EL DESPERTAR (MICRORRELATO)

Según el veraz testimonio de Lovecraft, Cthulhu era un dios terrible que dormía y soñaba en el fondo del mar, pero que algún día se despertaría para destruir a la Humanidad. Nadie se tomó en serio esta leyenda, hasta que unos científicos dedicados al estudio de la fauna abisal hallaron, por pura casualidad, la ciudad sumergida donde Cthulhu dormía desde los albores del mundo. Las naciones, aterradas, enviaron allí una poderosa flota militar, cuya misión era matar a Cthulhu antes de que este se despertara y destruyera a la raza humana. Cuando los primeros torpedos alcanzaron su cuerpo, Cthulhu se estremeció, como un durmiente acosado por pesadillas, y abrió los ojos. Entonces los torpedos, los barcos, las naciones que los habían enviado y el mundo entero desaparecieron para siempre. Al despertar a Cthulhu habíamos provocado nuestro propio fin. Él nunca había querido destruirnos, el problema es que solo existíamos en sus sueños y, al despertarse, había dejado de soñarnos.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL SUEÑO DE BRAIS

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Una noche el pequeño Brais soñó que era un explorador y que encontraba en medio de la selva un enorme dinosaurio carnívoro, que empezó a perseguirlo con malas intenciones. Pronto se despertó en su cuarto, pero al abrir los ojos se llevó una desagradable sorpresa: como en el cuento de Augusto Monterroso, el dinosaurio “todavía estaba allí”, al lado de su cama. Por suerte, debía de ser uno de esos dinosaurios que solo pueden ver a sus presas mientras se mueven, gracias a lo cual el niño consiguió despistarlo permaneciendo completamente inmóvil en su cama. Claro que no podía seguir así toda la vida, porque antes o después tendría que levantarse para ir al colegio. Y entonces…

A pesar de estar aterrorizado, Brais tuvo suficiente ánimo para pensar que aquello no podía estar sucediendo de verdad, pues era imposible que hubiera un dinosaurio vivo en su ciudad. Y tampoco era verosímil que un animal tan grande hubiera conseguido colarse en su cuarto, siendo la puerta y las ventanas demasiado estrechas para un cuerpo como el suyo. Brais llegó a la conclusión de que al salir de su sueño anterior no había vuelto a la realidad, sino que había caído en otro sueño distinto. Así que cerró los ojos y se dijo muchas veces “quiero despertar de verdad, no quiero seguir soñando”, hasta que por fin dejó de sentir la amenzante proximidad del dinosaurio. Entonces, considerándose completamente despierto, se atrevió a abrir los ojos y vio que, efectivamente, el dinosaurio ya no estaba allí. Pero lo malo es que tampoco estaban ni su cuarto, ni su casa, ni su familia, ni su ciudad, ni apenas él mismo... A su alrededor todo era un vacío absoluto, una nada oscura y desoladora en la cual él solo era una fantasma sin cuerpo ni nombre. Entonces comprendió que toda su vida anterior, su mundo y su “realidad” nunca habían sido nada más que otros tantos sueños. Asustado por aquella terrible revelación, optó por cerrar los ojos de nuevo y recuperar aquellos sueños consoladores en los cuales él era un niño de carne y hueso. Esa ilusión le parecía preferible a saberse un espíritu perdido en medio de la nada, aunque en sus sueños tuviese que aguantar los caprichos de su hermana imaginaria y, de vez en cuando, algún dinosaurio consiguiera colarse en su cuarto.


LOS RECUERDOS DE CIMERIA

 


Texto: Robert Ervin Howard y Javier Fontenla (adaptación). Imagen: Pixabay.

Una brumosa mañana de otoño, mientras caminaba por los montes de Mende entre pinos de oscuros troncos y rocas teñidas de musgo, oí cantar esta canción a los espíritus del bosque.

