UN RAPTO (CUENTO)

 

El profesor Oliver Nash era, para todos los que lo conocían, un hombre sabio y, sobre todo, un hombre bueno. Aún joven, ya había tenido tiempo de alcanzar un inmenso prestigio académico, no solo como historiador especializado en antiguas civilizaciones orientales, sino también, y sobre todo, como divulgador de viejas sabidurías. Aunque durante la mayor parte del año impartía clases de Historia de las Religiones en una conocida universidad estadounidense, aprovechaba sus vacaciones para realizar expediciones arqueológicas por los más remotos lugares del Lejano Oriente. El gran sueño de su vida era dar con el Templo de la Sabiduría, un legendario santuario que, según antiquísimas tradiciones, se erguía desde tiempos inmemoriales en lo más recóndito de la jungla hindú. La importancia de dicho templo no era únicamente arqueológica, pues se decía que en su interior se hallaba un altar de piedra, sobre el cual una mano desconocida había grabado profecías relativas al futuro de la Humanidad. Aunque la mayor parte de los estudiosos consideraban que el Templo de la Sabiduría no era más que una leyenda, Oliver tenía buenas razones para creer en su existencia. Sería prolijo e innecesario explicar aquí cuáles eran sus motivos para creer en la leyenda, pero lo cierto es que, cuando pudo reunir suficiente dinero para organizar una expedición por su cuenta, pidió la excedencia en la universidad y viajó a la India, dispuesto a no retornar a su patria hasta haber encontrado el templo y leído las proféticas inscripciones del altar (Oliver conocía perfectamente el idioma sánscrito).

Tras varios meses de ardua búsqueda por las selvas bengalíes, Nash penetró, acompañado por un guía hindú, en cierta jungla recóndita y tenebrosa, donde muy pocos osaban entrar. El guía murió devorado por algo que surgió del bosque y Oliver se vio obligado a seguir adelante completamente solo, pero dispuesto a dar con el templo o a morir en el intento. Varios días después, medio muerto de hambre y extenuación, consiguió llegar a una aldea situada cerca de la jungla maldita. Los solícitos cuidados de los nativos le permitieron recobrar sus fuerzas, pero desde entonces pasó a ser un hombre completamente distinto. Su espíritu valiente y animoso parecía haberse resquebrajado durante su terrible periplo por la jungla, acaso destruido por horrores innombrables de los que él nunca quiso hablar. Cuando volvió a casa, era apenas una sombra lívida y macilenta del hombre que había sido anteriormente. Ya no mostraba el menor interés por la arqueología ni por la docencia, renegaba con rabia de sus viejas creencias espiritualistas y se mostraba mucho más melancólico e irritable que antes. Uno de sus amigos le preguntó por la causa de sus sufrimientos y Oliver le contestó, con la voz trémula y lágrimas en los ojos:

¡El maldito Templo de la Sabiduría no era más que una leyenda! Encontrarlo se había convertido en el gran sueño de mi vida y por su culpa he renunciado a todo lo demás, incluso a mi carrera, por no hablar de que he sacrificado la vida de un hombre. Y al final la única sabiduría que he adquirido durante mi viaje al infierno ha sido esta: que es un error soñar. 

A los conocidos de Nash les extrañó que el fracaso de su expedición lo hubiera afectado tanto, pues ni era la primera vez que se enfrentaba a decepciones parecidas ni nadie, hasta entonces, hubiera pensado que su alma fuera tan frágil como para venirse abajo por un motivo semejante. Pero lo cierto es que Oliver no volvió a ser el que era: renunció definitivamente a su cátedra, dejó de escribir y se fue a vivir a su pueblo natal, donde pasó a vivir como un sencillo bibliotecario, lejos del mundo académico y cerca de la única familia que le quedaba en el mundo: su hermano Robert, la esposa de esta, llamada Mary, y Rose, la hija de ambos, que a la sazón tenía dieciséis años y a la cual Oliver apenas había visto desde que era pequeña (en realidad, Rose no era hija carnal de Robert, sino del primer marido de Mary, pero vivía con él desde su primera infancia). Oliver procuraba pasar el mayor tiempo posible con su hermano, como si quisiera recuperar el tiempo perdido que sus estudios y expediciones le habían arrebatado, y solo cuando se hallaba con él y con su familia aparentaba una cierta alegría. Un día, Robert lo invitó a comer en su casa y, cuando ya se hallaba allí, Oliver recordó que debía terminar de redactar un registro para la biblioteca. Como aún faltaba algún tiempo para que la comida estuviera preparada, Oliver le pidió a su hermano que le prestara su ordenador portátil, con el cual podría terminar su trabajo en pocos minutos. Robert dudó durante unos instantes, como si no le gustara del todo la petición de su hermano, pero finalmente sonrió y dijo:

Por supuesto, puedes usarlo. Pero te ruego que no te demores mucho con él… Bueno, es que no me gustaría que llegaras tarde a la mesa. Ya sabes cómo es Mary.

Vale, no te preocupes, Bob. Será cosa de un minuto.

