Mostrando entradas con la etiqueta homenaje a Lovecraft. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta homenaje a Lovecraft. Mostrar todas las entradas

EL SER EN EL TEJADO (ROBERT E. HOWARD)

 


Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Me sorprendió que Tussmann me pidiera ayuda, pues nunca nos habíamos llevado especialmente bien: su espíritu rastrero me repelía y habíamos sostenido agrias polémicas, después de que él intentara desacreditar mis investigaciones arqueológicas. De todas formas, lo recibí en mi casa y no tardé en advertir que se hallaba dominado por alguna ferviente pasión. No tardó demasiado en decirme qué deseaba. Quería que lo ayudara a obtener un ejemplar original del libro de Von Juntz “Cultos sin nombre” (también conocido como el “Libro Negro”, tanto por el color de su encuadernación como por su temática tenebrosa). No era precisamente un encargo sencillo, porque, si bien llevaba algún tiempo rastreando libros raros, ignoraba si aún quedaba algún ejemplar de la primera edición. No se habían imprimido muchos y la mayoría habían sido quemados por sus asustados poseedores, después de que Von Juntz muriera asesinado en extrañas circunstancias tras volver de un viaje a Mongolia. Sería tan difícil como encontrar un códice griego del Necronomicón.

Intenté explicárselo a Tussmann, pero este me interrumpió y me dijo que conocía bien la historia de aquel libro. Sabiendo que sería inútil ofrecerme dinero, me dijo que retiraría sus acusaciones contra mi labor arqueológica si le conseguía algún ejemplar superviviente.

Después de tres meses completamente infructuosos, conseguí encontrar uno de esos raros volúmenes por mediación del profesor Richard Clements, de Richmond, Virginia.

Cuando avisé a Tussmann, este apareció en mi casa de Londres con ojos chispeantes de emoción. Agarró el libro y me leyó un pasaje sobre cierto templo perdido en medio de la selva centroamericana, donde un extraño dios era adorado por una tribu india desaparecida antes de la llegada de los españoles. En aquel templo reposaba la momia de un sumo sacerdote, de cuyo pescuezo pendía un colgante con forma de sapo. Según Von Juntz, aquel colgante era la llave que abría la cripta donde se ocultaba el tesoro del templo. Luego dijo:

Mañana viajaré a América. Puede quedarse con el libro, pues ya tengo toda la información que necesitaba. Iré bien preparado para encontrar lo que se oculta en ese templo. Estoy dispuesto a demolerlo, si es necesario. ¡Seguro que encontraré una gran cantidad de oro! Los españoles no lo encontraron, pues ninguna tortura puede hacer que una momia revele sus secretos. Pero yo sé qué pasos debo seguir para encontrar ese tesoro.

Dicho esto, Tussmann se marchó. Yo seguí leyendo el libro y descubrí cosas referentes al templo perdido que me causaron una gran inquietud. Al día siguiente intenté hablar con Tussman, pero él ya había abandonado Inglaterra.

Varios meses después recibí una carta suya, en la cual me invitaba a pasar algunos días en su mansión de Sussex. Me rogaba que trajera conmigo el ejemplar del Libro Negro.

Llegué a la residencia de Tussman poco antes del atardecer. Se trataba de una mansión aislada y de aspecto casi medieval, rodeada por altos muros de piedra. Pude apreciar que el jardín no había sido bien cuidado durante su ausencia. Estaba lleno de maleza y me pareció que un caballo o un asno merodeaba entre los arbustos, pues oí un sonido semejante al que produciría la pisada de una pezuña.

Un sirviente de ojos recelosos me franqueó la entrada y me llevó a la cámara de su amo, que parecía un león enjaulado. El sol tropical había bronceado su rostro, en el cual habían surgido arrugas y los ojos brillaban con fiera intensidad. Le pregunté:

Y bien, Tussmann, ¿finalmente tuvo éxito? ¿Encontró el oro que buscaba?

Gruñó:

¡No había ni una pizca de oro! Y eso que conseguí penetrar en la cámara sellada y encontrar la momia del sacerdote.

¿Y el colgante?

Él lo sacó del bolsillo y me lo entregó. Vi que estaba hecho de un material cristalino y, tal como había dicho Von Juntz, recordaba por su aspecto a un sapo particularmente repulsivo. Me llamaron la atención unos caracteres grabados en la cadena y le pregunté a Tussmann por su significado. Él respondió:

Lo ignoro. Esperaba que usted pudiera decirme algo al respecto. Recuerdo haber visto unos jeroglíficos semejantes sobre cierto monolito que encontré en Hungría, pero he sido incapaz de descifrarlos.

Hábleme de su viaje.

Tussmann preparó bebidas para ambos y me habló de su viaje en un tono extraño:

No me costó demasiado encontrar el templo, aunque se encuentra en una región salvaje y poco frecuentada. Sus columnas se hallan en ruinas y parecen los dientes de un enorme monstruo. Tampoco me costó demasiado penetrar en la cámara secreta, donde se hallaba la momia del sacerdote en un aceptable estado de preservación. Me llamó la atención su cráneo, cuyos rasgos no se correspondían con los de ninguna raza india. Me parecieron más bien egipcios o caucásicos, aunque no puedo asegurar nada al respecto. El acceso a la cripta se abrió cuando arranqué el colgante de su cuello.

A partir de aquel punto la historia de Tussmann se volvía más vaga e incoherente, hasta el punto de hacerme sospechar que tenía la mente algo trastornada. Como sus criados nativos no habían querido acompañarlo, entró solo en la cripta, empuñando una linterna y una pistola. Le pregunté:

¿Y el tesoro?

Allí no había nada, ni oro ni piedras preciosas. Al menos, nada que hubiera podido traer a mi casa.

Añadió que le hubiera gustado traer al menos la momia del sacerdote, pero esta había desaparecido cuando salió de la cripta. Pensó que sus criados la habían destruido, impulsados por el terror supersticioso que les producía.

Y ahora estoy nuevamente en Inglaterra, ni un penique más rico que antes de emprender mi viaje.

Al menos tiene el colgante.

Ni siquiera soy capaz de decir qué es exactamente.