Recuerda los oscuros pinos que crecían en las laderas de las colinas, las grisáceas neblinas que siempre cubrían el cielo, los melancólicos ríos que fluían silenciosos, el viento que silbaba entre las colinas... Aquella era nuestra triste tierra, donde los árboles sin hojas se estremecían agitados por el cierzo, donde los negros bosques extendían sus sombras hasta el fin del mundo. Hemos olvidado nuestros nombres, mas aún recordamos, como sombras de un sueño, la vieja hacha y las armas de piedra, las cacerías y las batallas. También recordamos el silencio de nuestra tierra oscura, las nubes que cubrían las colinas, las sombras de los bosques sin fin. Así era Cimeria, la tierra de las tinieblas y de la noche eterna. ¿Cuántas veces más tendremos que morir para olvidar estos recuerdos, que hacen de nosotros fantasmas de tiempos olvidados? Pues en nuestros corazones siempre encontraremos los sueños de Cimeria, la tierra de las tinieblas y de la noche eterna”.

Entonces cantó un pájaro, los espíritus callaron y yo seguí caminando.

LOS OJOS DEL KARMA (MICRORRELATO)



O río levaba uns ollos...

Álvaro Cunqueiro

El río arrastraba ojos fríos como la Muerte, cuya mirada cruel revivió recuerdos sepultados en los abismos de mi alma. En otra vida fui un gran guerrero y serví con mi espada a los reyes atlantes, soberanos de tierras más antiguas que el Tiempo. También viajé a las lóbregas junglas de Lemuria, habitadas por hombres que bramaban como bestias y por bestias que caminaban como hombres. Allí encontré un santuario misterioso, donde viejos dioses dormían su sueño eterno bajo los cimientos de criptas olvidadas. La bella sacerdotisa que custodiaba sus aras prefirió arrojarse al río antes que rendirse ante mi espada. Las aguas engulleron su carne, pero el último resplandor de sus pupilas me infligió una herida inmortal en el corazón. ¡Por muchas vidas que viva, jamás podré huir de sus ojos!

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

EL BAKENEKO (MICRORRELATO)

 

A mediados del siglo XIX tuvieron lugar en Hokkaido unos misteriosos asesinatos, que las gentes sencillas atribuyeron al Bakeneko, el gato-vampiro de las leyendas japonesas. Los cadáveres de varios hombres habían aparecido tendidos sobre charcos de sangre, con heridas en el cuello semejantes a las que podrían infligir los colmillos de una fiera. También las huellas que se veían cerca de los cadáveres parecían pertenecer a un enorme felino de especie desconocida. Entonces la sacerdotisa del santuario local decidió contratar a un ronin (samurái sin amo) llamado Yosuke Takeda, para que investigara el caso.
Cuando llegó al escenario del último crimen, Takeda examinó las huellas del Bakeneko, aún bien visibles sobre la capa de nieve que cubría el suelo. Examinando la distinta profundidad de algunas pisadas respecto a otras, Takeda dedujo que el Bakeneko no mataba al azar, sino que aguardaba pacientemente a sus víctimas, oculto entre los árboles. El rastro desaparecía súbitamente en la orilla de un río cercano, como si el monstruo se hubiera marchado volando. Pero el ronin tenía otras ideas:
-Toda esa leyenda del Bakeneko no es más que una estúpida superstición. Es evidente que el asesino huyó caminando sobre la superficie helada del río, donde sus huellas no quedaron marcadas. Pero un animal de gran tamaño o un hombre adulto no se atreverían a correr ese riesgo, pues el hielo no aguantaría el peso de un cuerpo voluminoso. Por otra parte, un niño nunca habría podido cometer esos crímenes, que son propios de un asesino experto. Entonces el homicida solo puede ser una mujer. Y, por lo que sé, la única muchacha de la aldea que tiene conocimientos de artes marciales es…
Cuando Takeda llegó al santuario local, no encontró a la sacerdotisa, pero sí una bolsa llena de monedas de oro, debajo de la cual había un mensaje para él:
“Honorable Takeda-sano, si está leyendo estas líneas es que ya sabe que yo soy el Bakeneko. En tal caso, usted merece su paga, igual que todas mis víctimas merecían morir por haber abusado de mí cuando era una niña pobre e indefensa. Enhorabuena y hasta nunca”.
Junto a la bolsa, Takeda vio unos guantes armados con cuchillas y unas botas de suela especial, preparadas para producir, respectivamente, heridas y huellas como las que hubiera dejado un gato gigante. Nunca más volvió a saberse de la sacerdotisa.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

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