EL SUEÑO DE LAURA (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Laura Cid era, a sus catorce años, una chica muy normal: vivía con sus padres en una sencilla pero acogedora casita en las afueras de Ourense, estudiaba 3º de ESO en un instituto público, se llevaba bien con todo el mundo y estaba secretamente enamorada de un compañero de clase llamado Brais Vázquez. Sin embargo, había un pequeño detalle que la apartaba de la normalidad absoluta: por las noches, después de dormirse, su mente se sumergía en extraños e intrincados sueños, normalmente triviales y a veces singularmente dramáticos, pero siempre mucho más complejos y realistas que los sueños de otras personas. Cuando se despertaba, Laura se sentía tan confusa que le costaba diferenciar sus recuerdos oníricos de los reales y a menudo sorprendía a sus padres durante el desayuno, al hablar con toda naturalidad de cosas que nunca habían sucedido salvo en su propia imaginación. La madre de Laura, que era una mujer muy práctica y racionalista, se sentía disgustada por esa tendencia de la niña a confundir la fantasía con la realidad e incluso hablaba de llevarla al psicólogo. En cambio, su padre, que era (sin llegar a los extremos de su hija) un hombre imaginativo y soñador, le quitaba hierro al asunto y decía que no se deberían menospreciar los sueños, pues estos pueden influir sobre la realidad. A continuación, como era un hombre culto, hablaba del arte surrealista, del “Kubla Khan” Coleridge y de “La antigua raza” de H. P. Lovecraft. Y su esposa, que quería que Laura fuera ingeniera de telecomunicaciones y no pintora surrealista, fruncía el ceño y mandaba a paseo al bueno del señor Cid.

Una noche, Laura tuvo el sueño más extraño, dramático, complejo y realista de toda su vida. Se soñó a sí misma siendo “mayor” (pero no demasiado, con unos veinte años o pocos más), caminando por un lugar desconocido al lado de un atractivo muchacho rubio, que solo podía ser una versión adulta de su adorado Brais Vázquez.

Laura nunca había querido ser ingeniera, como deseaba su madre, ni mucho menos pintora o poeta, como auguraba su padre, sino bióloga, para así poder viajar a lugares lejanos a estudiar la vida de los animales salvajes. Al parecer, en aquel sueño se había cumplido su deseo: tanto ella como Brais eran dos jóvenes zoólogos destinados por la universidad a un remoto lugar de la selva amazónica para realizar investigaciones científicas. Habían pasado el día fotografiando pájaros exóticos en las profundidades de la selva y caminaban por un angosto sendero entre árboles sombríos, de vuelta al lugar donde se hallaba instalado su campamento base. Aunque el ambiente era salvaje y un tanto sobrecogedor, sonreían y charlaban tranquilamente, como si estuvieran paseando por un parque urbano y no por aquella selva primordial donde, sin duda, acechaban numerosos peligros. Y así hasta que tuvieron que atravesar un río, no muy profundo, pero sí bastante ancho. Mientras Laura caminaba cautelosamente sobre el lecho fluvial, procurando no resbalar, oyó a su izquierda un chapoteo que llamó su atención. Torció el cuello para mirar y se quedó pálida como una muerta cuando distinguió a escasos metros de ella la cabeza de una gran anaconda. En un acto reflejo, Brais tomó su rifle y disparó varias veces contra el reptil, que, herido de muerte, se hundió en las ensangrentadas aguas del río. Entonces, ambos jóvenes vieron flotar sobre el agua el cadáver de un enorme caimán, al que la anaconda, antes de morir, había atrapado y asfixiado entre sus anillos. Laura, aún pálida de miedo y muy sorprendida, le dijo a su amigo:

¡Es extraño! La anaconda no solo no quería atacarnos, sino que, de hecho, nos ha salvado la vida. De no ser por ella, ese caimán hubiera podido hacernos trizas.

Brais no dijo nada e instó a Laura a apresurarse mediante un gesto imperioso. Estaba visto que aquel río era peligroso y a él ya no le quedaban balas.

Ya habían olvidado el asunto cuando llegaron a una aldea india, por la que debían pasar de camino hacia el campamento. Aquellos indios, aunque primitivos y supersticiosos, eran normalmente pacíficos e incluso amables, pero en aquella ocasión recibieron a los muchachos con visibles muestras de hostilidad. Varias mujeres lloraban desconsoladas en torno al cuerpo lívido e inmóvil de un niño pequeño, que había muerto envenenado por la mordedura de una víbora. Era la primera vez que pasaba algo así desde que la tribu se había establecido en aquella selva sagrada, pues existía un pacto ancestral entre ellos y las serpientes de la selva: los hombres debían respetar a las serpientes y estas, a su vez, los respetarían a ellos. Pero alguien había roto el pacto y las serpientes habían iniciado su venganza. La muerte del niño solo había sido un aviso, pero, si el infractor no era castigado antes del anochecer, el Dios Yig, padre de todas las serpientes, lanzaría su implacable maldición sobre el mundo entero, con consecuencias impredecibles. De alguna manera inexplicable, los indios parecían saber que Brais había sido el responsable de su desgracia, pues este había ofendido a Yig matando a una de sus hijas. Por tanto, el muchacho debía morir antes de que cayera la noche o, de lo contrario, toda la tribu sufriría las iras del dios. Brais y Laura aún no habían entendido nada cuando varios guerreros de fuertes músculos se arrojaron sobre ellos como animales enloquecidos y los inmovilizaron como si fueran dos niños pequeños. Brais intentó defenderse, pero un guerrero colosal lo dejó sin sentido mediante un brutal mazazo en la frente. Laura lanzó un grito de terror, pero otro indio la derribó de un manotazo, que la dejó aturdida. Mientras varios guerreros se llevaban a la selva al inconsciente Brais, Laura fue encerrada en una cabaña de madera, para que no pudiera pedir ayuda a los demás miembros de la expedición, que se habían quedado en el campamento e ignoraban completamente lo que estaba sucediendo.

