LOS KRULL (CUENTO FANTÁSTICO)

 

Una fría tarde de un futuro remoto, un padre y su hijo bajaron de las montañas, para visitar aquella ciudad muerta donde el primero había nacido y que al pequeño le resultaba completamente desconocida. Nada vivo quedaba allí, aparte de alguna vieja rata demasiado débil o enferma para buscar mejores cazaderos, y los mismos edificios empezaban a sufrir los efectos del abandono y del paso del tiempo. En cambio, aún se distinguían numerosos cadáveres, desparramados a lo largo y ancho de las calles o caóticamente amontonados en algún patio yermo. Pero eran cadáveres viejos, que ya no desprendían el hedor de la putrefacción y cuyos huesos blanqueados ya no presentaban la menor brizna de carne. El hijo sintió un estremecimiento al advertir las extrañas formas de los esqueletos: nunca hasta entonces, ni siquiera en sus pesadillas, había visto unos seres semejantes, ni vivos ni muertos.
Papá, ¿por qué hemos venido aquí? ¡Este sitio es terrorífico, quiero volver a casa!
El padre le dedicó una dulce mirada a su vástago, pero cuando habló su tono era de firmeza, e incluso de cierta severidad:
Pronto nos marcharemos, pero primero debes conocer nuestro pasado. No quiero que vayas por ahí diciendo que lo que te contamos tu madre y yo son cuentos de miedo para asustar a los críos. Y, si este sitio te da miedo, ahora que los krull están muertos y ya no pueden hacerte ningún daño, imagínate cuando estaban vivos y disponían de nuestras vidas según sus perversos caprichos.
Pero, ¿quiénes eran exactamente los krull y por qué les teníais tanto miedo?
Es una larga historia, pero intentaré abreviarla lo más posible. Todo empezó hace muchísimo tiempo, cuando hicieron su aparición unos seres terribles, quizás procedentes del espacio exterior, que conquistaron la Tierra e instauraron un imperio de terror sobre ella.
¿Te refieres a los krull?
No, los krull vendrían después. Los invasores eran de origen alienígena, mientras que los krull fueron creados por ellos a partir de criaturas terrestres que habían esclavizado. Afortunadamente, los extraterrestres no tardaron en morir, pues, aunque eran muy poderosos e inteligentes, sus cuerpos no estaban inmunizados contra los gérmenes de este planeta. Pero dejaron tras ellos una herencia envenenada: sus antiguos siervos se convirtieron en los nuevos amos del planeta y pronto demostraron ser tan crueles como sus antiguos amos, si bien no tan inteligentes. Nosotros los llamábamos los krull (no sé por qué, acaso por su crueldad), pero ellos se autodenominaban de otra manera, que ahora mismo no consigo recordar. Al principio los krull eran pocos y relativamente débiles, pero se hicieron cada vez más poderosos, hasta que todo el planeta se convirtió en su feudo. Pese a ser inteligentes, hacían cosas muy extrañas, quizás porque, a fin de cuentas, no eran verdaderos hijos de la Naturaleza, sino criaturas aberrantes creadas en un laboratorio. Eran lo suficientemente listos como para comprender y dominar las fuerzas más misteriosas del universo, pero al mismo tiempo las usaban de una forma totalmente absurda: destruían alegremente sus propias fuentes de alimento y a veces se masacraban entre ellos, por motivos completamente incomprensibles. En realidad, fue un milagro que no se hubieran extinguido antes.
—¿Pero qué les pasó? Una vez dijiste que tú mismo habías provocado su destrucción.
Bueno, esa es una verdad a medias. Deja que te siga explicando: como los extraterrestres, los krull no tenían escrúpulos a la hora de torturar, matar o esclavizar a otras criaturas, como tampoco los tenían cuando se trataba de hacer lo mismo con sus propios hermanos más débiles. Y, al igual que sus antiguos amos, empleaban seres vivos en crueles experimentos y yo mismo tuve que pasar por eso. Algunos krull, todo hay que decirlo, eran relativamente buenos, pero los malvados eran los que predominaban, tanto en número como en autoridad. Durante los primeros años de mi vida me respetaron, pues, aunque nací esclavo, mis primeros amos resultaron ser unos krull bastante bondadosos, dentro de lo que cabe. Pero, por una serie de accidentes que prefiero olvidar, acabé cayendo en manos de unos krull realmente crueles, que pretendían usarme como conejillo de indias en sus diabólicos experimentos. Nunca llegué a saber en qué pretendían convertirme, ni tampoco me importa demasiado. Durante aquella época, yo pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en una jaula, como si fuera una rata de laboratorio, pero un día el krull encargado de vigilarme se olvidó de asegurar la cerradura. Cuando me percaté de su error, tomé la decisión de intentar huir, pues prefería morir en el intento a seguir aguantando los experimentos de los krull. Conseguí salir de la jaula sin problemas, pero, cuando estaba a punto de huir del laboratorio, me topé con un krull que llevaba en la mano un frasco de cristal lleno de un líquido verdoso. El krull intentó atraparme, pero yo me lancé sobre él con todas mis fuerzas y caímos juntos al suelo. También se cayó el frasco y de ese modo se desparramó todo el líquido que contenía. Yo salí corriendo y aparecieron otros krull, que corrieron en mi persecución. Uno de ellos resbaló en el líquido que se había desparramado, cayó al suelo y al caer se cortó la mano con los cristales del frasco. Al verlo, todos los krull se quedaron paralizados de terror y se olvidaron de mí, de modo que pude huir al bosque y refugiarme en una casa abandonada. Yo no entendía por qué aquel pequeño incidente había causado tanto terror en los mis perseguidores, pero luego lo comprendí, cuando sentí que la brisa procedente de la ciudad de los krull traía consigo un horrible olor a muerte. Resulta que, en su inconcebible mezcla de inteligencia y locura, los krull habían creado un virus que resultaba letal para su propia especie, aunque no para las demás, y que en aquel frasco iban varios ejemplares, sumergidos en el líquido verde. Cuando aquel krull se hizo un corte en la mano con un fragmento del frasco, su sangre se infectó y, en breves, todos los demás krull se contagiaron: primero los del laboratorio, luego los de la ciudad, poco después los del mundo entero… Los intentos de contener la epidemia fueron inútiles y en cuestión de días los krull desaparecieron del planeta, exterminados por su propia creación. Lo único que queda de ellos es lo que ahora mismo ven tus ojos: huesos blanqueados y edificios en ruinas, nada más.
Es una historia muy triste, papá. A mí casi me dan pena los pobres krull.
¡Se nota que tú no los conociste cuando estaban vivos! Puedo asegurarte que, con raras excepciones, los krull eran verdaderos monstruos despiadados. ¡Vaya, ahora recuerdo cómo se llamaban a sí mismos! Si no me falla la memoria, se autodenominaban “seres humanos”.
Dicho esto, el viejo perro se encaminó de vuelta hacia las montañas, seguido por su cachorro.
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.

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