LA HIJA (RELATO FANTÁSTICO)

 

Narración del inspector Michael W. Legrasse, miembro del Departamento de Policía de Nueva Orleans, Louisiana, USA:

Ante todo, debo decir que el accidente que causó hace trece años la muerte de mi desdichado amigo, el doctor Robert Dee, no tuvo, en sí mismo, absolutamente nada de extraño ni de misterioso. Los hechos, confirmados por las declaraciones de numerosos testigos y por la labor de los peritos policiales, fueron desde el primer momento bastante claros: aquella noche Robert volvía a casa en su coche, tras haber terminado su turno de guardia en el hospital, cuando, tras haberse visto obligado a realizar una brusca maniobra para esquivar a un perro que se cruzó en su camino, se salió de la vía y colisionó contra el surtidor de una estación de servicio, provocando así la explosión que acabaría con su vida. Puestos a buscar algún detalle anormal, sólo hallaríamos el hecho (a mi juicio insignificante) de que, según ciertos testimonios, el perro que provocó el accidente –un animal de gran tamaño y pelo negro, quizás un pastor belga abandonado por sus dueños- habría aparecido en la calzada de repente, “como surgido de la nada”, y que luego se habría desvanecido de la misma manera. Pero era una noche muy oscura, la calle estaba mal iluminada y, por tanto, no considero necesario recurrir a teorías estrambóticas para explicar esos detalles, por lo demás absolutamente circunstanciales.

Yo, como amigo de la víctima desde la infancia, decidí asumir la dura responsabilidad de comunicarle los hechos a Pamela, su esposa, por lo que me dirigí hacia su casa para decírselo en persona y, en la medida de lo posible, intentar consolarla. Recuerdo perfectamente cómo llamé al timbre de la puerta y cómo, tras unos minutos de espera que se me hicieron eternos, la propia Pamela, aún medio adormilada, me abrió la puerta. Cuando le conté lo que le había sucedido a su marido, la pobre Pamela acogió mis palabras con sorpresa e incredulidad. Según sus palabras, tenía que haberse producido un error en la identificación del cadáver, pues Robert estaba dentro de la casa en aquel mismo momento, durmiendo en la misma cama que ella acababa de abandonar para atender mi llamada. Entonces le pedí a Pamela que me dejase entrar y ambos subimos al cuarto donde dormía el matrimonio. Robert no estaba allí. Ni tampoco estaba en ningún otro lugar de la casa. Del mismo modo, su coche tampoco se hallaba en el garaje. Pero Pamela, ya al borde de la histeria, me juró una y otra vez que ella había estado con su marido aquella noche, que él había entrado en el cuarto cuando ella ya estaba en cama, medio dormida, y que luego él, sin encender la luz ni decir una sola palabra, se había tumbado con ella, y la había besado, y acariciado, y… A Pamela se le quebró la voz y sufrió un desmayo. Tardó varios días en recuperarse del trauma y fueron necesarios meses de tratamiento psicológico para que aceptara que ella no había estado con su marido aquella noche, que todo había sido un sueño o una fantasía urdida por su cerebro para huir de la terrible realidad. Pamela quería mucho a Robert.

Nueve meses después, Pamela dio a luz a Daniella, la hija póstuma de Robert. Danny, como la solemos llamar los que la conocemos, no se parece mucho a su padre, pero en cambio es clavadita a su madre. Las dos son bastante guapas y esbeltas, de complexión atlética, tez rosada, pelo rubio y ojos azules. Sin embargo, presentan caracteres distintos. Pamela es una mujer de carácter vitalista y extrovertido, aunque al mismo tiempo sensible y emotivo. Danny, en cambio, es una niña seria, incluso introvertida, y las impresiones del mundo exterior apenas cuentan para ella, que parece vivir permanentemente inmersa en sus propios pensamientos y fantasías. Por lo demás, es una muchacha tranquila y educada, que en el colegio saca notas excelentes y que, según sus profesores, tiene una inteligencia y una imaginación francamente envidiables, casi inusitadas en una chavalita de su edad. Pero no se relaciona demasiado con sus compañeros de clase, ni tampoco con los demás niños de la vecindad. Cuando yo paso por los alrededores del colegio durante el recreo (lo hago siempre que puedo, sobre todo para espantar a los distribuidores de hachís que en ocasiones intentan camelar a los niños), la veo siempre sola, sentada en alguno de los desvencijados bancos del patio, completamente ajena a los juegos y conversaciones de sus alegres condiscípulos. Su ocupación predilecta en esos momentos, cuando no está leyendo o estudiando, es escuchar música con sus auriculares, a la vez que les echa migas de pan a los gorriones, que parecen ser sus únicos amigos.