Tras recuperarse del golpe que había recibido, Laura pasó un buen rato sumida en la desesperación, aporreando la puerta de la cabaña y pidiendo auxilio a gritos, sin que nadie le hiciera el menor caso. Luego, algo más serena o simplemente agotada, decidió que debía confiar en sí misma para huir de allí y salvar a Brais. Examinó uno por uno los tablones de las paredes y vio que uno estaba algo flojo, de modo que podría retirarlo sin demasiado esfuerzo.

El indio que custodiaba la cabaña donde habían encerrado a Laura advirtió, con su fino oído de habitante de la selva, unos ruidos extraños procedentes del interior del edificio. Decidió entrar para echar un vistazo, pero, nada más penetrar en la cabaña, un fuerte golpe en la cabeza lo dejó sin sentido. En un principio, Laura había pensado retirar el tablón para huir por el hueco, pero, como este era demasiado estrecho, había cambiado de idea. Tras llamar la atención del indio y dejarlo inconsciente golpeándolo con el tablón, le arrebató su cuchillo y lo dejó allí, bien atado y amordazado. Laura salió de la cabaña sin que nadie la viera, pues los aldeanos, temerosos de las represalias del Dios Serpiente, se habían encerrado en sus hogares antes de lo habitual. Aún era de día y Laura dudó entre ir al campamento a buscar ayuda o buscar a Brais para salvarlo de la suerte que le hubieran reservado los adoradores de Yig. Finalmente, optó por lo segundo, pues el campamento estaba lejos y, en cambio, Brais debía de estar cerca, pues aún no habían pasado quince minutos desde que se lo habían llevado. En cuanto al camino que debía seguir para encontrarlo, la cosa estaba fácil, pues solo había uno: la aldea estaba rodeada de maleza impenetrable por doquier, dejando aparte un angostísimo sendero, donde todavía se distinguían numerosas huellas de pies descalzos sobre el húmedo suelo limoso. Durante interminables minutos de miedo y angustia, Laura caminó lo más deprisa posible por aquel sendero infernal, con los pies hundidos en el cieno hasta los tobillos y su piel sudorosa despiadadamente lacerada por las ramas espinosas de los arbustos. En un momento dado, creyó oír el eco de unos pasos que se acercaban y apenas tuvo tiempo para refugiarse entre la maleza, antes de que pasaran por allí varios guerreros indios. Estos eran los mismos guerreros que se habían llevado a Brais y, aparentemente, estaban volviendo a la aldea, pero Brais no iba con ellos. Laura estuvo a punto de gritar de puro horror al pensar que su amigo había sido asesinado, pero el miedo a ser descubierta y un rayo de esperanza la ayudaron a contenerse. Vio que los machetes y las lanzas de los indios no tenían manchas de sangre, por lo cual era probable que Brais siguiera vivo. Pero, en tal caso, ¿qué habrían hecho con él? Si solo quisieran mantenerlo prisionero, lo habrían encerrado en alguna cabaña de la aldea, como habían hecho con ella, y no se lo hubieran llevado a la selva. Los indios hablaban entre ellos y, aunque Laura no entendía su lengua, creyó distinguir una palabra que había oído otras veces, normalmente susurrada con temor: era el nombre de una charca situada en el mismo corazón de la selva, donde se decía que acechaban grandes boas. Los indios temían tanto ese lugar que no solían pronunciar su nombre sin una buena razón, lo cual hizo pensar a Laura que quizás habían dejado allí a Brais, para que las boas lo devorasen. Tenía sentido, pues, si Brais había ofendido al dios de las serpientes, debían ser estas y no los hombres los que le hicieran pagar por su crimen. Una vez que los indios se marcharon, Laura salió de su escondrijo y retomó su camino. Pese a estar casi agotada, apuró el paso, pues tenía que llegar a aquella charca maldita antes de que la noche se extendiera sobre la selva. Ya se aproximaba el crepúsculo cuando Laura, jadeante y completamente extenuada, llegó a la orilla de la charca. Brais había sido atado a un árbol cuyas raíces se sumergían en aquellas aguas limosas y malolientes, preñadas de sanguijuelas, y los indios lo habían golpeado varias veces, no solo para aturdirlo, sino para que el olor de la sangre que huía de sus heridas atrajera a las serpientes del pantano. Pese a estar medio mareada de cansancio y terror, Laura no lo dudó: cortó las ligaduras del inconsciente Brais y, aunque no pudo evitar que su cuerpo inerte cayera al agua, lo sacó rápidamente, antes de que se ahogara, aunque para arrastrarlo hacia la orilla tuvo que invertir todas las fuerzas que le quedaban. Brais seguía sin sentido y Laura estaba demasiado cansada para reanimarlo, así que se limitó a sentarse a su lado y a esperar a que la brisa fresca del atardecer lo ayudara a recuperar el sentido. Pero entonces la muchacha oyó un sonido sibilante que puso todos sus nervios en guardia. Pese a su estado de agotamiento, sus últimas reservas de adrenalina le permitieron reaccionar a tiempo y, casi automáticamente, clavó su cuchillo en la cabeza de una enorme serpiente, que había salido de las aguas del pantano con la inequívoca intención de atacarlos. Los últimos coletazos del animal removieron furiosamente las aguas del pantano, pero pronto se quedó inmóvil para siempre. Laura no pudo contener un grito de alegría cuando vio morir al monstruo, aunque no ignoraba que su muerte la había convertido también a ella en una enemiga del Dios Serpiente. Pero no le importaba: cuando Brais se recuperase, iniciarían el camino hacia el campamento, sin temor a los indios, que nunca se alejaban de su aldea tras el anochecer. Sería una caminata larga y fatigosa, pero el peligro ya había pasado y, al día siguiente, aquella pesadilla habría terminado definitivamente.