Yo sí puedo decirle algo. Mire, aquí tengo el libro. Se dice que su autor se sumergió en oscuros secretos, lo cual explica que su fin fuera tan terrible y misterioso. Quizás en previsión de su propio destino, intentó advertir a sus lectores de que no intentaran despertar a ciertas cosas que duermen en la oscuridad.

Tussmann parecía absorto en sus pensamientos mientras me escuchaba. Luego murmuró:

Sí, hay cosas que parecen muertas, pero que en realidad solo están dormidas, aguardando a que algún necio venga a despertarlas. Debí haber leído mejor este libro. Y quizás también debí haber cerrado la puerta de la cripta antes de abandonar el templo. Pero ciertamente tengo este colgante. ¡Y lo conservaré siempre, aunque el mismo Diablo venga a reclamármelo!

Entonces un extraño sonido procedente del tejado pareció interrumpir sus ensoñaciones. Me miró y me preguntó:

¿Qué fue eso?

No pude contestar a su pregunta, así que salió del cuarto y llamó a un sirviente. Le preguntó:

¿Ha oído usted algo?

Sí, señor.

¿Y qué oyó?

Bien, señor. Usted pensará que estoy confundido, pero la verdad… juraría que es como si hubiera un caballo trotando sobre el tejado.

Tussmann insultó al criado con un grito, mientras sus ojos empezaban a brillar como los de un loco.

¡Es usted un necio! ¡Lárguese!

El criado se marchó asustado y Tussman agarró el colgante.

¡Yo también he sido un necio! Debí haber leído mejor ese libro, debí haber cerrado aquella puerta… ¡pero ningún hombre ni demonio podrá arrebatarme esta joya!

Dicho esto, salió de aquella sala y se encerró en su alcoba dando un portazo. Un criado llamó tímidamente a la puerta, pero él le ordenó que se retirase con una atroz blasfemia. Creí que mi anfitrión había perdido el juicio y, si no hubiera sido demasiado tarde para eso, habría abandonado la mansión en aquel mismo momento. Un asustado criado me llevó al dormitorio que me estaba reservado, pero, en vez de acostarme, volví a leer el libro. Nuevamente leí el pasaje que hablaba del templo, de la tribu primitiva que lo había construido y del monstruo al que adoraban aquellos hombres.

Von Juntz sugería con palabras ambiguas que el tesoro del templo no era otra cosa que ese terrible dios. Excitado por lo que implicaban aquellas palabras, me levanté de mi lecho y oí el estruendo de un golpe, acompañado por un grito de agonía.

Corrí hacia el dormitorio de Tussmann e intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada por dentro. Mientras me preguntaba qué debía hacer, oí un sonido inquietante procedente del interior, como si algo grande estuviera moviéndose dentro de aquella habitación. Luego me pareció oír el aleteo de alas gigantescas y después se hizo el silencio.

Finalmente conseguí forzar la puerta. El cuarto estaba destrozado, pero solo había desaparecido aquel colgante con forma de sapo. El marco de la ventana estaba cubierto de una sustancia limosa, extraña y maloliente. Sobre el suelo del cuarto yacía Tussmann, cuyo cráneo había sido destrozado. Sobre su rostro aún podía distinguirse la huella de una enorme pezuña.


UNA BUENA PERSONA (CUENTO FANTÁSTICO)

 


Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Siempre he sido lo que se suele llamar una buena persona, aunque hoy, a causa de una serie de infaustas casualidades, he tenido un día más ajetreado de lo normal.

Esta mañana visité una tienda de libros viejos, donde tuve la suerte de encontrar un valioso manual de magia negra. El librero, que debía de ser un auténtico ignorante, me permitió llevármelo por un precio irrisorio.

Desgraciadamente, mi suerte no tardó en torcerse. Apenas había llegado a mi casa cuando alguien llamó al timbre. El inoportuno visitante era un completo desconocido, que, una vez abierta la puerta, me soltó estas palabras sin más preámbulos:

Me consta que usted acaba de adquirir cierto libro que yo llevaba años buscando. Quiso mi mala suerte que usted se me adelantase, pero, como suele decirse, todo tiene remedio salvo la muerte. Si me entrega ahora mismo el libro, le entregaré el triple de lo que ha pagado por él.

¿Y si no quiero vendérselo?

Puedo aumentar la oferta. Por otra parte, debería saber que hay otras personas dispuestas a obtener ese libro... y no todas son tan razonables como yo.

No se trata de dinero. Y le aseguro que sé cómo tratar a entrometidos como usted o esos señores de los que habla.

Bien, me temo que tendré que emplear métodos más convincentes.

El desconocido extrajo una pequeña pistola de su bolsillo y me apuntó con ella, pero en ese preciso instante llegó del colegio mi hija Raquel, quien, sin percatarse del peligro que corríamos, me saludó alegremente. Su saludo hizo que mi adversario bajara la guardia durante un instante y yo aproveché su distracción para arrebatarle el arma. Esta se disparó durante la refriega, provocando la muerte inmediata del intruso. Pero su eliminación no mejoró demasiado mi situación, pues ante los ojos de vecinos y viandantes (que habían oído el disparo y visto morir al desconocido, pero ignoraban que él me había amenazado previamente), yo parecía un asesino que acababa de matar a un pobre hombre a sangre fría.

Sabiendo que pronto vendría la policía, entré rápidamente en casa con Raquel y, tras darle ciertas instrucciones, le dije que bajase al sótano con el dichoso libro en sus manos.

Pocos minutos después la policía acordonó la casa y me amenazó con entrar por la fuerza si no me entregaba. Pero yo no podía abandonar la casa y, por otra parte, debía ganar tiempo para que Raquel pudiera cumplir su misión. No me quedó más remedio que disparar desde la ventana del ático contra los agentes, causándoles serias heridas a algunos de ellos.

