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LOS KRULL (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Una fría tarde de un futuro remoto, un padre y su hijo bajaron de las montañas, para visitar aquella ciudad muerta donde el primero había nacido y que al pequeño le resultaba completamente desconocida. Nada vivo quedaba allí, aparte de alguna vieja rata demasiado débil o enferma para buscar mejores cazaderos, y los mismos edificios empezaban a sufrir los efectos del abandono y del paso del tiempo. En cambio, aún se distinguían numerosos cadáveres, desparramados a lo largo y ancho de las calles o caóticamente amontonados en algún patio yermo. Pero eran cadáveres viejos, que ya no desprendían el hedor de la putrefacción y cuyos huesos blanqueados ya no presentaban la menor brizna de carne. El hijo sintió un estremecimiento al advertir las extrañas formas de los esqueletos: nunca hasta entonces, ni siquiera en sus pesadillas, había visto unos seres semejantes, ni vivos ni muertos.
Papá, ¿por qué hemos venido aquí? ¡Este sitio es terrorífico, quiero volver a casa!
El padre le dedicó una dulce mirada a su vástago, pero cuando habló su tono era de firmeza, e incluso de cierta severidad:
Pronto nos marcharemos, pero primero debes conocer nuestro pasado. No quiero que vayas por ahí diciendo que lo que te contamos tu madre y yo son cuentos de miedo para asustar a los críos. Y, si este sitio te da miedo, ahora que los krull están muertos y ya no pueden hacerte ningún daño, imagínate cuando estaban vivos y disponían de nuestras vidas según sus perversos caprichos.
Pero, ¿quiénes eran exactamente los krull y por qué les teníais tanto miedo?
Es una larga historia, pero intentaré abreviarla lo más posible. Todo empezó hace muchísimo tiempo, cuando hicieron su aparición unos seres terribles, quizás procedentes del espacio exterior, que conquistaron la Tierra e instauraron un imperio de terror sobre ella.
¿Te refieres a los krull?
No, los krull vendrían después. Los invasores eran de origen alienígena, mientras que los krull fueron creados por ellos a partir de criaturas terrestres que habían esclavizado. Afortunadamente, los extraterrestres no tardaron en morir, pues, aunque eran muy poderosos e inteligentes, sus cuerpos no estaban inmunizados contra los gérmenes de este planeta. Pero dejaron tras ellos una herencia envenenada: sus antiguos siervos se convirtieron en los nuevos amos del planeta y pronto demostraron ser tan crueles como sus antiguos amos, si bien no tan inteligentes. Nosotros los llamábamos los krull (no sé por qué, acaso por su crueldad), pero ellos se autodenominaban de otra manera, que ahora mismo no consigo recordar. Al principio los krull eran pocos y relativamente débiles, pero se hicieron cada vez más poderosos, hasta que todo el planeta se convirtió en su feudo. Pese a ser inteligentes, hacían cosas muy extrañas, quizás porque, a fin de cuentas, no eran verdaderos hijos de la Naturaleza, sino criaturas aberrantes creadas en un laboratorio. Eran lo suficientemente listos como para comprender y dominar las fuerzas más misteriosas del universo, pero al mismo tiempo las usaban de una forma totalmente absurda: destruían alegremente sus propias fuentes de alimento y a veces se masacraban entre ellos, por motivos completamente incomprensibles. En realidad, fue un milagro que no se hubieran extinguido antes.
—¿Pero qué les pasó? Una vez dijiste que tú mismo habías provocado su destrucción.
Bueno, esa es una verdad a medias. Deja que te siga explicando: como los extraterrestres, los krull no tenían escrúpulos a la hora de torturar, matar o esclavizar a otras criaturas, como tampoco los tenían cuando se trataba de hacer lo mismo con sus propios hermanos más débiles. Y, al igual que sus antiguos amos, empleaban seres vivos en crueles experimentos y yo mismo tuve que pasar por eso. Algunos krull, todo hay que decirlo, eran relativamente buenos, pero los malvados eran los que predominaban, tanto en número como en autoridad. Durante los primeros años de mi vida me respetaron, pues, aunque nací esclavo, mis primeros amos resultaron ser unos krull bastante bondadosos, dentro de lo que cabe. Pero, por una serie de accidentes que prefiero olvidar, acabé cayendo en manos de unos krull realmente crueles, que pretendían usarme como conejillo de indias en sus diabólicos experimentos. Nunca llegué a saber en qué pretendían convertirme, ni tampoco me importa demasiado. Durante aquella época, yo pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en una jaula, como si fuera una rata de laboratorio, pero un día el krull encargado de vigilarme se olvidó de asegurar la cerradura. Cuando me percaté de su error, tomé la decisión de intentar huir, pues prefería morir en el intento a seguir aguantando los experimentos de los krull. Conseguí salir de la jaula sin problemas, pero, cuando estaba a punto de huir del laboratorio, me topé con un krull que llevaba en la mano un frasco de cristal lleno de un líquido verdoso. El krull intentó atraparme, pero yo me lancé sobre él con todas mis fuerzas y caímos juntos al suelo. También se cayó el frasco y de ese modo se desparramó todo el líquido que contenía. Yo salí corriendo y aparecieron otros krull, que corrieron en mi persecución. Uno de ellos resbaló en el líquido que se había desparramado, cayó al suelo y al caer se cortó la mano con los cristales del frasco. Al verlo, todos los krull se quedaron paralizados de terror y se olvidaron de mí, de modo que pude huir al bosque y refugiarme en una casa abandonada. Yo no entendía por qué aquel pequeño incidente había causado tanto terror en los mis perseguidores, pero luego lo comprendí, cuando sentí que la brisa procedente de la ciudad de los krull traía consigo un horrible olor a muerte. Resulta que, en su inconcebible mezcla de inteligencia y locura, los krull habían creado un virus que resultaba letal para su propia especie, aunque no para las demás, y que en aquel frasco iban varios ejemplares, sumergidos en el líquido verde. Cuando aquel krull se hizo un corte en la mano con un fragmento del frasco, su sangre se infectó y, en breves, todos los demás krull se contagiaron: primero los del laboratorio, luego los de la ciudad, poco después los del mundo entero… Los intentos de contener la epidemia fueron inútiles y en cuestión de días los krull desaparecieron del planeta, exterminados por su propia creación. Lo único que queda de ellos es lo que ahora mismo ven tus ojos: huesos blanqueados y edificios en ruinas, nada más.
Es una historia muy triste, papá. A mí casi me dan pena los pobres krull.
¡Se nota que tú no los conociste cuando estaban vivos! Puedo asegurarte que, con raras excepciones, los krull eran verdaderos monstruos despiadados. ¡Vaya, ahora recuerdo cómo se llamaban a sí mismos! Si no me falla la memoria, se autodenominaban “seres humanos”.
Dicho esto, el viejo perro se encaminó de vuelta hacia las montañas, seguido por su cachorro.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