Efectivamente, Oliver terminó rápidamente su trabajo, guardó el documento en una unidad USB que siempre llevaba consigo y, como aún no estaba puesta la mesa, aprovechó para echarles un vistazo a las fotos que guardaba Robert en el archivo, sin más motivación para ello que la simple curiosidad. Llamó su atención una foto de Rose, que aparecía luciendo bikini en la playa. Entonces, como si hubiera visto a su sobrina por primera vez, Oliver se dio cuenta de que se había convertido en una adolescente realmente atractiva. Guiado por un impulso que ni él mismo comprendía del todo, empezó a examinar otras fotos donde la muchacha aparecía ligera de ropa y entonces, como un virus, entró en su mente una idea obsesiva, que muchos habrían considerado completamente perversa.

...

Las relaciones entre Oliver y la familia de su hermano no tardaron en deteriorarse, después de que Rose se quejara ante sus padres de que su tío “la miraba demasiado”. Y era cierto: donde estuviera la muchacha, sola o con sus amigos, ahí aparecía, de pronto y “por pura casualidad”, el tío Oliver, quien no se limitaba a saludarla y largarse, como hubiera sido el deseo de la niña, sino que además le hacía preguntas extrañas, le dirigía miradas que ella consideraba inquietantes y aprovechaba cualquier excusa para pegarse a ella como una lapa a una roca. Mary habló seriamente con Robert y le pidió que, sin faltarle al respeto, le dijera a su hermano que aquello no podía seguir así. No era imposible que las intenciones de Oliver fueran honestas, pero era mejor no correr riesgos, sobre todo teniendo en cuenta que, desde su dichoso viaje a la India, el arqueólogo parecía sufrir una especie de trastorno. Robert se quedó pensativo. Siendo niño, Oliver había estado muy enamorado (aunque de una forma bastante platónica) de su amiga Annabel, quedando destrozado tras la muerte de esta a causa de una fulminante enfermedad. Pero desde entonces, que él supiera, no había vuelto a mostrar ningún interés amoroso por nadie, por lo que le parecía cuanto menos extraño que de pronto, ya próximo a la madurez, se hubiera encaprichado con Rose. Pero lo cierto es que Robert concertó una entrevista con Oliver, para darle a entender que ya no era bienvenido en su casa y que, sobre todo, debía dejar en paz a Rose. Oliver miró a su hermano con una mezcla de incredulidad y enfado, pero prometió que no volvería a molestar a Rose.

...

Pocos días después, Rose salió de su casa para hacer unas compras que le había encargado su madre y, varias horas después, aún no había vuelto. Mary, preocupada, la llamó al móvil sin obtener respuesta. También llamó a todas sus amigas, pero nadie pudo decirle nada sobre el paradero de su hija.

Mientras la atribulada madre intentaba localizar a la muchacha, esta se despertaba lentamente del sueño inducido por el cloroformo que alguien le había obligado a aspirar. Sus recuerdos eran muy confusos: apenas recordaba que un hombre encapuchado se había arrojado de pronto sobre ella y le había puesto un paño húmedo sobre el rostro. Y ahora se hallaba atada de pies y manos en el interior de una especie de choza, húmeda, lóbrega y de paredes desvencijadas. Además, su desconocido raptor le había sellado los labios con cinta adhesiva para que no pudiera pedir auxilio. Durante varias horas interminables de terror y angustia, Rose permaneció indefensa en las tinieblas de aquel antro maloliente, hasta que alguien entró en el cuarto y le quitó la mordaza de la boca para darle de beber algo de agua. Rose, que se moría de sed, bebió con avidez y a continuación reconoció, gracias a la luz mortecina de una linterna, que quien estaba con ella no era otro que su tío Oliver. Al principio, se sintió exultante de alegría, pensando que había venido a salvarla, y le pidió que la desatara cuanto antes. Por toda respuesta, Oliver volvió a ponerle la mordaza, sonrió malévolamente y respondió a la muda pregunta que le dirigían los aterrados ojos de Rose con estas palabras:

No, preciosa, tú te quedas aquí, que para eso te he traído. Ahora voy a dejarte sola, porque tengo que ir al pueblo por un poco de comida. Pero no te preocupes, que pronto volveré y entonces vamos a pasárnoslo muy bien los dos juntos.

Dicho esto, Oliver se fue de la cabaña, dejando a su sobrina totalmente aterrada. Esta se revolvió con todas sus fuerzas intentando desatarse, pero no tuvo éxito. Sin embargo, gracias a sus forcejeos sus dedos entraron en contacto con un objeto metálico, que se hallaba tirado sobre el suelo de la cabaña. Sintió un estremecimiento de esperanza cuando se dio cuenta de que era una navaja, con la cual podría cortar sus ligaduras con facilidad. Quizás aquella navaja se le había caído a su tío o quizás llevaba allí muchos años, pero eso no importaba. Rose se desató gracias a ella y huyó de la cabaña antes de que volviera su tío. Aquella choza se encontraba en medio del bosque, lejos del pueblo, pero cerca pasaba una carretera bastante transitada. Rose pidió auxilio a un automovilista, un honrado viajante de comercio que se dirigía al pueblo, y este llamó a la policía con su móvil. Poco después, Rose, aún muy afectada, pero sana y salva, se reunía con sus padres en su casa del pueblo. Poco antes, Oliver había sido arrestado en el supermercado local por el rapto de su sobrina. No opuso resistencia ni negó los hechos, pero se negó a declarar mientras no se le permitiera entrevistarse a solas con su hermano Robert, el padre de su víctima.

