Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Me
sorprendió que Tussmann me pidiera ayuda, pues nunca nos habíamos
llevado especialmente bien: su espíritu rastrero me repelía y
habíamos sostenido agrias polémicas, después de que él intentara
desacreditar mis investigaciones arqueológicas. De todas formas, lo
recibí en mi casa y no tardé en advertir que se hallaba dominado
por alguna ferviente pasión. No tardó demasiado en decirme qué
deseaba. Quería que lo ayudara a obtener un ejemplar original del
libro de Von Juntz “Cultos sin nombre” (también conocido como el
“Libro Negro”, tanto por el color de su encuadernación como por
su temática tenebrosa). No era precisamente un encargo sencillo,
porque, si bien llevaba algún tiempo rastreando libros raros,
ignoraba si aún quedaba algún ejemplar de la primera edición. No
se habían imprimido muchos y la mayoría habían sido quemados por
sus asustados poseedores, después de que Von Juntz muriera asesinado
en extrañas circunstancias tras volver de un viaje a Mongolia. Sería
tan difícil como encontrar un códice griego del Necronomicón.
Intenté
explicárselo a Tussmann, pero este me interrumpió y me dijo que
conocía bien la historia de aquel libro. Sabiendo que sería inútil
ofrecerme dinero, me dijo que retiraría sus acusaciones contra mi
labor arqueológica si le conseguía algún ejemplar superviviente.
Después
de tres meses completamente infructuosos, conseguí encontrar uno de
esos raros volúmenes por mediación del profesor Richard Clements,
de Richmond, Virginia.
Cuando
avisé a Tussmann, este apareció en mi casa de Londres con ojos
chispeantes de emoción. Agarró el libro y me leyó un pasaje sobre
cierto templo perdido en medio de la selva centroamericana, donde un
extraño dios era adorado por una tribu india desaparecida antes de
la llegada de los españoles. En aquel templo reposaba la momia de un
sumo sacerdote, de cuyo pescuezo pendía un colgante con forma de
sapo. Según Von Juntz, aquel colgante era la llave que abría la
cripta donde se ocultaba el tesoro del templo. Luego dijo:
—Mañana
viajaré a América. Puede quedarse con el libro, pues ya tengo toda
la información que necesitaba. Iré bien preparado para encontrar lo
que se oculta en ese templo. Estoy dispuesto a demolerlo, si es
necesario. ¡Seguro que encontraré una gran cantidad de oro! Los
españoles no lo encontraron, pues ninguna tortura puede hacer que
una momia revele sus secretos. Pero yo sé qué pasos debo seguir
para encontrar ese tesoro.
Dicho
esto, Tussmann se marchó. Yo seguí leyendo el libro y descubrí
cosas referentes al templo perdido que me causaron una gran
inquietud. Al día siguiente intenté hablar con Tussman, pero él ya
había abandonado Inglaterra.
Varios
meses después recibí una carta suya, en la cual me invitaba a pasar
algunos días en su mansión de Sussex. Me rogaba que trajera conmigo
el ejemplar del Libro Negro.
Llegué
a la residencia de Tussman poco antes del atardecer. Se trataba de
una mansión aislada y de aspecto casi medieval, rodeada por altos
muros de piedra. Pude apreciar que el jardín no había sido bien
cuidado durante su ausencia. Estaba lleno de maleza y me pareció que
un caballo o un asno merodeaba entre los arbustos, pues oí un sonido
semejante al que produciría la pisada de una pezuña.
Un
sirviente de ojos recelosos me franqueó la entrada y me llevó a la
cámara de su amo, que parecía un león enjaulado. El sol tropical
había bronceado su rostro, en el cual habían surgido arrugas y los
ojos brillaban con fiera intensidad. Le pregunté:
—Y
bien, Tussmann, ¿finalmente tuvo éxito? ¿Encontró el oro que
buscaba?
Gruñó:
—¡No
había ni una pizca de oro! Y eso que conseguí penetrar en la cámara
sellada y encontrar la momia del sacerdote.
—¿Y
el colgante?
Él
lo sacó del bolsillo y me lo entregó. Vi que estaba hecho de un
material cristalino y, tal como había dicho Von Juntz, recordaba por
su aspecto a un sapo particularmente repulsivo. Me llamaron la
atención unos caracteres grabados en la cadena y le pregunté a
Tussmann por su significado. Él respondió:
—Lo
ignoro. Esperaba que usted pudiera decirme algo al respecto. Recuerdo
haber visto unos jeroglíficos semejantes sobre cierto monolito que
encontré en Hungría, pero he sido incapaz de descifrarlos.
—Hábleme
de su viaje.
