LA SOMBRA DEL MAL (cuento)

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay-Kimut.

Aunque Nerea no es la protagonista de esta historia, conviene que digamos un par de cosas sobre ella: cuando sucedieron los hechos vamos a relatar, era una atractiva adolescente que soñaba con ser actriz de cine. Un día, poco después de que hubiera cumplido los dieciocho años, su amiga Vera la abordó al salir del instituto donde ambas estudiaban bachillerato y le dijo en tono confidencial:

Le he hablado de ti a un amigo mío, que es fotógrafo profesional y trabaja para una revista de moda muy conocida. Me dijo que le gustaría hacerte algunas fotos y, si queda contento con el resultado, podría recomendarte para trabajar como modelo.

Suena bien, pero ya sabes que a mí lo que me gusta es actuar.

Sí, lo sé. Pero eso te ayudaría a saltar al cine. Hoy en día casi todas las actrices jóvenes proceden del mundo de la moda, más aún que del teatro.

A Nerea se le encendieron los ojos al oír estas palabras, pero luego suspiró y dijo con voz triste:

Estaría genial, pero no creo que mis padres me dejen. Nunca han tenido muy clara la diferencia entre una agencia de modelos y una red de trata de blancas.

Ahora eres mayor de edad, así que ya no necesitas su permiso.

Da igual. Para ellos seré menor de edad hasta que gane mi propio dinero.

Precisamente de eso se trata, de que empieces a ganar dinero. Si te parece bien, el próximo sábado te llevo con mi amigo. Y a tus padres no les digas nada, ¿vale?

Vale, Vera. Muchas gracias por todo.

Aquel sábado Nerea salió de su casa a primera hora de la mañana, tras decirles a sus padres que había quedado con una amiga para practicar footing, aunque debajo del chándal llevaba puesto su bikini más atrevido.

Vera la aguardaba cerca y, tras una breve caminata, ambas llegaron a su destino. Se trataba de un edificio bastante moderno, perteneciente a la compañía de la poderosa familia Vázquez, la cual había instalado unas oficinas en la primera planta. Sin embargo, los fines de semana aquellas oficinas estaban cerradas y a simple vista el resto del edificio parecía deshabitado, pues no había ninguna ventana abierta. Vera, que tenía las llaves, le dijo a Nerea:

Mi amigo le alquiló su piso a la Compañía Vázquez y casi siempre tiene las ventanas cerradas, porque dice que trabaja mejor con luz artificial.

Yo pensaba que haríamos las fotos en las oficinas de la revista.

Bueno, esa era la idea original. Pero anoche él me envió un mensaje, para decirme que prefería hacerte las fotos en su propio estudio... por el fondo y cosas así.

Cuando entraron en el piso del fotógrafo, Nerea descubrió, sorprendida, que allí la oscuridad era casi absoluta, salvo por el lúgubre resplandor de unos viejos candelabros. No solo estaban cerradas todas las ventanas, sino que la luz eléctrica estaba apagada. La muchacha, vagamente asustada, miró hacia atrás, solo para descubrir que Vera había cerrado la puerta con llave.

Entonces una sombra siniestra, en cuyo oscuro rostro solo se distinguían dos pupilas brillantes como las de una fiera salvaje, surgió de las tinieblas y se encaminó, lenta pero inexorablemente, hacia la aterrorizada Nerea. Cuando la muchacha comprendió que había caído en una trampa, intentó gritar, pero Vera le tapó la boca y le susurró con voz maliciosa:

Tranquila, guapa, él solo quiere tu sangre. Ser mordida por un vampiro es más romántico que enseñarle tu cuerpo a un fotógrafo pervertido, ¿no te parece?

Pero entonces la puerta del piso se abrió estrepitosamente, derribada por una fuerza incontenible, e hizo su aparición un muchacho pálido y desarrapado, que agarró a Vera y la separó de Nerea sin muchos miramientos. Luego le dijo a esta última con tono imperioso:

¡Vete de aquí deprisa!

Nerea no necesitó que le repitieran la orden de marcharse y bajó corriendo las escaleras, saliendo rápidamente del edificio y de esta historia, mientras su misterioso salvador se quedaba en el piso, atrapado entre el monstruo de la oscuridad y Vera, que había sacado una pistola del bolsillo y le bloqueaba la salida. Pese a estar atrapado, el muchacho no mostró ningún temor y dijo tranquilamente:

Ni siquiera habéis intentado retener a la chica. Ella solo era un cebo para atraerme, ¿verdad? Supongo que esto es cosa de mi madre. A nadie más se le ocurriría resucitar a un vampiro para atraparme. Ni tampoco convertir a una adolescente como tú en una sicaria.