Los demás policías, viendo que yo no estaba dispuesto a rendirme, se prepararon para un asalto más contundente, que sin duda hubiera supuesto mi arresto o quizás mi muerte, de no ser porque entonces la tierra empezó a temblar como si un seísmo azotara la ciudad. El suelo se quebró, formándose profundas grietas de las que surgieron tentáculos inmensos, más semejantes a serpientes gigantes que a los brazos de un pulpo. Aquellas monstruosidades aplastaron los vehículos de los policías, destrozaron los edificios del vecindario y provocaron numerosas muertes, pero ni siquiera se acercaron a mi casa, pues yo, en previsión de semejantes eventualidades, había protegido mi hogar con una estrella protectora de cinco puntas (motivo por el cual no podía permitir que los policías me llevasen a comisaría).

Mientras el monstruo proseguía su masacre por otros barrios de la ciudad, bajé al sótano, donde felicité a Raquel por el éxito de su misión, que consistía en usar un ensalmo del libro para invocar a aquella abominación lovecraftiana, mientras yo entretenía a los policías con mis disparos. Ahora solo nos quedaba buscar otro hechizo, lo cual nos llevó bastante tiempo, durante el cual aquella cosa sin duda tuvo tiempo de provocar cientos o quizás miles de muertes. Pero finalmente conseguimos nuestro objetivo: con un nuevo ensalmo le dimos marcha atrás al tiempo, hasta el momento en el cual el intruso llamó al timbre de mi puerta. En esta ocasión no quise discutir con él y le conté un embuste sobre un ladrón con el rostro encapuchado, que supuestamente me había robado el libro al salir de la librería. El muy tonto se lo creyó y se fue con el rostro compungido, con lo cual el resto del día transcurrió sin nuevos (ni viejos) incidentes.

Aun así, me pesa en el alma haber tenido que mentir, pues a fin de cuentas soy una buena persona, por si ya estabas empezando a dudarlo.

EL SUEÑO DE LAURA (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Laura Cid era, a sus catorce años, una chica muy normal: vivía con sus padres en una sencilla pero acogedora casita en las afueras de Ourense, estudiaba 3º de ESO en un instituto público, se llevaba bien con todo el mundo y estaba secretamente enamorada de un compañero de clase llamado Brais Vázquez. Sin embargo, había un pequeño detalle que la apartaba de la normalidad absoluta: por las noches, después de dormirse, su mente se sumergía en extraños e intrincados sueños, normalmente triviales y a veces singularmente dramáticos, pero siempre mucho más complejos y realistas que los sueños de otras personas. Cuando se despertaba, Laura se sentía tan confusa que le costaba diferenciar sus recuerdos oníricos de los reales y a menudo sorprendía a sus padres durante el desayuno, al hablar con toda naturalidad de cosas que nunca habían sucedido salvo en su propia imaginación. La madre de Laura, que era una mujer muy práctica y racionalista, se sentía disgustada por esa tendencia de la niña a confundir la fantasía con la realidad e incluso hablaba de llevarla al psicólogo. En cambio, su padre, que era (sin llegar a los extremos de su hija) un hombre imaginativo y soñador, le quitaba hierro al asunto y decía que no se deberían menospreciar los sueños, pues estos pueden influir sobre la realidad. A continuación, como era un hombre culto, hablaba del arte surrealista, del “Kubla Khan” Coleridge y de “La antigua raza” de H. P. Lovecraft. Y su esposa, que quería que Laura fuera ingeniera de telecomunicaciones y no pintora surrealista, fruncía el ceño y mandaba a paseo al bueno del señor Cid.

Una noche, Laura tuvo el sueño más extraño, dramático, complejo y realista de toda su vida. Se soñó a sí misma siendo “mayor” (pero no demasiado, con unos veinte años o pocos más), caminando por un lugar desconocido al lado de un atractivo muchacho rubio, que solo podía ser una versión adulta de su adorado Brais Vázquez.

Laura nunca había querido ser ingeniera, como deseaba su madre, ni mucho menos pintora o poeta, como auguraba su padre, sino bióloga, para así poder viajar a lugares lejanos a estudiar la vida de los animales salvajes. Al parecer, en aquel sueño se había cumplido su deseo: tanto ella como Brais eran dos jóvenes zoólogos destinados por la universidad a un remoto lugar de la selva amazónica para realizar investigaciones científicas. Habían pasado el día fotografiando pájaros exóticos en las profundidades de la selva y caminaban por un angosto sendero entre árboles sombríos, de vuelta al lugar donde se hallaba instalado su campamento base. Aunque el ambiente era salvaje y un tanto sobrecogedor, sonreían y charlaban tranquilamente, como si estuvieran paseando por un parque urbano y no por aquella selva primordial donde, sin duda, acechaban numerosos peligros. Y así hasta que tuvieron que atravesar un río, no muy profundo, pero sí bastante ancho. Mientras Laura caminaba cautelosamente sobre el lecho fluvial, procurando no resbalar, oyó a su izquierda un chapoteo que llamó su atención. Torció el cuello para mirar y se quedó pálida como una muerta cuando distinguió a escasos metros de ella la cabeza de una gran anaconda. En un acto reflejo, Brais tomó su rifle y disparó varias veces contra el reptil, que, herido de muerte, se hundió en las ensangrentadas aguas del río. Entonces, ambos jóvenes vieron flotar sobre el agua el cadáver de un enorme caimán, al que la anaconda, antes de morir, había atrapado y asfixiado entre sus anillos. Laura, aún pálida de miedo y muy sorprendida, le dijo a su amigo:

¡Es extraño! La anaconda no solo no quería atacarnos, sino que, de hecho, nos ha salvado la vida. De no ser por ella, ese caimán hubiera podido hacernos trizas.

Brais no dijo nada e instó a Laura a apresurarse mediante un gesto imperioso. Estaba visto que aquel río era peligroso y a él ya no le quedaban balas.

