ANTES DE STOKER (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Texto: Javier Fontenla. Idea original: B. Stoker. Imagen: Creada por Javier Fontenla usando Canvas.

A mediados del siglo XIX el señor Robert Van Heil trabajaba como diplomático al servicio del gobierno holandés. Tras ejercer su labor en los Estados Unidos, fue destinado a Viena, donde se estableció con su esposa y con dos hijas adolescentes, ambas nacidas en América. Mary y Elsa Van Heil (así se llamaban las hijas del embajador) eran sumamente hermosas, aunque tenían unas personalidades muy diferentes. Mary era una muchacha de carácter apacible, tenía un gran corazón y estaba platónicamente enamorada de su profesor particular. Este era un joven húngaro llamado Arminius, muy amable y bondadoso, pero también algo excéntrico (gastaba buena parte de su sueldo coleccionando objetos extraños, como la bala que había usado el escritor Jan Potocki para suicidarse). Elsa, aunque tenía un rostro muy dulce, no compartía el buen carácter de su hermana. Era una muchacha egoísta, presuntuosa y algo desvergonzada, que sentía una fogosa pasión por Hans, un muchacho al mismo tiempo rudo y atractivo que ayudaba al jardinero en sus labores. Por supuesto, los padres de Elsa jamás le hubieran permitido relacionarse con un simple jardinero, por muy guapo que fuera, pero la muchacha, que sabía disimular sus intenciones, se cuidó mucho de decirles nada. Una tarde, aprovechando que su familia y el resto de los criados estaban ocupados, se acercó a Hans y le preguntó en voz baja:
-¿Te gustaría que lo hiciéramos de nuevo?
El muchacho dudó durante unos segundos y luego respondió:
-Sí, pero no aquí ni ahora. No podemos correr tantos riesgos como la otra vez, cuando tu padre estuvo a punto de pillarnos.
-¿Y qué alternativa propones?
-Escúchame bien, preciosa: cerca de aquí hay una mansión que está casi todo el tiempo desocupada, porque su dueño vive en Transilvania. Ayer le mandaron a mi primo Joseph, el carretero, que llevara a esa mansión una caja de madera, para lo cual tuvieron que darle la llave. Pues bien, ahora esa llave está dentro de mi bolsillo. Si esta noche te las arreglas para salir de casa sin que nadie se entere, vete a la mansión. Yo te estaré esperando allí, donde podremos hacer todo lo que queramos sin que nadie nos moleste.
Aquella noche Elsa abandonó su lecho mientras los demás dormían y se dirigió a la casa desocupada. Hans le dijo que la esperaría dentro del edificio, pues no era conveniente que alguien los viera caminando juntos por la calle. Cuando Elsa llegó a su destino, encontró la puerta abierta, entró alumbrándose con un candil y subió las crujientes escaleras, pues su amante le había dicho que la esperaría en la alcoba principal. Hans, efectivamente, la esperaba tendido sobre la cama, pero estaba muerto. Tenía la garganta ensangrentada y el rostro terriblemente pálido, como si le hubieran sorbido la sangre. Elsa, al verlo, intentó emitir un grito de terror, pero entonces una mano fría como el hielo la agarró por el cuello, asfixiándola, y la arrastró hacia la oscuridad.
Horas después, Mary, que dormía tranquilamente en su alcoba completamente ajena al terrible destino de Elsa, se despertó a causa de un extraño olor (entonces ella ignoraba que se trataba del aroma de la sangre). Cuando abrió los ojos la luz lunar que se colaba a través de las cortinas le mostró la figura de un hombre pálido y siniestro, que la observaba con ojos brillantes como rubíes. La muchacha, asustada, le preguntó:
-¿Quién es usted y qué está haciendo en nuestra casa?
Él le respondió con una voz tan lúgubre como su aspecto:
-Me llamo Drácula. Hace poco tu hermana ha allanado mi mansión. Es justo que ahora sea yo quien invada vuestra casa.
Mary, cada vez más aterrorizada, empezó a gritar, pero nadie respondió a sus llamadas de auxilio. Drácula sonrió y le dijo:
No malgastes tu voz, querida. Ya no pueden oírte, pues los he matado a todos. Pero tú eres muy hermosa, así que te he reservado otro destino más placentero.
Dicho esto, el vampiro se arrojó sobre la indefensa Mary, la agarró y rasgó sus ropas hasta desnudarla. Entonces Arminius volvió a la casa, tras haber pasado buena parte de la noche en un concierto. Adivinó que algo iba mal cuando oyó los gritos de Mary y agarró la única arma que encontró, una vieja pistola que colgaba de la pared a modo de adorno. Como aquella arma estaba descargada, la cebó con la bala que había usado Potocki para suicidarse. Corrió hacia la alcoba de Mary y, cuando hizo su entrada, Drácula soltó a la muchacha para enfrentarse al recién llegado. Arminius disparó sobre el monstruo, que gritó de dolor al recibir el impacto, pues aquella bala estaba hecha de plata: el propio Potocki la había hecho limando el asa de un azucarero (auténtico). El vampiro optó por huir saltando por la ventana y perdiéndose entre las tinieblas de la noche. Arminius no intentó detenerlo, pues consideró más urgente atender a Mary, que había perdido la conciencia después de haber sido violada y desangrada por el intruso. Tardó varios días en recuperarse y cuando lo hizo descubrió que la semilla de Drácula había fructificado en su vientre. Arminius la ayudó a marcharse lejos de Viena, para que tanto ella misma como el niño que llevaba en sus entrañas pudieran vivir a salvo de Drácula.
Medio siglo después el profesor Abraham Van Helsing (tal era el nombre adoptado por el hijo de Drácula y de Mary) contribuyó decisivamente a acabar para siempre con su maléfico padre y con sus diabólicas concubinas (una de las cuales se había llamado en otros tiempos Elsa Van Heil).

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