...

Finalmente la entrevista tuvo lugar pocos días después, en una sala de la comisaría. Robert llegó a la sala, guiado por dos agentes que se quedaron haciendo guardia en el pasillo, y entró en la sala, donde lo esperaba su hermano sentado en una silla. No estaba esposado, pero, para evitar agresiones, una reja metálica dividía la sala en dos partes iguales, separando a los hermanos. Una videocámara permitiría a los guardias ver lo que sucedería dentro de la sala, pero no escuchar nada de lo que se dijera. Cuando Robert entró, se quedó de pie, pese a que tenía una silla donde sentarte, mientras que Oliver no se levantó de su asiento ni le dirigió ningún saludo, sino que se limitó a clavar en él una mirada francamente hostil. Robert rompió el silencio y le dirigió a su hermano reproches en voz alta (fueron las únicas palabras de la conversación que llegaron a oídos de los guardias):

¡Miserable! ¿Cómo has podido hacerle eso a mi niña? ¡Estás realmente loco!

Oliver sonrió sin alegría y le dijo a su hermano en voz baja:

Venga, Bob, los guardias del pasillo ya te habrán oído, así que no tienes que seguir haciendo tu papel de padre indignado. Tú y yo conocemos la verdad.

Robert suspiró, bajó los ojos y dijo con una voz trémula apenas audible:

Bueno, supongo que a ti no puedo mentirte. Pero no comprendo nada.

Pues precisamente para eso estás aquí, para que yo te lo explique todo. Cuando aquel día manejé tu ordenador me llamaron la atención tantas fotos de Rose ligerita de ropa… Sin duda, no es raro que un padre guarde fotos de su hija en los archivos de su PC, pero me fijé en que habías ampliado únicamente aquellas donde ella aparecía vestida de una forma... digamos, provocativa. Entonces recordé algunas cosas que me había contado Annabel antes de morir… Me dijo que, siendo apenas un crío, una vez la sorprendiste sola en la playa y tuvo que golpearte para que la dejaras en paz, porque intentaste pasarte con ella. Solo me lo dijo a mí y me pidió que no se lo contara a nadie, porque ella era buena... demasiado buena para este mundo. Como sospechaba de ti, intenté vigilar a Rose, pero ella malinterpretó mis intenciones. Reconozco que quizás actué con cierta torpeza. Finalmente, cuando se supo que ella había desaparecido en extrañas circunstancias, sospeché que tú mismo la habías raptado y fui a buscarla a la vieja cabaña del bosque, donde solíamos jugar con Annabel cuando éramos pequeños. Sin duda, de todos los lugares que conocías era el más adecuado para esconderla. Tú no estabas cuando llegué. Habías tenido que volver al pueblo con tu mujer, para hacer el papel de padre atribulado delante de la policía y los medios de comunicación. Fui allí con la idea de rescatarla, pero en el último momento lo pensé mejor. Me dije que sería demasiado cruel para Rose que se acabara sabiendo la verdad: que su propio padre la había raptado con fines inconfesables. Así que actué como si yo fuera el secuestrador. Al mismo tiempo, dejé a su alcance una navaja para que pudiera liberarse ella misma antes de que volvieras, cosa que no podrías hacer mientras tuvieras a la policía en tu casa. Así, al asumir las culpas conseguí ahorrarle a Rose el horror de saberse víctima de su propio padre. Pero lo hice por ella, no por ti. Para mí eres un perfecto miserable y quiero que lo sepas.

Dicho esto, Oliver se calló, se levantó de la silla y empezó a dar vueltas por el cuarto, sin mirar a su hermano. Este permaneció en silencio durante unos minutos y luego dijo:

Supongo que tienes razón. Soy una basura, siempre lo fui y siempre lo seré. Nunca he podido resistirme a… esos impulsos… y, mientras Rose fue pequeña, no hubo ningún problema, pero cuando creció y se convirtió en una hermosa mujercita… bueno, me olvidé de que era mi hija y… ya conoces el resto. Pero ahora serás tú quien vaya a la cárcel. Lo siento, pero no me siento capaz de confesar la verdad.

No te pido que lo hagas. Sería terrible para Rose.

¿Y no tienes miedo de que vuelva a las andadas, cuando tú ya no estés para impedirlo?

¡Oh, eso no me importa nada! Si esto fuera a durar, la cosa sería distinta. Pero no es el caso. No tendrás tiempo de hacerle daño a tu hija.

¿Cómo? No entiendo.

El Templo de la Sabiduría, ¿te acuerdas? Dije que no existía. Mentí: sí existía. Yo lo encontré, leí la inscripción del altar… y luego lo volé con dinamita para que nadie más volviera a encontrarlo. Sería demasiado terrible para el mundo saber la verdad. Pero ahora ya da igual. Mañana mismo…

Oliver se calló, se asomó a la única ventana del cuarto, miró con melancolía las calles de la ciudad, tenuemente iluminadas por los últimos rayos del sol, y dijo en voz muy baja, demasiado baja para que la oyera su hermano:

Mañana despertará Cthulhu y el mundo morirá.

