EL LIBRO OSCURO (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Ni yo mismo podría explicar qué me llevó a interesarme por el caso del profesor Gabriel Hernando, aquel apacible erudito que un buen día (es un decir) raptó y torturó hasta la muerte a una niña de nueve años a la que ni siquiera conocía. Teniendo en cuenta la personalidad del agresor, que hasta entonces había llevado una pacífica y retraída, se concluyó que había sufrido un súbito ataque de locura. También contribuyeron a sembrar dudas sobre su salud mental las extrañas palabras que escribió antes de suicidarse en la celda donde se hallaba recluido:

Engañado por las falsas seducciones del Libro Oscuro, permití que la maldad entrara en mi alma, pensando que ella me abriría las puertas del Poder y del Conocimiento supremos. Pero nadie más volverá a caer en la trampa que me ha arrojado al Infierno. Ahora el Libro reposa allí donde, como dice el profeta Isaías de la condenada Babilonia, Lilit hallará su refugio”.

Aparentemente, solo yo he intentado darles una interpretación coherente a esas enigmáticas líneas y creo que, tras no pocas cavilaciones, lo he conseguido. Lilit (mencionada en Isaías XXXIV, 14) era un demonio-vampiro de la mitología hebrea. Sin duda, los vampiros son seres legendarios, pero frecuentemente se han asociado a los murciélagos, a causa de los hábitos hematófagos de algunos quirópteros sudamericanos. Entonces recordé que cerca de la ciudad donde vivía Hernando se halla una cueva de gran profundidad, en cuyas entrañas vive la mayor colonia de murciélagos de todo el país. Aunque se trata de un lugar muy conocido, apenas recibe visitantes, no solo porque se encuentra en una ladera de difícil acceso, sino también porque la acumulación de guano hace el ambiente casi irrespirable. Todo eso hace de dicha gruta un buen sitio para ocultar algo.

Dispuesto a probar la veracidad de mis conjeturas, me hice con el equipo adecuado para una expedición espeleológica y, tras no pocas dificultades, encontré en las entrañas de la tierra un vetuso volumen de tapas negras, sin duda el “Libro Oscuro” mencionado por el difunto profesor Hernando. Para mi sorpresa, se trataba de un ejemplar íntegro (quizás el único que quedaba en el mundo) del siniestro Necronomicón, redactado en latín e impreso clandestinamente en Toledo a mediados del siglo XVII. Como domino perfectamente la lengua de Virgilio, no tardé en sumergirme con verdadera pasión de bibliófilo en las enrevesadas líneas de aquel libro diabólico, acaso el tratado de magia negra más temido de todos los tiempos. Su versión original había sido redactada en árabe en la época de la dinastía Omeya y durante siglos había circulado en copias manuscritas, pese a que su lectura había sido terminantemente prohibida por las autoridades religiosas cristinanas e islámicas.

Me bastó con leer un par de páginas para comprender por qué el profesor Hernando había matado a la niña. Seguramente, él no era un sádico pro naturaleza, pero esperaba obtener algo realmente grande a cambio de su crimen. El Libro Oscuro demostraba, con argumentos irrefutables, que la verdadera esencia del universo es el Mal y que no hay nada, ni en el cosmos ni en el alma humana, que no tenga como base la pura maldad. Por el contrario, aquellas cosas que nosotros consideramos fuente de vida, como el amor o la felicidad, apenas tienen importancia en el verdadero esquema de las cosas. De hecho, apenas existen, solo son finísimas películas de grasa flotando sobre un tenebroso océano de profundidad inconmensurable, efímeros chispazos de luz que alteran durante un instante la negrura de una noche eterna y luego se desvanecen para siempre… Como consecuencia de todo ello, el hombre sabio es aquel que renuncia a las falsas ilusiones heredadas del pasado y une su alma a la Fuerza Primordial del Universo, la Maldad Absoluta, que a cambio le otorgará poderes y conocimientos más allá de cualquier límite. Sin duda, el profesor Hernando sacrificó a su víctima con la esperanza de obtener como recompensa tales dones prohibidos. Pero, si ello es así, ¿por qué no recibió el premio que aguardaba?

