RUIDO DE HUESOS (ROBERT ERVIN HOWARD)

 


Texto: Robert Ervin Howard. Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

"¡Dueño, abrid!"
El grito rompió el silencio del lugar y resonó a través del sombrío bosque con ecos siniestros.
"Este sitio tiene un aspecto que asusta."
Dos hombres se habían detenido frente a la taberna del bosque. La puerta estaba cerrada y las ventanas protegidas con barrotes. Sobre la puerta se distinguía el dibujo de un cráneo hendido.
Un hombre de rostro barbudo abrió la puerta e invitó a los recién llegados a entrar, con un gesto poco amigable. Una vela sobre la mesa y el fuego de la chimenea iluminaban el interior.
"¿Vuestros nombres?"
"Solomon Kane," dijo el hombre más alto.
"Gaston l'Armon," dijo el otro, “pero eso no os concierne.”
"Los visitantes no vienen a menudo por este bosque," gruñó el tabernero, "pero los bandidos sí. Siéntense en esa mesa y les traeré algo para cenar."
Los dos hombres se sentaron. Uno de ellos era un individuo alto y de oscuros ropajes, que resaltaban la palidez de su rostro. El otro ofrecía un atuendo mucho más ostentoso y sus ojos no se cansaban de mirar.
El tabernero trajo algo de vino y luego permaneció inmóvil en un rincón sombrío. La barba casi ocultaba enteramente su rostro y sus ojos rojizos no dejaban de vigilar a los huéspedes. El más joven de ambos le preguntó:
"¿Quién sois?"
"Soy el dueño de la Taberna del Cráneo Hendido.”
"¿Tenéis muchos huéspedes?"
"Pocos vienen dos veces.”
Kane miró al tabernero y se preguntó si había algún significado siniestro detrás de aquella respuesta. Luego dijo:
“Voy a acostarme. Mañana debo madrugar para proseguir mi viaje.”
"Y yo," añadió el francés. "Tabernero, mostradnos nuestros dormitorios."
El tabernero los guio hasta una puerta, indicando que debían pasar la noche en aquella alcoba. Luego se fue, tras encender una vela dentro del cuarto. Allí solo había dos camastros, unas sillas y una mesa. Kane dijo:
“Cerremos bien la puerta. No me gusta el aspecto de nuestro tabernero.”
Gaston dijo:
“Pero no tenemos ninguna barra para bloquear la cerradura.”
“Podemos romper una pata de la mesa y usarla como barra.”
"Mon Dieu!," dijo l'Armon, "sois un hombre miedoso, Monsieur."
“No me gustaría que me asesinaran mientras duermo.”
“Eso me recuerda que no nos conocíamos hasta que este atardecer coincidimos en nuestro camino."
Kane contestó:
“Yo creo haberos visto anteriormente, aunque ahora no recuerdo dónde. Por lo demás, creo que todo hombre es honrado hasta que me demuestra lo contrario. Además, tengo el sueño ligero y duermo con una pistola al alcance de la mano.”
El francés se rio.
“Me extraña que seáis capaz de dormir junto a un desconocido. Bueno, busquemos alguna barra para bloquear la puerta.”
Tomaron la vela y salieron al pasillo, entre sombras siniestras.
Solomon Kane murmuró:
“¡Una extraña taberna, sin más huéspedes ni criados! ¿Cuál era su nombre? ¿El Cráneo Hendido? ¡Repulsivo nombre, a fe mía!”
Registraron varias habitaciones sin encontrar lo que buscaban. Cuando llegaron a la última encontraron señales de lucha. Kane dijo sombríamente:
“Aquí ha muerto gente. Intentad arrancar esa barra de la pared.”
Cuando el francés tocó la barra, una parte de la pared se deslizó a un lado, mostrando la entrada a un pequeño cuarto secreto. Gaston emitió una exclamación y ambos hombres vieron lo que había sobre el suelo.
"¡El esqueleto de un hombre!" dijo Gaston. "Y su pierna está encadenada a la pared. Ese hombre estuvo preso ahí hasta la muerte.”
"Esto explica el nombre de esta taberna. Quizás ese hombre fue un viajero que cayó en manos de nuestro tabernero."
Gaston dijo, sin demasiado interés:
"Seguramente, pero no entiendo por qué mantiene el esqueleto encadenado a la pared. Voy a liberaros, Monsieur Esqueleto.”
Dicho esto, el francés cortó la cadena con su espada. Kane protestó:
"¡No es bueno que os moféis de los muertos!"
Gaston se rio:
“¡Que los muertos se defiendan a sí mismos! Si alguien me matara, yo sería capaz de hacer cualquier cosa para vengarme desde la tumba.”