Texto: Francisco Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.


XELA

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Xela vivía con Laura, su madre viuda, en las afueras de una pequeña villa gallega.

Pese a ser una niña de buen corazón, no tenía muchos amigos, pues todos la tenían por una mentirosa. Ella aseguraba que tenía poderes mágicos y que podía comunicarse con las almas de los muertos, pero ni siquiera su propia madre se tomaba en serio semejantes afirmaciones. La única persona que creía un poco en ella era su amigo Marcos, un niño al cual le gustaba mucho la magia. Como también le gustaba Xela, por Navidad le regaló una biografía de Harry Houdini, el mago más famoso de todos los tiempos. No tuvo éxito, pues Xela, pese a ser bastante aficionada a la lectura, solo leyó un par de capítulos y luego se olvidó del libro. Le dijo a su madre:

Ese señor Houdini sería muy bueno haciendo trucos de manos, pero no sabía nada de la verdadera magia.

Pocos días después, un peligroso presidiario consiguió huir de la cárcel, tras golpear a un guardia y robarle su pistola. Aquella misma tarde Laura y Xela estaban en la cocina de su casa, pelando patatas para hacer una tortilla. Laura oyó algo y le dijo a su hija:

Me parece que el gato del vecino volvió a entrar en la casa. Voy a ver si consigo echarlo antes de que haga otra de las suyas.

Laura salió tranquilamente de la cocina con una escoba en las manos, pero entonces apareció el prófugo, quien la agarró por un brazo y la amenazó con su pistola. Xela, al ver a su madre en peligro, intentó reaccionar, pero el intruso le dijo:

Quietecita y calladita, preciosa, si no quieres que tu mamá sufra por tu culpa. Ahora vais a ser las dos buenas chicas y haréis todo lo que yo os diga, ¿vale?

Comprendiendo que no tenían más remedio que obedecer, madre e hija se sometieron a las órdenes del intruso. Este las ató a las sillas de la cocina con unos cordones, las amordazó con cinta adhesiva y luego entró en el cuarto de baño, pues llevaba varias horas sin hacer sus necesidades. Apenas había tenido tiempo de levantar la tapa del retrete cuando creyó oír unos pasos furtivos en el pasillo. Estuvo a punto de salir, pero se tranquilizó al oír un maullido. ¿No había dicho la mujer algo de un gato que entraba en la casa? Como a él no le importaban los felinos, se tomó su tiempo para desahogar la vejiga con toda la calma del mundo. Pero, nada más salir del baño, resbaló y se llevó un golpe en la cabeza, que lo dejó aturdido hasta que llegó la Guardia Civil para arrestarlo.

Xela, que de algún modo había conseguido liberarse de sus ataduras en cuestión de segundos, se había acercado al cuarto de baño imitando el maullido de un gato (estaba acostumbrada a emplear ese truco para gastarle bromas a su madre). Luego solo había tenido que verter un poco de jabón líquido en el pasillo para gastarle una “broma” muy pesada al intruso.

Una vez que los guardias se hubieron llevado al prófugo de vuelta a la cárcel, Laura le preguntó a Xela:

¿Pero tú cómo pudiste desatarte tan deprisa?

La niña sonrió y le dijo a su madre:

Fue muy fácil, mami. Solo tuve que pedirle al espíritu del señor Houdini que me enseñase uno de sus trucos. Hoy he aprendido algo: incluso los libros que no nos gustan pueden sernos útiles en alguna ocasión.

Desde entonces Laura ya no sabe qué pensar de su hija.

MONSTRUOS (CUENTO FANTÁSTICO)

 