UN SECUESTRO Y ALGO MÁS (RELATO FANTÁSTICO)

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Aquella tormentosa tarde otoñal, una adolescente madrileña de buena familia llamada Paula Blanco abandonó su casa, para dirigirse al gimnasio donde recibía clases de taekwondo todos los martes. Pero aquel martes Paula no llegaría al gimnasio. Ni tampoco volvería a casa para la cena. Sus padres ya estaban empezando a preocuparse cuando recibieron la llamada de un desconocido. Este les dijo que la muchacha había sido secuestrada y que, si deseaban volver a verla, deberían pagar una importante cantidad de dinero antes del amanecer del día siguiente.
A las once de la noche, en el desván de una casa perdida entre los pinares de la sierra madrileña y situada a varios kilómetros de la localidad más cercana, dos hombres jóvenes y fornidos charlaban animadamente mientras bebían licores fuertes. Mejor dicho, era uno de ellos, un muchacho de pelo rubio y piel pálida, el que hablaba por los codos, en tanto que el otro, un hombretón de piel morena y rostro taciturno, se dedicaba a vaciar su botella sin decir una palabra. Su gesto era serio y ensimismado, como si una intensa preocupación turbase su ánimo, impidiéndole compartir la jovialidad de su camarada. Cerca de ellos, tumbada sobre un catre, se hallaba Paula, atada y amordazada. Sus raptores no le habían prestado la menor atención desde que la habían sacado de la furgoneta para introducirla en la casa.
Al fin, el rubio se cansó de hablar para las paredes y le dijo a su compañero:
¡A ver, Mauro! ¿Se puede saber qué te pasa? Aquí estamos a salvo de la poli y mañana por la mañana todo habrá acabado.
No es la policía lo que me preocupa… esta noche.
¿Y entonces de qué tienes miedo? Porque tú tienes miedo de algo, no lo niegues.
Es que… Verás, Jorge, si te lo dijese… Bueno, me temo que reirías de mí.
No te preocupes por eso, hombre, que total, con la cara de tonto que tienes esta noche, pienso reírme de ti igual. ¡Venga, anímate y enróllate, Maurito! Habla sin miedo, que estás entre amigos. Seguro que a la nena también le apetece conocer tus intimidades. A lo mejor luego ella se compadece de tus penas y te ofrece su cariño para consolarte. ¿No has oído hablar del síndrome de Estocolmo?
Tras algunos titubeos, el tal Mauro se decidió a hablar:
Ya sabes que el año pasado yo estaba metido en el negocio de la droga y trabajaba para unos narcos gallegos. Formaba parte de la tripulación de un barco que los gallegos habían comprado para llevar la coca desde Sudamérica hasta la costa gallega. Pues bien, otro de los tripulantes era un mulato brasileño que se llamaba Ayrton. Puedes imaginarte cómo éramos los tíos que formábamos la tripulación de aquel barco, pero el tal Ayrton era el peor de todos, un tipo que daba miedo solo por su forma de mirarte, como si fuera una fiera examinando a su presa antes de matarla. Algunos decían que era medio brujo, porque a veces se ponía a rezar en una lengua desconocida y porque llevaba siempre un montón de amuletos: unos amuletos que también daban bastante miedo, con aquellas imágenes horribles de su dios, una especie de bicho asqueroso que se llamaba Chulu, Tulu o algo así. Pues resulta que una noche, hace hoy exactamente un año, estábamos en el Atlántico, muy cerca de las islas Canarias, y, como nos aburríamos, decidimos organizar una partida de cartas. Luego, entre que las apuestas eran fuertes y que algunos estábamos medio borrachos, se armó una pelea de las buenas y yo, sin saber muy bien lo que hacía, más por la borrachera que por otra cosa, saqué mi pistola y disparé a ciegas, con tan mala suerte que le di a Ayrton en el pecho, muy cerca del corazón. El mulato se murió poco después, pero antes de espichar me miró con unos ojos llenos de odio y me dijo: “Dentro de un año, a esta misma hora, ajustaremos cuentas.” Luego, se puso a vomitar sangre y, cuando supusimos que ya se habría desangrado del todo, lo tiramos al mar. ¡Pues resulta que el maldito Ayrton murió exactamente a las once de la noche!
Jorge, que había oído el relato de su amigo sin prestarle mucha atención (le gustaba más hablar que escuchar), sonrió y le dio unas palmadas a Mauro en la espalda, mientras le decía con una sonrisa cínica que pretendía parecer amistosa:
¡Pero mira si ahora nos va a salir supersticioso el bueno del Maurito! No te preocupes, hombre, que todas esas historias de venganzas desde el Más Allá son paparruchas. Te lo digo yo, que ya me he cargado a unos cuantos y hasta ahora ninguno ha vuelto del otro barrio para hacerme una visita. Además, ya son las once y cinco, así que la amenaza del mulato no se ha cumplido. Y te aseguro que mi reloj es una máquina perfecta, ¡no adelanta ni medio segundo!
Ya, no es que yo haya llegado a creer realmente en la venganza del tal Ayrton. Pero es que entre el ambiente, la noche, la borrasca, esta casa tan aislada…
¡Bah, ti lo que te pasa es que has bebido demasiado! En fin, mejor nos vamos a la cama, que mañana tenemos que madrugar para recoger el dinero del rescate y largarnos. Felices sueños, Maurito. Y felices sueños a ti también, princesa. Si me animo, a lo mejor aún te hago alguna visita esta noche.
