Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Siempre he sido lo que se suele llamar una buena persona, aunque hoy, a causa de una serie de infaustas casualidades, he tenido un día más ajetreado de lo normal.
Esta mañana visité una tienda de libros viejos, donde tuve la suerte de encontrar un valioso manual de magia negra. El librero, que debía de ser un auténtico ignorante, me permitió llevármelo por un precio irrisorio.
Desgraciadamente, mi suerte no tardó en torcerse. Apenas había llegado a mi casa cuando alguien llamó al timbre. El inoportuno visitante era un completo desconocido, que, una vez abierta la puerta, me soltó estas palabras sin más preámbulos:
—Me consta que usted acaba de adquirir cierto libro que yo llevaba años buscando. Quiso mi mala suerte que usted se me adelantase, pero, como suele decirse, todo tiene remedio salvo la muerte. Si me entrega ahora mismo el libro, le entregaré el triple de lo que ha pagado por él.
—¿Y si no quiero vendérselo?
—Puedo aumentar la oferta. Por otra parte, debería saber que hay otras personas dispuestas a obtener ese libro... y no todas son tan razonables como yo.
—No se trata de dinero. Y le aseguro que sé cómo tratar a entrometidos como usted o esos señores de los que habla.
—Bien, me temo que tendré que emplear métodos más convincentes.
El desconocido extrajo una pequeña pistola de su bolsillo y me apuntó con ella, pero en ese preciso instante llegó del colegio mi hija Raquel, quien, sin percatarse del peligro que corríamos, me saludó alegremente. Su saludo hizo que mi adversario bajara la guardia durante un instante y yo aproveché su distracción para arrebatarle el arma. Esta se disparó durante la refriega, provocando la muerte inmediata del intruso. Pero su eliminación no mejoró demasiado mi situación, pues ante los ojos de vecinos y viandantes (que habían oído el disparo y visto morir al desconocido, pero ignoraban que él me había amenazado previamente), yo parecía un asesino que acababa de matar a un pobre hombre a sangre fría.
Sabiendo que pronto vendría la policía, entré rápidamente en casa con Raquel y, tras darle ciertas instrucciones, le dije que bajase al sótano con el dichoso libro en sus manos.
Pocos minutos después la policía acordonó la casa y me amenazó con entrar por la fuerza si no me entregaba. Pero yo no podía abandonar la casa y, por otra parte, debía ganar tiempo para que Raquel pudiera cumplir su misión. No me quedó más remedio que disparar desde la ventana del ático contra los agentes, causándoles serias heridas a algunos de ellos.
Los demás policías, viendo que yo no estaba dispuesto a rendirme, se prepararon para un asalto más contundente, que sin duda hubiera supuesto mi arresto o quizás mi muerte, de no ser porque entonces la tierra empezó a temblar como si un seísmo azotara la ciudad. El suelo se quebró, formándose profundas grietas de las que surgieron tentáculos inmensos, más semejantes a serpientes gigantes que a los brazos de un pulpo. Aquellas monstruosidades aplastaron los vehículos de los policías, destrozaron los edificios del vecindario y provocaron numerosas muertes, pero ni siquiera se acercaron a mi casa, pues yo, en previsión de semejantes eventualidades, había protegido mi hogar con una estrella protectora de cinco puntas (motivo por el cual no podía permitir que los policías me llevasen a comisaría).
Mientras el monstruo proseguía su masacre por otros barrios de la ciudad, bajé al sótano, donde felicité a Raquel por el éxito de su misión, que consistía en usar un ensalmo del libro para invocar a aquella abominación lovecraftiana, mientras yo entretenía a los policías con mis disparos. Ahora solo nos quedaba buscar otro hechizo, lo cual nos llevó bastante tiempo, durante el cual aquella cosa sin duda tuvo tiempo de provocar cientos o quizás miles de muertes. Pero finalmente conseguimos nuestro objetivo: con un nuevo ensalmo le dimos marcha atrás al tiempo, hasta el momento en el cual el intruso llamó al timbre de mi puerta. En esta ocasión no quise discutir con él y le conté un embuste sobre un ladrón con el rostro encapuchado, que supuestamente me había robado el libro al salir de la librería. El muy tonto se lo creyó y se fue con el rostro compungido, con lo cual el resto del día transcurrió sin nuevos (ni viejos) incidentes.
Aun así, me pesa en el alma haber tenido que mentir, pues a fin de cuentas soy una buena persona, por si ya estabas empezando a dudarlo.

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