
Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
En un futuro remoto un padre y su hijo fueron a visitar una ciudad muerta, donde el primero había nacido y que al segundo le resultaba completamente desconocida. Nada vivo quedaba allí, salvo alguna vieja rata demasiado débil o enferma para buscar mejores cazaderos, y los edificios mostraban las secuelas de un largo abandono. Pero aún se veían numerosos cadáveres, desparramados a lo largo y ancho de las calles o caóticamente amontonados en algún patio pestilente. El hijo se estremeció al advertir las extrañas formas de los esqueletos, pues hasta entonces nunca había visto algo semejante, y gimió asustado:
—Papá, ¿por qué hemos venido aquí? Este sitio es horrible, quiero volver a casa.
—Pronto nos marcharemos, pero antes debes conocer nuestro pasado. Y también la historia de los krull.
—Pero, ¿quiénes eran esos krull y por qué antes les teníais tanto miedo?
—La suya es una historia que empezó hace muchísimo tiempo, cuando unos seres terribles vinieron de otro mundo y conquistaron la Tierra, esparciendo el dolor y la muerte por doquier.
—¿Esos eran los krull?
—No, ellos vendrían después. Los invasores eran seres de origen alienígena, mientras que los krull procedían de animales terrestres, que habían sido sometidos a extraños experimentos por los extraterrestres, quienes aumentaron su inteligencia para convertirlos en sus esclavos. Algún tiempo después, los invasores desaparecieron por razones desconocidas, pero nos dejaron una herencia envenenada: sus antiguos siervos, los krull, se convirtieron en los nuevos amos del planeta y cometieron nuevas crueldades contra las criaturas menos evolucionadas, entre las cuales figuraba nuestra especie. En realidad, ellos tenían otro nombre, que era el que solían usar para referirse a sí mismos, pero ahora no lo recuerdo. Al igual que los alienígenas, los krull no tenían escrúpulos a la hora de torturar, matar o esclavizar a otras criaturas, ni siquiera sentían empatía hacia sus propios congéneres. La ciencia de los invasores había desaparecido con ellos, pero, como los krull eran inteligentes, consiguieron recuperar esos conocimientos por sus propios medios. Entonces ellos también empezaron a realizar diabólicos experimentos con formas de vida inferiores, pues, al igual que sus maestros, querían crear sus propios esclavos inteligentes. A mí me seleccionaron para sus experimentos cuando era pequeño, como tú lo eres ahora. Pero un día el krull encargado de mi custodia se olvidó de encerrarme debidamente. Cuando me percaté de su error, intenté huir del laboratorio, pues cualquier destino me parecía preferible a seguir aguantando los experimentos de los krull. Al salir de mi encierro me topé con un krull que llevaba varios frascos llenos de un extraño líquido. Antes de que pudiera dar la alarma me lancé sobre él con todas mis fuerzas y conseguí derribarlo. Los frascos se rompieron en mil pedazos al chocar contra las baldosas y el líquido se desparramó por doquier. Mientras aquel krull permanecía tendido en el suelo, yo salí corriendo y conseguí llegar al bosque. Me refugié en una casa abandonada, donde permanecí algún tiempo alimentándome de ratas. Varios días después sentí que la brisa procedente de la ciudad donde vivían los krull traía consigo el olor de la muerte. Resulta que, en su inconcebible mezcla de inteligencia y locura, los krull habían creado un virus que resultaba letal para su propia especie, aunque no para las demás. Cuando se rompieran aquellos frascos el virus se expandió rápidamente, contagiando a todos los krull, que de ese modo murieron exterminados por su propia creación. Lo único que queda de ellos es lo que tienes ahora delante de tus ojos: huesos blanqueados y edificios en ruinas.
—Es una historia muy triste, papá. A mí casi me dan pena los pobres krull.
—Se nota que tú no los conociste cuando estaban vivos. Puedo asegurarte que, con raras excepciones, los krull eran unos monstruos despiadados. Precisamente ahora recuerdo cómo se llamaban a sí mismos. Si no me falla la memoria, se autodenominaban “seres humanos”.
Dicho esto, el viejo perro abandonó la ciudad acompañado por su cachorro.
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