Los dos delincuentes abandonaron el desván donde habían escondido a Paula para dirigirse a sus respectivos dormitorios y la pobre niña se quedó sola. Bueno, totalmente sola no, pues escuchó cómo una o varias ratas correteaban por el suelo en busca de comida. Entonces a Paula se le vino a la memoria una historia que había leído para Inglés, un cuento de un tal Poe donde un hombre, prisionero de la Inquisición, se salvaba de la muerte haciendo que las ratas de la celda royesen sus ligaduras. Unas horas antes, los secuestradores habían cenado en el mismo desván donde estaba ella, y Mauro, que ya entonces parecía bastante ensimismado, había dejado caer media cucharada de salsa al suelo. Paula se dejó caer de su catre (por suerte, había allí una alfombra bastante gruesa que amortiguó tanto el golpe como el ruido de la caída) y se arrastró hacia el sitio donde aún debía de estar la mancha de salsa. Recorrió el suelo con los dedos hasta que sintió en las yemas el tacto pringoso de la salsa, que aún estaba tibia, y frotó las cuerdas que le ataban las muñecas sobre el suelo, para que quedaran impregnadas del apetitoso líquido, cuyo aroma aún era débilmente perceptible. Sin duda, el fino olfato de las ratas podría percibirlo mucho mejor. Hecho esto, Paula se tumbó sobre el polvoriento suelo del desván y se quedó totalmente quieta, haciéndose la dormida y procurando respirar lo más silenciosamente posible. Tuvo suerte. Pronto sintió que las cuerdas se estremecían, roídas por los poderosos incisivos de los famélicos roedores.
Cuando sintió que los dientes de las ratas rozaban la carne de sus muñecas, Paula se enderezó rápidamente y sin hacer ruido, espantando a sus pequeñas liberadoras. Segundos después, ya se había desatado completamente y quitado la mordaza que le cubría la boca. Desgraciadamente, los secuestradores le habían quitado el móvil (de hecho, lo habían usado cuando llamaron a su casa pidiendo el rescate) y no podía llamar a sus padres ni a la policía, por lo que tendría que huir de allí antes de que ellos se despertaran. Miró su reloj digital: eran las doce menos cinco. Les había oído decir que se levantarían a las cuatro para estar a las cinco en el descampado donde el padre de Paula debía dejarles una mochila llena de dinero. Si abandonaba la casa lo antes posible, podría estar en el pueblo antes de que ellos se dieran cuenta. Paula abandonó el desván, abriendo la puerta con sumo cuidado para que las bisagras no hicieran ruido. Antes de bajar la escalera, se quitó los tenis, pues, aunque no le hiciera mucha gracia la idea de caminar descalza por los húmedos y embarrados senderos del monte, tenía miedo de que las suelas del calzado hicieran crujir los peldaños y delataran sus movimientos.
Ya estaba a punto de iniciar su descenso hacia el vestíbulo cuando Jorge salió de su cuarto. El secuestrador, quizás a causa del mismo nerviosismo que lo impulsaba a hablar como una cotorra, padecía problemas de insomnio, y, como se aburría en la cama, había decidido cumplir su promesa de hacerle una visita a Paula “para divertirse con ella”. Hay que decir que Paula, aunque solo tenía catorce años, era una chica muy guapa, y Jorge no le hacía ascos a violar muchachitas cuando no tenía a mano mujeres más desarrolladas. Cuando vio que el pájaro estaba a punto de abandonar la jaula, Jorge se abalanzó sobre su presa e intentó agarrarla. Pero Paula, aprovechando sus conocimientos de taekwondo y la semiborrachera de su adversario, consiguió zafarse y hacerle la zancadilla. Jorge perdió el equilibrio y cayó rodando escaleras abajo. Al final, se dio un fuerte golpe contra el suelo y se quedó sin sentido, con la cabeza ensangrentada. Al parecer, había quedado fuera de combate por un buen rato. Pero el ruido de la refriega había despertado a Mauro.
Paula bajó corriendo las escaleras, seguida de cerca por Mauro, quien, pese a haber bebido más que su compañero, parecía menos afectado por el alcohol y, por tanto, más peligroso. Cuando ya estaba a punto de sacarle ventaja, Paula tropezó con el cuerpo inerte de Jorge, dio un traspié y Mauro se arrojó sobre ella. Por suerte, la niña pudo reaccionar a tiempo (era una excelente atleta) y, tras recuperar el control de su cuerpo, le propinó una patada a Mauro en los testículos. Mientras el hombretón daba gritos de dolor, paralizado por el sufrimiento, Paula logró alcanzar la puerta del vestíbulo y salir al exterior.
Ya solo tenía que subir una pequeña cuesta para alcanzar el camino que bajaba hacia el pueblo, cuando resbaló en el barro que cubría el terraplén a causa de los últimos aguaceros y se cayó al suelo, torciéndose un tobillo. Hizo lo posible y casi lo imposible para levantarse y reemprender la huida, pero no pudo.
Entonces, Mauro, ya medio recuperado del golpe y temblando de rabia, salió de la casa, con la pistola en la mano. El resplandor de un relámpago le permitió ver a la indefensa Paula y se acercó a ella, mirándola con un odio irracional, mezcla de embriaguez y sed de venganza, mientras se preparaba para disparar. De todas formas, pensaban deshacerse de Paula después de cobrar el rescate, por eso de no dejar testigos, y adelantar algunas horas la muerte de la niña no afectaría demasiado a sus planes. Mauro gritó iracundo, coreado por los truenos de la tempestad:
¡Muere, zorra, muere!
Paula, aterrada, casi más asustada por la demoníaca furia que destilaba la mirada de Mauro que por la pistola, cerró los ojos y se preparó para morir.
Se oyeron, casi simultáneamente, un disparo y un grito de dolor y agonía. Pero el disparo no alcanzó el cuerpo de Paula, y el grito tampoco procedió de su garganta. Cuando se atrevió a abrir los ojos, Paula observó, a la intermitente luz de los relámpagos, una escena que la dejó atónita. Mauro yacía sobre un barrizal teñido de sangre, de su propia sangre. Se veía una herida de bala en su pecho, muy cerca del corazón, y una expresión de absoluto terror había sucedido a la ira en su rostro. Parecía que se había suicidado (ese sería, a la postre, y a falta de alternativas verosímiles, el dictamen de los forenses), salvo que alguien hubiera torcido su brazo con fuerza sobrehumana para forzarlo a disparar contra su propio pecho. Pero allí no había nadie, además de Paula (Jorge permanecía sin sentido dentro de la casa y no se despertó hasta que, horas después, fue reanimado por los mismos agentes que lo detuvieron). En aquel preciso instante, mientras la muchacha contemplaba el cadáver del delincuente, oyó cómo sonaba la alarma de su reloj, señalando que ya eran las doce en punto. Las doce en punto… una hora menos en Canarias, según los husos horarios vigentes.