Ya habían olvidado el asunto cuando llegaron a una aldea india, por la que debían pasar de camino hacia el campamento. Aquellos indios, aunque primitivos y supersticiosos, eran normalmente pacíficos e incluso amables, pero en aquella ocasión recibieron a los muchachos con visibles muestras de hostilidad. Varias mujeres lloraban desconsoladas en torno al cuerpo lívido e inmóvil de un niño pequeño, que había muerto envenenado por la mordedura de una víbora. Era la primera vez que pasaba algo así desde que la tribu se había establecido en aquella selva sagrada, pues existía un pacto ancestral entre ellos y las serpientes de la selva: los hombres debían respetar a las serpientes y estas, a su vez, los respetarían a ellos. Pero alguien había roto el pacto y las serpientes habían iniciado su venganza. La muerte del niño solo había sido un aviso, pero, si el infractor no era castigado antes del anochecer, el Dios Yig, padre de todas las serpientes, lanzaría su implacable maldición sobre el mundo entero, con consecuencias impredecibles. De alguna manera inexplicable, los indios parecían saber que Brais había sido el responsable de su desgracia, pues este había ofendido a Yig matando a una de sus hijas. Por tanto, el muchacho debía morir antes de que cayera la noche o, de lo contrario, toda la tribu sufriría las iras del dios. Brais y Laura aún no habían entendido nada cuando varios guerreros de fuertes músculos se arrojaron sobre ellos como animales enloquecidos y los inmovilizaron como si fueran dos niños pequeños. Brais intentó defenderse, pero un guerrero colosal lo dejó sin sentido mediante un brutal mazazo en la frente. Laura lanzó un grito de terror, pero otro indio la derribó de un manotazo, que la dejó aturdida. Mientras varios guerreros se llevaban a la selva al inconsciente Brais, Laura fue encerrada en una cabaña de madera, para que no pudiera pedir ayuda a los demás miembros de la expedición, que se habían quedado en el campamento e ignoraban completamente lo que estaba sucediendo.

Tras recuperarse del golpe que había recibido, Laura pasó un buen rato sumida en la desesperación, aporreando la puerta de la cabaña y pidiendo auxilio a gritos, sin que nadie le hiciera el menor caso. Luego, algo más serena o simplemente agotada, decidió que debía confiar en sí misma para huir de allí y salvar a Brais. Examinó uno por uno los tablones de las paredes y vio que uno estaba algo flojo, de modo que podría retirarlo sin demasiado esfuerzo.

El indio que custodiaba la cabaña donde habían encerrado a Laura advirtió, con su fino oído de habitante de la selva, unos ruidos extraños procedentes del interior del edificio. Decidió entrar para echar un vistazo, pero, nada más penetrar en la cabaña, un fuerte golpe en la cabeza lo dejó sin sentido. En un principio, Laura había pensado retirar el tablón para huir por el hueco, pero, como este era demasiado estrecho, había cambiado de idea. Tras llamar la atención del indio y dejarlo inconsciente golpeándolo con el tablón, le arrebató su cuchillo y lo dejó allí, bien atado y amordazado. Laura salió de la cabaña sin que nadie la viera, pues los aldeanos, temerosos de las represalias del Dios Serpiente, se habían encerrado en sus hogares antes de lo habitual. Aún era de día y Laura dudó entre ir al campamento a buscar ayuda o buscar a Brais para salvarlo de la suerte que le hubieran reservado los adoradores de Yig. Finalmente, optó por lo segundo, pues el campamento estaba lejos y, en cambio, Brais debía de estar cerca, pues aún no habían pasado quince minutos desde que se lo habían llevado. En cuanto al camino que debía seguir para encontrarlo, la cosa estaba fácil, pues solo había uno: la aldea estaba rodeada de maleza impenetrable por doquier, dejando aparte un angostísimo sendero, donde todavía se distinguían numerosas huellas de pies descalzos sobre el húmedo suelo limoso. Durante interminables minutos de miedo y angustia, Laura caminó lo más deprisa posible por aquel sendero infernal, con los pies hundidos en el cieno hasta los tobillos y su piel sudorosa despiadadamente lacerada por las ramas espinosas de los arbustos. En un momento dado, creyó oír el eco de unos pasos que se acercaban y apenas tuvo tiempo para refugiarse entre la maleza, antes de que pasaran por allí varios guerreros indios. Estos eran los mismos guerreros que se habían llevado a Brais y, aparentemente, estaban volviendo a la aldea, pero Brais no iba con ellos. Laura estuvo a punto de gritar de puro horror al pensar que su amigo había sido asesinado, pero el miedo a ser descubierta y un rayo de esperanza la ayudaron a contenerse. Vio que los machetes y las lanzas de los indios no tenían manchas de sangre, por lo cual era probable que Brais siguiera vivo. Pero, en tal caso, ¿qué habrían hecho con él? Si solo quisieran mantenerlo prisionero, lo habrían encerrado en alguna cabaña de la aldea, como habían hecho con ella, y no se lo hubieran llevado a la selva. Los indios hablaban entre ellos y, aunque Laura no entendía su lengua, creyó distinguir una palabra que había oído otras veces, normalmente susurrada con temor: era el nombre de una charca situada en el mismo corazón de la selva, donde se decía que acechaban grandes boas. Los indios temían tanto ese lugar que no solían pronunciar su nombre sin una buena razón, lo cual hizo pensar a Laura que quizás habían dejado allí a Brais, para que las boas lo devorasen. Tenía sentido, pues, si Brais había ofendido al dios de las serpientes, debían ser estas y no los hombres los que le hicieran pagar por su crimen. Una vez que los indios se marcharon, Laura salió de su escondrijo y retomó su camino. Pese a estar casi agotada, apuró el paso, pues tenía que llegar a aquella charca maldita antes de que la noche se extendiera sobre la selva. Ya se aproximaba el crepúsculo cuando Laura, jadeante y completamente extenuada, llegó a la orilla de la charca. Brais había sido atado a un árbol cuyas raíces se sumergían en aquellas aguas limosas y malolientes, preñadas de sanguijuelas, y los indios lo habían golpeado varias veces, no solo para aturdirlo, sino para que el olor de la sangre que huía de sus heridas atrajera a las serpientes del pantano. Pese a estar medio mareada de cansancio y terror, Laura no lo dudó: cortó las ligaduras del inconsciente Brais y, aunque no pudo evitar que su cuerpo inerte cayera al agua, lo sacó rápidamente, antes de que se ahogara, aunque para arrastrarlo hacia la orilla tuvo que invertir todas las fuerzas que le quedaban. Brais seguía sin sentido y Laura estaba demasiado cansada para reanimarlo, así que se limitó a sentarse a su lado y a esperar a que la brisa fresca del atardecer lo ayudara a recuperar el sentido. Pero entonces la muchacha oyó un sonido sibilante que puso todos sus nervios en guardia. Pese a su estado de agotamiento, sus últimas reservas de adrenalina le permitieron reaccionar a tiempo y, casi automáticamente, clavó su cuchillo en la cabeza de una enorme serpiente, que había salido de las aguas del pantano con la inequívoca intención de atacarlos. Los últimos coletazos del animal removieron furiosamente las aguas del pantano, pero pronto se quedó inmóvil para siempre. Laura no pudo contener un grito de alegría cuando vio morir al monstruo, aunque no ignoraba que su muerte la había convertido también a ella en una enemiga del Dios Serpiente. Pero no le importaba: cuando Brais se recuperase, iniciarían el camino hacia el campamento, sin temor a los indios, que nunca se alejaban de su aldea tras el anochecer. Sería una caminata larga y fatigosa, pero el peligro ya había pasado y, al día siguiente, aquella pesadilla habría terminado definitivamente.