Entonces reflexioné y hallé la respuesta que necesitaba: como ya he dicho antes, el difunto profesor había asesinado a una niña a la que ni siquiera conocía. Aquel fue su error, el error fatal que deslegitimó su sacrificio y le impidió acceder a la suprema sabiduría del Infierno. Dice Jesús en el Evangelio de San Mateo: “Amad a vuestros enemigos. (…) Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? (…) Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?” Y del mismo modo el Mal, que, siendo más real que el Bien, no puede ser menos exigente, dice: “Dañad a vuestros amigos. Pues si dañáis a los que os ignoran, ¿qué recompensa tendréis? Y si herís sólo a vuestros enemigos, ¿qué hacéis de más?” Por tanto, llevar el miedo y la muerte a personas desconocidas, como hizo el difunto Hernando, carece de todo mérito. Es necesario atormentar a nuestros padres, hijos o hermanos, pues solo así se pueden alcanzar las supremas cumbres del Pecado y los dones correspondientes.

O eso era lo que pensaba tras terminar la lectura del libro.

En este momento, lejos de haber obtenido ningún don, me hallo encerrado en una cárcel pestilente, como consecuencia de todas las atrocidades que he cometido contra mi propia familia. Hubiera podido huir, pero finalmente la desesperación, más bien que los remordimientos, me impulsó a entregarme en la comisaría y admitir lo que había hecho sin ocultar el menor detalle. No sé si estoy realmente arrepentido, pero sí sé que estoy frustrado hasta el extremo de que la vida se me ha hecho insoportable. Y todo ello se debe a que, pese a haber sobrepasado los límites extremos de la maldad, sigo siendo un miserable mortal, ni más sabio ni más poderoso que antes. Alguien podría pensar que cometí un error al interpretar las enseñanzas del Libro, pero estoy seguro de que no fue así. Mi idea era correcta, lo que falló fue su aplicación práctica. Para ser sabio y poderoso debía, efectivamente, dañar a mis seres queridos, pero me olvidé de un pequeño detalle: si realmente los quisiera, nunca los habría dañado y, si los he dañado, es que en el fondo no los quería lo suficiente como para que mi sacrificio fuera meritorio. Hallándome completamente desengañado y viéndome incapaz de alcanzar la sabiduría que tanto anhelaba, creo que imitaré al pobre Hernando y seguiré sus pasos hacia el Infierno donde arden los suicidas. Es una locura prolongar una vida que ha perdido su sentido y quizás, después de todo, no haya más sabiduría que esa.


EL SER EN EL TEJADO (ROBERT E. HOWARD)

 


Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Me sorprendió que Tussmann me pidiera ayuda, pues nunca nos habíamos llevado especialmente bien: su espíritu rastrero me repelía y habíamos sostenido agrias polémicas, después de que él intentara desacreditar mis investigaciones arqueológicas. De todas formas, lo recibí en mi casa y no tardé en advertir que se hallaba dominado por alguna ferviente pasión. No tardó demasiado en decirme qué deseaba. Quería que lo ayudara a obtener un ejemplar original del libro de Von Juntz “Cultos sin nombre” (también conocido como el “Libro Negro”, tanto por el color de su encuadernación como por su temática tenebrosa). No era precisamente un encargo sencillo, porque, si bien llevaba algún tiempo rastreando libros raros, ignoraba si aún quedaba algún ejemplar de la primera edición. No se habían imprimido muchos y la mayoría habían sido quemados por sus asustados poseedores, después de que Von Juntz muriera asesinado en extrañas circunstancias tras volver de un viaje a Mongolia. Sería tan difícil como encontrar un códice griego del Necronomicón.

Intenté explicárselo a Tussmann, pero este me interrumpió y me dijo que conocía bien la historia de aquel libro. Sabiendo que sería inútil ofrecerme dinero, me dijo que retiraría sus acusaciones contra mi labor arqueológica si le conseguía algún ejemplar superviviente.

Después de tres meses completamente infructuosos, conseguí encontrar uno de esos raros volúmenes por mediación del profesor Richard Clements, de Richmond, Virginia.

Cuando avisé a Tussmann, este apareció en mi casa de Londres con ojos chispeantes de emoción. Agarró el libro y me leyó un pasaje sobre cierto templo perdido en medio de la selva centroamericana, donde un extraño dios era adorado por una tribu india desaparecida antes de la llegada de los españoles. En aquel templo reposaba la momia de un sumo sacerdote, de cuyo pescuezo pendía un colgante con forma de sapo. Según Von Juntz, aquel colgante era la llave que abría la cripta donde se ocultaba el tesoro del templo. Luego dijo:

Mañana viajaré a América. Puede quedarse con el libro, pues ya tengo toda la información que necesitaba. Iré bien preparado para encontrar lo que se oculta en ese templo. Estoy dispuesto a demolerlo, si es necesario. ¡Seguro que encontraré una gran cantidad de oro! Los españoles no lo encontraron, pues ninguna tortura puede hacer que una momia revele sus secretos. Pero yo sé qué pasos debo seguir para encontrar ese tesoro.

