TEXTO: F. J. FONTENLA. IMAGEN: GENERADA POR JAVIER FONTENLA CON CANVA.
Clara María Mendoza Hoffmann tuvo una infancia muy feliz. Vivía en el sur de México con sus padres, que eran dueños de una importante hacienda, y era una niña de buen corazón, muy cariñosa y alegre, además de singularmente hermosa. Tenía una nutrida colección de mascotas, formada mayoritariamente por animales salvajes que los campesinos le traían de la selva, siendo su favorito un joven tigrillo, al que llamaba Yellow porque tenía una bella piel dorada.
Pero, cuando Clara tenía doce años, sus padres murieron en un extraño accidente automovilístico. Entonces su tío Eduardo Manuel, hermano menor de su padre, se hizo con el control de la hacienda y la vida de la niña se convirtió en un infierno. Su tío y tutor, que antes solía mostrarse muy amable con ella, pronto empezó a maltratarla cruelmente y, solo para atormentarla, hizo matar a todas sus mascotas, salvándose únicamente Yellow, que consiguió escapar a la selva. Así pues, Clara se convirtió en una niña triste, cuyo único placer en la vida era pasear por la selva, buscando en la soledad un alivio temporal para su tristeza.
Durante uno de sus paseos se acercó a la cabaña de la vieja doña Isaura, una anciana mestiza que apenas se relacionaba con sus vecinos y a la que muchos consideraban una loca o una bruja. Sin embargo, la anciana se mostró muy amable con Clara y, aunque al principio esta le tenía un poco de miedo, no tardaron en hacerse buenas amigas. Siempre que podía, Clara iba a visitar a la anciana, que parecía una mujer muy sabia y a la que le gustaba compartir sus conocimientos con su joven amiga.
Fue por aquella época cuando en distintos puntos de la selva empezaron a aparecer cuerpos desangrados de personas y animales. La policía atribuía aquellas muertes a un psicópata o a un feroz felino salvaje, pero doña Isaura tenía otra teoría, de la cual hizo partícipe a Clara:
—Estoy segura de que hay un demonio entre nosotros. Hubo un tiempo en el que había muchos vampiros en este lugar y parece que al menos uno ha regresado.
Clara, que creía ciegamente en todo lo que le decía doña Isaura, le preguntó, sin disimular su miedo:
—¿Y hay alguna forma de defenderse de esos seres?
—De eso precisamente quería hablarte. En lo más profundo de la selva hay un viejo templo, en cuyo interior se encuentra un cuchillo de plata, labrado por un sacerdote indígena en tiempos inmemoriales. Según las enseñanzas de mis antepasados, las heridas de los vampiros se curan rápidamente, pero ese cuchillo puede matarlos.
—¡Entonces deberíamos hacernos con él!
—Sí, querida, pero yo estoy demasiado vieja y débil para atravesar la selva. En cambio, tú eres una niña animosa y valiente. Si quisieras, podrías llegar al templo y volver con el cuchillo en pocas horas. Además, en sus alrededores estarás a salvo de los vampiros, pues hay una magia poderosa que les impide acercarse a ese lugar.
Clara sintió un escalofrío, pero era, en efecto, una chica valiente y acabó accediendo a la sugerencia de doña Isaura. Tras equiparse con algo de comida y una buena linterna, por si no conseguía volver a la cabaña antes del anochecer, le preguntó a la anciana dónde se hallaba exactamente el templo. Esta sacudió la cabeza y le dijo:
—Nadie ha visto ese lugar desde hace muchas generaciones. Solo los animales de la selva podrían decirte dónde se encuentra.
—¡Vaya! ¡Pues no creo que ellos vayan a decírmelo!
—Lo harán si llevas esto contigo.
Doña Isaura sacó de sus harapos un viejo colgante y le dijo a Clara que se lo pusiera en el cuello. Luego le dijo:
—Este colgante también es mágico. Quien lo lleve puesto podrá leer las mentes de los animales y compartir todos sus recuerdos. Puedes hacer una prueba ahora mismo.
Doña Isaura había capturado vivo uno de los grandes murciélagos de la selva y lo mantenía enjaulado en su gallinero. Se lo enseñó a Clara y entonces esta, de un modo indescriptible, “vio” en su mente todos los recuerdos almacenados en la memoria del animal. Resulta que este, al igual que muchos de sus congéneres, solía dormir precisamente en las ruinas del templo perdido, así que recordaba perfectamente su ubicación. Clara se había quedado tan sorprendida por la efectividad del colgante mágico que incluso se olvidó de su miedo y partió en busca del templo, sin más guía que los recuerdos transmitidos por la mente del murciélago.