La joven maestra les pidió a sus alumnos que le dibujaran al monstruo más terrorífico que conocieran, pues deseaba conocer sus miedos para ayudarlos a superarlos. Tal como esperaba, sus jóvenes discípulos le dibujaron un amplio y variopinto muestrario de criaturas grotescas, que iban desde los simpáticos monstruos de los dibujos animados hasta terrores sin nombre que seguramente solo existían en las pesadillas de los pequeños. Pero el dibujo más inquietante se lo entregó Marta, que era una niña muy estudiosa y aplicada, pero también bastante triste y solitaria. Sin embargo, aquel dibujo, que la pequeña ilustradora había realizado con bastante esmero para su edad, no representaba un monstruo propiamente dicho, sino un hombre de aspecto normal e incluso agradable, debajo del cual aparecían escrita esta única palabra: PAPÁ. La maestra no dijo nada, pero empezó a preguntarse qué había llevado a Marta a dibujar a su padre. Podría ser una broma de dudoso gusto, pero esa explicación no casaba con el carácter serio y responsable de la pequeña. ¿Y si Marta realmente le tenía miedo a su padre porque este la maltrataba o abusaba de ella? Parecía una hipótesis monstruosa (nunca mejor dicho), pero podía explicar, en parte, el carácter melancólico de Marta y su tendencia a encerrarse a sí misma, así como su aspecto un tanto enfermizo. Pero la maestra no sabía qué hacer para asegurarse. Si abordaba directamente a la niña, podía agravar sus temores o sus traumas con alguna pregunta indiscreta. Y hablar con el presunto maltratador tampoco parecía una opción prudente. Finalmente, la maestra decidió citar a la madre de la niña, tomando como excusa una charla sobre sus problemas de relación, y enseñarle, como quien no quiere la cosa, aquel inquietante dibujo, para ver cómo reaccionaba y saber a qué atenerse. Así, al día siguiente, mientras los niños disfrutaban del recreo, llegó al colegio la madre de Marta, que era una mujer aún joven y sumamente atractiva, de cuerpo perfecto y curvas despampanantes. La maestra la recibió cordialmente y la invitó a entrar con ella en una clase vacía, cuya puerta cerró para evitar que alguien escuchara su conversación. Poco después, se oyó un grito de mujer aterrada que alarmó a todo el colegio y la madre de Marta, pálida como una muerta, salió de aquella clase para pedir ayuda, pues, según sus palabras, la maestra había sufrido un súbito ataque cardíaco mientras conversaban. Todos los intentos de reanimarla resultaron infructuosos y la pobre joven murió sin haber recobrado la conciencia en ningún momento. Mientras tanto, la madre de Marta, ya más serena, aprovechó la confusión para acercarse a su hija, enseñarle el dibujo durante un instante, antes de tirarlo a la basura, y decirle en voz baja:
Marta, cariño, papá y yo te hemos dicho un montón de veces que tienes que guardar nuestro secreto. Y, además, estoy algo ofendida: sabes perfectamente que yo soy mucho más terrorífica que papá.
Ya lo sé, mami. Pero es que, como tú puedes cambiar de forma, nunca sé cómo dibujarte,.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

UN ROBO (MICRORRELATO)

La niña chilló al enterarse de que estaba en peligro, pero sus padres no acudieron. Impulsada por el miedo, la niña huyó de su cuarto y empezó a correr por la casa oscura, sin dejar de pedir ayuda con toda la fuerza de sus pulmones. Cuando ya estaba a punto de llegar al vestíbulo, el intruso que había entrado en la casa la atrapó y la amordazó, tal como había hecho anteriormente con sus padres. Luego robó todo el que quiso, mismo una hermosa muñeca que encontró en el cuarto de la niña. Pocos días después, la hija de los hombres que le habían comprado la muñeca al ladrón apareció muerta: al contrario que la primera niña, ella no tuvo la suerte de que un oportuno ladrón la salvara de la muñeca.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Canva.

LA HIJA (RELATO FANTÁSTICO)

 

Narración del inspector Michael W. Legrasse, miembro del Departamento de Policía de Nueva Orleans, Louisiana, USA:

Ante todo, debo decir que el accidente que causó hace trece años la muerte de mi desdichado amigo, el doctor Robert Dee, no tuvo, en sí mismo, absolutamente nada de extraño ni de misterioso. Los hechos, confirmados por las declaraciones de numerosos testigos y por la labor de los peritos policiales, fueron desde el primer momento bastante claros: aquella noche Robert volvía a casa en su coche, tras haber terminado su turno de guardia en el hospital, cuando, tras haberse visto obligado a realizar una brusca maniobra para esquivar a un perro que se cruzó en su camino, se salió de la vía y colisionó contra el surtidor de una estación de servicio, provocando así la explosión que acabaría con su vida. Puestos a buscar algún detalle anormal, sólo hallaríamos el hecho (a mi juicio insignificante) de que, según ciertos testimonios, el perro que provocó el accidente –un animal de gran tamaño y pelo negro, quizás un pastor belga abandonado por sus dueños- habría aparecido en la calzada de repente, “como surgido de la nada”, y que luego se habría desvanecido de la misma manera. Pero era una noche muy oscura, la calle estaba mal iluminada y, por tanto, no considero necesario recurrir a teorías estrambóticas para explicar esos detalles, por lo demás absolutamente circunstanciales.

Yo, como amigo de la víctima desde la infancia, decidí asumir la dura responsabilidad de comunicarle los hechos a Pamela, su esposa, por lo que me dirigí hacia su casa para decírselo en persona y, en la medida de lo posible, intentar consolarla. Recuerdo perfectamente cómo llamé al timbre de la puerta y cómo, tras unos minutos de espera que se me hicieron eternos, la propia Pamela, aún medio adormilada, me abrió la puerta. Cuando le conté lo que le había sucedido a su marido, la pobre Pamela acogió mis palabras con sorpresa e incredulidad. Según sus palabras, tenía que haberse producido un error en la identificación del cadáver, pues Robert estaba dentro de la casa en aquel mismo momento, durmiendo en la misma cama que ella acababa de abandonar para atender mi llamada. Entonces le pedí a Pamela que me dejase entrar y ambos subimos al cuarto donde dormía el matrimonio. Robert no estaba allí. Ni tampoco estaba en ningún otro lugar de la casa. Del mismo modo, su coche tampoco se hallaba en el garaje. Pero Pamela, ya al borde de la histeria, me juró una y otra vez que ella había estado con su marido aquella noche, que él había entrado en el cuarto cuando ella ya estaba en cama, medio dormida, y que luego él, sin encender la luz ni decir una sola palabra, se había tumbado con ella, y la había besado, y acariciado, y… A Pamela se le quebró la voz y sufrió un desmayo. Tardó varios días en recuperarse del trauma y fueron necesarios meses de tratamiento psicológico para que aceptara que ella no había estado con su marido aquella noche, que todo había sido un sueño o una fantasía urdida por su cerebro para huir de la terrible realidad. Pamela quería mucho a Robert.