Dicho esto, Tussmann se marchó. Yo seguí leyendo el libro y descubrí cosas referentes al templo perdido que me causaron una gran inquietud. Al día siguiente intenté hablar con Tussman, pero él ya había abandonado Inglaterra.

Varios meses después recibí una carta suya, en la cual me invitaba a pasar algunos días en su mansión de Sussex. Me rogaba que trajera conmigo el ejemplar del Libro Negro.

Llegué a la residencia de Tussman poco antes del atardecer. Se trataba de una mansión aislada y de aspecto casi medieval, rodeada por altos muros de piedra. Pude apreciar que el jardín no había sido bien cuidado durante su ausencia. Estaba lleno de maleza y me pareció que un caballo o un asno merodeaba entre los arbustos, pues oí un sonido semejante al que produciría la pisada de una pezuña.

Un sirviente de ojos recelosos me franqueó la entrada y me llevó a la cámara de su amo, que parecía un león enjaulado. El sol tropical había bronceado su rostro, en el cual habían surgido arrugas y los ojos brillaban con fiera intensidad. Le pregunté:

Y bien, Tussmann, ¿finalmente tuvo éxito? ¿Encontró el oro que buscaba?

Gruñó:

¡No había ni una pizca de oro! Y eso que conseguí penetrar en la cámara sellada y encontrar la momia del sacerdote.

¿Y el colgante?

Él lo sacó del bolsillo y me lo entregó. Vi que estaba hecho de un material cristalino y, tal como había dicho Von Juntz, recordaba por su aspecto a un sapo particularmente repulsivo. Me llamaron la atención unos caracteres grabados en la cadena y le pregunté a Tussmann por su significado. Él respondió:

Lo ignoro. Esperaba que usted pudiera decirme algo al respecto. Recuerdo haber visto unos jeroglíficos semejantes sobre cierto monolito que encontré en Hungría, pero he sido incapaz de descifrarlos.

Hábleme de su viaje.

Tussmann preparó bebidas para ambos y me habló de su viaje en un tono extraño:

No me costó demasiado encontrar el templo, aunque se encuentra en una región salvaje y poco frecuentada. Sus columnas se hallan en ruinas y parecen los dientes de un enorme monstruo. Tampoco me costó demasiado penetrar en la cámara secreta, donde se hallaba la momia del sacerdote en un aceptable estado de preservación. Me llamó la atención su cráneo, cuyos rasgos no se correspondían con los de ninguna raza india. Me parecieron más bien egipcios o caucásicos, aunque no puedo asegurar nada al respecto. El acceso a la cripta se abrió cuando arranqué el colgante de su cuello.

A partir de aquel punto la historia de Tussmann se volvía más vaga e incoherente, hasta el punto de hacerme sospechar que tenía la mente algo trastornada. Como sus criados nativos no habían querido acompañarlo, entró solo en la cripta, empuñando una linterna y una pistola. Le pregunté:

¿Y el tesoro?

Allí no había nada, ni oro ni piedras preciosas. Al menos, nada que hubiera podido traer a mi casa.

Añadió que le hubiera gustado traer al menos la momia del sacerdote, pero esta había desaparecido cuando salió de la cripta. Pensó que sus criados la habían destruido, impulsados por el terror supersticioso que les producía.

Y ahora estoy nuevamente en Inglaterra, ni un penique más rico que antes de emprender mi viaje.

Al menos tiene el colgante.

Ni siquiera soy capaz de decir qué es exactamente.

Yo sí puedo decirle algo. Mire, aquí tengo el libro. Se dice que su autor se sumergió en oscuros secretos, lo cual explica que su fin fuera tan terrible y misterioso. Quizás en previsión de su propio destino, intentó advertir a sus lectores de que no intentaran despertar a ciertas cosas que duermen en la oscuridad.

Tussmann parecía absorto en sus pensamientos mientras me escuchaba. Luego murmuró:

Sí, hay cosas que parecen muertas, pero que en realidad solo están dormidas, aguardando a que algún necio venga a despertarlas. Debí haber leído mejor este libro. Y quizás también debí haber cerrado la puerta de la cripta antes de abandonar el templo. Pero ciertamente tengo este colgante. ¡Y lo conservaré siempre, aunque el mismo Diablo venga a reclamármelo!

Entonces un extraño sonido procedente del tejado pareció interrumpir sus ensoñaciones. Me miró y me preguntó:

¿Qué fue eso?

No pude contestar a su pregunta, así que salió del cuarto y llamó a un sirviente. Le preguntó:

¿Ha oído usted algo?

Sí, señor.