Vera sonrió y dijo:

Eso es cierto, Ruy. Sabemos que tu sexto sentido te dice dónde hay una persona inocente en apuros y que, siendo un estúpido romántico, siempre acudes al rescate de los necesitados. Pero en esta ocasión eres tú quien necesita ayuda. Ni siquiera tu fuerza puede dañar al vampiro, pues su única debilidad es la luz solar. La luz eléctrica le causa algunas molestias y por eso la mantiene apagada, pero eso no tiene mucha importancia.

Entonces fue Ruy el que sonrió y dijo:

Deberías saber que este edificio tiene paneles solares en la azotea. Toda su energía eléctrica procede del Sol y, por tanto, puede hacerle tanto daño a un vampiro como la misma luz solar.

Durante un instante Vera pareció turbada, pero luego recobró el aplomo y dijo:

¡Quieres engañarme! Siendo tu madre la dueña de media ciudad, no iba a mandarnos venir precisamente a un edificio donde el vampiro es vulnerable.

Mientras Vera seguía hablando, Ruy, con un movimiento tan rápido que ni siquiera el vampiro pudo detenerlo, golpeó el interruptor de la luz. Cuando aquella energía procedente del Sol se derramó sobre la piel del monstruo, este empezó a arder y las llamas se extendieron rápidamente por todo el piso, amenazando con incinerar el edificio entero. Vera disparó sobre Ruy, pero, cegada por el rápido tránsito de una oscuridad casi absoluta al intenso resplandor de las llamas, falló todos los disparos. El muchacho, que había cerrado los ojos, la localizó por el palpitar de su corazón, le arrebató su arma y la golpeó en el rostro, dejándola sin sentido. Luego la agarró y huyó con ella del edificio, segundos antes de que este se convirtiera en una enorme hoguera.

Cuando los dos estuvieron a salvo, Ruy depositó a Vera sobre el césped del jardín y esperó a que recobrase el sentido. Reanimada por la brisa fresca de la mañana, la joven abrió los ojos y le dijo a su salvador:

Veo que me has salvado la vida, a pesar de que te había tendido una emboscada. No me gusta dar las gracias, pero supongo que debería hacerlo.

No hace falta. Me conformo con que desde ahora me dejes en paz.

¡Qué remedio! Tu madre no volverá a confiarme ninguna misión. Aunque en realidad fue culpa suya, por ordenarme que te tendiera la emboscada precisamente aquí, donde el vampiro podía ser destruido.

Eso no fue culpa suya, sino mía.

Ruy sacó del bolsillo un teléfono móvil de última generación y se lo mostró a Vera, quien dijo sorprendida:

¡Ese es el móvil de tu madre! Tú se lo quitaste y lo usaste para convocarnos aquí al vampiro y a mí. O sea, que en realidad fuimos nosotros los que caímos en tu trampa.

En efecto. Mi madre siempre ha subestimado mi sexto sentido. Por eso no se le ocurrió pensar en algo obvio: esa extraña facultad a la que llamo “la sombra del mal” no solo me avisa cuando otras personas corren peligro, sino también cuando soy yo mismo el amenazado. Supe a tiempo que mi madre estaba tramado algo para atraparme, así que esta madrugada volví a casa, entré en su cuarto y le robé el móvil. El mensaje que recibiste con las instrucciones de la emboscada te lo envié yo mismo.

¿Y cómo sabías con quién debías contactar? Maite no te lo habrá dicho voluntariamente. Y supongo que alguien como tú nunca sería capaz de torturar a su propia madre, por muy malvada que sea.

En efecto, yo jamás podría lastimar el cuerpo del que nací. Pero no me importa hacerle chantaje. La amenacé con destruir su preciosa colección de libros de ocultismo si no me decía todo lo que quería saber. Ahora debo irme. Por cierto, yo de ti también me iría de la ciudad antes de que tu examiga te denuncie por agresión, si es que no lo ha hecho ya.

Dicho esto, Ruy se fue antes de que llegaran los bomberos.

Cuando la doncella de Maite Vázquez entró en el cuarto de su señora, para comunicarle que un edificio de su propiedad había sido destruido por un incendio, la encontró atada y amordazada, tal como Ruy la había dejado la noche anterior. Era la primera vez que madre e hijo se veían desde que Ruy había huido de casa varios meses antes, tras descubrir que era hijo de un demonio y que su madre pretendía usar sus poderes con fines perversos. Pero no todos los reencuentros familiares son particularmente cordiales.

 

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