Cuando empecé a trabajar como profesor de secundaria, tuve
que hacer una sustitución de pocos días en un instituto rural, lejos de mi
ciudad natal. Como nunca se me ha dado bien conducir, tuve que alquilar una
habitación en un hostal del pueblo, con lo cual apenas obtuve beneficios
económicos de aquel trabajo. Pero eso no fue lo peor.
Durante la quincena escasa que estuve allí, me llamó la
atención una niña algo extraña, que se llamaba Ánxela y no era oriunda de la
villa. Había llegado allí poco antes que yo, acompañada únicamente por su
madre, quien daba clases en el colegio de primaria. Según pude averiguar, ambas vivían completamente solas en una casita de las afueras. Nadie sabía de dónde
venían ni quién era el padre de Ánxela. Esta, a pesar de ser una chica guapa y
estudiosa, no parecía muy popular en su clase, pues apenas hablaba con nadie y
casi siempre tenía la cara triste. Tampoco es que sufriera acoso por parte de
sus compañeros: estos simplemente ignoraban su existencia y casi nunca se
acercaban a ella, como si le tuvieran un poco de miedo.
Hablando de miedo, descubrí que cerca de la villa había
una casa abandonada que tenía fama de estar embrujada. Según una leyenda urbana
que circulaba entre mis alumnos, nadie debía entrar allí durante la noche y, si
lo hacía, no podía quedarse a oscuras. Por supuesto, yo no me tomaba en serio
esas supersticiones, pero, como siempre he sido muy proclive a eso que Poe
llamaba “el espíritu de la perversidad” (otros lo llamarían “estupidez”),
durante mi última noche en la villa decidí acercarme a la casa embrujada para poner
a prueba mi dudosa valentía.
Penetré en el lúgubre interior del edificio, apagué la
linterna del móvil y permanecí inmóvil durante algún tiempo, sumido en la más absoluta
oscuridad. Durante algunos segundos no percibí nada, pero de repente sucedió
algo… que no puedo describir exactamente. Quizás solo fue una broma pesada de
mi propia mente, alguna forma de autosugestión, un murciélago o una lechuza que
pasó volando cerca de mi cabeza… Solo sé que me asusté y que salí corriendo del
edificio, sin acordarme ni siquiera de encender la linterna. Cuando ya estaba
llegando a la puerta, choqué con alguien de carne y hueso, que cayó al suelo y
emitió un lamento de dolor. La fantasmal luz lunar que se colaba por la puerta
me permitió distinguir a mi alumna Ánxela. La ayudé a levantarse y le pregunté
si estaba bien. Ella se sacudió el polvo de la ropa y me dijo que no había sido
casi nada, dejando aparte el susto.
—No estoy acostumbrada a ver gente en esta casa, a
pesar de que vengo casi todas las noches. Siempre les traigo un poco de comida
a unos gatitos que viven en el desván. Son los únicos amigos que tengo en este
pueblo.
—¿Y te atreves a entrar aquí solo, sin traer ni
siquiera una linterna? ¿Es que no le tienes miedo… a la oscuridad?
Ánxela sonrió por primera vez de que la conocía y me
dijo:
—Eso para mí no existe. Yo puedo ver de noche.
Entonces advertí que sus ojos brillaban en las
tinieblas como los de un lobo.
Al día siguiente me marché de la villa. No me gustaría
volver a esa casa embrujada, pero creo que pasar allí una noche entera no me
daría tanto miedo como saber quién (o qué) era el padre de Ánxela.

No hay comentarios:
Publicar un comentario