UN RAPTO (MICRORRELATO)

 

Una niña de diez años había sido raptada por los miembros de cierta secta diabólica. Estos eran adoradores del "Dios Oscuro", el cual, según sus propias palabras, les había reclamado “un sacrificio de carne humana”. Poco después unos agentes de policía fueron alertados por los amigos de la niña, únicos testigos del rapto. Los agentes irrumpieron en la sede de la secta, temerosos de que el sacrificio ya se hubiera consumado, en cuyo caso la pobre niña habría sido asesinada por sus captores... o quizás devorada por algún monstruo atroz, en el caso de que hubiera algo tangible tras ese supuesto "Dios Oscuro". Como no podía ser de otra forma, se sintieron muy satisfechos cuando encontraron a la niña sana y salva, en la cámara secreta donde la habían encerrado los sectarios. Pero un minuto más tarde todos los policías estaban muertos. En realidad, el sacrificio ya se había consumado. Lo que no habían entendido es que el dios no quería carne humana como alimento, sino como vestidura.

Texto. Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

LA PESADILLA (MICRORRELATO)

 

Dormí y soñé. Ahora bien, mis sueños fueron, poco a poco, convirtiéndose en pesadillas.
No tardé mucho en alcanzar el supremo clímax del horror, después del cual mis únicas opciones serían despertarme de inmediato o perder la cordura para siempre. Había soñado que una inmensa horda de abominaciones simiescas pululaba enloquecida sobre la faz de la Tierra, arrasándolo todo en una interminable explosión de crueldad irracional y sin sentido.
Aquellas criaturas sanguinarias y despiadadas, ajenas a todo sentimiento de compasión, incluso entre ellas mismas, no hacían otra cosa que torturar, corromper y destruir, ennegreciendo los mares y los cielos con sus exhalaciones mortíferas, extendiendo la aridez del desierto por las que antaño fueran verdes selvas, preñadas de vida, y transformando los ríos de aguas cristalinas en cenagales hediondos.
Incapaz de soportar durante mucho tiempo tales atrocidades, no tardé en despertarme. Pero entonces me percaté, horrorizado, de que mi pesadilla se había convertido en una terrible realidad, del mismo modo que la vida real a menudo acaba convirtiéndose en una pesadilla.
Sin embargo, no me dejé llevar por el pánico, pues sabía que aquellas bestias sanguinarias, aunque indeciblemente feroces y perversas, también eran débiles y necias. Así pues, pronto abandonaré el silencio y la quietud de mi lecho para iniciar el higiénico exterminio de esos seres abyectos.
Sé muy bien que esa, y no otra, es la misión que me han encomendado los Hados inexorables, a mí, al Gran Cthulhu, único capacitado para salvar al mundo de esas obscenas sabandijas, que, según creo, se autodenominan “hombres”.
TEXTO: JAVIER FONTENLA, BASADO EN LA OBRA DE H. P. LOVECRAFT.
IMAGEN: PIXABAY.

EL DESPERTAR (MICRORRELATO)

Según el veraz testimonio de Lovecraft, Cthulhu era un dios terrible que dormía y soñaba en el fondo del mar, pero que algún día se despertaría para destruir a la Humanidad. Nadie se tomó en serio esta leyenda, hasta que unos científicos dedicados al estudio de la fauna abisal hallaron, por pura casualidad, la ciudad sumergida donde Cthulhu dormía desde los albores del mundo. Las naciones, aterradas, enviaron allí una poderosa flota militar, cuya misión era matar a Cthulhu antes de que este se despertara y destruyera a la raza humana. Cuando los primeros torpedos alcanzaron su cuerpo, Cthulhu se estremeció, como un durmiente acosado por pesadillas, y abrió los ojos. Entonces los torpedos, los barcos, las naciones que los habían enviado y el mundo entero desaparecieron para siempre. Al despertar a Cthulhu habíamos provocado nuestro propio fin. Él nunca había querido destruirnos, el problema es que solo existíamos en sus sueños y, al despertarse, había dejado de soñarnos.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

LA MALDICIÓN DE LOS TEUFELSTEIN (CUENTO FANTÁSTICO)

Texto: Fontenla. Imagen: Pixabay.

Tras contraer una enfermedad hereditaria que llevaba varias generaciones haciendo estragos en su familia, el conde Alfred Von Teufelstein se vio al borde de la muerte y, movido por la desesperación, juró dedicar una capilla a cada uno de los ángeles cuyo nombre se menciona en la Sagrada Escritura, en el caso de que el Cielo le concediera sobrevivir a su dolencia. Poco después la fiebre empezó a remitir y, cuando se sintió definitivamente curado, Von Teufelstein cumplió su promesa. Hizo construir en su castillo tres pequeñas capillas, dedicadas respectivamente a los bienaventurados arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael. Cuando estuvieron terminadas, llamó al obispo para que las consagrara con agua bendita. Pero la misma noche de la consagración el conde recibió en su alcoba una aterradora visita, que le reprochó haberse olvidado del ángel cuyo nombre es mencionado más veces en la Biblia: Satanás, el ángel caído. Y así supo el conde que, si no le dedicaba una capilla al Diablo antes de que expirase el año, moriría irremediablemente y su alma de perjuro sería condenada al Infierno. Aterrorizado, Von Teufelstein ordenó a sus servidores edificar la capilla del Diablo en los subterráneos del castillo. La obra estuvo terminada a tiempo y el conde desterró a los albañiles, para que no divulgaran la existencia de aquella capilla diabólica. Pero faltaba consagrar dicha capilla y, naturalmente, ningún clérigo cristiano osaría bendecirla. Así pues, el conde recibió una vez más la visita del Diablo, quien le dijo que él mismo debía consagrar la capilla con la sangre de su única hija, la dulce Gretel. El conde se sintió apesadumbrado, pues amaba a su hija, pero se sometió a los designios del Maligno. Después de todo, él siempre podría tener otras hijas, pero no podía decir lo mismo de su alma. Al día siguiente, el conde se acercó a Gretel y le pidió que lo acompañara a la cripta donde se hallaba la capilla. La muchacha, como buena hija, aceptó seguir a su padre sin hacer preguntas, pero antes le recomendó beber un poco de agua fresca, pues tenía la frente bañada en sudor (algo normal, teniendo en cuenta la tensión nerviosa que estaba sufriendo el conde). Así, Von Teufelstein tomó una copa de agua que le ofreció la bondadosa Gretel y la vació de un solo trago. A continuación, padre e hija descendieron a la cripta donde se hallaba la capilla del Diablo, sin que nadie los viera. Una vez allí, el conde agarró a su hija y la degolló limpiamente, sin darle tiempo a decir ni una sola palabra. Luego usó la sangre de la infortunada doncella para consagrar la capilla y enterró su cadáver bajo las baldosas del suelo. Acabada su tarea, el conde se dirigió a su oratorio para rezar por el alma de su hija y pedirle a Dios perdón por sus crímenes, pero antes de llegar cayó al suelo, como fulminado por un rayo. Unos servidores lo encontraron poco después, pero ya era tarde: el conde estaba muerto, envenenado por el agua que le había ofrecido Gretel. Esta, temiendo padecer en el futuro la misma enfermedad hereditaria que había estado a punto de matar a su padre, se había dedicado a estudiar en secreto los arcanos de la magia negra y había visto al demonio primigenio Hastur, con el cual había hecho un pacto impío: la salud de su cuerpo a cambio de la vida de su padre. De ese modo murieron los últimos Von Teufelstein, víctimas indirectas de la enfermedad que aquejaba a su familia (y uno de cuyos principales síntomas era la propensión a sufrir alucinaciones de tema diabólico).


