SED DE SANGRE (CUENTO FANTÁSTICO)


Pero, mamá, si nos vamos para siempre... ya no veré más a mis amigas. ¿Por qué tenemos que irnos de la ciudad?
Helena suspiró y le dijo a su hija, con voz tranquila pero firme:
Ya te lo he dicho, Ana. Me han destinado al colegio de ese pueblo y es mi trabajo, así que debemos irnos a vivir allí. Está demasiado lejos para ir en coche todos los días y, además, ya he alquilado una casita en las afueras, cerca del bosque. Ya verás cómo te gusta.
Ante el tono terminante de su madre, la pequeña Ana optó por callarse, más resignada que convencida. No podía saber que su madre le había contado una mentira (por su propio bien, en realidad): la maestra Helena Vázquez hubiera podido solicitar un destino en cualquier colegio de la ciudad donde vivían, pero había considerado más seguro irse a vivir al campo. El lugar donde se establecerían cuando comenzara el próximo curso había sido cuidadosamente seleccionado: era un pueblo alejado de los grandes núcleos de población y rodeado por espesos bosques, pero tampoco tan pequeño como esas aldeas donde todo el mundo se conoce y los vecinos se fijan excesivamente en los recién llegados. Helena sabía que, si sus temores se hacían realidad, Ana no estaría segura en la ciudad. Y todo parecía indicar que no tardarían en hacerse realidad, pues hasta los gestos más insignificantes de la niña recordaban cada vez más a los de su padre. Helena no quería reavivar recuerdos tristes, pero no pudo dejar de pensar en Víctor, el padre que Ana no había llegado a conocer.
Una década antes, cuando Helena era poco más que una adolescente, tenía que trabajar de camarera para poder pagarse sus estudios, pues sus padres eran muy pobres. Una noche, el dueño del bar donde trabajaba le había ordenado expulsar a un joven con aspecto de vagabundo, que llevaba varias horas ocupando una mesa, aparentemente ensimismado en su mundo interior y sin pedir ninguna consumición. Se trataba de un muchacho mugriento y desaliñado, aunque había algo en él (quizás fuera su mirada triste) que revelaba la presencia de un alma superior, oculta tras sus andrajos y su barba de dos días. Como no podía desobedecer a su jefe, Helena, muy amablemente, le pidió al joven que abandonara el local, poniendo como excusa que se acercaba la hora del cierre. Y de paso, la muchacha introdujo, sin que nadie la viera, un billete en el bolsillo del vagabundo, quien, por su parte, se marchó sin proferir ninguna queja. Poco después, terminó el turno de Helena y esta se fue a su casa por las oscuras calles de la ciudad. Ella solía coger un taxi, pero no tenía dinero, pues le había dado todo lo que llevaba encima a aquel desconocido, de modo que se vio obligada a caminar. Hallándose en uno de los puntos más oscuros y solitarios de su trayecto, la muchacha fue asaltada por un atracador que, a falta de dinero, intentó robarle el móvil. Pero entonces apareció el vagabundo del local, que llevaba tiempo siguiéndola para devolverle su billete. Salvo por un detalle, todo fue como en un cuento de hadas: el caballero andante apareció en el momento oportuno para rescatar a la dama en apuros. Víctor, que así se llamaba el vagabundo, espantó al atracador, pero se llevó un buen navajazo. Helena lo atendió, agradecida, y así fue como surgió el amor entre ambos. Durante el poco tiempo que estuvieron juntos, Víctor y Helena se amaron con pasión y de su unión, nunca oficializada como matrimonio, nació Ana, una hermosa niña que prometía ser tan noble como su padre y tan dulce como su madre. Pero, pocos días después, Víctor murió durante un altercado con la policía. Al saberlo, Helena lloró con amargura, pero nunca sintió el menor odio hacia los responsables de su muerte. Dadas las circunstancias, no habían hecho otra cosa que cumplir con su deber, que era proteger a los habitantes de la ciudad. Y Víctor, con toda su bondad, a veces se volvía… peligroso.
En todo caso, aquello ya no tenía remedio, así que lo importante era evitar que Ana terminara como su padre. Y por eso Helena había decidido abandonar la ciudad y llevársela a un lugar donde estuviera más segura, aunque todavía no hubiera llegado el momento de contarle la verdad. Para no amargarse más con aquellos recuerdos, Helena volvió al presente, sonrió y le dijo a su hija, con la intención de levantarle el ánimo:
Mira, voy a ir a la joyería a comprar unos pendientes para el cumpleaños de la abuela. ¿Por qué no vienes conmigo? Me ayudas a escogerlos y luego te invito a tomar un batido de fresa, ¿vale?
Vale, mami, ¡muchas gracias!
Aquello no fallaba nunca, pues Ana se pirraba por los batidos de fresa.
Poco después, madre e hija entraron en la joyería. Ya se acercaba la hora del cierre y no había más clientes que ellas, así que el dueño no tardó en atenderlas. Pero entonces entraron dos nuevos clientes, un joven elegantemente vestido y una chica bastante guapa, que parecía ser su novia. Sin embargo, los recién llegados no pensaban comprar nada, pues nada más entrar manifestaron sus verdaderas intenciones. Sacaron sendas pistolas de sus bolsillos y, sin alzar la voz, amenazaron con usarlas si no se seguían sus instrucciones al pie de la letra. El muchacho obligó al joyero, a Helena y a Ana a entrar en la trastienda, donde debían permanecer hasta que terminara el atraco. La chica cerró la puerta, puso el cartel de CERRADO, apagó las luces y luego fue a reunirse con los demás, llevando un rollo de cinta adhesiva en la mano. Cuando entró en la trastienda, el joyero hizo un intento desesperado de agarrarla y arrebatarle su arma, pero, pese a su aspecto frágil, aquella muchacha era muy peligrosa. No solo esquivó su acometida, sino que además le propinó varios culatazos en la frente, hasta dejarlo sin sentido. Y, cuando ya estaba indefenso, le cortó el cuello con una navaja. Luego, se dirigió a Helena y a Ana, con una sonrisa cínica en los labios y estas palabras:
Bueno, preciosas, ¿ustedes qué prefieren, que las matemos como a este imbécil o ser buenas chicas y hacer lo que nosotros les mandemos?
Las aludidas, pálidas de miedo, no fueron capaces de responder, pero eligieron la segunda opción.
Poco después, los atracadores ya se habían hecho con las joyas más valiosas del establecimiento, pero no se decidían a irse, pues por la calle aledaña estaban pasando continuamente vehículos policiales. Ella le dijo a su compañero, impaciente y casi furiosa:
Seguro que el cerdo del Navajas le dio un chivatazo a la poli a cambio de dinero para comprar droga. Con amigos como ese, no sé para qué queremos enemigos. Menos mal que él solo sabía que íbamos a actuar en este barrio y no le dijimos el nombre de la joyería.
El muchacho, que parecía más tranquilo, le dijo, con un tono despreocupado:
Tranqui, nena, no hay prisa. Ya se cansarán de pasar por aquí y luego nos largaremos. Mientras tanto, voy a divertirme un poco. Tú puedes mirar, si quieres.
Dicho esto, el joven, seguido por su compañera, entró en la trastienda. El cadáver del joyero yacía sobre un charco escarlata, mientras que Helena y Ana , atadas, amordazadas e indefensas, observaban a sus captores con sus pupilas dilatadas por la angustia. El atracador se acercó a Helena, la agarró por un brazo y la separó de su hija, para hacer con ella lo que él había llamado “divertirse”. Indiferente a los gemidos y a los patéticos forcejeos de la maestra, o más bien excitado por ellos, empezó a desabrocharle con parsimoniosa sensualidad los botones de la blusa. Aunque ya no era una chiquilla, Helena seguía siendo muy guapa y su esbelto cuerpo había despertado la lujuria del atracador. Ana, que, pese a ser una niña, intuía lo que pretendía hacerle a su madre, se olvidó del miedo y miró con odio a aquel miserable. La chica se burló de la niña e hizo ademán de acariciarla con falsa ternura, mientras le decía:
Mira bien cómo se hace, guapita, porque luego, si no podemos irnos, a lo mejor te toca a ti. No sería la primera vez que mi amigo lo hace con una cría.
Dicho esto, la muchacha posó su mano sobre la pálida y sudorosa frente de Ana, pero la retiró inmediatamente, mientras profería un grito de sorpresa y dolor. El atracador, furioso, se apartó de Helena y le dijo:
¿Estás loca? Amordazamos a estas para que no griten y ahora gritas tú. ¿Qué te pasa?
La aludida respondió, con voz temblorosa:
Es que… la piel de esta niña… está ardiendo como el fuego. Esto… no es natural.
¡Vaya cosa, los nervios le habrán producido fiebre! Y, como vuelvas a gritar, te…
El hombre no pudo seguir hablando. Él y su compañera solo habían apartado la mirada de Ana durante unos segundos, pero en ese pequeño intervalo había tenido lugar una monstruosa transformación: donde antes había una niña pequeña, atada y amordazada, ahora se hallaba una criatura monstruosa, semejante a un lobo en su forma y tamaño, pero su pelaje negro como una noche sin luna y sus ojos rojos como el fuego del Averno le otorgaban un aspecto más bien diabólico que simplemente bestial. El monstruo abrió sus fauces, mostrando unos colmillos blanquecinos como el rostro de la Muerte, se lanzó sobre el atracador, con los belfos inundados de espuma, y le propinó una atroz dentellada, que le dejó el brazo derecho bañado en sangre y le hizo tirar su pistola. Víctimas de un horror irresistible, los atracadores huyeron de la joyería, dando gritos de angustia y dejando a su paso un reguero de sangre. Tan ciega era su huida que, tras recorrer varias calles a toda prisa y empujar a no pocos viandantes, intentaron atravesar una carretera, precisamente cuando pasaba por allí un camión a bastante velocidad. El chófer, cogido por sorpresa, no pudo detener su vehículo a tiempo y los arrolló a ambos con trágicas consecuencias.
Mientras tanto, en la joyería el lobo había desaparecido tan súbitamente como había aparecido, dejando en su lugar a una niña completamente desnuda e intensamente pálida, que lloraba desconsolada, agachada en un rincón de la trastienda. Helena consiguió liberarse de sus ligaduras y la abrazó con fuerza, mientras le decía con una voz trémula de emoción:
Tranquila, cariño, nos iremos a vivir al pueblo y allí estarás segura. Te juro que no te abandonaré nunca y que no dejaré que nadie te haga daño por ser… como papá.
Sí, de un modo parecido la había salvado Víctor diez años atrás. Todo como en un cuento de hadas, salvo por un detalle más propio de los cuentos de miedo: Víctor era un licántropo, al igual que su hija. Sin dejar de llorar, Ana fue capaz de decir:

Mamá, ¿no podrías darme… un vasito de agua? La sangre es como los batidos de fresa… sabe muy bien, pero no te quita las ganas de seguir bebiendo. 

Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.



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