EL SER EN EL TEJADO (ROBERT E. HOWARD)

 


Adaptación: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

Me sorprendió que Tussmann me pidiera ayuda, pues nunca nos habíamos llevado especialmente bien: su espíritu rastrero me repelía y habíamos sostenido agrias polémicas, después de que él intentara desacreditar mis investigaciones arqueológicas. De todas formas, lo recibí en mi casa y no tardé en advertir que se hallaba dominado por alguna ferviente pasión. No tardó demasiado en decirme qué deseaba. Quería que lo ayudara a obtener un ejemplar original del libro de Von Juntz “Cultos sin nombre” (también conocido como el “Libro Negro”, tanto por el color de su encuadernación como por su temática tenebrosa). No era precisamente un encargo sencillo, porque, si bien llevaba algún tiempo rastreando libros raros, ignoraba si aún quedaba algún ejemplar de la primera edición. No se habían imprimido muchos y la mayoría habían sido quemados por sus asustados poseedores, después de que Von Juntz muriera asesinado en extrañas circunstancias tras volver de un viaje a Mongolia. Sería tan difícil como encontrar un códice griego del Necronomicón.

Intenté explicárselo a Tussmann, pero este me interrumpió y me dijo que conocía bien la historia de aquel libro. Sabiendo que sería inútil ofrecerme dinero, me dijo que retiraría sus acusaciones contra mi labor arqueológica si le conseguía algún ejemplar superviviente.

Después de tres meses completamente infructuosos, conseguí encontrar uno de esos raros volúmenes por mediación del profesor Richard Clements, de Richmond, Virginia.

Cuando avisé a Tussmann, este apareció en mi casa de Londres con ojos chispeantes de emoción. Agarró el libro y me leyó un pasaje sobre cierto templo perdido en medio de la selva centroamericana, donde un extraño dios era adorado por una tribu india desaparecida antes de la llegada de los españoles. En aquel templo reposaba la momia de un sumo sacerdote, de cuyo pescuezo pendía un colgante con forma de sapo. Según Von Juntz, aquel colgante era la llave que abría la cripta donde se ocultaba el tesoro del templo. Luego dijo:

Mañana viajaré a América. Puede quedarse con el libro, pues ya tengo toda la información que necesitaba. Iré bien preparado para encontrar lo que se oculta en ese templo. Estoy dispuesto a demolerlo, si es necesario. ¡Seguro que encontraré una gran cantidad de oro! Los españoles no lo encontraron, pues ninguna tortura puede hacer que una momia revele sus secretos. Pero yo sé qué pasos debo seguir para encontrar ese tesoro.

Dicho esto, Tussmann se marchó. Yo seguí leyendo el libro y descubrí cosas referentes al templo perdido que me causaron una gran inquietud. Al día siguiente intenté hablar con Tussman, pero él ya había abandonado Inglaterra.

Varios meses después recibí una carta suya, en la cual me invitaba a pasar algunos días en su mansión de Sussex. Me rogaba que trajera conmigo el ejemplar del Libro Negro.

Llegué a la residencia de Tussman poco antes del atardecer. Se trataba de una mansión aislada y de aspecto casi medieval, rodeada por altos muros de piedra. Pude apreciar que el jardín no había sido bien cuidado durante su ausencia. Estaba lleno de maleza y me pareció que un caballo o un asno merodeaba entre los arbustos, pues oí un sonido semejante al que produciría la pisada de una pezuña.

Un sirviente de ojos recelosos me franqueó la entrada y me llevó a la cámara de su amo, que parecía un león enjaulado. El sol tropical había bronceado su rostro, en el cual habían surgido arrugas y los ojos brillaban con fiera intensidad. Le pregunté:

Y bien, Tussmann, ¿finalmente tuvo éxito? ¿Encontró el oro que buscaba?

Gruñó:

¡No había ni una pizca de oro! Y eso que conseguí penetrar en la cámara sellada y encontrar la momia del sacerdote.

¿Y el colgante?

Él lo sacó del bolsillo y me lo entregó. Vi que estaba hecho de un material cristalino y, tal como había dicho Von Juntz, recordaba por su aspecto a un sapo particularmente repulsivo. Me llamaron la atención unos caracteres grabados en la cadena y le pregunté a Tussmann por su significado. Él respondió:

Lo ignoro. Esperaba que usted pudiera decirme algo al respecto. Recuerdo haber visto unos jeroglíficos semejantes sobre cierto monolito que encontré en Hungría, pero he sido incapaz de descifrarlos.

Hábleme de su viaje.

