TEXTO: JAVIER FONTENLA. IMAGEN: PIXABAY.
Abner Grey llevaba una vida apacible en un pequeño pueblo canadiense, hasta que empezó a obsesionarse con la hija de sus vecinos, una hermosa adolescente llamada Amanda Collins. El rapto se llevó a cabo fácilmente. Una tarde, cuando Amanda salió del instituto, Abner se ofreció a llevarla a casa en su coche y ella aceptó encantada su oferta, pues estaba lloviendo a mares. No hubo testigos.
Un par de horas después, Amanda se hallaba encerrada en el sótano de una casa situada en medio del bosque, a gran distancia del pueblo más próximo. Cuando Abner abrió la puerta del sótano para llevarle la cena a su prisionera, esta consiguió zafarse de él y huir al bosque. Pero a la mañana siguiente, mientras la muchacha vagaba sin rumbo por las colinas, su captor, que llevaba horas buscándola, la encontró y volvió a capturarla, sin que la muchacha se atreviera a oponer resistencia. Abner la llevó de vuelta a la cabaña, pero esta vez no la encerró en el sótano, sino que la obligó a tumbarse sobre el sofá de la sala y la ató concienzudamente. Pero, mientras le amarraba las manos, tocó un objeto duro y frío que la chica llevaba en uno de sus bolsillos. Su sorpresa fue enorme al comprobar que se trataba de un diamante finamente tallado, cuyo valor debía de ser inmenso. Él había sido dependiente en una joyería y sabía reconocer un diamante legítimo cuando lo veía. Le preguntó a su prisionera dónde había encontrado aquella joya y Amanda, tras un instante de duda, balbuceó:
—Lo encontré en la cueva donde pasé la noche. Había muchos más, pero yo solo me llevé este.
—¿Y dónde está esa cueva? Dímelo y te juro que no te haré daño, ni ahora ni nunca.
—En lo alto de una colina cubierta de nieve. Cerca de la entrada hay un árbol seco.
Entonces Abner recordó haber pasado varias veces cerca de aquella cueva durante sus expediciones cinegéticas por las colinas, aunque nunca había penetrado en ella. De hecho, por lo que él sabía, nadie entraba nunca en aquella cueva, pues se decía que estaba maldita. Abner ignoraba cómo habían llegado allí aquellos diamantes, pero estaba decidido a apoderarse de todos ellos lo antes posible, así que se fue a la cueva, dejando a Amanda atada sobre el sofá de la sala. Tan absorto estaba con la idea de su inminente riqueza que ni se percató de que había dejado abierta la puerta del vestíbulo.
Una vez sola, Amanda comenzó a forcejear para liberarse de sus ligaduras. Las cuerdas eran fuertes, pero el nudo no estaba bien hecho, así que solo era cuestión de tiempo que consiguiera desatarse. Ya casi lo había conseguido cuando escuchó unos pasos furtivos procedentes del vestíbulo. Luego se oyó un gruñido y Amanda palideció. Un lobo solitario había entrado en la cabaña a través de la puerta que Abner había dejado abierta y estaba explorando el interior de la cabaña, en busca de una presa fácil: por ejemplo, una pobre chica indefensa.
Amanda se sintió aterrorizada al saber que se hallaba a merced de un predador hambriento, pero pronto tuvo una idea. Aunque aún no había logrado desatarse completamente, tenía el mando de la televisión al alcance de la mano. Lo agarró, encendió el aparato, le bajó el volumen todo lo que pudo y empezó a cambiar de canal rápidamente hasta que encontró el programa que deseaba: una película de acción cuyos personajes parecían vivir inmersos en un continuo tiroteo. Un instante después, el lobo entró en la sala y durante unos segundos examinó a Amanda con sus fríos ojos de predador, hasta asegurarse de que la muchacha se hallaba completamente indefensa. Pero esta, aunque no podía defenderse, sí podía engañar. Mientras el lobo se preparaba para abalanzarse sobre su presa, Amanda subió al máximo el volumen del televisor, precisamente cuando el tiroteo de la película alcanzaba su punto álgido. Asustado por las súbitas y ruidosas detonaciones, el lobo huyó corriendo de la sala, tal como la muchacha había planeado que haría.
Poco después, tras varios forcejeos, Amanda logró desatarse completamente. Subió al dormitorio de Abner y empezó a registrar los cajones de la mesilla en busca de su teléfono móvil. No tardó en hallarlo y ya estaba a punto de llamar a su casa cuando un gruñido procedente del pasillo la dejó helada de terror. ¡El lobo había vuelto! Amanda había cometido un grave error apagando la televisión antes de abandonar la sala. Pero entonces se le ocurrió otra idea. Frente al dormitorio, al otro lado del pasillo, había un pequeño cuarto, donde se hallaba el teléfono fijo de Abner. Amanda tenía su número registrado en el móvil y sabía que aquel teléfono tenía contestador automático. Marcó rápidamente el número en su móvil, el teléfono dio señal varias veces y luego se oyó la voz, entre mecánica y femenina, del contestador. El lobo, sobresaltado primero y atraído después por aquella voz humana, entró en el cuarto del teléfono y, desconcertado por la inexplicable invisibilidad de la persona que hablaba, empezó a olisquear los rincones en un registro tan minucioso como inútil. Cuando el animal hubo penetrado en aquel cuartucho, Amanda se acercó cautelosamente a la puerta y la cerró de golpe. Una vez que se hubo percatado del nuevo engaño, el lobo se abalanzó contra la puerta, pero estaba bien cerrada y el frustrado animal solo pudo huir de su prisión saltando por la ventana. Cuando intentó volver a la cabaña, se encontró con que Amanda había cerrado también la puerta del vestíbulo, de modo que tuvo que renunciar definitivamente a su almuerzo y volver al bosque, con el rabo entre las piernas.
Una Amanda palidísima pudo por fin respirar aliviada, cuando vio desde la ventana de la sala cómo el lobo volvía al bosque. Después, un poco más tranquila, usó su móvil para llamar a sus padres y decirles dónde se encontraba. Al final, todo había acabado bastante bien para ella. Cumplir la promesa que había hecho la noche anterior le había costado no pocos problemas, pero Amanda sabía perfectamente que hubiera sido mucho peor para ella no cumplirla.
¿Y qué había sido de Abner Grey? Su cuerpo yacía sobre el fangoso suelo de la caverna, medio devorado por las crueles fauces del Morador de la Gruta. Este se sentía satisfecho, pues no había comido tan bien desde 1912, cuando un temerario ladrón había osado refugiarse en su cueva, llevando consigo los diamantes que había robado en una joyería. Conviene aclarar que “el Morador de la Gruta” era el nombre que daban las leyendas de la región al monstruo inmortal, carnívoro e inteligente que la noche anterior le había perdonado la vida a Amanda, a cambio de la promesa que esta le había hecho de entregarle lo antes posible la vida de un hombre adulto, cuyo cuerpo le proporcionaría un banquete más copioso que el de una pobre niña asustada.

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