Nueve meses después, Pamela dio a luz a Daniella, la hija póstuma de Robert. Danny, como la solemos llamar los que la conocemos, no se parece mucho a su padre, pero en cambio es clavadita a su madre. Las dos son bastante guapas y esbeltas, de complexión atlética, tez rosada, pelo rubio y ojos azules. Sin embargo, presentan caracteres distintos. Pamela es una mujer de carácter vitalista y extrovertido, aunque al mismo tiempo sensible y emotivo. Danny, en cambio, es una niña seria, incluso introvertida, y las impresiones del mundo exterior apenas cuentan para ella, que parece vivir permanentemente inmersa en sus propios pensamientos y fantasías. Por lo demás, es una muchacha tranquila y educada, que en el colegio saca notas excelentes y que, según sus profesores, tiene una inteligencia y una imaginación francamente envidiables, casi inusitadas en una chavalita de su edad. Pero no se relaciona demasiado con sus compañeros de clase, ni tampoco con los demás niños de la vecindad. Cuando yo paso por los alrededores del colegio durante el recreo (lo hago siempre que puedo, sobre todo para espantar a los distribuidores de hachís que en ocasiones intentan camelar a los niños), la veo siempre sola, sentada en alguno de los desvencijados bancos del patio, completamente ajena a los juegos y conversaciones de sus alegres condiscípulos. Su ocupación predilecta en esos momentos, cuando no está leyendo o estudiando, es escuchar música con sus auriculares, a la vez que les echa migas de pan a los gorriones, que parecen ser sus únicos amigos.

Un triste día de otoño, mientras miraba desde el otro lado de la verja cómo Danny realizaba su monótona labor de alimentar a los hambrientos pajarillos, me fijé en que no era el único que la estaba observando. Allí estaba también un conocido mío, John Leblanc, que era sacerdote católico en una parroquia cercana. John, de niño, había sido muy amigo de Robert y de Pamela, pero luego habían interrumpido completamente sus relaciones, aunque nadie sabía muy bien por qué. Según algunos, John, antes de haberse hecho sacerdote, se habría enamorado de Pamela y no habría podido soportar su desengaño cuando ella prefirió a Robert. Según otros, John, como fervoroso católico que era, habría acabado por sentirse distanciado de sus amigos, quienes habían abandonado, hacía ya mucho tiempo, toda práctica religiosa. De hecho, Danny estaba sin bautizar.

Cuando yo le pregunté a John qué estaba haciendo allí, este palideció y me contó, en voz baja y a veces trémula, una historia tan absurda que me hizo poner en tela de juicio su salud mental. Sus palabras fueron, aproximadamente, las siguientes:

¿Nunca te has percatado de que hay algo anormal en torno a esa niña? Piensa en lo que te contó su madre aquella noche, cuando murió Robert. Recuerda que ella nació exactamente nueve meses después de aquella noche. ¿Alguna vez has podido ver los rasgos del pobre Robert en su rostro? No, nadie podría verlos, pues, cuando Daniella Dee fue engendrada, su padre ya había sido devorado por las llamas.

¿Quieres insinuar que ella no es hija de Robert, que efectivamente alguien se acostó con Pamela aquella noche y la engendró? ¡Tonterías! Toda aquella historia del hombre que se coló en el cuarto no fue más que un sueño, hoy la propia Pam lo reconoce.

Sí, porque vosotros –la Policía, los psiquiatras- la habéis convencido de eso.

Por lo que tú quieras. En todo caso, yo registré la casa de cabo a rabo y te aseguro que allí no había nadie más que Pamela y yo… ni Robert ni nadie más.

Es que quizás registraste la casa con los ojos de la carne bien abiertos, pero con los ojos del espíritu velados. ¡Escucha lo que te digo! Hace varios días, en la catequesis, les pedí a los niños que se preparan para la Confirmación que me hiciesen un dibujo de una persona especial para ellos. Uno de los folios que recogí había sido ilustrado con un dibujo del rostro de Daniella.

Ignoraba que ella tuviera amigos en tu parroquia.

Y no los tiene. Ningún chaval de mi parroquia la conoce, eso ya lo he comprobado yo.

¿Pero estás seguro de que era Daniella la que aparecía en el dibujo?

Lo estoy. Pero eso no es lo más extraño, ni mucho menos. Mi grupo de catequesis lo forman exactamente doce niños, ni uno más ni uno menos. Y estoy absolutamente seguro de que, cuando recogí sus dibujos, ninguno de ellos me entregó más de un único folio. Pero cuando conté los folios… ¡eran TRECE!

¿Qué me estás contando? ¡Eso que dices no tiene sentido! ¿Quieres decir que uno de los folios (supongo que aquel donde estaba retratada Daniella) surgió de la nada?

Pues sí. Ya sé que es raro, incomprensible… Pero es la pura verdad. Cuando les mostré a los niños el retrato de Daniella, ninguno lo reconoció como obra suya. Por otra parte, era un dibujo artísticamente impecable, la obra de un maestro y no la de un crío.