Pero aquella pesadilla estaba destinada a terminar antes de lo que pensaba Laura: aún no se había puesto el sol cuando una espesa sombra, que no era la de la noche, cayó sobre la selva, haciendo enmudecer a los pájaros y a los monos. Laura, sorprendida por aquella brusca oscuridad, alzó sus ojos hacia el cielo y entonces no pudo contener un desgarrador grito de horror: un enorme monstruo, semejante a una serpiente gigante de miembros horrendamente antropomorfos, había surgido de la nada y la observaba con sus despiadados ojos negros, desde una altura superior a la de los más soberbios árboles de la selva…

Laura se despertó gritando, pero sus padres, acostumbrados a sus pesadillas, no le hicieron caso. Una vez que la muchacha se tranquilizó, suspiró y retomó el sueño, agradeciendo a un Dios más benévolo que Yig que todo hubiera sido una fantasía. Al día siguiente, a la hora de comer, Laura les contó a sus padres lo que había soñado y, como de costumbre, su madre puso mala cara, mientras que su padre escuchó su historia con un interés algo morboso. Tras finalizar la relación de los hechos, Laura dudó y dijo:

Durante el sueño siempre pensé que el chico que estaba conmigo era Brais, el de mi clase, pero ahora no estoy segura. Brais tiene los ojos castaños, mientras que aquel chico los tenía grises. Y ni siquiera estoy segura de que en mi sueño yo fuera realmente yo. Soy zurda y, sin embargo, estoy segura de que el cuchillo lo llevaba en la mano derecha. ¡Esto es muy raro!

El padre de Laura meditó en silencio durante unos segundos y luego dijo, con aparente seriedad:

Creo que tu sueño no fue un verdadero sueño, sino que, mientras dormías, tu mente penetró, de algún modo inexplicable, en los pensamientos de otra persona. Así, lo que sucedió en tu “sueño” fue algo que pasó en el mundo real, pero no te pasó a ti, sino a alguien que ni siquiera conoces. Mientras aquí era de noche, en Sudamérica aún era de día, por eso…

La madre de Laura interrumpió a su marido con su grito:

¡Cállate, Ramón! Era lo que faltaba, ya es bastante fantasiosa esta niña para que tú, encima, le metas ideas raras en la cabeza. No quiero oír nada más de sueños ni de tonterías por el estilo. Y tú, Laura, si estudiaras más y vieras menos películas de terror, seguro que no tendrías tantas pesadillas,

Aún enfadada, la madre de Laura encendió la televisión, para ver si las noticias del telediario introducían algo de normalidad y realismo en la conversación. Pero sucedió justo lo contrario.

La joven periodista María Dapía, presentadora del telediario de las tres, contó, con voz tensa, una noticia de última hora que estaba aterrorizando al mundo entero: en la selva amazónica había aparecido un enorme monstruo semejante a un hombre-serpiente, que se estaba acercando a la ciudad de Manaos sin que ni nadie pudiera detenerlo. Pocas horas antes, había destruido completamente una aldea india, matando a todos sus habitantes, y también se le atribuía la misteriosa desaparición de dos universitarios estadounidenses, un muchacho de veintidós años llamado Brian Baker y una chica de veinte, llamada Laura Dyck. Según sus compañeros, ambos habían salido de su campamento para fotografiar pájaros y no habían regresado. Para colmo de males, todas las serpientes del mundo parecían haberse vuelto locas y se estaban produciendo ataques de víboras en todas partes, incluso en España, donde las urgencias hospitalarias se hallaban colapsadas por ese motivo.

Mientras Laura y su madre oían estupefactas aquellas aterradoras noticias, el señor Cid murmuró para sí mismo:

Pues sí, los sueños pueden influir sobre la realidad… y viceversa.


LOS KRULL (CUENTO FANTÁSTICO)

                                