Tras una larga y ardua caminata, la valerosa muchacha llegó al templo poco antes del anochecer. Una vez dentro, se ayudó de su linterna para encontrar lo que buscaba y, tras un breve registro, abandonó las ruinas, con el cuchillo en el bolsillo y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Mientras tanto, la noche había caído sobre la selva, haciéndola aún más lóbrega y siniestra, pero Clara, envalentonada por su triunfo y por la posesión del cuchillo mágico, apenas le prestó atención al entorno hostil que la rodeaba.
Ya estaba cerca de la cabaña de doña Isaura cuando una sombra de forma humana surgió de los arbustos y se arrojó rápidamente sobre ella, arrojándola al suelo antes de que pudiera sacar el cuchillo para defenderse. La muchacha se sintió perdida y emitió instintivamente un chillido de horror, aunque sabía que allí no había nadie que pudiera prestarle ayuda. O quizás sí, porque entonces apareció una segunda sombra, más pequeña y de forma felina, que se arrojó sobre el misterioso atacante de Clara y lo espantó tras desgarrarle el rostro con sus garras.
Clara había asistido impotente a la refriega y aún no había tenido tiempo de comprender lo que había sucedido cuando su salvador se acercó a ella, ronroneando amistosamente. Pese a estar aún pálida a causa del susto, la muchacha sonrió y dijo, realmente feliz:
—¡Yellow, eres tú!
A la mañana siguiente, cuando doña Isaura salió de su casa para darles de comer a sus gallinas, se encontró con la punta de un cuchillo sobre la piel de su garganta. Clara (todavía pálida, pero ya no de miedo, sino de ira) era quien empuñaba el arma y quien le dijo a la aterrorizada vieja con voz dura:
—Dame una razón para que no te mate ahora mismo, ¡vieja bruja!
Cuando pudo encontrar su voz, doña Isaura gimió:
—¡Pero, Clara, mi niña querida! ¿A qué viene esto?
—¡No te hagas la tonta! Esta noche intentaste matarme en la selva. Estaba oscuro y no te reconocí cuando me atacaste, pero Yellow sí pudo verte con sus ojos de felino. Y, gracias al colgante que tú misma me diste, pude leer sus recuerdos.
—¡Estás loca! ¿Quién es ese Yellow?
—El tigrillo que te desgarró la cara.
—¿Acaso tengo la cara desgarrada? Mírame bien, no tengo ninguna cicatriz.
—¡Claro que no! Tus heridas se curaron pronto… ¡porque tú eres el vampiro!
—¿Yo? No…
—¡Sí, tú! Ahora lo entiendo todo. Querías apoderarte del cuchillo antes de que alguien pudiera usarlo contra ti, pero la magia del templo te impedía ir allí en persona, así que me engañaste para que te lo trajera. Y luego me habrías matado, como a tantas otras personas, ¿verdad?
Doña Isaura, sabiéndose perdida, suplicó desesperada:
—¡Por favor, Clara! Es cierto, soy un vampiro, te engañé y quería matarte… pero te ruego que me dejes vivir. Me iré a lo más profundo de la selva y nunca más volverás a verme, te lo juro por todos los espíritus del cielo y de la tierra.
Clara miró fríamente a la anciana y, tras un instante de tenso silencio, le dijo:
—Te dejaré vivir si te vas de aquí para siempre… y si antes haces algo por mí.
Aquella misma tarde don Eduardo Manuel Mendoza apareció desangrado en su propio cuarto. Mientras la policía registraba la hacienda en una vana búsqueda del asesino, Clara acariciaba a Yellow junto a la cabaña que había pertenecido a doña Isaura. La muchacha murmuró para sí misma:
—Adiós, tío Eduardo. Hubiera podido perdonarte todo el daño que me hiciste… pero, gracias al colgante mágico, sé que aquel día, cuando murieron mis padres, Yellow te vio manipulando los frenos del coche. Tú los mataste para hacerte con sus propiedades. Y si me dejaste vivir a mí fue solo porque demasiados “accidentes” hubieran sido sospechosos. En fin, doña Isaura ya te ha dado tu merecido. Sé que no he actuado bien, pero, en fin… ¡no siempre es bueno ser buena!

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