¿Y qué oyó?

Bien, señor. Usted pensará que estoy confundido, pero la verdad… juraría que es como si hubiera un caballo trotando sobre el tejado.

Tussmann insultó al criado con un grito, mientras sus ojos empezaban a brillar como los de un loco.

¡Es usted un necio! ¡Lárguese!

El criado se marchó asustado y Tussman agarró el colgante.

¡Yo también he sido un necio! Debí haber leído mejor ese libro, debí haber cerrado aquella puerta… ¡pero ningún hombre ni demonio podrá arrebatarme esta joya!

Dicho esto, salió de aquella sala y se encerró en su alcoba dando un portazo. Un criado llamó tímidamente a la puerta, pero él le ordenó que se retirase con una atroz blasfemia. Creí que mi anfitrión había perdido el juicio y, si no hubiera sido demasiado tarde para eso, habría abandonado la mansión en aquel mismo momento. Un asustado criado me llevó al dormitorio que me estaba reservado, pero, en vez de acostarme, volví a leer el libro. Nuevamente leí el pasaje que hablaba del templo, de la tribu primitiva que lo había construido y del monstruo al que adoraban aquellos hombres.

Von Juntz sugería con palabras ambiguas que el tesoro del templo no era otra cosa que ese terrible dios. Excitado por lo que implicaban aquellas palabras, me levanté de mi lecho y oí el estruendo de un golpe, acompañado por un grito de agonía.

Corrí hacia el dormitorio de Tussmann e intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada por dentro. Mientras me preguntaba qué debía hacer, oí un sonido inquietante procedente del interior, como si algo grande estuviera moviéndose dentro de aquella habitación. Luego me pareció oír el aleteo de alas gigantescas y después se hizo el silencio.

Finalmente conseguí forzar la puerta. El cuarto estaba destrozado, pero solo había desaparecido aquel colgante con forma de sapo. El marco de la ventana estaba cubierto de una sustancia limosa, extraña y maloliente. Sobre el suelo del cuarto yacía Tussmann, cuyo cráneo había sido destrozado. Sobre su rostro aún podía distinguirse la huella de una enorme pezuña.


RAPTADA (CUENTO FANTÁSTICO)

 

TEXTO: JAVIER FONTENLA. IMAGEN: PIXABAY.

Abner Grey llevaba una vida apacible en un pequeño pueblo canadiense, hasta que empezó a obsesionarse con la hija de sus vecinos, una hermosa adolescente llamada Amanda Collins. El rapto se llevó a cabo fácilmente. Una tarde, cuando Amanda salió del instituto, Abner se ofreció a llevarla a casa en su coche y ella aceptó encantada su oferta, pues estaba lloviendo a mares. No hubo testigos.

Un par de horas después, Amanda se hallaba encerrada en el sótano de una casa situada en medio del bosque, a gran distancia del pueblo más próximo. Cuando Abner abrió la puerta del sótano para llevarle la cena a su prisionera, esta consiguió zafarse de él y huir al bosque. Pero a la mañana siguiente, mientras la muchacha vagaba sin rumbo por las colinas, su captor, que llevaba horas buscándola, la encontró y volvió a capturarla, sin que la muchacha se atreviera a oponer resistencia. Abner la llevó de vuelta a la cabaña, pero esta vez no la encerró en el sótano, sino que la obligó a tumbarse sobre el sofá de la sala y la ató concienzudamente. Pero, mientras le amarraba las manos, tocó un objeto duro y frío que la chica llevaba en uno de sus bolsillos. Su sorpresa fue enorme al comprobar que se trataba de un diamante finamente tallado, cuyo valor debía de ser inmenso. Él había sido dependiente en una joyería y sabía reconocer un diamante legítimo cuando lo veía. Le preguntó a su prisionera dónde había encontrado aquella joya y Amanda, tras un instante de duda, balbuceó:

Lo encontré en la cueva donde pasé la noche. Había muchos más, pero yo solo me llevé este.

¿Y dónde está esa cueva? Dímelo y te juro que no te haré daño, ni ahora ni nunca.

En lo alto de una colina cubierta de nieve. Cerca de la entrada hay un árbol seco.

Entonces Abner recordó haber pasado varias veces cerca de aquella cueva durante sus expediciones cinegéticas por las colinas, aunque nunca había penetrado en ella. De hecho, por lo que él sabía, nadie entraba nunca en aquella cueva, pues se decía que estaba maldita. Abner ignoraba cómo habían llegado allí aquellos diamantes, pero estaba decidido a apoderarse de todos ellos lo antes posible, así que se fue a la cueva, dejando a Amanda atada sobre el sofá de la sala. Tan absorto estaba con la idea de su inminente riqueza que ni se percató de que había dejado abierta la puerta del vestíbulo.