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
En un futuro remoto un padre y su hijo fueron a visitar una ciudad muerta, donde el primero había nacido y que al segundo le resultaba completamente desconocida. Nada vivo quedaba allí, salvo alguna vieja rata demasiado débil o enferma para buscar mejores cazaderos, y los edificios mostraban las secuelas de un largo abandono. Pero aún se veían numerosos cadáveres, desparramados a lo largo y ancho de las calles o caóticamente amontonados en algún patio pestilente. El hijo se estremeció al advertir las extrañas formas de los esqueletos, pues hasta entonces nunca había visto algo semejante, y gimió asustado:
Papá, ¿por qué hemos venido aquí? Este sitio es horrible, quiero volver a casa.
Pronto nos marcharemos, pero antes debes conocer nuestro pasado. Y también la historia de los krull.
Pero, ¿quiénes eran esos krull y por qué antes les teníais tanto miedo?
La suya es una historia que empezó hace muchísimo tiempo, cuando unos seres terribles vinieron de otro mundo y conquistaron la Tierra, esparciendo el dolor y la muerte por doquier.
¿Esos eran los krull?
No, ellos vendrían después. Los invasores eran seres de origen alienígena, mientras que los krull procedían de animales terrestres, que habían sido sometidos a extraños experimentos por los extraterrestres, quienes aumentaron su inteligencia para convertirlos en sus esclavos. Algún tiempo después, los invasores desaparecieron por razones desconocidas, pero nos dejaron una herencia envenenada: sus antiguos siervos, los krull, se convirtieron en los nuevos amos del planeta y cometieron nuevas crueldades contra las criaturas menos evolucionadas, entre las cuales figuraba nuestra especie. En realidad, ellos tenían otro nombre, que era el que solían usar para referirse a sí mismos, pero ahora no lo recuerdo. Al igual que los alienígenas, los krull no tenían escrúpulos a la hora de torturar, matar o esclavizar a otras criaturas, ni siquiera sentían empatía hacia sus propios congéneres. La ciencia de los invasores había desaparecido con ellos, pero, como los krull eran inteligentes, consiguieron recuperar esos conocimientos por sus propios medios. Entonces ellos también empezaron a realizar diabólicos experimentos con formas de vida inferiores, pues, al igual que sus maestros, querían crear sus propios esclavos inteligentes. A mí me seleccionaron para sus experimentos cuando era pequeño, como tú lo eres ahora. Pero un día el krull encargado de mi custodia se olvidó de encerrarme debidamente. Cuando me percaté de su error, intenté huir del laboratorio, pues cualquier destino me parecía preferible a seguir aguantando los experimentos de los krull. Al salir de mi encierro me topé con un krull que llevaba varios frascos llenos de un extraño líquido. Antes de que pudiera dar la alarma me lancé sobre él con todas mis fuerzas y conseguí derribarlo. Los frascos se rompieron en mil pedazos al chocar contra las baldosas y el líquido se desparramó por doquier. Mientras aquel krull permanecía tendido en el suelo, yo salí corriendo y conseguí llegar al bosque. Me refugié en una casa abandonada, donde permanecí algún tiempo alimentándome de ratas. Varios días después sentí que la brisa procedente de la ciudad donde vivían los krull traía consigo el olor de la muerte. Resulta que, en su inconcebible mezcla de inteligencia y locura, los krull habían creado un virus que resultaba letal para su propia especie, aunque no para las demás. Cuando se rompieran aquellos frascos el virus se expandió rápidamente, contagiando a todos los krull, que de ese modo murieron exterminados por su propia creación. Lo único que queda de ellos es lo que tienes ahora delante de tus ojos: huesos blanqueados y edificios en ruinas.
Es una historia muy triste, papá. A mí casi me dan pena los pobres krull.
Se nota que tú no los conociste cuando estaban vivos. Puedo asegurarte que, con raras excepciones, los krull eran unos monstruos despiadados. Precisamente ahora recuerdo cómo se llamaban a sí mismos. Si no me falla la memoria, se autodenominaban “seres humanos”.
Dicho esto, el viejo perro abandonó la ciudad acompañado por su cachorro.




UN RAPTO (CUENTO)

 

El profesor Oliver Nash era, para todos los que lo conocían, un hombre sabio y, sobre todo, un hombre bueno. Aún joven, ya había tenido tiempo de alcanzar un inmenso prestigio académico, no solo como historiador especializado en antiguas civilizaciones orientales, sino también, y sobre todo, como divulgador de viejas sabidurías. Aunque durante la mayor parte del año impartía clases de Historia de las Religiones en una conocida universidad estadounidense, aprovechaba sus vacaciones para realizar expediciones arqueológicas por los más remotos lugares del Lejano Oriente. El gran sueño de su vida era dar con el Templo de la Sabiduría, un legendario santuario que, según antiquísimas tradiciones, se erguía desde tiempos inmemoriales en lo más recóndito de la jungla hindú. La importancia de dicho templo no era únicamente arqueológica, pues se decía que en su interior se hallaba un altar de piedra, sobre el cual una mano desconocida había grabado profecías relativas al futuro de la Humanidad. Aunque la mayor parte de los estudiosos consideraban que el Templo de la Sabiduría no era más que una leyenda, Oliver tenía buenas razones para creer en su existencia. Sería prolijo e innecesario explicar aquí cuáles eran sus motivos para creer en la leyenda, pero lo cierto es que, cuando pudo reunir suficiente dinero para organizar una expedición por su cuenta, pidió la excedencia en la universidad y viajó a la India, dispuesto a no retornar a su patria hasta haber encontrado el templo y leído las proféticas inscripciones del altar (Oliver conocía perfectamente el idioma sánscrito).

Tras varios meses de ardua búsqueda por las selvas bengalíes, Nash penetró, acompañado por un guía hindú, en cierta jungla recóndita y tenebrosa, donde muy pocos osaban entrar. El guía murió devorado por algo que surgió del bosque y Oliver se vio obligado a seguir adelante completamente solo, pero dispuesto a dar con el templo o a morir en el intento. Varios días después, medio muerto de hambre y extenuación, consiguió llegar a una aldea situada cerca de la jungla maldita. Los solícitos cuidados de los nativos le permitieron recobrar sus fuerzas, pero desde entonces pasó a ser un hombre completamente distinto. Su espíritu valiente y animoso parecía haberse resquebrajado durante su terrible periplo por la jungla, acaso destruido por horrores innombrables de los que él nunca quiso hablar. Cuando volvió a casa, era apenas una sombra lívida y macilenta del hombre que había sido anteriormente. Ya no mostraba el menor interés por la arqueología ni por la docencia, renegaba con rabia de sus viejas creencias espiritualistas y se mostraba mucho más melancólico e irritable que antes. Uno de sus amigos le preguntó por la causa de sus sufrimientos y Oliver le contestó, con la voz trémula y lágrimas en los ojos:

¡El maldito Templo de la Sabiduría no era más que una leyenda! Encontrarlo se había convertido en el gran sueño de mi vida y por su culpa he renunciado a todo lo demás, incluso a mi carrera, por no hablar de que he sacrificado la vida de un hombre. Y al final la única sabiduría que he adquirido durante mi viaje al infierno ha sido esta: que es un error soñar. 

