EL SUEÑO DE BRAIS

 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Una noche el pequeño Brais soñó que era un explorador y que encontraba en medio de la selva un enorme dinosaurio carnívoro, que empezó a perseguirlo con malas intenciones. Pronto se despertó en su cuarto, pero al abrir los ojos se llevó una desagradable sorpresa: como en el cuento de Augusto Monterroso, el dinosaurio “todavía estaba allí”, al lado de su cama. Por suerte, debía de ser uno de esos dinosaurios que solo pueden ver a sus presas mientras se mueven, gracias a lo cual el niño consiguió despistarlo permaneciendo completamente inmóvil en su cama. Claro que no podía seguir así toda la vida, porque antes o después tendría que levantarse para ir al colegio. Y entonces…

A pesar de estar aterrorizado, Brais tuvo suficiente ánimo para pensar que aquello no podía estar sucediendo de verdad, pues era imposible que hubiera un dinosaurio vivo en su ciudad. Y tampoco era verosímil que un animal tan grande hubiera conseguido colarse en su cuarto, siendo la puerta y las ventanas demasiado estrechas para un cuerpo como el suyo. Brais llegó a la conclusión de que al salir de su sueño anterior no había vuelto a la realidad, sino que había caído en otro sueño distinto. Así que cerró los ojos y se dijo muchas veces “quiero despertar de verdad, no quiero seguir soñando”, hasta que por fin dejó de sentir la amenzante proximidad del dinosaurio. Entonces, considerándose completamente despierto, se atrevió a abrir los ojos y vio que, efectivamente, el dinosaurio ya no estaba allí. Pero lo malo es que tampoco estaban ni su cuarto, ni su casa, ni su familia, ni su ciudad, ni apenas él mismo... A su alrededor todo era un vacío absoluto, una nada oscura y desoladora en la cual él solo era una fantasma sin cuerpo ni nombre. Entonces comprendió que toda su vida anterior, su mundo y su “realidad” nunca habían sido nada más que otros tantos sueños. Asustado por aquella terrible revelación, optó por cerrar los ojos de nuevo y recuperar aquellos sueños consoladores en los cuales él era un niño de carne y hueso. Esa ilusión le parecía preferible a saberse un espíritu perdido en medio de la nada, aunque en sus sueños tuviese que aguantar los caprichos de su hermana imaginaria y, de vez en cuando, algún dinosaurio consiguiera colarse en su cuarto.


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