Pero aquella pesadilla estaba destinada a terminar antes de lo que pensaba Laura: aún no se había puesto el sol cuando una espesa sombra, que no era la de la noche, cayó sobre la selva, haciendo enmudecer a los pájaros y a los monos. Laura, sorprendida por aquella brusca oscuridad, alzó sus ojos hacia el cielo y entonces no pudo contener un desgarrador grito de horror: un enorme monstruo, semejante a una serpiente gigante de miembros horrendamente antropomorfos, había surgido de la nada y la observaba con sus despiadados ojos negros, desde una altura superior a la de los más soberbios árboles de la selva…

Laura se despertó gritando, pero sus padres, acostumbrados a sus pesadillas, no le hicieron caso. Una vez que la muchacha se tranquilizó, suspiró y retomó el sueño, agradeciendo a un Dios más benévolo que Yig que todo hubiera sido una fantasía. Al día siguiente, a la hora de comer, Laura les contó a sus padres lo que había soñado y, como de costumbre, su madre puso mala cara, mientras que su padre escuchó su historia con un interés algo morboso. Tras finalizar la relación de los hechos, Laura dudó y dijo:

Durante el sueño siempre pensé que el chico que estaba conmigo era Brais, el de mi clase, pero ahora no estoy segura. Brais tiene los ojos castaños, mientras que aquel chico los tenía grises. Y ni siquiera estoy segura de que en mi sueño yo fuera realmente yo. Soy zurda y, sin embargo, estoy segura de que el cuchillo lo llevaba en la mano derecha. ¡Esto es muy raro!

El padre de Laura meditó en silencio durante unos segundos y luego dijo, con aparente seriedad:

Creo que tu sueño no fue un verdadero sueño, sino que, mientras dormías, tu mente penetró, de algún modo inexplicable, en los pensamientos de otra persona. Así, lo que sucedió en tu “sueño” fue algo que pasó en el mundo real, pero no te pasó a ti, sino a alguien que ni siquiera conoces. Mientras aquí era de noche, en Sudamérica aún era de día, por eso…

La madre de Laura interrumpió a su marido con su grito:

¡Cállate, Ramón! Era lo que faltaba, ya es bastante fantasiosa esta niña para que tú, encima, le metas ideas raras en la cabeza. No quiero oír nada más de sueños ni de tonterías por el estilo. Y tú, Laura, si estudiaras más y vieras menos películas de terror, seguro que no tendrías tantas pesadillas,

Aún enfadada, la madre de Laura encendió la televisión, para ver si las noticias del telediario introducían algo de normalidad y realismo en la conversación. Pero sucedió justo lo contrario.

La joven periodista María Dapía, presentadora del telediario de las tres, contó, con voz tensa, una noticia de última hora que estaba aterrorizando al mundo entero: en la selva amazónica había aparecido un enorme monstruo semejante a un hombre-serpiente, que se estaba acercando a la ciudad de Manaos sin que ni nadie pudiera detenerlo. Pocas horas antes, había destruido completamente una aldea india, matando a todos sus habitantes, y también se le atribuía la misteriosa desaparición de dos universitarios estadounidenses, un muchacho de veintidós años llamado Brian Baker y una chica de veinte, llamada Laura Dyck. Según sus compañeros, ambos habían salido de su campamento para fotografiar pájaros y no habían regresado. Para colmo de males, todas las serpientes del mundo parecían haberse vuelto locas y se estaban produciendo ataques de víboras en todas partes, incluso en España, donde las urgencias hospitalarias se hallaban colapsadas por ese motivo.

Mientras Laura y su madre oían estupefactas aquellas aterradoras noticias, el señor Cid murmuró para sí mismo:

Pues sí, los sueños pueden influir sobre la realidad… y viceversa.


