UN HOMBRE CON UNA ESPADA (CUENTO)

 

Nos hallamos en un bosque japonés, a finales del siglo XIX. El ronin (samurái sin amo) Yosuke Takeda permanecía tendido bajo la sombra de un cerezo, esperando tranquilamente la llegada del anochecer. Aquella noche habría luna llena y durante los últimos meses el plenilunio no era bien recibido en aquella región, pues su llegada coincidía con la aparición de un extraño monstruo. Al principio aquel ser se había limitado a vagar por los bosques, asustando a los cazadores y matando solo animales salvajes, pero últimamente parecía haberse vuelto más peligroso, pues algunos lugareños habían aparecido asesinados y les faltaban partes del cuerpo, como si estas hubieran sido devoradas. La policía imperial rara vez visitaba aquella apartada provincia, así que los asustados campesinos habían reunido dinero para contratar a Takeda, hombre capaz de enfrentarse al mismísimo dios del Infierno por un puñado de monedas. El ronin aceptó la misión de matar al monstruo, aunque en el fondo creía que el asesino era un hombre. Y ya tenía un sospechoso en mente: la aparición del monstruo había coincidido con la llegada de un misterioso extranjero a un monasterio cercano. Nadie sabía quién era aquel desconocido ni qué buscaba allí, pues desde entonces no había salido del templo, al menos bajo una forma humana. Los aldeanos no querían creer que los venerables monjes del templo estuvieran dando cobijo a un demonio, pero Takeda veneraba muy pocas cosas y tenía por norma desconfiar de todo el mundo, incluso de sus propios clientes.

Cuando vio que el sol empezaba a declinar, se levantó, tomó su espada y se dirigió hacia las inmediaciones del monasterio. Mientras tanto, Ulf Pedersen, el extranjero, paseaba por los jardines del santuario, acompañado por un anciano monje al que le dijo en voz baja:

Mi venerable sensei (maestro), usted me ha enseñado a dominar al monstruo que vive dentro de mí. Sé que siempre me acompañará, pero ya no le tengo miedo, porque ahora soy más fuerte que él.
No, hijo mío. Debes decirlo al revés: ahora eres más fuerte que él porque ya no le tienes miedo. Dado que ya has encontrado lo que buscabas, debes marcharte hoy mismo, pues en el pueblo se te atribuyen crímenes que no has cometido.
Así es y espero que mi marcha facilite la identificación del verdadero asesino. Pasaré la noche en el bosque y cuando llegue a la ciudad tomaré algún barco que me lleve de vuelta a Europa. Pero sus enseñanzas siempre me acompañarán, maestro.
También lo hará mi bendición. Puedes irte en paz.
Ulf se despidió del monje y se encaminó hacia el bosque, sin más equipaje que su ropa y algo de dinero. No llevaba comida para el viaje, pues esperaba cazar algún animal salvaje en el bosque. Al ponerse el sol se detuvo junto a la orilla de un río, se desnudó completamente y ocultó sus escasas pertenencias entre los helechos. Poco después salió la luna llena y el cuerpo de Ulf, obediente al hechizo que lo dominaba desde hacía muchos años, adoptó el terrorífico aspecto de un licántropo. Como tenía hambre, se internó en la espesura guiado por su fino sentido del olfato. Pero aquella noche le tocaría ser la presa en vez del cazador. Ulf oyó el crujido de una ramita y, pese a ser muy rápido, apenas tuvo tiempo de esquivar la espada de Takeda, que pasó muy cerca de su cuello. Adivinando que su enemigo no cejaría hasta matarlo, el licántropo se preparó para luchar por su vida. Él no deseaba matar a nadie, pero tampoco quería morir, pues, aunque hacía muchos años que la vida había dejado de serle grata, sabía que su alma solo podría descansar en paz si moría a manos de alguien que lo amase. Y, evidentemente, aquel no era el caso de Takeda.
Ulf se abalanzó sobre el ronin, pero este también sabía moverse con rapidez, así que el zarpazo dirigido al pescuezo de Takeda solo sirvió para partir en dos el tronco de un árbol. Takeda hubiera podido contraatacar y decapitar al licántropo, pero en el último momento detuvo su ataque. El sorprendido Ulf, pese a lo mucho que le costaba hablar en su forma de licántropo, le preguntó a su adversario:
¿Por qué no me has atacado?
Takeda respondió serenamente:
Yo nunca mato gratis y tú no eres el asesino que busco. He examinado los cadáveres de sus víctimas y, si hubieran recibido uno de tus zarpazos, sus heridas serían mucho mayores.
Yo no he matado a nadie desde que estoy en Japón. Sí lo hice en otros tiempos, pero fue por culpa de la maldición que me posee.
Te creo, aunque en realidad yo no entiendo nada de monstruos ni de maldiciones. Solo soy un hombre con una espada.
Dicho esto, Takeda hizo ademán de irse, pero entonces Ulf le preguntó:
¿Dónde están los cadáveres que has mencionado?

Al amanecer Takeda se dirigió a una casa del pueblo, donde vivía un joven médico. Este era un hombre muy apreciado por los aldeanos, pues había estudiado en Inglaterra y sabía curar muchas enfermedades con sus conocimientos de medicina moderna. Cuando vio al doctor, Takeda le dijo amablemente:
Un amigo mío con buen olfato ha reconocido un olor muy peculiar en los cadáveres de los asesinados. Según sus propias palabras, se parecía al del cloroformo, una droga usada por los médicos occidentales para dormir a sus pacientes. Doctor, ¿podría usted decirme si en este pueblo hay alguien que maneje esa sustancia?
El médico comprendió la indirecta e intentó asesinar a Takeda con un revólver. Pero el ronin fue más rápido y lo decapitó con un tajo de su espada. Luego se marchó del lugar, dejando en medio del pueblo la cabeza del médico, junto con los órganos que les había extraído a sus víctimas.

Texto: Javier Fontenla. Imagen: creada por Javier Fontenla mediante Canva.

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