Una vez sola, Amanda comenzó a forcejear para liberarse de sus ligaduras. Las cuerdas eran fuertes, pero el nudo no estaba bien hecho, así que solo era cuestión de tiempo que consiguiera desatarse. Ya casi lo había conseguido cuando escuchó unos pasos furtivos procedentes del vestíbulo. Luego se oyó un gruñido y Amanda palideció. Un lobo solitario había entrado en la cabaña a través de la puerta que Abner había dejado abierta y estaba explorando el interior de la cabaña, en busca de una presa fácil: por ejemplo, una pobre chica indefensa.

Amanda se sintió aterrorizada al saber que se hallaba a merced de un predador hambriento, pero pronto tuvo una idea. Aunque aún no había logrado desatarse completamente, tenía el mando de la televisión al alcance de la mano. Lo agarró, encendió el aparato, le bajó el volumen todo lo que pudo y empezó a cambiar de canal rápidamente hasta que encontró el programa que deseaba: una película de acción cuyos personajes parecían vivir inmersos en un continuo tiroteo. Un instante después, el lobo entró en la sala y durante unos segundos examinó a Amanda con sus fríos ojos de predador, hasta asegurarse de que la muchacha se hallaba completamente indefensa. Pero esta, aunque no podía defenderse, sí podía engañar. Mientras el lobo se preparaba para abalanzarse sobre su presa, Amanda subió al máximo el volumen del televisor, precisamente cuando el tiroteo de la película alcanzaba su punto álgido. Asustado por las súbitas y ruidosas detonaciones, el lobo huyó corriendo de la sala, tal como la muchacha había planeado que haría.

Poco después, tras varios forcejeos, Amanda logró desatarse completamente. Subió al dormitorio de Abner y empezó a registrar los cajones de la mesilla en busca de su teléfono móvil. No tardó en hallarlo y ya estaba a punto de llamar a su casa cuando un gruñido procedente del pasillo la dejó helada de terror. ¡El lobo había vuelto! Amanda había cometido un grave error apagando la televisión antes de abandonar la sala. Pero entonces se le ocurrió otra idea. Frente al dormitorio, al otro lado del pasillo, había un pequeño cuarto, donde se hallaba el teléfono fijo de Abner. Amanda tenía su número registrado en el móvil y sabía que aquel teléfono tenía contestador automático. Marcó rápidamente el número en su móvil, el teléfono dio señal varias veces y luego se oyó la voz, entre mecánica y femenina, del contestador. El lobo, sobresaltado primero y atraído después por aquella voz humana, entró en el cuarto del teléfono y, desconcertado por la inexplicable invisibilidad de la persona que hablaba, empezó a olisquear los rincones en un registro tan minucioso como inútil. Cuando el animal hubo penetrado en aquel cuartucho, Amanda se acercó cautelosamente a la puerta y la cerró de golpe. Una vez que se hubo percatado del nuevo engaño, el lobo se abalanzó contra la puerta, pero estaba bien cerrada y el frustrado animal solo pudo huir de su prisión saltando por la ventana. Cuando intentó volver a la cabaña, se encontró con que Amanda había cerrado también la puerta del vestíbulo, de modo que tuvo que renunciar definitivamente a su almuerzo y volver al bosque, con el rabo entre las piernas.

Una Amanda palidísima pudo por fin respirar aliviada, cuando vio desde la ventana de la sala cómo el lobo volvía al bosque. Después, un poco más tranquila, usó su móvil para llamar a sus padres y decirles dónde se encontraba. Al final, todo había acabado bastante bien para ella. Cumplir la promesa que había hecho la noche anterior le había costado no pocos problemas, pero Amanda sabía perfectamente que hubiera sido mucho peor para ella no cumplirla.

¿Y qué había sido de Abner Grey? Su cuerpo yacía sobre el fangoso suelo de la caverna, medio devorado por las crueles fauces del Morador de la Gruta. Este se sentía satisfecho, pues no había comido tan bien desde 1912, cuando un temerario ladrón había osado refugiarse en su cueva, llevando consigo los diamantes que había robado en una joyería. Conviene aclarar que “el Morador de la Gruta” era el nombre que daban las leyendas de la región al monstruo inmortal, carnívoro e inteligente que la noche anterior le había perdonado la vida a Amanda, a cambio de la promesa que esta le había hecho de entregarle lo antes posible la vida de un hombre adulto, cuyo cuerpo le proporcionaría un banquete más copioso que el de una pobre niña asustada.