NYAPP (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Karl quería participar en un concurso de cuentos de miedo, que había convocado el instituto donde estudiaba con ocasión de la Noche de Walpurgis, pero, dado que no se le ocurría ninguna idea interesante, decidió recurrir a la ayuda de la inteligencia artificial. Así de paso probaría NyApp, un nuevo sistema de IA generativa que le habían recomendado encarecidamente. El cuento resultante, cuyo protagonista despertaba a un dios maligno al leer en voz alta una frase escrita en cierto libro prohibido, no era especialmente original y recordaba demasiado a Lovecraft, pero aun así ganó el concurso, gracias a que tampoco había demasiada competencia. La profesora de Literatura le pidió a Karl que leyera “su” cuento delante de sus compañeros, a lo que el orgulloso ganador accedió con visible satisfacción. Pero, cuando pronunció la frase fatal que figuraba en el cuento, tanto él como su profesora y sus compañeros se vieron atrapados por tentáculos invisibles surgidos de la nada, como si la ficción se hubiera convertido en realidad. Nadie volvió a verlos nunca más.

En tiempos antiguos había adoptado la apariencia de un hombre enjuto y siniestro, de piel oscura como el azabache y vestiduras rojas como la sangre. Posteriormente reapareció como un monstruo indescriptible, como una cabra negra de ojos refulgentes, como un misterioso sabio de rasgos orientales… Pero Nyarlathotep, dios del caos, también podía reencarnarse en una IA generativa para adaptarse a los tiempos modernos.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL CUADRO (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Texto: Fontenla. Imagen: Pixabay.

Tas la misteriosa desaparición del doctor Guy Arlington, sus herederos decidieron vender la vieja casa familiar (que, según sus propias palabras, “les causaba malos sueños”), así como sacar a pública subasta la mayoría de los muebles y objetos de arte legados por el desaparecido. Sin embargo, uno de los cuadros era tan extraño y siniestro que sólo un joven artista llamado Frederick Fenton se atrevió a pujar por él. Se trataba de una pintura al óleo, de colores fríos y tenebrosos, que representaba un islote desnudo, en medio de un mar cuyas aguas tenían un matiz extrañamente verdoso. Sobre aquel islote se veían diez pequeñas figuras humanas, demasiado diminutas para que pudieran distinguirse sus rasgos personales, pero cuyas posturas parecían reflejar un estado de agitación, por no decir de pánico, seguramente provocado por algo grande y terrible que surgía de la niebla para amenazar a los indefensos náufragos del islote. Sin embargo, lo que acechaba tras la niebla no se discernía bien, sino que era algo informe, de aspecto indefinido y, precisamente por ello, mucho más inquietante que cualquier monstruo de facciones nítidas. Por lo demás, aquel cuadro parecía obra de un artista de mucho talento, aunque carecía de firma y ni los responsables de la subasta ni los herederos de Arlington pudieron satisfacer la curiosidad de Fenton respecto a la identidad del autor. Si su autoría era un misterio, lo mismo podía decirse de su título y de su origen, pues Arlington nunca había dado explicaciones al respecto.

Una vez en su humilde apartamento de Chelsea, Fenton colgó el cuadro en su dormitorio, sobre la cabecera de su cama, y, como ya era de noche, no tardó en acostarse, pues al día siguiente debía madrugar para asistir a una exposición de sus propias obras. El joven Fenton siempre había sido propenso a las ensoñaciones extrañas, pero aquella noche sus pesadillas fueron realmente atroces y varias veces hubo de despertarse, con la frente bañada en sudor y el corazón palpitante, sin poder conciliar un sueño tranquilo hasta bien entrada la madrugada. Durante las noches siguientes se repitieron aquellas pesadillas intolerables, cuya fuente primordial parecía ser la turbadora imagen del cuadro, aunque los recuerdos de Fenton al respecto eran bastante vagos y no tardaban en desvanecerse. Preocupado por su estabilidad psíquica, Fenton llegó a plantearse si no sería mejor deshacerse del cuadro causante de sus pesadillas, pero finalmente rechazó esa opción, en parte por parecerle sumamente cobarde y, sobre todo, porque de poco le serviría vender el cuadro si el recuerdo del mismo permanecía grabado en su memoria. Y es que Fenton tenía una de esas mentes complicadas e hipersensibles que se aferran obsesivamente a aquellas imágenes o sensaciones que más les gustaría olvidar. Pero, como las secuelas de tantas noches en vela estaban empezando a tener efectos desastrosos sobre la ya de por sí delicada situación personal del artista, finalmente tomó la determinación de consumir calmantes antes de dormir. Las primeras dosis que tomó fueron bastante moderadas y no le sirvieron de nada. Luego decidió aumentar las dosis, llegando a rozar extremos que cualquier médico consideraría peligrosos, pero tampoco obtuvo los resultados que esperaba. Muy al contrario, fue peor el remedio que la enfermedad, pues ahora ya no se despertaba en plena noche, pero eso solo servía para que sus pesadillas fueran más largas y tuvieran unos efectos psíquicos más demoledores. Finalmente, el ya desesperado Fenton decidió arriesgarse y sustituyó los calmantes por verdaderos narcóticos, que podía conseguir de forma clandestina a través de un círculo de artistas bohemios, con los que estaba ligeramente relacionado (curiosamente, el desaparecido doctor Arlington también había formado parte de dicho círculo, pero Fenton ignoraba esta coincidencia). Aquella noche tomó, mezclada con el agua que siempre bebía antes de acostarse, una fuerte dosis de una droga casi desconocida y no tardó en conciliar el sueño. Pero las pesadillas volvieron de nuevo y esta vez fueron peores que nunca. Ahora Fenton ya no podía despertarse gritando de terror, pues la droga se lo impedía, y no solo debía enfrentarse una vez más a la pesadilla, sino que esta vez tendría que sufrirla hasta el final. Y no todas las pesadillas tienen un final. Varios días después, unos amigos de Fenton, extrañados porque este había dejado de asistir a sus reuniones y no contestaba a sus mensajes, le preguntaron por él a su casero. Este, que también llevaba varios días sin saber del artista, no pudo decirles nada, pero los llevó a la puerta de su apartamento. Como nadie respondió a sus llamadas, el casero abrió la puerta con su propia llave y entraron, pero no hallaron a Fenton. Todas sus cosas estaban allí, todas salvo él mismo. Nunca más se volvió a saber de Fenton, cuya desaparición sigue siendo un misterio aparentemente irresoluble. El casero decidió alquilar el apartamento a otra persona y las escasas posesiones personales del artista desaparecido fueron enviadas a la casa de sus padres. Hoy, en el desván de la casa familiar de los Fenton, permanece olvidado un mudo testigo de hechos asombrosos: un cuadro sumamente extraño, donde algo siniestro surge de la bruma para amenazar a once pequeñas figuras humanas atrapadas en un islote.