¿Y no podrías enseñármelo?

Eso no. Lo quemé aquella misma noche. Aquel dibujo me estremeció el alma hasta el punto de que no pude conciliar el sueño hasta que quedó reducido a cenizas.

¿Pero tanto te asusta ver el rostro de una pobre niña?

No fue el rostro. El dibujo, por supuesto, no tenía firma. Pero sí presentaba una inscripción, una frase escrita con tinta roja en el ángulo inferior derecho. ¿Sabes lo que ponía? INCUBUS INCARNATE EST. ET HOMO FACTUS EST. Tú sabes algo de latín, conoces las viejas leyendas y has leído, entre otros cuentos de terror, “El gran dios Pan”, de Arthur Machen, así que podrás extraer tus propias conclusiones.

Dicho esto, John se fue a toda prisa, dejándome anonadado por la revelación. Cuando pude reflexionar, me di cuenta de que aquel hombre estaba en peligro de convertirse (si no se había convertido ya) en un fanático místico de la peor especie. Sus manías supersticiosas, mezcladas con el resentimiento que sin duda aún guardaba en su subconsciente contra los padres de la pobre Daniella, lo habían llevado a urdir aquella rocambolesca fantasía, basada en un dibujo de cuya existencia objetiva ni siquiera había la menor prueba. La cosa estaba terriblemente clara: John consideraba a Daniella la hija de un íncubo, aquellos demonios que, según las leyendas medievales, tomaban forma humana y se introducían en los dormitorios de las mujeres para copular con ellas. Por tanto, Danny sería para el enloquecido sacerdote un ser de origen diabólico. Y, como consecuencia, las intenciones del cura hacia la muchacha podrían ser cualquier cosa menos buenas. Contado así, sé que parece una historia demasiado ridícula para ser tomada en serio, pero no debemos olvidar que entre los siglos XVI y XVIII historias ridículas por el estilo causaron la muerte de muchas personas inocentes (especialmente mujeres y niñas) en las hogueras inquisitoriales. Además, los Legrasse sabemos muy bien qué crímenes pueden llegar a cometer los hombres en nombre de la religión, desde que en 1907 mi tatarabuelo John Raymond, también inspector de Policía, investigó los asesinatos rituales cometidos por los adoradores de un dios de las tinieblas llamado Cthulhu. Mi deber, como policía y como amigo, era poner a Pamela sobre aviso antes de que fuera demasiado tarde.

Varias horas después, acabada mi jornada laboral, decidí acercarme a la casa de Pamela para recomendarle que desconfiara de John. Mientras estuve en la comisaría intenté en varias ocasiones decírselo por teléfono, pero el aparato siempre comunicaba y al final decidí que lo mejor sería hablar con ella directamente.

Cuando llamé a la puerta, Pamela me la abrió casi al instante, como si hubiera estado aguardando mi llegada (creo que ella murmuró algo de que había oído el motor de un coche, lo cual era raro porque yo había llegado caminando y hacía tiempo que ningún coche pasaba por aquella calle). Mi amiga parecía nerviosa y pálida, incluso advertí un temblor en sus manos que no auguraba nada bueno, y llegué a pensar que acaso ya hubiera tenido una mala experiencia con John. Antes de que pudiera preguntarle nada, ella me invitó a entrar con un gesto nervioso, y yo di un paso para acceder al vestíbulo, el cual estaba bastante oscuro. Apenas había dado ese paso hacia el interior de la casa, cuando sentí en la cabeza un golpe terrible, que me sumergió bruscamente en una oscuridad más profunda e impenetrable que la del vestíbulo. Durante un tiempo (nunca llegué a saber cuánto exactamente) dejé de existir.

Cuando me desperté, con la cabeza dolorida y la mente medio congestionada, vi que me hallaba en el salón de la casa de Pamela, que se hallaba en la parte de la casa más alejada de la calle y cuyas ventanas daban al patio trasero. Frente a mí, apuntándome con mi propia pistola, se hallaba John. Y a escasos metros detrás de él, atadas a sendas sillas y con los labios sellados por mordazas de cinta aislante, estaban Pamela y Daniella, con sus bellos rostros desdibujados por el terror de la muerte. John, que, pese a ser el dueño de la situación, no parecía mucho más tranquilo que ellas, me habló con una voz entrecortada por la emoción, tras cuyos acentos temblorosos sentí arder la furia inclemente del inquisidor y del demente:

