Texto: Javier Fontenla. Imagen: Pixabay.
Xela vivía con Laura, su madre viuda, en las afueras de una pequeña villa gallega.
Pese a ser una niña de buen corazón, no tenía muchos amigos, pues todos la tenían por una mentirosa. Ella aseguraba que tenía poderes mágicos y que podía comunicarse con las almas de los muertos, pero ni siquiera su propia madre se tomaba en serio semejantes afirmaciones. La única persona que creía un poco en ella era su amigo Marcos, un niño al cual le gustaba mucho la magia. Como también le gustaba Xela, por Navidad le regaló una biografía de Harry Houdini, el mago más famoso de todos los tiempos. No tuvo éxito, pues Xela, pese a ser bastante aficionada a la lectura, solo leyó un par de capítulos y luego se olvidó del libro. Le dijo a su madre:
—Ese señor Houdini sería muy bueno haciendo trucos de manos, pero no sabía nada de la verdadera magia.
Pocos días después, un peligroso presidiario consiguió huir de la cárcel, tras golpear a un guardia y robarle su pistola. Aquella misma tarde Laura y Xela estaban en la cocina de su casa, pelando patatas para hacer una tortilla. Laura oyó algo y le dijo a su hija:
—Me parece que el gato del vecino volvió a entrar en la casa. Voy a ver si consigo echarlo antes de que haga otra de las suyas.
Laura salió tranquilamente de la cocina con una escoba en las manos, pero entonces apareció el prófugo, quien la agarró por un brazo y la amenazó con su pistola. Xela, al ver a su madre en peligro, intentó reaccionar, pero el intruso le dijo:
—Quietecita y calladita, preciosa, si no quieres que tu mamá sufra por tu culpa. Ahora vais a ser las dos buenas chicas y haréis todo lo que yo os diga, ¿vale?
Comprendiendo que no tenían más remedio que obedecer, madre e hija se sometieron a las órdenes del intruso. Este las ató a las sillas de la cocina con unos cordones, las amordazó con cinta adhesiva y luego entró en el cuarto de baño, pues llevaba varias horas sin hacer sus necesidades. Apenas había tenido tiempo de levantar la tapa del retrete cuando creyó oír unos pasos furtivos en el pasillo. Estuvo a punto de salir, pero se tranquilizó al oír un maullido. ¿No había dicho la mujer algo de un gato que entraba en la casa? Como a él no le importaban los felinos, se tomó su tiempo para desahogar la vejiga con toda la calma del mundo. Pero, nada más salir del baño, resbaló y se llevó un golpe en la cabeza, que lo dejó aturdido hasta que llegó la Guardia Civil para arrestarlo.
Xela, que de algún modo había conseguido liberarse de sus ataduras en cuestión de segundos, se había acercado al cuarto de baño imitando el maullido de un gato (estaba acostumbrada a emplear ese truco para gastarle bromas a su madre). Luego solo había tenido que verter un poco de jabón líquido en el pasillo para gastarle una “broma” muy pesada al intruso.
Una vez que los guardias se hubieron llevado al prófugo de vuelta a la cárcel, Laura le preguntó a Xela:
—¿Pero tú cómo pudiste desatarte tan deprisa?
La niña sonrió y le dijo a su madre:
—Fue muy fácil, mami. Solo tuve que pedirle al espíritu del señor Houdini que me enseñase uno de sus trucos. Hoy he aprendido algo: incluso los libros que no nos gustan pueden sernos útiles en alguna ocasión.
Desde entonces Laura ya no sabe qué pensar de su hija.

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