LOS KRULL (CUENTO FANTÁSTICO)

                                

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
En un futuro remoto un padre y su hijo fueron a visitar una ciudad muerta, donde el primero había nacido y que al segundo le resultaba completamente desconocida. Nada vivo quedaba allí, salvo alguna vieja rata demasiado débil o enferma para buscar mejores cazaderos, y los edificios mostraban las secuelas de un largo abandono. Pero aún se veían numerosos cadáveres, desparramados a lo largo y ancho de las calles o caóticamente amontonados en algún patio pestilente. El hijo se estremeció al advertir las extrañas formas de los esqueletos, pues hasta entonces nunca había visto algo semejante, y gimió asustado:
Papá, ¿por qué hemos venido aquí? Este sitio es horrible, quiero volver a casa.
Pronto nos marcharemos, pero antes debes conocer nuestro pasado. Y también la historia de los krull.
Pero, ¿quiénes eran esos krull y por qué antes les teníais tanto miedo?
La suya es una historia que empezó hace muchísimo tiempo, cuando unos seres terribles vinieron de otro mundo y conquistaron la Tierra, esparciendo el dolor y la muerte por doquier.
¿Esos eran los krull?
No, ellos vendrían después. Los invasores eran seres de origen alienígena, mientras que los krull procedían de animales terrestres, que habían sido sometidos a extraños experimentos por los extraterrestres, quienes aumentaron su inteligencia para convertirlos en sus esclavos. Algún tiempo después, los invasores desaparecieron por razones desconocidas, pero nos dejaron una herencia envenenada: sus antiguos siervos, los krull, se convirtieron en los nuevos amos del planeta y cometieron nuevas crueldades contra las criaturas menos evolucionadas, entre las cuales figuraba nuestra especie. En realidad, ellos tenían otro nombre, que era el que solían usar para referirse a sí mismos, pero ahora no lo recuerdo. Al igual que los alienígenas, los krull no tenían escrúpulos a la hora de torturar, matar o esclavizar a otras criaturas, ni siquiera sentían empatía hacia sus propios congéneres. La ciencia de los invasores había desaparecido con ellos, pero, como los krull eran inteligentes, consiguieron recuperar esos conocimientos por sus propios medios. Entonces ellos también empezaron a realizar diabólicos experimentos con formas de vida inferiores, pues, al igual que sus maestros, querían crear sus propios esclavos inteligentes. A mí me seleccionaron para sus experimentos cuando era pequeño, como tú lo eres ahora. Pero un día el krull encargado de mi custodia se olvidó de encerrarme debidamente. Cuando me percaté de su error, intenté huir del laboratorio, pues cualquier destino me parecía preferible a seguir aguantando los experimentos de los krull. Al salir de mi encierro me topé con un krull que llevaba varios frascos llenos de un extraño líquido. Antes de que pudiera dar la alarma me lancé sobre él con todas mis fuerzas y conseguí derribarlo. Los frascos se rompieron en mil pedazos al chocar contra las baldosas y el líquido se desparramó por doquier. Mientras aquel krull permanecía tendido en el suelo, yo salí corriendo y conseguí llegar al bosque. Me refugié en una casa abandonada, donde permanecí algún tiempo alimentándome de ratas. Varios días después sentí que la brisa procedente de la ciudad donde vivían los krull traía consigo el olor de la muerte. Resulta que, en su inconcebible mezcla de inteligencia y locura, los krull habían creado un virus que resultaba letal para su propia especie, aunque no para las demás. Cuando se rompieran aquellos frascos el virus se expandió rápidamente, contagiando a todos los krull, que de ese modo murieron exterminados por su propia creación. Lo único que queda de ellos es lo que tienes ahora delante de tus ojos: huesos blanqueados y edificios en ruinas.
Es una historia muy triste, papá. A mí casi me dan pena los pobres krull.
Se nota que tú no los conociste cuando estaban vivos. Puedo asegurarte que, con raras excepciones, los krull eran unos monstruos despiadados. Precisamente ahora recuerdo cómo se llamaban a sí mismos. Si no me falla la memoria, se autodenominaban “seres humanos”.
Dicho esto, el viejo perro abandonó la ciudad acompañado por su cachorro.




UN RAPTO (CUENTO)

 

El profesor Oliver Nash era, para todos los que lo conocían, un hombre sabio y, sobre todo, un hombre bueno. Aún joven, ya había tenido tiempo de alcanzar un inmenso prestigio académico, no solo como historiador especializado en antiguas civilizaciones orientales, sino también, y sobre todo, como divulgador de viejas sabidurías. Aunque durante la mayor parte del año impartía clases de Historia de las Religiones en una conocida universidad estadounidense, aprovechaba sus vacaciones para realizar expediciones arqueológicas por los más remotos lugares del Lejano Oriente. El gran sueño de su vida era dar con el Templo de la Sabiduría, un legendario santuario que, según antiquísimas tradiciones, se erguía desde tiempos inmemoriales en lo más recóndito de la jungla hindú. La importancia de dicho templo no era únicamente arqueológica, pues se decía que en su interior se hallaba un altar de piedra, sobre el cual una mano desconocida había grabado profecías relativas al futuro de la Humanidad. Aunque la mayor parte de los estudiosos consideraban que el Templo de la Sabiduría no era más que una leyenda, Oliver tenía buenas razones para creer en su existencia. Sería prolijo e innecesario explicar aquí cuáles eran sus motivos para creer en la leyenda, pero lo cierto es que, cuando pudo reunir suficiente dinero para organizar una expedición por su cuenta, pidió la excedencia en la universidad y viajó a la India, dispuesto a no retornar a su patria hasta haber encontrado el templo y leído las proféticas inscripciones del altar (Oliver conocía perfectamente el idioma sánscrito).