Tussmann
preparó bebidas para ambos y me habló de su viaje en un tono
extraño:
—No
me costó demasiado encontrar el templo, aunque se encuentra en una
región salvaje y poco frecuentada. Sus columnas se hallan en ruinas
y parecen los dientes de un enorme monstruo. Tampoco me costó
demasiado penetrar en la cámara secreta, donde se hallaba la momia
del sacerdote en un aceptable estado de preservación. Me llamó la
atención su cráneo, cuyos rasgos no se correspondían con los de
ninguna raza india. Me parecieron más bien egipcios o caucásicos,
aunque no puedo asegurar nada al respecto. El acceso a la cripta se
abrió cuando arranqué el colgante de su cuello.
A
partir de aquel punto la historia de Tussmann se volvía más vaga e
incoherente, hasta el punto de hacerme sospechar que tenía la mente
algo trastornada. Como sus criados nativos no habían querido
acompañarlo, entró solo en la cripta, empuñando una linterna y una
pistola. Le pregunté:
—¿Y
el tesoro?
—Allí
no había nada, ni oro ni piedras preciosas. Al menos, nada que
hubiera podido traer a mi casa.
Añadió
que le hubiera gustado traer al menos la momia del sacerdote, pero
esta había desaparecido cuando salió de la cripta. Pensó que sus
criados la habían destruido, impulsados por el terror supersticioso
que les producía.
—Y
ahora estoy nuevamente en Inglaterra, ni un penique más rico que
antes de emprender mi viaje.
—Al
menos tiene el colgante.
—Ni
siquiera soy capaz de decir qué es exactamente.
—Yo
sí puedo decirle algo. Mire, aquí tengo el libro. Se dice que su
autor se sumergió en oscuros secretos, lo cual explica que su fin
fuera tan terrible y misterioso. Quizás en previsión de su propio
destino, intentó advertir a sus lectores de que no intentaran
despertar a ciertas cosas que duermen en la oscuridad.
Tussmann
parecía absorto en sus pensamientos mientras me escuchaba. Luego
murmuró:
—Sí,
hay cosas que parecen muertas, pero que en realidad solo están
dormidas, aguardando a que algún necio venga a despertarlas. Debí
haber leído mejor este libro. Y quizás también debí haber cerrado
la puerta de la cripta antes de abandonar el templo. Pero ciertamente
tengo este colgante. ¡Y lo conservaré siempre, aunque el mismo
Diablo venga a reclamármelo!
Entonces
un extraño sonido procedente del tejado pareció interrumpir sus
ensoñaciones. Me miró y me preguntó:
—¿Qué
fue eso?
No
pude contestar a su pregunta, así que salió del cuarto y llamó a
un sirviente. Le preguntó:
—¿Ha
oído usted algo?
—Sí,
señor.
—¿Y
qué oyó?
—Bien,
señor. Usted pensará que estoy confundido, pero la verdad…
juraría que es como si hubiera un caballo trotando sobre el tejado.
Tussmann
insultó al criado con un grito, mientras sus ojos empezaban a
brillar como los de un loco.
—¡Es
usted un necio! ¡Lárguese!
El
criado se marchó asustado y Tussman agarró el colgante.
—¡Yo
también he sido un necio! Debí haber leído mejor ese libro, debí
haber cerrado aquella puerta… ¡pero ningún hombre ni demonio
podrá arrebatarme esta joya!
Dicho
esto, salió de aquella sala y se encerró en su alcoba dando un
portazo. Un criado llamó tímidamente a la puerta, pero él le
ordenó que se retirase con una atroz blasfemia. Creí que mi
anfitrión había perdido el juicio y, si no hubiera sido demasiado
tarde para eso, habría abandonado la mansión en aquel mismo
momento. Un asustado criado me llevó al dormitorio que me estaba
reservado, pero, en vez de acostarme, volví a leer el libro.
Nuevamente leí el pasaje que hablaba del templo, de la tribu
primitiva que lo había construido y del monstruo al que adoraban
aquellos hombres.
Von
Juntz sugería con palabras ambiguas que el tesoro del templo no era
otra cosa que ese terrible dios. Excitado por lo que implicaban
aquellas palabras, me levanté de mi lecho y oí el estruendo de un
golpe, acompañado por un grito de agonía.
Corrí
hacia el dormitorio de Tussmann e intenté abrir la puerta, pero
estaba cerrada por dentro. Mientras me preguntaba qué debía hacer,
oí un sonido inquietante procedente del interior, como si algo
grande estuviera moviéndose dentro de aquella habitación. Luego me
pareció oír el aleteo de alas gigantescas y después se hizo el
silencio.
Finalmente
conseguí forzar la puerta. El cuarto estaba destrozado, pero solo
había desaparecido aquel colgante con forma de sapo. El marco de la
ventana estaba cubierto de una sustancia limosa, extraña y
maloliente. Sobre el suelo del cuarto yacía Tussmann, cuyo cráneo
había sido destrozado. Sobre su rostro aún podía distinguirse la
huella de una enorme pezuña.