LA COLINA DE ZAMAN (LOVECRAFT)

Texto: H. P. Lovecraft. Traducción: Fontenla. Imagen: Pixabay-Kellepics.

La enorme colina se hallaba tan cerca de la vieja aldea que sus precipicios empezaban donde terminaba la calle principal. Verde, elevada y cubierta de bosque, su mirada tenebrosa se cernía sobre el campanario que se alzaba junto a la curva de la carretera. Durante dos siglos habían circulado rumores sobre lo que sucedía en aquella prominencia embrujada. Se hablaba de ciervos y pájaros extrañamente mutilados, de niños desaparecidos cuyas familias habían perdido para siempre. Un día el cartero no encontró la aldea donde solía estar, ni sus edificios ni sus habitantes volverían a ser vistos nunca más. Hubo vecinos de Aylesbury que se acercaron para satisfacer su curiosidad, pero todos llamaron loco al cartero, quien aseguraba haber visto en la gran colina ojos famélicos y fauces abiertas.


NYARLATHOTEP (LOVECRAFT)

 


Autor: H. P. Lovecraft. Adaptación en prosa: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Y al final vino del profundo Egipto el extraño desconocido ante el cual los campesinos inclinaban la cerviz, silencioso y enjuto, misterioso y altivo, vestido con ropajes que reflejaban las llamas del sol poniente. La plebe se congregaba a su alrededor, ansiosa de escuchar sus palabras, pero luego nadie podía repetir lo que había oído. Mientras tanto, discurrió entre las naciones el rumor de que las bestias salvajes lo seguían para lamer sus manos. Pronto tuvo lugar en el mar un evento funesto, cuando tierras olvidadas emergieron mostrando sus cúpulas de oro. El mundo se estremeció y llamas atroces incendiaron las temblorosas ciudades de los hombres. Entonces el caos sin mente aplastó el polvo de la tierra, destruyendo lo que había creado como juego.


MEMORIA (H. P. LOVECRAFT)

Traducción: Fontenla. Imagen: Pixabay.

En el valle de Nis una maléfica luna menguante envía sus rayos entre las hojas de los árboles malditos. Y en el fondo del valle, allí donde no llega la luz, se mueven cosas que no están hechas para nuestros ojos. Los matorrales crecen densos en las laderas, donde rodean las piedras de edificios arruinados y ciñen con fuerza viejas columnas o extraños monolitos, estragando pavimentos de mármol dispuestos por manos olvidadas. Y en los árboles que crecen en los patios muertos saltan pequeños monos, mientras de oscuras criptas emergen serpientes venenosas y cosas sin nombre.

Inmensas son las piedras que duermen bajo capas de musgo húmedo y poderosos son los muros de los que se desprendieron. Sus constructores las erigieron para la eternidad y ciertamente aún cumplen su función, ya que acogen al sapo gris.

En el fondo del valle corre el río Tone, cuyas aguas están llenas de fango. Como nace en arroyos ocultos y fluye hacia cuevas subterráneas, ni siquiera el Demonio del Valle sabe por qué sus aguas son rojas ni dónde desemboca.

El Duende que acecha en los rayos de luna se dirigió al Demonio del Valle y le dijo:

Soy viejo y he olvidado muchas cosas. Dime los hechos, la forma y el nombre de los seres que edificaron esas ruinas de una piedra.

Y el Demonio le respondió:

Mi memoria es buena y recuerdo mucho del pasado, aunque yo también soy anciano. Aquellos seres, como las aguas misteriosas del río Tone, no estaban hechos para ser entendidos. No recuerdo sus hazañas, pues estas apenas duraron un instante. Pero sí conservo una vaga imagen de su aspecto, semejante al de los pequeños monos que viven en los árboles. También recuerdo con claridad su nombre, ya que rimaba con el del río Tone. Esos seres pretéritos se llamaban Hombres.

Entonces el Duende volvió a la luna y el Demonio miró pensativo a un pequeño mono, subido en uno de los árboles que crecían en el patio arruinado.


EL VIEJO CAPITÁN (CUENTO)

 

Nos hallamos en cierta localidad portuaria de Nueva Inglaterra hacia el año 1920. La solitaria casa del Viejo Capitán rara vez recibía visitas, pero aquella tarde un joven escritor llamó a su puerta. Aunque poca gente conocía íntimamente al Viejo Capitán, se decía que había vivido muchas experiencias extraordinarias a lo largo de su ajetreada vida. El joven escritor quería entrevistarse con él, guiado por la esperanza de que pudiera sugerirle el germen de alguna historia interesante. Afortunadamente, el anciano resultó ser una persona mucho más amable de lo que su visitante se había imaginado. Al joven escritor también le agradó descubrir que la casa estaba llena de gatos, pues él, al igual que su vetusto anfitrión, sentía cierta debilidad por los pequeños felinos. El Viejo Capitán no solo los trataba con cariño, sino que además hablaba con ellos como si pudieran entenderlo y les daba nombres de persona, que al parecer se correspondían con los de sus antiguos compañeros de navegación. Tras rehusar un vaso de ginebra y aceptar un té con pastelillos, el escritor le pidió al anciano que le hiciera un breve resumen de su vida. El capitán sonrió y dijo:

Lo cierto es que he vivido bastantes aventuras emocionantes. Nací en el seno de una familia distinguida, pero la Guerra Civil y el cólera aunaron sus esfuerzos para dejarme huérfano a una edad muy temprana. Por ese motivo tuve que dejar la escuela y embarcarme como grumete cuando aún no había cumplido los doce años. Durante mi larga vida como marinero he navegado por lugares remotos y extraños. Nunca me he casado, pero sí he mantenido relaciones amorosas con varias mujeres de distintas razas. Curiosamente, a los veinticinco años, siendo ya primer oficial de un barco mercante, aún era completamente virgen. Entonces los monzones nos obligaron a buscar cobijo en cierta isla oriental, habitada por una tribu de costumbres matriarcales. Por algún motivo le caí en gracia a la princesa de la isla, que era una chica tan bella como caprichosa. Intentó seducirme, pero yo, que en aquella época aún no estaba acostumbrado a tratar con mujeres, rechacé sus intentos con cierta brusquedad. Aquella noche encontré una cobra entre las ropas de mi cama y comprendí que la había ofendido. Al día siguiente le ofrecí mis disculpas a la princesa y me excusé diciéndole que estaba casado (como “prueba” de ello le mostré una vieja foto de mi madre). Ella no debió de quedar muy satisfecha con mis explicaciones, pues mientras dormía la siesta encontré una araña venenosa en mi cama. Finalmente accedí a acostarme con la princesa y al anochecer encontré un hermoso gatito jugando en mi camarote. Aquel cachorro pertenecía a una especie endémica de la isla y poseer uno se consideraba un gran honor entre los nativos. Comprendí que la princesa por fin había quedado satisfecha y acepté su regalo con verdadero placer. Poco después abandoné la isla y no volví a verla nunca más. Por lo que sé, murió hace algunos años y hoy gobierna la isla su hija mayor, de quien se dice que tiene los ojos azules. A veces he sentido la tentación de visitarla, pero nunca me he atrevido, pues no me gustaría tener que elegir entre cometer un incesto o encontrarme con otro bicho venenoso en mi cama. En cuanto al gato, fue mi mejor amigo durante los doce años que vivió. Todos los felinos de mi casa son descendientes suyos y han heredado sus cualidades.

En aquel punto la narración del anciano marinero fue interrumpida por las sirenas de un vehículo policial. Pocos segundos después el comisario en persona llamó a la puerta del Viejo Capitán, quien aquella tarde recibió más visitas de las que solía recibir en un año entero. El comisario se dirigió a él en voz alta, pues ignoraba la presencia del joven escritor:

Capitán, varias niñas han desaparecido misteriosamente mientras jugaban en el bosque y, a juzgar por ciertos indicios, cabe pensar que han sido raptadas. Mis hombres ya están peinando la zona, pero le agradeceríamos que nos prestase su ayuda una vez más.

El comisario se marchó y entonces el joven escritor se dirigió al anciano:

Disculpe mi ignorancia, capitán, pero no acierto a comprender cómo podría usted ayudar en este asunto.

En realidad, serán mis gatos quienes harán el trabajo. Olvidé decirle que poseen cualidades fuera de lo normal. Mientras esperamos su retorno, le contaré cómo descubrí en Arabia las ruinas de una ciudad sin nombre o, si lo prefiere, le hablaré de los vestigios prehistóricos que encontré durante mi última visita al África central.

En el interior de una fábrica abandonada tres niñas atadas, amordazadas e indefensas se hallaban a merced del maníaco que las había raptado. Aquel psicópata ya estaba a punto de degollarlas cuando creyó oír un sonido extraño procedente del exterior. Salió del edificio armado con un cuchillo, pero nunca más volvió. En cambio, diez minutos después entraron en la fábrica varios gatos, que se relamían y bostezaban como si se hubieran dado un buen banquete. Los felinos rompieron a mordiscos las ataduras de las niñas, que huyeron de allí a toda prisa, sin prestarle atención a un esqueleto que yacía entre los arbustos, sin una sola brizna de carne sobre sus huesos.

Aquella noche el Viejo Capitán despidió al joven escritor y le dijo:

Espero que haya obtenido algún provecho literario de nuestro encuentro, señor Lovecraft.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

XELA (CUENTO)

 

Xela era una niña que vivía con Laura, su madre viuda, en una casita del bosque. Pese a ser guapa, amable y estudiosa, no tenía muchos amigos, pues casi todos sus compañeros de clase pensaban que estaba loca o era una especie de bruja. Eso se debía a que Xela aseguraba que en ocasiones podía ver y oír a los espíritus del bosque, así como a las almas de los muertos. La única persona que creía en ella era su amigo Javier, un niño al que le gustaba mucho la fantasía. Como también le gustaba Xela, el cinco de marzo (día de su cumpleaños) le regaló una antología de los cuentos de Lovecraft. No tuvo éxito, pues ella, pese a ser bastante aficionada a la lectura, solo leyó un par de relatos y luego se olvidó del libro. Le dijo a su madre:

Ese escritor no sabía nada de magia.

Mientras tanto, un peligroso presidiario había conseguido huir de la cárcel, llevándose consigo una pistola eléctrica que le había arrebatado a un guardia después de golpearlo.

Aquel mismo día Laura y Xela estaban en la cocina de su casa, pelando patatas para hacer una tortilla. Laura creyó oír algo y le dijo a su hija:

Creo que el gato del vecino ha vuelto a entrar en casa. Voy a ver si consigo echarlo antes de que haga otro estropicio.

Laura salió tranquilamente de la cocina, pero entonces apareció el prófugo, que la agarró y la amenazó con su pistola. Xela, al ver a su madre en peligro, intentó reaccionar, pero el intruso le dijo:

Quieta y calladita, nena, si no quieres que tu mamá sufra por tu culpa. Ahora vais las dos a ser buenas chicas y a hacer todo lo que yo os diga.

Comprendiendo que no tenían más remedio que obedecer, madre e hija se sometieron a las órdenes del intruso. Este las ató a ambas con unos cordones y luego fue en busca de cinta aislante para amordazarlas. Pero, mientras estaba distraído registrando los cajones, Xela, que de algún modo había conseguido liberarse de sus ligaduras, se acercó a él sin hacer ruido, le arrebató la pistola y lo dejó fuera de combate con una descarga. Luego ató al criminal antes de que se recuperara y liberó a su madre. Cuando ya estuvo más tranquila, Laura le preguntó a Xela:

¿Cómo pudiste desatarte en tan poco tiempo?