Un triste día de otoño, mientras miraba desde el otro lado de la verja cómo Danny realizaba su monótona labor de alimentar a los hambrientos pajarillos, me fijé en que no era el único que la estaba observando. Allí estaba también un conocido mío, John Leblanc, que era sacerdote católico en una parroquia cercana. John, de niño, había sido muy amigo de Robert y de Pamela, pero luego habían interrumpido completamente sus relaciones, aunque nadie sabía muy bien por qué. Según algunos, John, antes de haberse hecho sacerdote, se habría enamorado de Pamela y no habría podido soportar su desengaño cuando ella prefirió a Robert. Según otros, John, como fervoroso católico que era, habría acabado por sentirse distanciado de sus amigos, quienes habían abandonado, hacía ya mucho tiempo, toda práctica religiosa. De hecho, Danny estaba sin bautizar.

Cuando yo le pregunté a John qué estaba haciendo allí, este palideció y me contó, en voz baja y a veces trémula, una historia tan absurda que me hizo poner en tela de juicio su salud mental. Sus palabras fueron, aproximadamente, las siguientes:

¿Nunca te has percatado de que hay algo anormal en torno a esa niña? Piensa en lo que te contó su madre aquella noche, cuando murió Robert. Recuerda que ella nació exactamente nueve meses después de aquella noche. ¿Alguna vez has podido ver los rasgos del pobre Robert en su rostro? No, nadie podría verlos, pues, cuando Daniella Dee fue engendrada, su padre ya había sido devorado por las llamas.

¿Quieres insinuar que ella no es hija de Robert, que efectivamente alguien se acostó con Pamela aquella noche y la engendró? ¡Tonterías! Toda aquella historia del hombre que se coló en el cuarto no fue más que un sueño, hoy la propia Pam lo reconoce.

Sí, porque vosotros –la Policía, los psiquiatras- la habéis convencido de eso.

Por lo que tú quieras. En todo caso, yo registré la casa de cabo a rabo y te aseguro que allí no había nadie más que Pamela y yo… ni Robert ni nadie más.

Es que quizás registraste la casa con los ojos de la carne bien abiertos, pero con los ojos del espíritu velados. ¡Escucha lo que te digo! Hace varios días, en la catequesis, les pedí a los niños que se preparan para la Confirmación que me hiciesen un dibujo de una persona especial para ellos. Uno de los folios que recogí había sido ilustrado con un dibujo del rostro de Daniella.

Ignoraba que ella tuviera amigos en tu parroquia.

Y no los tiene. Ningún chaval de mi parroquia la conoce, eso ya lo he comprobado yo.

¿Pero estás seguro de que era Daniella la que aparecía en el dibujo?

Lo estoy. Pero eso no es lo más extraño, ni mucho menos. Mi grupo de catequesis lo forman exactamente doce niños, ni uno más ni uno menos. Y estoy absolutamente seguro de que, cuando recogí sus dibujos, ninguno de ellos me entregó más de un único folio. Pero cuando conté los folios… ¡eran TRECE!

¿Qué me estás contando? ¡Eso que dices no tiene sentido! ¿Quieres decir que uno de los folios (supongo que aquel donde estaba retratada Daniella) surgió de la nada?

Pues sí. Ya sé que es raro, incomprensible… Pero es la pura verdad. Cuando les mostré a los niños el retrato de Daniella, ninguno lo reconoció como obra suya. Por otra parte, era un dibujo artísticamente impecable, la obra de un maestro y no la de un crío.

¿Y no podrías enseñármelo?

Eso no. Lo quemé aquella misma noche. Aquel dibujo me estremeció el alma hasta el punto de que no pude conciliar el sueño hasta que quedó reducido a cenizas.

¿Pero tanto te asusta ver el rostro de una pobre niña?

No fue el rostro. El dibujo, por supuesto, no tenía firma. Pero sí presentaba una inscripción, una frase escrita con tinta roja en el ángulo inferior derecho. ¿Sabes lo que ponía? INCUBUS INCARNATE EST. ET HOMO FACTUS EST. Tú sabes algo de latín, conoces las viejas leyendas y has leído, entre otros cuentos de terror, “El gran dios Pan”, de Arthur Machen, así que podrás extraer tus propias conclusiones.

