Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Ni yo mismo podría explicar qué me llevó a interesarme por el caso del profesor Gabriel Hernando, aquel apacible erudito que un buen día (es un decir) raptó y torturó hasta la muerte a una niña de nueve años a la que ni siquiera conocía. Teniendo en cuenta la personalidad del agresor, que hasta entonces había llevado una pacífica y retraída, se concluyó que había sufrido un súbito ataque de locura. También contribuyeron a sembrar dudas sobre su salud mental las extrañas palabras que escribió antes de suicidarse en la celda donde se hallaba recluido:
“Engañado por las falsas seducciones del Libro Oscuro, permití que la maldad entrara en mi alma, pensando que ella me abriría las puertas del Poder y del Conocimiento supremos. Pero nadie más volverá a caer en la trampa que me ha arrojado al Infierno. Ahora el Libro reposa allí donde, como dice el profeta Isaías de la condenada Babilonia, Lilit hallará su refugio”.
Aparentemente, solo yo he intentado darles una interpretación coherente a esas enigmáticas líneas y creo que, tras no pocas cavilaciones, lo he conseguido. Lilit (mencionada en Isaías XXXIV, 14) era un demonio-vampiro de la mitología hebrea. Sin duda, los vampiros son seres legendarios, pero frecuentemente se han asociado a los murciélagos, a causa de los hábitos hematófagos de algunos quirópteros sudamericanos. Entonces recordé que cerca de la ciudad donde vivía Hernando se halla una cueva de gran profundidad, en cuyas entrañas vive la mayor colonia de murciélagos de todo el país. Aunque se trata de un lugar muy conocido, apenas recibe visitantes, no solo porque se encuentra en una ladera de difícil acceso, sino también porque la acumulación de guano hace el ambiente casi irrespirable. Todo eso hace de dicha gruta un buen sitio para ocultar algo.
Dispuesto a probar la veracidad de mis conjeturas, me hice con el equipo adecuado para una expedición espeleológica y, tras no pocas dificultades, encontré en las entrañas de la tierra un vetuso volumen de tapas negras, sin duda el “Libro Oscuro” mencionado por el difunto profesor Hernando. Para mi sorpresa, se trataba de un ejemplar íntegro (quizás el único que quedaba en el mundo) del siniestro Necronomicón, redactado en latín e impreso clandestinamente en Toledo a mediados del siglo XVII. Como domino perfectamente la lengua de Virgilio, no tardé en sumergirme con verdadera pasión de bibliófilo en las enrevesadas líneas de aquel libro diabólico, acaso el tratado de magia negra más temido de todos los tiempos. Su versión original había sido redactada en árabe en la época de la dinastía Omeya y durante siglos había circulado en copias manuscritas, pese a que su lectura había sido terminantemente prohibida por las autoridades religiosas cristinanas e islámicas.
Me bastó con leer un par de páginas para comprender por qué el profesor Hernando había matado a la niña. Seguramente, él no era un sádico pro naturaleza, pero esperaba obtener algo realmente grande a cambio de su crimen. El Libro Oscuro demostraba, con argumentos irrefutables, que la verdadera esencia del universo es el Mal y que no hay nada, ni en el cosmos ni en el alma humana, que no tenga como base la pura maldad. Por el contrario, aquellas cosas que nosotros consideramos fuente de vida, como el amor o la felicidad, apenas tienen importancia en el verdadero esquema de las cosas. De hecho, apenas existen, solo son finísimas películas de grasa flotando sobre un tenebroso océano de profundidad inconmensurable, efímeros chispazos de luz que alteran durante un instante la negrura de una noche eterna y luego se desvanecen para siempre… Como consecuencia de todo ello, el hombre sabio es aquel que renuncia a las falsas ilusiones heredadas del pasado y une su alma a la Fuerza Primordial del Universo, la Maldad Absoluta, que a cambio le otorgará poderes y conocimientos más allá de cualquier límite. Sin duda, el profesor Hernando sacrificó a su víctima con la esperanza de obtener como recompensa tales dones prohibidos. Pero, si ello es así, ¿por qué no recibió el premio que aguardaba?
Entonces reflexioné y hallé la respuesta que necesitaba: como ya he dicho antes, el difunto profesor había asesinado a una niña a la que ni siquiera conocía. Aquel fue su error, el error fatal que deslegitimó su sacrificio y le impidió acceder a la suprema sabiduría del Infierno. Dice Jesús en el Evangelio de San Mateo: “Amad a vuestros enemigos. (…) Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? (…) Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?” Y del mismo modo el Mal, que, siendo más real que el Bien, no puede ser menos exigente, dice: “Dañad a vuestros amigos. Pues si dañáis a los que os ignoran, ¿qué recompensa tendréis? Y si herís sólo a vuestros enemigos, ¿qué hacéis de más?” Por tanto, llevar el miedo y la muerte a personas desconocidas, como hizo el difunto Hernando, carece de todo mérito. Es necesario atormentar a nuestros padres, hijos o hermanos, pues solo así se pueden alcanzar las supremas cumbres del Pecado y los dones correspondientes.
O eso era lo que pensaba tras terminar la lectura del libro.
En este momento, lejos de haber obtenido ningún don, me hallo encerrado en una cárcel pestilente, como consecuencia de todas las atrocidades que he cometido contra mi propia familia. Hubiera podido huir, pero finalmente la desesperación, más bien que los remordimientos, me impulsó a entregarme en la comisaría y admitir lo que había hecho sin ocultar el menor detalle. No sé si estoy realmente arrepentido, pero sí sé que estoy frustrado hasta el extremo de que la vida se me ha hecho insoportable. Y todo ello se debe a que, pese a haber sobrepasado los límites extremos de la maldad, sigo siendo un miserable mortal, ni más sabio ni más poderoso que antes. Alguien podría pensar que cometí un error al interpretar las enseñanzas del Libro, pero estoy seguro de que no fue así. Mi idea era correcta, lo que falló fue su aplicación práctica. Para ser sabio y poderoso debía, efectivamente, dañar a mis seres queridos, pero me olvidé de un pequeño detalle: si realmente los quisiera, nunca los habría dañado y, si los he dañado, es que en el fondo no los quería lo suficiente como para que mi sacrificio fuera meritorio. Hallándome completamente desengañado y viéndome incapaz de alcanzar la sabiduría que tanto anhelaba, creo que imitaré al pobre Hernando y seguiré sus pasos hacia el Infierno donde arden los suicidas. Es una locura prolongar una vida que ha perdido su sentido y quizás, después de todo, no haya más sabiduría que esa.

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