Tras varios meses de ardua búsqueda por las selvas bengalíes, Nash penetró, acompañado por un guía hindú, en cierta jungla recóndita y tenebrosa, donde muy pocos osaban entrar. El guía murió devorado por algo que surgió del bosque y Oliver se vio obligado a seguir adelante completamente solo, pero dispuesto a dar con el templo o a morir en el intento. Varios días después, medio muerto de hambre y extenuación, consiguió llegar a una aldea situada cerca de la jungla maldita. Los solícitos cuidados de los nativos le permitieron recobrar sus fuerzas, pero desde entonces pasó a ser un hombre completamente distinto. Su espíritu valiente y animoso parecía haberse resquebrajado durante su terrible periplo por la jungla, acaso destruido por horrores innombrables de los que él nunca quiso hablar. Cuando volvió a casa, era apenas una sombra lívida y macilenta del hombre que había sido anteriormente. Ya no mostraba el menor interés por la arqueología ni por la docencia, renegaba con rabia de sus viejas creencias espiritualistas y se mostraba mucho más melancólico e irritable que antes. Uno de sus amigos le preguntó por la causa de sus sufrimientos y Oliver le contestó, con la voz trémula y lágrimas en los ojos:

¡El maldito Templo de la Sabiduría no era más que una leyenda! Encontrarlo se había convertido en el gran sueño de mi vida y por su culpa he renunciado a todo lo demás, incluso a mi carrera, por no hablar de que he sacrificado la vida de un hombre. Y al final la única sabiduría que he adquirido durante mi viaje al infierno ha sido esta: que es un error soñar. 

A los conocidos de Nash les extrañó que el fracaso de su expedición lo hubiera afectado tanto, pues ni era la primera vez que se enfrentaba a decepciones parecidas ni nadie, hasta entonces, hubiera pensado que su alma fuera tan frágil como para venirse abajo por un motivo semejante. Pero lo cierto es que Oliver no volvió a ser el que era: renunció definitivamente a su cátedra, dejó de escribir y se fue a vivir a su pueblo natal, donde pasó a vivir como un sencillo bibliotecario, lejos del mundo académico y cerca de la única familia que le quedaba en el mundo: su hermano Robert, la esposa de esta, llamada Mary, y Rose, la hija de ambos, que a la sazón tenía dieciséis años y a la cual Oliver apenas había visto desde que era pequeña (en realidad, Rose no era hija carnal de Robert, sino del primer marido de Mary, pero vivía con él desde su primera infancia). Oliver procuraba pasar el mayor tiempo posible con su hermano, como si quisiera recuperar el tiempo perdido que sus estudios y expediciones le habían arrebatado, y solo cuando se hallaba con él y con su familia aparentaba una cierta alegría. Un día, Robert lo invitó a comer en su casa y, cuando ya se hallaba allí, Oliver recordó que debía terminar de redactar un registro para la biblioteca. Como aún faltaba algún tiempo para que la comida estuviera preparada, Oliver le pidió a su hermano que le prestara su ordenador portátil, con el cual podría terminar su trabajo en pocos minutos. Robert dudó durante unos instantes, como si no le gustara del todo la petición de su hermano, pero finalmente sonrió y dijo:

Por supuesto, puedes usarlo. Pero te ruego que no te demores mucho con él… Bueno, es que no me gustaría que llegaras tarde a la mesa. Ya sabes cómo es Mary.

Vale, no te preocupes, Bob. Será cosa de un minuto.

Efectivamente, Oliver terminó rápidamente su trabajo, guardó el documento en una unidad USB que siempre llevaba consigo y, como aún no estaba puesta la mesa, aprovechó para echarles un vistazo a las fotos que guardaba Robert en el archivo, sin más motivación para ello que la simple curiosidad. Llamó su atención una foto de Rose, que aparecía luciendo bikini en la playa. Entonces, como si hubiera visto a su sobrina por primera vez, Oliver se dio cuenta de que se había convertido en una adolescente realmente atractiva. Guiado por un impulso que ni él mismo comprendía del todo, empezó a examinar otras fotos donde la muchacha aparecía ligera de ropa y entonces, como un virus, entró en su mente una idea obsesiva, que muchos habrían considerado completamente perversa.

...