Dicho esto, John se fue a toda prisa, dejándome anonadado por la revelación. Cuando pude reflexionar, me di cuenta de que aquel hombre estaba en peligro de convertirse (si no se había convertido ya) en un fanático místico de la peor especie. Sus manías supersticiosas, mezcladas con el resentimiento que sin duda aún guardaba en su subconsciente contra los padres de la pobre Daniella, lo habían llevado a urdir aquella rocambolesca fantasía, basada en un dibujo de cuya existencia objetiva ni siquiera había la menor prueba. La cosa estaba terriblemente clara: John consideraba a Daniella la hija de un íncubo, aquellos demonios que, según las leyendas medievales, tomaban forma humana y se introducían en los dormitorios de las mujeres para copular con ellas. Por tanto, Danny sería para el enloquecido sacerdote un ser de origen diabólico. Y, como consecuencia, las intenciones del cura hacia la muchacha podrían ser cualquier cosa menos buenas. Contado así, sé que parece una historia demasiado ridícula para ser tomada en serio, pero no debemos olvidar que entre los siglos XVI y XVIII historias ridículas por el estilo causaron la muerte de muchas personas inocentes (especialmente mujeres y niñas) en las hogueras inquisitoriales. Además, los Legrasse sabemos muy bien qué crímenes pueden llegar a cometer los hombres en nombre de la religión, desde que en 1907 mi tatarabuelo John Raymond, también inspector de Policía, investigó los asesinatos rituales cometidos por los adoradores de un dios de las tinieblas llamado Cthulhu. Mi deber, como policía y como amigo, era poner a Pamela sobre aviso antes de que fuera demasiado tarde.

Varias horas después, acabada mi jornada laboral, decidí acercarme a la casa de Pamela para recomendarle que desconfiara de John. Mientras estuve en la comisaría intenté en varias ocasiones decírselo por teléfono, pero el aparato siempre comunicaba y al final decidí que lo mejor sería hablar con ella directamente.

Cuando llamé a la puerta, Pamela me la abrió casi al instante, como si hubiera estado aguardando mi llegada (creo que ella murmuró algo de que había oído el motor de un coche, lo cual era raro porque yo había llegado caminando y hacía tiempo que ningún coche pasaba por aquella calle). Mi amiga parecía nerviosa y pálida, incluso advertí un temblor en sus manos que no auguraba nada bueno, y llegué a pensar que acaso ya hubiera tenido una mala experiencia con John. Antes de que pudiera preguntarle nada, ella me invitó a entrar con un gesto nervioso, y yo di un paso para acceder al vestíbulo, el cual estaba bastante oscuro. Apenas había dado ese paso hacia el interior de la casa, cuando sentí en la cabeza un golpe terrible, que me sumergió bruscamente en una oscuridad más profunda e impenetrable que la del vestíbulo. Durante un tiempo (nunca llegué a saber cuánto exactamente) dejé de existir.

Cuando me desperté, con la cabeza dolorida y la mente medio congestionada, vi que me hallaba en el salón de la casa de Pamela, que se hallaba en la parte de la casa más alejada de la calle y cuyas ventanas daban al patio trasero. Frente a mí, apuntándome con mi propia pistola, se hallaba John. Y a escasos metros detrás de él, atadas a sendas sillas y con los labios sellados por mordazas de cinta aislante, estaban Pamela y Daniella, con sus bellos rostros desdibujados por el terror de la muerte. John, que, pese a ser el dueño de la situación, no parecía mucho más tranquilo que ellas, me habló con una voz entrecortada por la emoción, tras cuyos acentos temblorosos sentí arder la furia inclemente del inquisidor y del demente:

Sabía que vendrías a frustrar mis planes. Fue un grave error por mi parte haberte revelado mis conocimientos esta mañana, eso me ha obligado a precipitarme y a actuar con una violencia que yo nunca he deseado. Sin duda fue el Diablo quien me impulsó a contártelo todo, del mismo modo que fue Dios o uno de sus ángeles el que me avisó del peligro mediante un papel surgido de la nada. Yo vine aquí antes que tú, y lo hice con la mejor intención del mundo, sin armas en la mano ni odio en mi corazón. Intenté razonar con Pamela, le pedí que me permitiera bautizar a su hija para que las aguas sagradas limpiasen el alma de Daniella del estigma de iniquidad que la mancha desde su blasfema concepción. Pero ella –esta meretriz del Averno, a la que en otros tiempos consideraba mi amiga, y con la cual tuve… digamos, fantasías, antes de escuchar la llamada del Señor- me trató de loco y me dirigió insultos blasfemos. Tuve que usar la fuerza, la obligué a descolgar el teléfono y la amenacé con matar a su hija si no se sometía a mis órdenes. Ahora ya es demasiado tarde para solucionar el asunto de otra manera. Primero derramaré las aguas bautismales sobre la cabeza de ese ser abyecto al que llamáis “niña”, con la esperanza de que aún haya algo en ella que pueda ser salvado. Luego, le haré probar la Sagrada Forma. Si su cuerpo la admite, será que las aguas bautismales han conseguido lavar la impureza de su espíritu. Pero si no la admite, no tendré más remedio que matarla. Luego podréis hacer conmigo lo que vosotros y las leyes del mundo dispongáis en mi perjuicio, pero yo estoy presto a morir en paz si antes consigo erradicar al Maligno de ese cuerpo carnal… de un modo u otro.