La niña sonrió y le dijo a su madre:

Fue muy fácil, mamá. Gracias a un cuento del libro de Lovecraft, conocí a un gran mago del siglo XX llamado Harry Houdini, cuyo espíritu me dio unas lecciones rápidas de escapismo. Hoy he aprendido algo: que incluso los libros que no nos gustan pueden sernos útiles en alguna ocasión.

Y Laura también aprendió que su hija realmente podía comunicarse con los muertos.

Texto: Javier Fontenla. Fuente de imagen: Pixabay-Darksouls.

EL LAGO DE LA PESADILLA (H. P. LOVECRAFT)

 

Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Carlos Miranda.

Hay un lago en el remoto Zan, allende las tierras de los hombres, donde se consume en horrible soledad un espíritu anciano y desolado, un espíritu viejo e impío, cargado con el peso de una pavorosa melancolía, mientras respira los vapores pestilentes que emanan de las aguas densas y estancadas. Sobre las orillas arcillosas se deslizan criaturas decadentes y repulsivas, bajo el vuelo de extrañas aves que nunca han sido vistas por ojos mortales. Durante el día brilla un sol crepuscular sobre aguas cristalinas que nadie ha contemplado, pero por la noche los lívidos rayos lunares se sumergen en los abismos que bostezan en su sima. Solo las pesadillas han revelado qué escenas iluminan esos rayos; qué escenas, demasiado viejas para los ojos humanos, yacen sumergidas en una noche eterna, pues allí solo reposan las sombras de una raza silenciosa. Una medianoche, emponzoñada por hedores malsanos, vi en mis sueños aquel lago, mientras en el cielo púrpura brillaba una luna gibosa. Pude ver sus orillas pantanosas y las criaturas venenosas que se ocultan en ellas: lagartos y serpientes retorciéndose agonizantes, cadáveres putrefactos de cuervos y murciélagos, así como necrófagos que se alimentaban de sus despojos. Y mientras la siniestra luna relucía en las alturas, ahuyentando del cielo a las estrellas, vi iluminarse las espesas aguas del lago y emerger las cosas que custodia el abismo. En las profundidades se veían las torres de una ciudad olvidada, con sus oscuras cúpulas y sus paredes cubiertas de musgo, torres tapizadas de algas y salones vacíos, templos abandonados y bóvedas terroríficas, así como calles de oro sin brillo, de las cuales vi cómo surgía una horda de sombras informes, una espantosa horda que parecía agitarse en una danza siniestra, alrededor de sepulcros que yacían a la vera de caminos nunca hollados. Un remolino se alzó de aquellas tumbas y rompió la espesa quietud de las aguas, mientras las letales sombras de la superficie aullaban bajo la sardónica faz de la luna. Entonces el lago se hundió en su propio lecho, absorbido por las simas de la muerte, mientras de la tierra limosa recién emergida se elevaban vapores hediondos de malsano origen. Sobre la ciudad se movían las monstruosas sombras danzantes, cuando, de repente, se abrieron ruidosamente las lápidas de los sepulcros. Ningún oído podría escuchar ni ninguna lengua contar qué horror enloquecedor sobrevino a continuación. Veo ese lago, esa luna sinuosa, esa ciudad y las criaturas que la habitan. Cuando estoy despierto, rezo para que esa orilla no vuelva a sumergirse nunca más en el lago de las pesadillas.




LA COLINA DE ZAMAN (H. P. Lovecraft)


Texto: H. P. Lovecraft. Traducción: Fontenla. Imagen: Carlos Miranda.

La enorme colina se hallaba tan cerca de la vieja aldea que sus precipicios empezaban donde terminaba la calle principal. Verde, elevada y cubierta de bosque, su mirada tenebrosa se cernía sobre el campanario que se alzaba junto a la curva de la carretera. Durante dos siglos habían circulado rumores sobre lo que sucedía en aquella prominencia embrujada. Se hablaba de ciervos y pájaros extrañamente mutilados, de niños desaparecidos cuyas familias habían perdido para siempre. Un día el cartero no encontró la aldea donde solía estar, ni sus edificios ni sus habitantes volverían a ser vistos nunca más. Hubo vecinos de Aylesbury que se acercaron para satisfacer su curiosidad, pero todos llamaron loco al cartero, quien aseguraba haber visto en la gran colina ojos famélicos y fauces abiertas.


Homenaje a Lovecraft


Arriba, vídeo de la obra del artista Charly M. Cadaver. Abajo Imagen de Pinterest




En homenaje a H. P. Lovecraft,  reunimos algunos ensayos que nos hablan de la trayectoria histórica del género del terror hasta llegar a H. P. Lovecraft, quien pertenece a nuestro top ten del terror. El gran maestro del horror cósmico nos dejó un gran legado en sus letras, que ha inspirado a muchos autores y fue en ese sentido que convocamos a los autores hispanohablantes contemporáneos, a un concurso de cuentos Lovecraftianos. Los ensayos no forman parte del concurso, pero vale mucho la pena su lectura para todos los amantes de la literatura clásica del terror. Esa es la razón por la que aquí te los comparto (solo dale clic al enlace correspondiente al título de tu interés para que puedas leerlo).

Ensayos de la literatura del terror, en los que figura H.P. Lovecraft:

 Se reunieron los siguientes cuentos Lovecraftianos:
Se hizo un concurso de cuentos lovecraftianos y los votantes eligieron sus cuentos favoritos. Los cuentos ganadores fueron los siguientes:
  1.  Encomienda de Nahl. Primer lugar, autora Scherezada.
  2.  El despertar de Azathoth. Segundo lugar, autora Carolina Arriaga. 
  3.  Desde lo profundo. Tercer lugar, autor  Aldo Matus.
El legado de H.P. Lovecraft continúa y nosotros seguimos de manteles largos. Abajo de este texto encontrarás las entrevistas con los autores ganadores, que realizamos Avalon rol y tu servidora, Sara Lena . Al final de cada uno de los textos ganadores encontrarás su diploma correspondiente. 


  1. Scherezada (Favor de adelantar hasta el minuto 11:30). ¡Gracias! Ganadora del primer lugar, con su cuento Encomienda de Nahl.

 

2. Carolina Arriaga. Ganadora del segundo lugar, con el texto: El despertar de Azathoth.

 

 
Pueden conseguir su antología desde el enlace de arriba



3. Para cerrar con broche de oro, tenemos la entrevista con Aldo Matus, ganador del tercer lugar con su cuento: Desde lo profundo.


Felicito a los ganadores y agradezco mucho a todas las personas que nos leyeron y participaron con su voto.

 Atentamente Sara Lena

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