Tussmann preparó bebidas para ambos y me habló de su viaje en un tono extraño:

No me costó demasiado encontrar el templo, aunque se encuentra en una región salvaje y poco frecuentada. Sus columnas se hallan en ruinas y parecen los dientes de un enorme monstruo. Tampoco me costó demasiado penetrar en la cámara secreta, donde se hallaba la momia del sacerdote en un aceptable estado de preservación. Me llamó la atención su cráneo, cuyos rasgos no se correspondían con los de ninguna raza india. Me parecieron más bien egipcios o caucásicos, aunque no puedo asegurar nada al respecto. El acceso a la cripta se abrió cuando arranqué el colgante de su cuello.

A partir de aquel punto la historia de Tussmann se volvía más vaga e incoherente, hasta el punto de hacerme sospechar que tenía la mente algo trastornada. Como sus criados nativos no habían querido acompañarlo, entró solo en la cripta, empuñando una linterna y una pistola. Le pregunté:

¿Y el tesoro?

Allí no había nada, ni oro ni piedras preciosas. Al menos, nada que hubiera podido traer a mi casa.

Añadió que le hubiera gustado traer al menos la momia del sacerdote, pero esta había desaparecido cuando salió de la cripta. Pensó que sus criados la habían destruido, impulsados por el terror supersticioso que les producía.

Y ahora estoy nuevamente en Inglaterra, ni un penique más rico que antes de emprender mi viaje.

Al menos tiene el colgante.

Ni siquiera soy capaz de decir qué es exactamente.

Yo sí puedo decirle algo. Mire, aquí tengo el libro. Se dice que su autor se sumergió en oscuros secretos, lo cual explica que su fin fuera tan terrible y misterioso. Quizás en previsión de su propio destino, intentó advertir a sus lectores de que no intentaran despertar a ciertas cosas que duermen en la oscuridad.

Tussmann parecía absorto en sus pensamientos mientras me escuchaba. Luego murmuró:

Sí, hay cosas que parecen muertas, pero que en realidad solo están dormidas, aguardando a que algún necio venga a despertarlas. Debí haber leído mejor este libro. Y quizás también debí haber cerrado la puerta de la cripta antes de abandonar el templo. Pero ciertamente tengo este colgante. ¡Y lo conservaré siempre, aunque el mismo Diablo venga a reclamármelo!

Entonces un extraño sonido procedente del tejado pareció interrumpir sus ensoñaciones. Me miró y me preguntó:

¿Qué fue eso?

No pude contestar a su pregunta, así que salió del cuarto y llamó a un sirviente. Le preguntó:

¿Ha oído usted algo?

Sí, señor.

¿Y qué oyó?

Bien, señor. Usted pensará que estoy confundido, pero la verdad… juraría que es como si hubiera un caballo trotando sobre el tejado.

Tussmann insultó al criado con un grito, mientras sus ojos empezaban a brillar como los de un loco.

¡Es usted un necio! ¡Lárguese!

El criado se marchó asustado y Tussman agarró el colgante.

¡Yo también he sido un necio! Debí haber leído mejor ese libro, debí haber cerrado aquella puerta… ¡pero ningún hombre ni demonio podrá arrebatarme esta joya!

Dicho esto, salió de aquella sala y se encerró en su alcoba dando un portazo. Un criado llamó tímidamente a la puerta, pero él le ordenó que se retirase con una atroz blasfemia. Creí que mi anfitrión había perdido el juicio y, si no hubiera sido demasiado tarde para eso, habría abandonado la mansión en aquel mismo momento. Un asustado criado me llevó al dormitorio que me estaba reservado, pero, en vez de acostarme, volví a leer el libro. Nuevamente leí el pasaje que hablaba del templo, de la tribu primitiva que lo había construido y del monstruo al que adoraban aquellos hombres.

Von Juntz sugería con palabras ambiguas que el tesoro del templo no era otra cosa que ese terrible dios. Excitado por lo que implicaban aquellas palabras, me levanté de mi lecho y oí el estruendo de un golpe, acompañado por un grito de agonía.

Corrí hacia el dormitorio de Tussmann e intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada por dentro. Mientras me preguntaba qué debía hacer, oí un sonido inquietante procedente del interior, como si algo grande estuviera moviéndose dentro de aquella habitación. Luego me pareció oír el aleteo de alas gigantescas y después se hizo el silencio.

Finalmente conseguí forzar la puerta. El cuarto estaba destrozado, pero solo había desaparecido aquel colgante con forma de sapo. El marco de la ventana estaba cubierto de una sustancia limosa, extraña y maloliente. Sobre el suelo del cuarto yacía Tussmann, cuyo cráneo había sido destrozado. Sobre su rostro aún podía distinguirse la huella de una enorme pezuña.


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