RUIDO DE HUESOS (ROBERT ERVIN HOWARD)

 


Texto: Robert Ervin Howard. Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

"¡Dueño, abrid!"
El grito rompió el silencio del lugar y resonó a través del sombrío bosque con ecos siniestros.
"Este sitio tiene un aspecto que asusta."
Dos hombres se habían detenido frente a la taberna del bosque. La puerta estaba cerrada y las ventanas protegidas con barrotes. Sobre la puerta se distinguía el dibujo de un cráneo hendido.
Un hombre de rostro barbudo abrió la puerta e invitó a los recién llegados a entrar, con un gesto poco amigable. Una vela sobre la mesa y el fuego de la chimenea iluminaban el interior.
"¿Vuestros nombres?"
"Solomon Kane," dijo el hombre más alto.
"Gaston l'Armon," dijo el otro, “pero eso no os concierne.”
"Los visitantes no vienen a menudo por este bosque," gruñó el tabernero, "pero los bandidos sí. Siéntense en esa mesa y les traeré algo para cenar."
Los dos hombres se sentaron. Uno de ellos era un individuo alto y de oscuros ropajes, que resaltaban la palidez de su rostro. El otro ofrecía un atuendo mucho más ostentoso y sus ojos no se cansaban de mirar.
El tabernero trajo algo de vino y luego permaneció inmóvil en un rincón sombrío. La barba casi ocultaba enteramente su rostro y sus ojos rojizos no dejaban de vigilar a los huéspedes. El más joven de ambos le preguntó:
"¿Quién sois?"
"Soy el dueño de la Taberna del Cráneo Hendido.”
"¿Tenéis muchos huéspedes?"
"Pocos vienen dos veces.”
Kane miró al tabernero y se preguntó si había algún significado siniestro detrás de aquella respuesta. Luego dijo:
“Voy a acostarme. Mañana debo madrugar para proseguir mi viaje.”
"Y yo," añadió el francés. "Tabernero, mostradnos nuestros dormitorios."
El tabernero los guio hasta una puerta, indicando que debían pasar la noche en aquella alcoba. Luego se fue, tras encender una vela dentro del cuarto. Allí solo había dos camastros, unas sillas y una mesa. Kane dijo:
“Cerremos bien la puerta. No me gusta el aspecto de nuestro tabernero.”
Gaston dijo:
“Pero no tenemos ninguna barra para bloquear la cerradura.”
“Podemos romper una pata de la mesa y usarla como barra.”
"Mon Dieu!," dijo l'Armon, "sois un hombre miedoso, Monsieur."
“No me gustaría que me asesinaran mientras duermo.”
“Eso me recuerda que no nos conocíamos hasta que este atardecer coincidimos en nuestro camino."
Kane contestó:
“Yo creo haberos visto anteriormente, aunque ahora no recuerdo dónde. Por lo demás, creo que todo hombre es honrado hasta que me demuestra lo contrario. Además, tengo el sueño ligero y duermo con una pistola al alcance de la mano.”
El francés se rio.
“Me extraña que seáis capaz de dormir junto a un desconocido. Bueno, busquemos alguna barra para bloquear la puerta.”
Tomaron la vela y salieron al pasillo, entre sombras siniestras.
Solomon Kane murmuró:
“¡Una extraña taberna, sin más huéspedes ni criados! ¿Cuál era su nombre? ¿El Cráneo Hendido? ¡Repulsivo nombre, a fe mía!”
Registraron varias habitaciones sin encontrar lo que buscaban. Cuando llegaron a la última encontraron señales de lucha. Kane dijo sombríamente:
“Aquí ha muerto gente. Intentad arrancar esa barra de la pared.”
Cuando el francés tocó la barra, una parte de la pared se deslizó a un lado, mostrando la entrada a un pequeño cuarto secreto. Gaston emitió una exclamación y ambos hombres vieron lo que había sobre el suelo.
"¡El esqueleto de un hombre!" dijo Gaston. "Y su pierna está encadenada a la pared. Ese hombre estuvo preso ahí hasta la muerte.”
"Esto explica el nombre de esta taberna. Quizás ese hombre fue un viajero que cayó en manos de nuestro tabernero."
Gaston dijo, sin demasiado interés:
"Seguramente, pero no entiendo por qué mantiene el esqueleto encadenado a la pared. Voy a liberaros, Monsieur Esqueleto.”
Dicho esto, el francés cortó la cadena con su espada. Kane protestó:
"¡No es bueno que os moféis de los muertos!"
Gaston se rio:
“¡Que los muertos se defiendan a sí mismos! Si alguien me matara, yo sería capaz de hacer cualquier cosa para vengarme desde la tumba.”