A los conocidos de Nash les extrañó que el fracaso de su expedición lo hubiera afectado tanto, pues ni era la primera vez que se enfrentaba a decepciones parecidas ni nadie, hasta entonces, hubiera pensado que su alma fuera tan frágil como para venirse abajo por un motivo semejante. Pero lo cierto es que Oliver no volvió a ser el que era: renunció definitivamente a su cátedra, dejó de escribir y se fue a vivir a su pueblo natal, donde pasó a vivir como un sencillo bibliotecario, lejos del mundo académico y cerca de la única familia que le quedaba en el mundo: su hermano Robert, la esposa de esta, llamada Mary, y Rose, la hija de ambos, que a la sazón tenía dieciséis años y a la cual Oliver apenas había visto desde que era pequeña (en realidad, Rose no era hija carnal de Robert, sino del primer marido de Mary, pero vivía con él desde su primera infancia). Oliver procuraba pasar el mayor tiempo posible con su hermano, como si quisiera recuperar el tiempo perdido que sus estudios y expediciones le habían arrebatado, y solo cuando se hallaba con él y con su familia aparentaba una cierta alegría. Un día, Robert lo invitó a comer en su casa y, cuando ya se hallaba allí, Oliver recordó que debía terminar de redactar un registro para la biblioteca. Como aún faltaba algún tiempo para que la comida estuviera preparada, Oliver le pidió a su hermano que le prestara su ordenador portátil, con el cual podría terminar su trabajo en pocos minutos. Robert dudó durante unos instantes, como si no le gustara del todo la petición de su hermano, pero finalmente sonrió y dijo:

Por supuesto, puedes usarlo. Pero te ruego que no te demores mucho con él… Bueno, es que no me gustaría que llegaras tarde a la mesa. Ya sabes cómo es Mary.

Vale, no te preocupes, Bob. Será cosa de un minuto.

Efectivamente, Oliver terminó rápidamente su trabajo, guardó el documento en una unidad USB que siempre llevaba consigo y, como aún no estaba puesta la mesa, aprovechó para echarles un vistazo a las fotos que guardaba Robert en el archivo, sin más motivación para ello que la simple curiosidad. Llamó su atención una foto de Rose, que aparecía luciendo bikini en la playa. Entonces, como si hubiera visto a su sobrina por primera vez, Oliver se dio cuenta de que se había convertido en una adolescente realmente atractiva. Guiado por un impulso que ni él mismo comprendía del todo, empezó a examinar otras fotos donde la muchacha aparecía ligera de ropa y entonces, como un virus, entró en su mente una idea obsesiva, que muchos habrían considerado completamente perversa.

...

Las relaciones entre Oliver y la familia de su hermano no tardaron en deteriorarse, después de que Rose se quejara ante sus padres de que su tío “la miraba demasiado”. Y era cierto: donde estuviera la muchacha, sola o con sus amigos, ahí aparecía, de pronto y “por pura casualidad”, el tío Oliver, quien no se limitaba a saludarla y largarse, como hubiera sido el deseo de la niña, sino que además le hacía preguntas extrañas, le dirigía miradas que ella consideraba inquietantes y aprovechaba cualquier excusa para pegarse a ella como una lapa a una roca. Mary habló seriamente con Robert y le pidió que, sin faltarle al respeto, le dijera a su hermano que aquello no podía seguir así. No era imposible que las intenciones de Oliver fueran honestas, pero era mejor no correr riesgos, sobre todo teniendo en cuenta que, desde su dichoso viaje a la India, el arqueólogo parecía sufrir una especie de trastorno. Robert se quedó pensativo. Siendo niño, Oliver había estado muy enamorado (aunque de una forma bastante platónica) de su amiga Annabel, quedando destrozado tras la muerte de esta a causa de una fulminante enfermedad. Pero desde entonces, que él supiera, no había vuelto a mostrar ningún interés amoroso por nadie, por lo que le parecía cuanto menos extraño que de pronto, ya próximo a la madurez, se hubiera encaprichado con Rose. Pero lo cierto es que Robert concertó una entrevista con Oliver, para darle a entender que ya no era bienvenido en su casa y que, sobre todo, debía dejar en paz a Rose. Oliver miró a su hermano con una mezcla de incredulidad y enfado, pero prometió que no volvería a molestar a Rose.

...

Pocos días después, Rose salió de su casa para hacer unas compras que le había encargado su madre y, varias horas después, aún no había vuelto. Mary, preocupada, la llamó al móvil sin obtener respuesta. También llamó a todas sus amigas, pero nadie pudo decirle nada sobre el paradero de su hija.

Mientras la atribulada madre intentaba localizar a la muchacha, esta se despertaba lentamente del sueño inducido por el cloroformo que alguien le había obligado a aspirar. Sus recuerdos eran muy confusos: apenas recordaba que un hombre encapuchado se había arrojado de pronto sobre ella y le había puesto un paño húmedo sobre el rostro. Y ahora se hallaba atada de pies y manos en el interior de una especie de choza, húmeda, lóbrega y de paredes desvencijadas. Además, su desconocido raptor le había sellado los labios con cinta adhesiva para que no pudiera pedir auxilio. Durante varias horas interminables de terror y angustia, Rose permaneció indefensa en las tinieblas de aquel antro maloliente, hasta que alguien entró en el cuarto y le quitó la mordaza de la boca para darle de beber algo de agua. Rose, que se moría de sed, bebió con avidez y a continuación reconoció, gracias a la luz mortecina de una linterna, que quien estaba con ella no era otro que su tío Oliver. Al principio, se sintió exultante de alegría, pensando que había venido a salvarla, y le pidió que la desatara cuanto antes. Por toda respuesta, Oliver volvió a ponerle la mordaza, sonrió malévolamente y respondió a la muda pregunta que le dirigían los aterrados ojos de Rose con estas palabras:

No, preciosa, tú te quedas aquí, que para eso te he traído. Ahora voy a dejarte sola, porque tengo que ir al pueblo por un poco de comida. Pero no te preocupes, que pronto volveré y entonces vamos a pasárnoslo muy bien los dos juntos.