Las relaciones entre Oliver y la familia de su hermano no tardaron en deteriorarse, después de que Rose se quejara ante sus padres de que su tío “la miraba demasiado”. Y era cierto: donde estuviera la muchacha, sola o con sus amigos, ahí aparecía, de pronto y “por pura casualidad”, el tío Oliver, quien no se limitaba a saludarla y largarse, como hubiera sido el deseo de la niña, sino que además le hacía preguntas extrañas, le dirigía miradas que ella consideraba inquietantes y aprovechaba cualquier excusa para pegarse a ella como una lapa a una roca. Mary habló seriamente con Robert y le pidió que, sin faltarle al respeto, le dijera a su hermano que aquello no podía seguir así. No era imposible que las intenciones de Oliver fueran honestas, pero era mejor no correr riesgos, sobre todo teniendo en cuenta que, desde su dichoso viaje a la India, el arqueólogo parecía sufrir una especie de trastorno. Robert se quedó pensativo. Siendo niño, Oliver había estado muy enamorado (aunque de una forma bastante platónica) de su amiga Annabel, quedando destrozado tras la muerte de esta a causa de una fulminante enfermedad. Pero desde entonces, que él supiera, no había vuelto a mostrar ningún interés amoroso por nadie, por lo que le parecía cuanto menos extraño que de pronto, ya próximo a la madurez, se hubiera encaprichado con Rose. Pero lo cierto es que Robert concertó una entrevista con Oliver, para darle a entender que ya no era bienvenido en su casa y que, sobre todo, debía dejar en paz a Rose. Oliver miró a su hermano con una mezcla de incredulidad y enfado, pero prometió que no volvería a molestar a Rose.

...

Pocos días después, Rose salió de su casa para hacer unas compras que le había encargado su madre y, varias horas después, aún no había vuelto. Mary, preocupada, la llamó al móvil sin obtener respuesta. También llamó a todas sus amigas, pero nadie pudo decirle nada sobre el paradero de su hija.

Mientras la atribulada madre intentaba localizar a la muchacha, esta se despertaba lentamente del sueño inducido por el cloroformo que alguien le había obligado a aspirar. Sus recuerdos eran muy confusos: apenas recordaba que un hombre encapuchado se había arrojado de pronto sobre ella y le había puesto un paño húmedo sobre el rostro. Y ahora se hallaba atada de pies y manos en el interior de una especie de choza, húmeda, lóbrega y de paredes desvencijadas. Además, su desconocido raptor le había sellado los labios con cinta adhesiva para que no pudiera pedir auxilio. Durante varias horas interminables de terror y angustia, Rose permaneció indefensa en las tinieblas de aquel antro maloliente, hasta que alguien entró en el cuarto y le quitó la mordaza de la boca para darle de beber algo de agua. Rose, que se moría de sed, bebió con avidez y a continuación reconoció, gracias a la luz mortecina de una linterna, que quien estaba con ella no era otro que su tío Oliver. Al principio, se sintió exultante de alegría, pensando que había venido a salvarla, y le pidió que la desatara cuanto antes. Por toda respuesta, Oliver volvió a ponerle la mordaza, sonrió malévolamente y respondió a la muda pregunta que le dirigían los aterrados ojos de Rose con estas palabras:

No, preciosa, tú te quedas aquí, que para eso te he traído. Ahora voy a dejarte sola, porque tengo que ir al pueblo por un poco de comida. Pero no te preocupes, que pronto volveré y entonces vamos a pasárnoslo muy bien los dos juntos.

Dicho esto, Oliver se fue de la cabaña, dejando a su sobrina totalmente aterrada. Esta se revolvió con todas sus fuerzas intentando desatarse, pero no tuvo éxito. Sin embargo, gracias a sus forcejeos sus dedos entraron en contacto con un objeto metálico, que se hallaba tirado sobre el suelo de la cabaña. Sintió un estremecimiento de esperanza cuando se dio cuenta de que era una navaja, con la cual podría cortar sus ligaduras con facilidad. Quizás aquella navaja se le había caído a su tío o quizás llevaba allí muchos años, pero eso no importaba. Rose se desató gracias a ella y huyó de la cabaña antes de que volviera su tío. Aquella choza se encontraba en medio del bosque, lejos del pueblo, pero cerca pasaba una carretera bastante transitada. Rose pidió auxilio a un automovilista, un honrado viajante de comercio que se dirigía al pueblo, y este llamó a la policía con su móvil. Poco después, Rose, aún muy afectada, pero sana y salva, se reunía con sus padres en su casa del pueblo. Poco antes, Oliver había sido arrestado en el supermercado local por el rapto de su sobrina. No opuso resistencia ni negó los hechos, pero se negó a declarar mientras no se le permitiera entrevistarse a solas con su hermano Robert, el padre de su víctima.

...

Finalmente la entrevista tuvo lugar pocos días después, en una sala de la comisaría. Robert llegó a la sala, guiado por dos agentes que se quedaron haciendo guardia en el pasillo, y entró en la sala, donde lo esperaba su hermano sentado en una silla. No estaba esposado, pero, para evitar agresiones, una reja metálica dividía la sala en dos partes iguales, separando a los hermanos. Una videocámara permitiría a los guardias ver lo que sucedería dentro de la sala, pero no escuchar nada de lo que se dijera. Cuando Robert entró, se quedó de pie, pese a que tenía una silla donde sentarte, mientras que Oliver no se levantó de su asiento ni le dirigió ningún saludo, sino que se limitó a clavar en él una mirada francamente hostil. Robert rompió el silencio y le dirigió a su hermano reproches en voz alta (fueron las únicas palabras de la conversación que llegaron a oídos de los guardias):

¡Miserable! ¿Cómo has podido hacerle eso a mi niña? ¡Estás realmente loco!

Oliver sonrió sin alegría y le dijo a su hermano en voz baja:

Venga, Bob, los guardias del pasillo ya te habrán oído, así que no tienes que seguir haciendo tu papel de padre indignado. Tú y yo conocemos la verdad.