Kane se volvió hacia la puerta del cuarto. Estaba harto de aquella cháchara impía y solo pensaba en pedirle cuentas al tabernero de sus crímenes. Pero entonces sintió el frío del acero en su nuca y adivinó que lo estaban apuntando con el cañón de una pistola.
Gaston le dijo:
“No hagáis locuras, Monsieur, si no queréis que os reviente vuestros escasos sesos.”
Tras arrebatarle sus armas, el francés se alejó de él y entonces le dio permiso para volverse.
Kane lo miró y le dijo:
"¡Sois Gaston el Carnicero! He sido un necio al confiar en vos. Ahora recuerdo haberos visto una vez en Calais con ese mismo sombrero. Habéis llegado muy lejos, bandido."
“No volveremos a encontrarnos. ¿Qué es ese ruido?”
"Las ratas están jugando con los huesos del esqueleto."
“Bien. Sé que lleváis dinero con vos, Monsieur. Mi idea era mataros mientras dormíais, pero ya no es necesario esperar tanto.”
"No pensé que debía desconfiar de un hombre con el cual he compartido el pan.”
El bandido rio de nuevo y dijo:
“No os daré tiempo para defenderos, Monsieur. Así el tabernero tendrá otro cadáver para su colección, si es que no lo mato también a él.”
Mientras hablaba, Gaston le había dado la espalda a la puerta del cuarto. Entonces apareció el tabernero, que mató al francés rápidamente, propinándole un hachazo en la cabeza. Kane intentó reaccionar, pero el tabernero lo encañonó con una larga pistola que sostenía en su mano izquierda. Le ordenó retroceder y el inglés se estremeció cuando distinguió los ojos insanos de aquel hombre, en los cuales parecía haber algo salvaje. Sin duda, suponía una amenaza mayor que el mismo Gaston. Le oyó decir:
“Ahora vuestro oro será mío. Aunque lo que más deseo es la venganza.”
Kane replicó:
“Yo no soy vuestro enemigo.”
"¡Todos los hombres son mis enemigos! Mirad en mí las marcas de las cadenas y del látigo. Pasé muchos años encerrado en una celda por un delito que no había cometido.”
Kane no dijo nada. Había oído hablar de personas enloquecidas por los horrores de las cárceles europeas. El tabernero prosiguió:
“¡Pero conseguí huir! Desde entonces hago la guerra a todos los hombres desde aquí. Oigo resonar los huesos del hechicero. Mientras moría, juró que se vengaría de mí, pero yo descarné su cadáver y lo encadené a la pared. Todas las noches ansía huir de su prisión para vagar por los pasillos de la taberna, como la misma Muerte, y asesinarme mientras duermo.”
Kane se estremeció, pues creyó oír un sonido extraño, como si el esqueleto del cuarto secreto se hubiera movido.
El tabernero siguió hablando de forma incoherente, como corresponde a un maníaco:
"¡Todos los hombres son mis enemigos! ¿Quién me ayudó mientras estuve preso en una celda de la ciudad? Allí algo le pasó a mi cerebro y entonces me convertí en un lobo, como esos que vagan por las soledades de la Selva Negra. Esos hermanos míos se han comido a todas las personas que he matado, salvo a ese mago procedente de Rusia. Todas las noches resucita para vengarse de mí y yo no puedo matar a un muerto. Por eso tuve que encadenarlo. Su magia no lo salvó de mí cuando lo maté, pero es sabido que un hechicero muerto es más peligroso que uno vivo. ¡No te muevas, inglés! Pronto tus huesos le harán compañía.”
El maníaco se había acercado a la puerta de la habitación secreta. Entonces algo lo empujó hacia su interior, mientras una ráfaga de viento apagaba la vela. Kane aprovechó aquella oportunidad para recuperar su pistola. Encendió nuevamente la vela y echó un vistazo al interior de aquel cuarto secreto. Entonces murmuró, mientras un sudor frío recorría su frente:
"¡Dios mío! Lo que estoy viendo sobrepasa lo racional. Esta noche se han cumplido dos venganzas de ultratumba. Gaston fue quien cortó la cadena que sujetaba al esqueleto. Y este también cumplió su venganza."
El tabernero yacía inerte sobre el suelo del cuarto secreto, con su horrible rostro desfigurado por un miedo terrible y el cuello roto por los dedos del esqueleto.