Yo estaba aterrorizado, anonadado en cuerpo y alma frente a aquel loco, que sin duda estaba dispuesto a acabar con la vida de Daniella. La pobre niña, por su parte, se hallaba visiblemente aterrorizada, al igual que su madre. Posiblemente, los nervios le impedirían tragar cualquier alimento que se le intentara introducir en la boca. Si John le hacía tragar la Sagrada Hostia y ella a continuación la escupía o vomitaba, como seguramente pasaría, el maldito cura ya tendría una buena razón para matarla sin miramientos. No podía permitirlo.

Aunque todavía estaba medio aturdido por el golpe, me arrojé sobre John, con la vaga esperanza de que él no supiera manejar la pistola. ¡Vaya si sabía! Me atravesó el hombro izquierdo de un balazo, y creo que me hubiera podido atravesar igualmente el corazón si no fuera porque él, un hombre moral aun en medio de su locura, no deseaba matar a nadie si no era estrictamente necesario. Sin duda, él creyó que el impacto me arrojaría al suelo, como sucede en las películas, pero en la vida real no siempre sucede así, y a menudo un hombre herido por una bala puede mantenerse en pie hasta que la hemorragia acabe con sus fuerzas. Así, aunque medio mareado por el dolor y por la visión de la sangre que bañaba mi hombro, conseguí golpear a John y derribarlo, al mismo tiempo que le arrebataba el arma. Pero el cura no se rindió y apenas tardó unos segundos en levantarse, esgrimiendo en su diestra una pequeña pero temible navaja extraída de algún bolsillo oculto. Al parecer, no había sido del todo sincero cuando me había dicho que había venido sin armas. Yo intenté amenazarlo con la pistola, pero entonces sentí que el dolor y el mareo provocado por la hemorragia se aunaban para anular mis fuerzas. Se me nubló la vista y la pistola se deslizó de mis dedos trémulos, cayendo al suelo con un ruido sordo que apenas fui capaz de oír. Tampoco pude ver claramente lo que pasó después y, en buena parte, hube de deducirlo a partir de los resultados y de lo que me contaron ellas.

Al parecer, John había retrocedido instintivamente algunos pasos tras ver que lo estaba apuntando con la pistola, aunque siempre había conservado su navaja en la mano. Pero luego, al verme flaquear y perder el arma, se había lanzado contra mí como un lobo hambriento que se arroja sobre un toro herido, con su arma y su corazón dispuestos a bañarse en mi sangre. El inquisidor había dejado su lugar al cruzado y el fanatismo místico del sacerdote, al ver en peligro sus designios, se había convertido en mera furia bestial. Pero entonces la propia Daniella, imponiéndose admirablemente al terror que la atenazaba, había conseguido hacerle la zancadilla, introduciendo una de sus piernas entre las de su raptor. Este perdió el equilibrio y volvió a caer el suelo, pero esta vez para no levantarse nunca más. Quiso la suerte que al caer se le clavara su propia navaja en el corazón. Cuando me hube recuperado un poco de mi mareo, me acerqué, tambaleando, a Pamela y a Daniella, las desaté, y luego los tres nos abrazamos llorando. Habíamos visto la muerte muy de cerca, pero al final, en parte gracias a la suerte y en parte gracias al valor de la niña, habíamos conseguido salir con vida de aquella pesadilla. John se había creído un siervo de Dios, pero Él había estado con nosotros (fin del relato de Legrasse)

EPÍLOGO: Varios días después, Daniella Dee, durante el recreo, se dedicaba a desmigajar el pan para echárselo a los gorriones, aparentemente ensimismada y ajena a los ruidosos juegos de sus jóvenes camaradas. Los pajarillos, como es natural, parecían encantados con el banquete, pero al final hubieron de abandonarlo, mal de su grado, cuando un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, bajó del cielo y los expulsó a todos, amenazándolos con sus lúgubres graznidos. Cuando vio al cuervo, Daniella pareció emerger bruscamente de su ensimismamiento y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa se dibujó en su bello rostro de hada, mientras ella le guiñaba un ojo al cuervo. El guiño fue respondido.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Canva.

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