Robert suspiró, bajó los ojos y dijo con una voz trémula apenas audible:

Bueno, supongo que a ti no puedo mentirte. Pero no comprendo nada.

Pues precisamente para eso estás aquí, para que yo te lo explique todo. Cuando aquel día manejé tu ordenador me llamaron la atención tantas fotos de Rose ligerita de ropa… Sin duda, no es raro que un padre guarde fotos de su hija en los archivos de su PC, pero me fijé en que habías ampliado únicamente aquellas donde ella aparecía vestida de una forma... digamos, provocativa. Entonces recordé algunas cosas que me había contado Annabel antes de morir… Me dijo que, siendo apenas un crío, una vez la sorprendiste sola en la playa y tuvo que golpearte para que la dejaras en paz, porque intentaste pasarte con ella. Solo me lo dijo a mí y me pidió que no se lo contara a nadie, porque ella era buena... demasiado buena para este mundo. Como sospechaba de ti, intenté vigilar a Rose, pero ella malinterpretó mis intenciones. Reconozco que quizás actué con cierta torpeza. Finalmente, cuando se supo que ella había desaparecido en extrañas circunstancias, sospeché que tú mismo la habías raptado y fui a buscarla a la vieja cabaña del bosque, donde solíamos jugar con Annabel cuando éramos pequeños. Sin duda, de todos los lugares que conocías era el más adecuado para esconderla. Tú no estabas cuando llegué. Habías tenido que volver al pueblo con tu mujer, para hacer el papel de padre atribulado delante de la policía y los medios de comunicación. Fui allí con la idea de rescatarla, pero en el último momento lo pensé mejor. Me dije que sería demasiado cruel para Rose que se acabara sabiendo la verdad: que su propio padre la había raptado con fines inconfesables. Así que actué como si yo fuera el secuestrador. Al mismo tiempo, dejé a su alcance una navaja para que pudiera liberarse ella misma antes de que volvieras, cosa que no podrías hacer mientras tuvieras a la policía en tu casa. Así, al asumir las culpas conseguí ahorrarle a Rose el horror de saberse víctima de su propio padre. Pero lo hice por ella, no por ti. Para mí eres un perfecto miserable y quiero que lo sepas.

Dicho esto, Oliver se calló, se levantó de la silla y empezó a dar vueltas por el cuarto, sin mirar a su hermano. Este permaneció en silencio durante unos minutos y luego dijo:

Supongo que tienes razón. Soy una basura, siempre lo fui y siempre lo seré. Nunca he podido resistirme a… esos impulsos… y, mientras Rose fue pequeña, no hubo ningún problema, pero cuando creció y se convirtió en una hermosa mujercita… bueno, me olvidé de que era mi hija y… ya conoces el resto. Pero ahora serás tú quien vaya a la cárcel. Lo siento, pero no me siento capaz de confesar la verdad.

No te pido que lo hagas. Sería terrible para Rose.

¿Y no tienes miedo de que vuelva a las andadas, cuando tú ya no estés para impedirlo?

¡Oh, eso no me importa nada! Si esto fuera a durar, la cosa sería distinta. Pero no es el caso. No tendrás tiempo de hacerle daño a tu hija.

¿Cómo? No entiendo.

El Templo de la Sabiduría, ¿te acuerdas? Dije que no existía. Mentí: sí existía. Yo lo encontré, leí la inscripción del altar… y luego lo volé con dinamita para que nadie más volviera a encontrarlo. Sería demasiado terrible para el mundo saber la verdad. Pero ahora ya da igual. Mañana mismo…

Oliver se calló, se asomó a la única ventana del cuarto, miró con melancolía las calles de la ciudad, tenuemente iluminadas por los últimos rayos del sol, y dijo en voz muy baja, demasiado baja para que la oyera su hermano:

Mañana despertará Cthulhu y el mundo morirá.

Texto: Francisco Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.


XELA

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Xela vivía con Laura, su madre viuda, en las afueras de una pequeña villa gallega.

Pese a ser una niña de buen corazón, no tenía muchos amigos, pues todos la tenían por una mentirosa. Ella aseguraba que tenía poderes mágicos y que podía comunicarse con las almas de los muertos, pero ni siquiera su propia madre se tomaba en serio semejantes afirmaciones. La única persona que creía un poco en ella era su amigo Marcos, un niño al cual le gustaba mucho la magia. Como también le gustaba Xela, por Navidad le regaló una biografía de Harry Houdini, el mago más famoso de todos los tiempos. No tuvo éxito, pues Xela, pese a ser bastante aficionada a la lectura, solo leyó un par de capítulos y luego se olvidó del libro. Le dijo a su madre:

Ese señor Houdini sería muy bueno haciendo trucos de manos, pero no sabía nada de la verdadera magia.

Pocos días después, un peligroso presidiario consiguió huir de la cárcel, tras golpear a un guardia y robarle su pistola. Aquella misma tarde Laura y Xela estaban en la cocina de su casa, pelando patatas para hacer una tortilla. Laura oyó algo y le dijo a su hija:

Me parece que el gato del vecino volvió a entrar en la casa. Voy a ver si consigo echarlo antes de que haga otra de las suyas.

