muchacho, que parecía más tranquilo, le dijo, con un tono despreocupado:
Tranqui, nena, no hay prisa. Ya se cansarán de pasar por aquí y luego nos largaremos. Mientras tanto, voy a divertirme un poco. Tú puedes mirar, si quieres.
Dicho esto, el joven, seguido por su compañera, entró en la trastienda. El cadáver del joyero yacía sobre un charco escarlata, mientras que Helena y Ana , atadas, amordazadas e indefensas, observaban a sus captores con sus pupilas dilatadas por la angustia. El atracador se acercó a Helena, la agarró por un brazo y la separó de su hija, para hacer con ella lo que él había llamado “divertirse”. Indiferente a los gemidos y a los patéticos forcejeos de la maestra, o más bien excitado por ellos, empezó a desabrocharle con parsimoniosa sensualidad los botones de la blusa. Aunque ya no era una chiquilla, Helena seguía siendo muy guapa y su esbelto cuerpo había despertado la lujuria del atracador. Ana, que, pese a ser una niña, intuía lo que pretendía hacerle a su madre, se olvidó del miedo y miró con odio a aquel miserable. La chica se burló de la niña e hizo ademán de acariciarla con falsa ternura, mientras le decía:
Mira bien cómo se hace, guapita, porque luego, si no podemos irnos, a lo mejor te toca a ti. No sería la primera vez que mi amigo lo hace con una cría.
Dicho esto, la muchacha posó su mano sobre la pálida y sudorosa frente de Ana, pero la retiró inmediatamente, mientras profería un grito de sorpresa y dolor. El atracador, furioso, se apartó de Helena y le dijo:
¿Estás loca? Amordazamos a estas para que no griten y ahora gritas tú. ¿Qué te pasa?
La aludida respondió, con voz temblorosa:
Es que… la piel de esta niña… está ardiendo como el fuego. Esto… no es natural.
¡Vaya cosa, los nervios le habrán producido fiebre! Y, como vuelvas a gritar, te…
El hombre no pudo seguir hablando. Él y su compañera solo habían apartado la mirada de Ana durante unos segundos, pero en ese pequeño intervalo había tenido lugar una monstruosa transformación: donde antes había una niña pequeña, atada y amordazada, ahora se hallaba una criatura monstruosa, semejante a un lobo en su forma y tamaño, pero su pelaje negro como una noche sin luna y sus ojos rojos como el fuego del Averno le otorgaban un aspecto más bien diabólico que simplemente bestial. El monstruo abrió sus fauces, mostrando unos colmillos blanquecinos como el rostro de la Muerte, se lanzó sobre el atracador, con los belfos inundados de espuma, y le propinó una atroz dentellada, que le dejó el brazo derecho bañado en sangre y le hizo tirar su pistola. Víctimas de un horror irresistible, los atracadores huyeron de la joyería, dando gritos de angustia y dejando a su paso un reguero de sangre. Tan ciega era su huida que, tras recorrer varias calles a toda prisa y empujar a no pocos viandantes, intentaron atravesar una carretera, precisamente cuando pasaba por allí un camión a bastante velocidad. El chófer, cogido por sorpresa, no pudo detener su vehículo a tiempo y los arrolló a ambos con trágicas consecuencias.
Mientras tanto, en la joyería el lobo había desaparecido tan súbitamente como había aparecido, dejando en su lugar a una niña completamente desnuda e intensamente pálida, que lloraba desconsolada, agachada en un rincón de la trastienda. Helena consiguió liberarse de sus ligaduras y la abrazó con fuerza, mientras le decía con una voz trémula de emoción:
Tranquila, cariño, nos iremos a vivir al pueblo y allí estarás segura. Te juro que no te abandonaré nunca y que no dejaré que nadie te haga daño por ser… como papá.
Sí, de un modo parecido la había salvado Víctor diez años atrás. Todo como en un cuento de hadas, salvo por un detalle más propio de los cuentos de miedo: Víctor era un licántropo, al igual que su hija. Sin dejar de llorar, Ana fue capaz de decir:

Mamá, ¿no podrías darme… un vasito de agua? La sangre es como los batidos de fresa… sabe muy bien, pero no te quita las ganas de seguir bebiendo. 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Canva.





EL DESCONOCIDO (CUENTO)