Dicho esto, Oliver se fue de la cabaña, dejando a su sobrina totalmente aterrada. Esta se revolvió con todas sus fuerzas intentando desatarse, pero no tuvo éxito. Sin embargo, gracias a sus forcejeos sus dedos entraron en contacto con un objeto metálico, que se hallaba tirado sobre el suelo de la cabaña. Sintió un estremecimiento de esperanza cuando se dio cuenta de que era una navaja, con la cual podría cortar sus ligaduras con facilidad. Quizás aquella navaja se le había caído a su tío o quizás llevaba allí muchos años, pero eso no importaba. Rose se desató gracias a ella y huyó de la cabaña antes de que volviera su tío. Aquella choza se encontraba en medio del bosque, lejos del pueblo, pero cerca pasaba una carretera bastante transitada. Rose pidió auxilio a un automovilista, un honrado viajante de comercio que se dirigía al pueblo, y este llamó a la policía con su móvil. Poco después, Rose, aún muy afectada, pero sana y salva, se reunía con sus padres en su casa del pueblo. Poco antes, Oliver había sido arrestado en el supermercado local por el rapto de su sobrina. No opuso resistencia ni negó los hechos, pero se negó a declarar mientras no se le permitiera entrevistarse a solas con su hermano Robert, el padre de su víctima.

...

Finalmente la entrevista tuvo lugar pocos días después, en una sala de la comisaría. Robert llegó a la sala, guiado por dos agentes que se quedaron haciendo guardia en el pasillo, y entró en la sala, donde lo esperaba su hermano sentado en una silla. No estaba esposado, pero, para evitar agresiones, una reja metálica dividía la sala en dos partes iguales, separando a los hermanos. Una videocámara permitiría a los guardias ver lo que sucedería dentro de la sala, pero no escuchar nada de lo que se dijera. Cuando Robert entró, se quedó de pie, pese a que tenía una silla donde sentarte, mientras que Oliver no se levantó de su asiento ni le dirigió ningún saludo, sino que se limitó a clavar en él una mirada francamente hostil. Robert rompió el silencio y le dirigió a su hermano reproches en voz alta (fueron las únicas palabras de la conversación que llegaron a oídos de los guardias):

¡Miserable! ¿Cómo has podido hacerle eso a mi niña? ¡Estás realmente loco!

Oliver sonrió sin alegría y le dijo a su hermano en voz baja:

Venga, Bob, los guardias del pasillo ya te habrán oído, así que no tienes que seguir haciendo tu papel de padre indignado. Tú y yo conocemos la verdad.

Robert suspiró, bajó los ojos y dijo con una voz trémula apenas audible:

Bueno, supongo que a ti no puedo mentirte. Pero no comprendo nada.

Pues precisamente para eso estás aquí, para que yo te lo explique todo. Cuando aquel día manejé tu ordenador me llamaron la atención tantas fotos de Rose ligerita de ropa… Sin duda, no es raro que un padre guarde fotos de su hija en los archivos de su PC, pero me fijé en que habías ampliado únicamente aquellas donde ella aparecía vestida de una forma... digamos, provocativa. Entonces recordé algunas cosas que me había contado Annabel antes de morir… Me dijo que, siendo apenas un crío, una vez la sorprendiste sola en la playa y tuvo que golpearte para que la dejaras en paz, porque intentaste pasarte con ella. Solo me lo dijo a mí y me pidió que no se lo contara a nadie, porque ella era buena... demasiado buena para este mundo. Como sospechaba de ti, intenté vigilar a Rose, pero ella malinterpretó mis intenciones. Reconozco que quizás actué con cierta torpeza. Finalmente, cuando se supo que ella había desaparecido en extrañas circunstancias, sospeché que tú mismo la habías raptado y fui a buscarla a la vieja cabaña del bosque, donde solíamos jugar con Annabel cuando éramos pequeños. Sin duda, de todos los lugares que conocías era el más adecuado para esconderla. Tú no estabas cuando llegué. Habías tenido que volver al pueblo con tu mujer, para hacer el papel de padre atribulado delante de la policía y los medios de comunicación. Fui allí con la idea de rescatarla, pero en el último momento lo pensé mejor. Me dije que sería demasiado cruel para Rose que se acabara sabiendo la verdad: que su propio padre la había raptado con fines inconfesables. Así que actué como si yo fuera el secuestrador. Al mismo tiempo, dejé a su alcance una navaja para que pudiera liberarse ella misma antes de que volvieras, cosa que no podrías hacer mientras tuvieras a la policía en tu casa. Así, al asumir las culpas conseguí ahorrarle a Rose el horror de saberse víctima de su propio padre. Pero lo hice por ella, no por ti. Para mí eres un perfecto miserable y quiero que lo sepas.

Dicho esto, Oliver se calló, se levantó de la silla y empezó a dar vueltas por el cuarto, sin mirar a su hermano. Este permaneció en silencio durante unos minutos y luego dijo:

Supongo que tienes razón. Soy una basura, siempre lo fui y siempre lo seré. Nunca he podido resistirme a… esos impulsos… y, mientras Rose fue pequeña, no hubo ningún problema, pero cuando creció y se convirtió en una hermosa mujercita… bueno, me olvidé de que era mi hija y… ya conoces el resto. Pero ahora serás tú quien vaya a la cárcel. Lo siento, pero no me siento capaz de confesar la verdad.

No te pido que lo hagas. Sería terrible para Rose.

¿Y no tienes miedo de que vuelva a las andadas, cuando tú ya no estés para impedirlo?

¡Oh, eso no me importa nada! Si esto fuera a durar, la cosa sería distinta. Pero no es el caso. No tendrás tiempo de hacerle daño a tu hija.

¿Cómo? No entiendo.

El Templo de la Sabiduría, ¿te acuerdas? Dije que no existía. Mentí: sí existía. Yo lo encontré, leí la inscripción del altar… y luego lo volé con dinamita para que nadie más volviera a encontrarlo. Sería demasiado terrible para el mundo saber la verdad. Pero ahora ya da igual. Mañana mismo…

Oliver se calló, se asomó a la única ventana del cuarto, miró con melancolía las calles de la ciudad, tenuemente iluminadas por los últimos rayos del sol, y dijo en voz muy baja, demasiado baja para que la oyera su hermano:

Mañana despertará Cthulhu y el mundo morirá.

Texto: Francisco Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.


Entrada destacada

Sara Lena Tenorio

Mi nombre es Sara Lena, nací un día de primavera en la ciudad de México, soy autora de dos libros que forman una saga que, aunque ya está p...