Laura salió tranquilamente de la cocina con una escoba en las manos, pero entonces apareció el prófugo, quien la agarró por un brazo y la amenazó con su pistola. Xela, al ver a su madre en peligro, intentó reaccionar, pero el intruso le dijo:

Quietecita y calladita, preciosa, si no quieres que tu mamá sufra por tu culpa. Ahora vais a ser las dos buenas chicas y haréis todo lo que yo os diga, ¿vale?

Comprendiendo que no tenían más remedio que obedecer, madre e hija se sometieron a las órdenes del intruso. Este las ató a las sillas de la cocina con unos cordones, las amordazó con cinta adhesiva y luego entró en el cuarto de baño, pues llevaba varias horas sin hacer sus necesidades. Apenas había tenido tiempo de levantar la tapa del retrete cuando creyó oír unos pasos furtivos en el pasillo. Estuvo a punto de salir, pero se tranquilizó al oír un maullido. ¿No había dicho la mujer algo de un gato que entraba en la casa? Como a él no le importaban los felinos, se tomó su tiempo para desahogar la vejiga con toda la calma del mundo. Pero, nada más salir del baño, resbaló y se llevó un golpe en la cabeza, que lo dejó aturdido hasta que llegó la Guardia Civil para arrestarlo.

Xela, que de algún modo había conseguido liberarse de sus ataduras en cuestión de segundos, se había acercado al cuarto de baño imitando el maullido de un gato (estaba acostumbrada a emplear ese truco para gastarle bromas a su madre). Luego solo había tenido que verter un poco de jabón líquido en el pasillo para gastarle una “broma” muy pesada al intruso.

Una vez que los guardias se hubieron llevado al prófugo de vuelta a la cárcel, Laura le preguntó a Xela:

¿Pero tú cómo pudiste desatarte tan deprisa?

La niña sonrió y le dijo a su madre:

Fue muy fácil, mami. Solo tuve que pedirle al espíritu del señor Houdini que me enseñase uno de sus trucos. Hoy he aprendido algo: incluso los libros que no nos gustan pueden sernos útiles en alguna ocasión.

Desde entonces Laura ya no sabe qué pensar de su hija.

MONSTRUOS (CUENTO FANTÁSTICO)

 

La joven maestra les pidió a sus alumnos que le dibujaran al monstruo más terrorífico que conocieran, pues deseaba conocer sus miedos para ayudarlos a superarlos. Tal como esperaba, sus jóvenes discípulos le dibujaron un amplio y variopinto muestrario de criaturas grotescas, que iban desde los simpáticos monstruos de los dibujos animados hasta terrores sin nombre que seguramente solo existían en las pesadillas de los pequeños. Pero el dibujo más inquietante se lo entregó Marta, que era una niña muy estudiosa y aplicada, pero también bastante triste y solitaria. Sin embargo, aquel dibujo, que la pequeña ilustradora había realizado con bastante esmero para su edad, no representaba un monstruo propiamente dicho, sino un hombre de aspecto normal e incluso agradable, debajo del cual aparecían escrita esta única palabra: PAPÁ. La maestra no dijo nada, pero empezó a preguntarse qué había llevado a Marta a dibujar a su padre. Podría ser una broma de dudoso gusto, pero esa explicación no casaba con el carácter serio y responsable de la pequeña. ¿Y si Marta realmente le tenía miedo a su padre porque este la maltrataba o abusaba de ella? Parecía una hipótesis monstruosa (nunca mejor dicho), pero podía explicar, en parte, el carácter melancólico de Marta y su tendencia a encerrarse a sí misma, así como su aspecto un tanto enfermizo. Pero la maestra no sabía qué hacer para asegurarse. Si abordaba directamente a la niña, podía agravar sus temores o sus traumas con alguna pregunta indiscreta. Y hablar con el presunto maltratador tampoco parecía una opción prudente. Finalmente, la maestra decidió citar a la madre de la niña, tomando como excusa una charla sobre sus problemas de relación, y enseñarle, como quien no quiere la cosa, aquel inquietante dibujo, para ver cómo reaccionaba y saber a qué atenerse. Así, al día siguiente, mientras los niños disfrutaban del recreo, llegó al colegio la madre de Marta, que era una mujer aún joven y sumamente atractiva, de cuerpo perfecto y curvas despampanantes. La maestra la recibió cordialmente y la invitó a entrar con ella en una clase vacía, cuya puerta cerró para evitar que alguien escuchara su conversación. Poco después, se oyó un grito de mujer aterrada que alarmó a todo el colegio y la madre de Marta, pálida como una muerta, salió de aquella clase para pedir ayuda, pues, según sus palabras, la maestra había sufrido un súbito ataque cardíaco mientras conversaban. Todos los intentos de reanimarla resultaron infructuosos y la pobre joven murió sin haber recobrado la conciencia en ningún momento. Mientras tanto, la madre de Marta, ya más serena, aprovechó la confusión para acercarse a su hija, enseñarle el dibujo durante un instante, antes de tirarlo a la basura, y decirle en voz baja:
Marta, cariño, papá y yo te hemos dicho un montón de veces que tienes que guardar nuestro secreto. Y, además, estoy algo ofendida: sabes perfectamente que yo soy mucho más terrorífica que papá.
Ya lo sé, mami. Pero es que, como tú puedes cambiar de forma, nunca sé cómo dibujarte,.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

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