Sara tenía quince años y vivía con Rosa, su madre viuda, en las afueras de una pequeña ciudad gallega. Un día, al volver del instituto, le dijo a su madre que un desconocido la había seguido por las calles. Se trataba de un hombre joven, de rostro pálido, pelo castaño y barba de dos días. Rosa se sintió preocupada al oír esto, pero intentó tranquilizar a la muchacha:
-Tranquila, Sara, seguro que ese chico solo era un pobre que quería pedirte dinero. Pero, de todas formas, será mejor que no salgas sola durante algún tiempo, ¿vale?
-Vale, mami. Además, hoy tengo que quedarme en casa para estudiar.
Después de comer, Rosa salió de su casa para ir al trabajo y entonces la abordó un joven desconocido, cuyo aspecto coincidía con el descrito por Sara. Aquel individuo se dirigió a ella con mucha educación:
-Disculpe las molestias, pero le ruego que me permita hablar con su hija. Se trata de algo muy importante.
-¡De eso nada! Déjanos en paz a mi hija y a mí o llamaré a la policía, ¿entendido?
El desconocido no dijo nada, pero, cuando Rosa se hubo alejado, murmuró para sí mismo:
Pues no, guapa, no voy a dejarte en paz. Ni a tu hija tampoco.
Aquella tarde Sara se quedó en su cuarto, intentando repasar apuntes de Historia. Digo “intentando” porque en alguna calle cercana había un perro vagabundo, cuyos largos aullidos le impedían concentrarse. Harta y aburrida, Sara murmuró:
¡Jolín, tío! ¡A ver si alguien te echa un hueso y te atragantas!
Tras proferir aquel deseo tan poco caritativo, abrió la ventana para ver dónde estaba el dichoso perro. Sin embargo, lo que vio fue otra cosa más inquietante: un hombre enmascarado había entrado en el jardín de su casa, con la aparente intención de forzar la puerta y entrar. Sara, asustada, empezó a gritar pidiendo ayuda, pero el intruso consiguió huir antes de que llegaran los vecinos. Aunque Sara no pudo verle la cara, pensó que se trataba del mismo hombre que la había seguido al salir del instituto. La policía no pudo localizarlo, pese a que varios vecinos aseguraron haberlo visto caminando por el barrio poco después del incidente.
Al día siguiente Sara recibió un mensaje de su amiga Nerea, que la invitaba a pasar la tarde en su casa de campo. Rosa la llevó en coche, pero cuando llegaron a su destino no había nadie para recibirlas. Rosa, sorprendida, le dijo a su hija:
Vete a dar una vuelta por ahí, a ver si los encuentras. Yo me quedaré aquí y te llamo al móvil si veo a Nerea, ¿vale?
Vale, mami.
Sara se internó en el bosque, pero no encontró el menor rastro de su amiga ni de sus padres. Decidió volver a la casa, pues le pareció que algo o alguien la vigilaba desde los arbustos. Mientras pasaba enfrente del garaje, creyó oír un gemido ahogado. Entró para echar un vistazo y encontró a su madre, que estaba atada y amordazada, al igual que Nerea y sus padres. Sara intentó liberar a Rosa y a los demás rehenes, pero entonces apareció el enmascarado, que se arrojó sobre ella y le tapó la boca con la mano. Sin embargo, la muchacha consiguió desasirse y, comprendiendo que allí nadie oiría sus gritos de socorro, intentó huir atravesando el bosque.
Primero cobró ventaja sobre su perseguidor, pero luego resbaló y cayó al suelo, haciéndose daño en una rodilla. Al verla indefensa y aterrorizada, el enmascarado sonrió cruelmente y le dijo:
Ahora no tienes escapatoria. ¡Voy a disfrutar como si este fuera el último día de mi vida!
Sí. De hecho, este será el último día de tu vida.
Sara se quedó pasmada cuando vio que quien acababa de hablar era el joven de pelo castaño, que había surgido de la maleza para enfrentarse a su agresor. Ella siempre había dado por hecho que aquel joven desconocido y el enmascarado eran la misma persona, pero estaba equivocada. El criminal sacó una navaja, pero el recién llegado no se asustó, sino que sonrió con tristeza y dijo:
¡Ojalá pudiera evitar esto! Pero no me dejas otra opción. ¡Que Dios nos perdone a ambos!
Entonces se produjo una monstruosa metamorfosis: el muchacho de pelo castaño se transformó rápidamente en un enorme lobo de ojos ardientes. Una vez consumada la transformación, profirió un aullido largo y terrorífico, cuyo tono Sara reconoció, pues ya lo había escuchado anteriormente. Aunque estaba completamente aterrorizada, tuvo una súbita intuición: de la verdad: aquel extraño ser la había seguido hasta allí, pero no para hacerle daño, sino para protegerla.
Aun así, se desvaneció de puro terror cuando vio cómo el lobo mataba al enmascarado.
Ya era casi de noche cuando se despertó. El lobo había desaparecido y de nuevo estaba allí el joven de pelo castaño. Sara, aún asustada, le suplicó:
¡Por favor, no me hagas daño!
El joven sonrió y le dijo:
Tranquila, yo nunca he querido hacerte daño.
¿Quién eres tú?
Depende del momento. Algunas veces soy un hombre solitario y otras un lobo… pero siempre un amigo de quienes se hallan en peligro. Ayer sentí que te seguía una sombra maligna e intenté advertirte para que tuvieras cuidado, pero tu madre y tú misma malinterpretasteis mis intenciones. Ahora esa sombra ya ha desaparecido y debo marcharme.
Dicho esto, el joven se levantó y se dirigió hacia el bosque. Sara le dijo:
¡Espera, por favor! Me has salvado la vida y ni siquiera sé cómo te llamas.
El joven se volvió, la miró sonriente y le dijo:
—Un lobo no tiene nombre.
Dicho esto, desapareció entre las sombras del bosque.
Poco después, Sara llegó cojeando al garaje y liberó a los prisioneros, empezando por su madre. Rosa, llorando de emoción, abrazó a su hija y le preguntó:
¿Y qué fue de aquel hombre, del enmascarado?
Sara no sabía mentir, pero tampoco tenía por qué hacerlo:
Lo mató un lobo.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

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