UNA BUENA PERSONA (CUENTO FANTÁSTICO)

 


Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Siempre he sido lo que se suele llamar una buena persona, aunque hoy, a causa de una serie de infaustas casualidades, he tenido un día más ajetreado de lo normal.

Esta mañana visité una tienda de libros viejos, donde tuve la suerte de encontrar un valioso manual de magia negra. El librero, que debía de ser un auténtico ignorante, me permitió llevármelo por un precio irrisorio.

Desgraciadamente, mi suerte no tardó en torcerse. Apenas había llegado a mi casa cuando alguien llamó al timbre. El inoportuno visitante era un completo desconocido, que, una vez abierta la puerta, me soltó estas palabras sin más preámbulos:

Me consta que usted acaba de adquirir cierto libro que yo llevaba años buscando. Quiso mi mala suerte que usted se me adelantase, pero, como suele decirse, todo tiene remedio salvo la muerte. Si me entrega ahora mismo el libro, le entregaré el triple de lo que ha pagado por él.

¿Y si no quiero vendérselo?

Puedo aumentar la oferta. Por otra parte, debería saber que hay otras personas dispuestas a obtener ese libro... y no todas son tan razonables como yo.

No se trata de dinero. Y le aseguro que sé cómo tratar a entrometidos como usted o esos señores de los que habla.

Bien, me temo que tendré que emplear métodos más convincentes.

El desconocido extrajo una pequeña pistola de su bolsillo y me apuntó con ella, pero en ese preciso instante llegó del colegio mi hija Raquel, quien, sin percatarse del peligro que corríamos, me saludó alegremente. Su saludo hizo que mi adversario bajara la guardia durante un instante y yo aproveché su distracción para arrebatarle el arma. Esta se disparó durante la refriega, provocando la muerte inmediata del intruso. Pero su eliminación no mejoró demasiado mi situación, pues ante los ojos de vecinos y viandantes (que habían oído el disparo y visto morir al desconocido, pero ignoraban que él me había amenazado previamente), yo parecía un asesino que acababa de matar a un pobre hombre a sangre fría.

Sabiendo que pronto vendría la policía, entré rápidamente en casa con Raquel y, tras darle ciertas instrucciones, le dije que bajase al sótano con el dichoso libro en sus manos.

Pocos minutos después la policía acordonó la casa y me amenazó con entrar por la fuerza si no me entregaba. Pero yo no podía abandonar la casa y, por otra parte, debía ganar tiempo para que Raquel pudiera cumplir su misión. No me quedó más remedio que disparar desde la ventana del ático contra los agentes, causándoles serias heridas a algunos de ellos.

Los demás policías, viendo que yo no estaba dispuesto a rendirme, se prepararon para un asalto más contundente, que sin duda hubiera supuesto mi arresto o quizás mi muerte, de no ser porque entonces la tierra empezó a temblar como si un seísmo azotara la ciudad. El suelo se quebró, formándose profundas grietas de las que surgieron tentáculos inmensos, más semejantes a serpientes gigantes que a los brazos de un pulpo. Aquellas monstruosidades aplastaron los vehículos de los policías, destrozaron los edificios del vecindario y provocaron numerosas muertes, pero ni siquiera se acercaron a mi casa, pues yo, en previsión de semejantes eventualidades, había protegido mi hogar con una estrella protectora de cinco puntas (motivo por el cual no podía permitir que los policías me llevasen a comisaría).

Mientras el monstruo proseguía su masacre por otros barrios de la ciudad, bajé al sótano, donde felicité a Raquel por el éxito de su misión, que consistía en usar un ensalmo del libro para invocar a aquella abominación lovecraftiana, mientras yo entretenía a los policías con mis disparos. Ahora solo nos quedaba buscar otro hechizo, lo cual nos llevó bastante tiempo, durante el cual aquella cosa sin duda tuvo tiempo de provocar cientos o quizás miles de muertes. Pero finalmente conseguimos nuestro objetivo: con un nuevo ensalmo le dimos marcha atrás al tiempo, hasta el momento en el cual el intruso llamó al timbre de mi puerta. En esta ocasión no quise discutir con él y le conté un embuste sobre un ladrón con el rostro encapuchado, que supuestamente me había robado el libro al salir de la librería. El muy tonto se lo creyó y se fue con el rostro compungido, con lo cual el resto del día transcurrió sin nuevos (ni viejos) incidentes.

Aun así, me pesa en el alma haber tenido que mentir, pues a fin de cuentas soy una buena persona, por si ya estabas empezando a dudarlo.

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Sara Lena Tenorio

Mi nombre es Sara Lena, nací un día de primavera en la ciudad de México, soy autora de dos libros que forman una saga que, aunque ya está p...