Kane se volvió hacia la puerta del cuarto. Estaba harto de aquella cháchara impía y solo pensaba en pedirle cuentas al tabernero de sus crímenes. Pero entonces sintió el frío del acero en su nuca y adivinó que lo estaban apuntando con el cañón de una pistola.
Gaston le dijo:
“No hagáis locuras, Monsieur, si no queréis que os reviente vuestros escasos sesos.”
Tras arrebatarle sus armas, el francés se alejó de él y entonces le dio permiso para volverse.
Kane lo miró y le dijo:
"¡Sois Gaston el Carnicero! He sido un necio al confiar en vos. Ahora recuerdo haberos visto una vez en Calais con ese mismo sombrero. Habéis llegado muy lejos, bandido."
“No volveremos a encontrarnos. ¿Qué es ese ruido?”
"Las ratas están jugando con los huesos del esqueleto."
“Bien. Sé que lleváis dinero con vos, Monsieur. Mi idea era mataros mientras dormíais, pero ya no es necesario esperar tanto.”
"No pensé que debía desconfiar de un hombre con el cual he compartido el pan.”
El bandido rio de nuevo y dijo:
“No os daré tiempo para defenderos, Monsieur. Así el tabernero tendrá otro cadáver para su colección, si es que no lo mato también a él.”
Mientras hablaba, Gaston le había dado la espalda a la puerta del cuarto. Entonces apareció el tabernero, que mató al francés rápidamente, propinándole un hachazo en la cabeza. Kane intentó reaccionar, pero el tabernero lo encañonó con una larga pistola que sostenía en su mano izquierda. Le ordenó retroceder y el inglés se estremeció cuando distinguió los ojos insanos de aquel hombre, en los cuales parecía haber algo salvaje. Sin duda, suponía una amenaza mayor que el mismo Gaston. Le oyó decir:
“Ahora vuestro oro será mío. Aunque lo que más deseo es la venganza.”
Kane replicó:
“Yo no soy vuestro enemigo.”
"¡Todos los hombres son mis enemigos! Mirad en mí las marcas de las cadenas y del látigo. Pasé muchos años encerrado en una celda por un delito que no había cometido.”
Kane no dijo nada. Había oído hablar de personas enloquecidas por los horrores de las cárceles europeas. El tabernero prosiguió:
“¡Pero conseguí huir! Desde entonces hago la guerra a todos los hombres desde aquí. Oigo resonar los huesos del hechicero. Mientras moría, juró que se vengaría de mí, pero yo descarné su cadáver y lo encadené a la pared. Todas las noches ansía huir de su prisión para vagar por los pasillos de la taberna, como la misma Muerte, y asesinarme mientras duermo.”
Kane se estremeció, pues creyó oír un sonido extraño, como si el esqueleto del cuarto secreto se hubiera movido.
El tabernero siguió hablando de forma incoherente, como corresponde a un maníaco:
"¡Todos los hombres son mis enemigos!" ¿Quién me ayudó mientras estuve preso en una celda de la ciudad? Allí algo le pasó a mi cerebro y entonces me convertí en un lobo, como esos que vagan por las soledades de la Selva Negra. Esos hermanos míos se han comido a todas las personas que he matado, salvo a ese mago procedente de Rusia. Todas las noches resucita para vengarse de mí y yo no puedo matar a un muerto. Por eso tuve que encadenarlo. Su magia no lo salvó de mí cuando lo maté, pero es sabido que un hechicero muerto es más peligroso que uno vivo. ¡No te muevas, inglés! Pronto tus huesos le harán compañía.”
El maníaco se había acercado a la puerta de la habitación secreta. Entonces algo lo empujó hacia su interior, mientras una ráfaga de viento apagaba la vela. Kane aprovechó aquella oportunidad para recuperar su pistola. Encendió nuevamente la vela y echó un vistazo al interior de aquel cuarto secreto. Entonces murmuró, mientras un sudor frío recorría su frente:
"¡Dios mío! Lo que estoy viendo sobrepasa lo racional. Esta noche se han cumplido dos venganzas de ultratumba. Gaston fue quien cortó la cadena que sujetaba al esqueleto. Y este también cumplió su venganza.
El tabernero yacía inerte sobre el suelo del cuarto secreto, con su horrible rostro desfigurado por un miedo terrible y el cuello roto por los dedos del esqueleto.

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