Sabía que vendrías a frustrar mis planes. Fue un grave error por mi parte haberte revelado mis conocimientos esta mañana, eso me ha obligado a precipitarme y a actuar con una violencia que yo nunca he deseado. Sin duda fue el Diablo quien me impulsó a contártelo todo, del mismo modo que fue Dios o uno de sus ángeles el que me avisó del peligro mediante un papel surgido de la nada. Yo vine aquí antes que tú, y lo hice con la mejor intención del mundo, sin armas en la mano ni odio en mi corazón. Intenté razonar con Pamela, le pedí que me permitiera bautizar a su hija para que las aguas sagradas limpiasen el alma de Daniella del estigma de iniquidad que la mancha desde su blasfema concepción. Pero ella –esta meretriz del Averno, a la que en otros tiempos consideraba mi amiga, y con la cual tuve… digamos, fantasías, antes de escuchar la llamada del Señor- me trató de loco y me dirigió insultos blasfemos. Tuve que usar la fuerza, la obligué a descolgar el teléfono y la amenacé con matar a su hija si no se sometía a mis órdenes. Ahora ya es demasiado tarde para solucionar el asunto de otra manera. Primero derramaré las aguas bautismales sobre la cabeza de ese ser abyecto al que llamáis “niña”, con la esperanza de que aún haya algo en ella que pueda ser salvado. Luego, le haré probar la Sagrada Forma. Si su cuerpo la admite, será que las aguas bautismales han conseguido lavar la impureza de su espíritu. Pero si no la admite, no tendré más remedio que matarla. Luego podréis hacer conmigo lo que vosotros y las leyes del mundo dispongáis en mi perjuicio, pero yo estoy presto a morir en paz si antes consigo erradicar al Maligno de ese cuerpo carnal… de un modo u otro.

Yo estaba aterrorizado, anonadado en cuerpo y alma frente a aquel loco, que sin duda estaba dispuesto a acabar con la vida de Daniella. La pobre niña, por su parte, se hallaba visiblemente aterrorizada, al igual que su madre. Posiblemente, los nervios le impedirían tragar cualquier alimento que se le intentara introducir en la boca. Si John le hacía tragar la Sagrada Hostia y ella a continuación la escupía o vomitaba, como seguramente pasaría, el maldito cura ya tendría una buena razón para matarla sin miramientos. No podía permitirlo.

Aunque todavía estaba medio aturdido por el golpe, me arrojé sobre John, con la vaga esperanza de que él no supiera manejar la pistola. ¡Vaya si sabía! Me atravesó el hombro izquierdo de un balazo, y creo que me hubiera podido atravesar igualmente el corazón si no fuera porque él, un hombre moral aun en medio de su locura, no deseaba matar a nadie si no era estrictamente necesario. Sin duda, él creyó que el impacto me arrojaría al suelo, como sucede en las películas, pero en la vida real no siempre sucede así, y a menudo un hombre herido por una bala puede mantenerse en pie hasta que la hemorragia acabe con sus fuerzas. Así, aunque medio mareado por el dolor y por la visión de la sangre que bañaba mi hombro, conseguí golpear a John y derribarlo, al mismo tiempo que le arrebataba el arma. Pero el cura no se rindió y apenas tardó unos segundos en levantarse, esgrimiendo en su diestra una pequeña pero temible navaja extraída de algún bolsillo oculto. Al parecer, no había sido del todo sincero cuando me había dicho que había venido sin armas. Yo intenté amenazarlo con la pistola, pero entonces sentí que el dolor y el mareo provocado por la hemorragia se aunaban para anular mis fuerzas. Se me nubló la vista y la pistola se deslizó de mis dedos trémulos, cayendo al suelo con un ruido sordo que apenas fui capaz de oír. Tampoco pude ver claramente lo que pasó después y, en buena parte, hube de deducirlo a partir de los resultados y de lo que me contaron ellas.

Al parecer, John había retrocedido instintivamente algunos pasos tras ver que lo estaba apuntando con la pistola, aunque siempre había conservado su navaja en la mano. Pero luego, al verme flaquear y perder el arma, se había lanzado contra mí como un lobo hambriento que se arroja sobre un toro herido, con su arma y su corazón dispuestos a bañarse en mi sangre. El inquisidor había dejado su lugar al cruzado y el fanatismo místico del sacerdote, al ver en peligro sus designios, se había convertido en mera furia bestial. Pero entonces la propia Daniella, imponiéndose admirablemente al terror que la atenazaba, había conseguido hacerle la zancadilla, introduciendo una de sus piernas entre las de su raptor. Este perdió el equilibrio y volvió a caer el suelo, pero esta vez para no levantarse nunca más. Quiso la suerte que al caer se le clavara su propia navaja en el corazón. Cuando me hube recuperado un poco de mi mareo, me acerqué, tambaleando, a Pamela y a Daniella, las desaté, y luego los tres nos abrazamos llorando. Habíamos visto la muerte muy de cerca, pero al final, en parte gracias a la suerte y en parte gracias al valor de la niña, habíamos conseguido salir con vida de aquella pesadilla. John se había creído un siervo de Dios, pero Él había estado con nosotros (fin del relato de Legrasse)

EPÍLOGO: Varios días después, Daniella Dee, durante el recreo, se dedicaba a desmigajar el pan para echárselo a los gorriones, aparentemente ensimismada y ajena a los ruidosos juegos de sus jóvenes camaradas. Los pajarillos, como es natural, parecían encantados con el banquete, pero al final hubieron de abandonarlo, mal de su grado, cuando un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, bajó del cielo y los expulsó a todos, amenazándolos con sus lúgubres graznidos. Cuando vio al cuervo, Daniella pareció emerger bruscamente de su ensimismamiento y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa se dibujó en su bello rostro de hada, mientras ella le guiñaba un ojo al cuervo. El guiño fue respondido.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Canva.

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